Se quedaron completamente boquiabiertas cuando entraron por la gran entrada principal de pilares blancos. Sus bruñidas superficies brillaban como un arcoíris que lame el suelo a su alrededor dejando un rastro de colores líquidos. Más arriba de los pilares y de las figuras pomposas, en donde todo es puro y sedoso, serpientes largas y finas, borrosas, que se extendían hasta donde la vista alcanzaba, reptando entre las nubes en un frenesí luminiscente que predecía un día inolvidable. Fue lo primero que vieron, dos días atrás ya entrada la noche. Las auroras boreales del Imperio de Cristal.
Las hermanas se habían recostado en la carreta junto con Millie. Agotadas de andar por horas, se subieron a la carreta de Gardenbeat y convencieron a Millie de acompañarlas. Haciendo caso omiso de las quejas de Dina Rumble y sus constantes regaños. Ya podian saborear el castigo que les esperaría al acampar, pero no era algo que realmente importara. Dina cumplía sus amenazas la mitad de las veces y, aún cumpliéndolas, el castigo no era intolerable. No importaba porque Millie sentía un profundo cariño por las potrancas y nada podría quitarle el placer de su compañía. Se habían convertido en parte esencial de la manada y para ella.
Viendo en retrospectiva parecía que no había pasado mucho tiempo pero sin duda esas dos potrancas risueñas ya formaban parte de la manada de de hacia meses. Meses en los cuales ella las cuidó y procuró como parte de su familia. Un concepto al que deseaba seguir aferrándose.
Millie era una poni terrestre casi adulta. Su cuerpo era alto y generoso. Algo ciertamente normal entre nómadas. Sus muslos eran fuertes y su cuerpo más esbelto, pero su altura junto con su pelaje castaño claro, que parecía miel bajo la luz, la hacía resaltar entre los demás. Su crin azul crema le daba un aspecto un tanto pálido, pero sus mejillas claras se coloreaban con sangre de una forma encantadora que la hacia única. Su apariencia era para ella algo problemático, pues distinguía con facilidad entre ponis comunes cuando ella siempre prefirió no llamar la atención. Siempre discreta. Un mantra que le enseñó su padre.
La razón de sus notorias características se debían a su sangre mestiza. Su padre era un poni de sangre antigua. Él podía casi duplicar en tamaño a cualquier poni y fácilmente intimidarlos con su aspecto pero no era ese tipo de poni. No alardeaba de sus cualidades ni procuraba mostrarlas a menos que fuese necesario. Pero todos sabían de su verdadera fuerza. No importaba su modo de vida, todos le temían. Temor que, como si no pudiera ser de otra forma, cayó sobre los hombros de Millie. No era algo que realmente le afectase, no en ésa época.
Dormir junto a ella se había vuelto cosa de todas las noches, incluso en los descansos del mediodía. Su cuerpo era lo suficientemente grande como para cubrirlas a las dos. Jamás les dijo de su sangre mestiza. Para las hermanas, y para los demás de la manada, sólo era una poni que tuvo la desdicha, o fortuna, de nacer con un aspecto demasiado distinguido. Aventajaba por varios centímetros a los ponis machos, lo que la hacía intimidante para cualquiera y hería su orgullo semental. Seguramente era la razón de su poca popularidad amorosa. Algo que dejó de importar en cuanto las potrancas entraron a su vida. Para Millie, las hermanas tenían cualidades de las que ella carecía y por eso las envidió y celó durante algunas semanas. Ella ya tenía casi un año con los nómadas cuando las hermanas se unieron. No tardaron ni una semana para ganarse algunas amistades y ser apreciadas por todos. En el tiempo que Millie llevaba, sólo podía decir que Dina Rumble era su mejor "conocida". Pero su recelo y antipatía no fue rival para el encanto que brilla natural y cálido como una mañana de primavera. La menor tuvo una obsesión que se le antojo molesta con ella desde el primer día. Siempre se acercaba a ella y procuraba pegarse a su cuerpo como si se tratase de su madre, algo que copió de la misma forma la hermana mayor. Ellas no recordaban mucho, sólo algunas cosas. Sus nombres y su parentesco era de lo poco que recordaban cuando las encontraron en un pueblo que recién había pasado por alguna especie de catástrofe. Debido a su insistencia, Dina le encomendó la tarea de cuidarlas, por lo menos en lo que recuperaban su memoria y pudieran regresar a casa, pero jamás lo recordaron y conforme los meses pasaron Millie deseó con mayor ahínco que ese momento jamás llegase.
La calidez de su cuerpo les producía una paz y quietud de la que no siempre habían disfrutado. Su respiración lenta y pausada, aun en la vigilia, contagiaba una serenidad amena que les permitía disfrutar de cualquier momento juntas. Su presencia en como una delicada brisa fresca en un campo amplio y húmedo, donde todo se absorbe y se difumina en pensamientos ontológicos elevándose en el vaho de un ambiente helado pero parsimonioso. Era raro que Millie se exaltara. Era la poni más pacífica que conocían, aunque podía hacer labores pesadas. Su tamaño y su fuerte cuerpo se lo permitían. Pero en su imagen había algo de encantadora y de apacible que no se podía negar. Algo que atraía a las pequeñas hermanas, uniéndolas en una relación secreta pero sólida.
Cuando el cielo nocturno empezó a clarear con varios tonos, todos en la marcha comenzaron a cantar. El traslado de los Campos Nivales al Imperio de Cristal no era tan largo como otros trayectos a los que estaban acostumbrados, pero sí más cansado. Se quedaron por dos semanas para recolectar una flor que sólo crece en el lugar, su esencia era valiosa por los múltiples usos que se le podía dar. Pero una vez recolectaron lo suficiente, dejando una buena cantidad para su propia subsistencia, emprendieron el arduo camino.
Cuando se divisaron las auroras boreales del Imperio, Gardenbeat y Dina dieron un pitido y aumentaron el paso. Algunas risas se escucharon bajo la luna y, con un ritmo pausado, comenzaron a entonar una curiosa melodía que mencionaba tres parejas de enamorados en una ciudad hecha de nubarrones. Jamás habían visto ciudades de pegasos, pero ya habían visto pegasos en algunos pueblos que visitaban de vez en cuando en sus viajes. Se dice que para llegar a las ciudades-nube hay que subir muy alto y sólo los pegasos, y uno que otro animal de alas fuertes y largas, pueden subir tanto. Podrían decir cualquier cosa de los nómadas, pero sus canciones eran por demás hermosas y melodiosas, con una moraleja detrás que no siempre era la más tierna.
Continuaron por caminos escarpados, llenos de lodo que empezaba a tomar un tono más gris y blanco. De vez en cuando se topaban con piedras grandes e irregulares que obstruían el paso en las veredas, pero Gardenbeat y Catsmell eran unicornios de magia fuerte por lo que no era un verdadero problema. El verdadero pesar estaba al encontrar cuestas más inclinadas y escabrosas donde la única alternativa era subir a los ancianos y niños cuesta arriba para después subir las pertenencias y objetos que cargaban en las carretas. Después todo fue más sencillo.
Entrada la noche comenzaron a toparse con otras procesiones de ponis. Todos tan diferentes unos de otros, todos de todos lados. Algunos vestían túnicas largas de seda de colores obscuros con brocados de hilo platinado, en sus carretas llevaban contadas cajas con orfebrería; otros tenían ropa más sencilla, con encaje en las orillas y adornos de porcelana en sus crines y colas; con ropa desgastada de lino o algo sucio con qué taparse, más comunes y numerosos en cantidad. Los acentos que escucharon eran diversos por igual pero todos parecían hablar la misma lengua. Incluso Millie no había visto a tantos ponis tan diferentes unos de otros. Algunos con aves en sus espaldas o incluso con mamíferos pequeños cerca de sus patas. Cierto grupo pequeño llevaba una carreta mediana con una estructura de metal ennegrecido. Los adornos eran sumamente detallados y sin ventanas o puerta alguna. Por ambos lados se encontraban una hilera de tres ponis unicornio con una apariencia bastante especial. Su rostro se encontraba pintado con tinta negra por encima del hocico, su crin se encontraba amarrado con una cadenilla plateada recostado a un lado. No hablaban entre sí, solo caminaban con la cabeza cabizbaja. La forma de la carreta era sumamente extraña. Tenía surcos por todos lados que formaban muchos símbolos entre si.
Quizá entre tantas excepcionalidades, ella por fin podría sentirse normal. Las carretas, todas tenían un estilo único. Ya sea en ellas, o en algunas capas de los ponis, se exhibían emblemas de todo tipo. Emblemas que bien podrían ser de familias nobles o de algún pueblo. Algo que no poseían los nómadas. Era fácil distinguir a los ponis nómadas por sus capas verde esmeralda, o que alguna vez fue esmeralda, y sus carretas que olían a esencias de flores. Además, procuraban distinguirse por sus tatuajes de henna, y los adornos en sus crines de plumas y flores.
Los nómadas sobrevivían recorriendo todo el ancho de Equestria, recolectando especias que se daban por estaciones en campos que ellos mismos preparaban para que no afectara el lugar y que pudiera volver a florecer en la siguiente estación; recolectaban también flores exóticas para tomar su esencia y venderlas como perfumes en los pueblos por los que pasaban. Era de esperarse que sus largos viajes se decidieran dependiendo las estaciones del año. No eran ricos, ni medianamente, pero eran apreciados por los pequeños y medianos pueblos por sus productos extraños y floridos. Además, para varias villas, era la única forma que tenían para enterarse de las noticias del mundo. Algo sumamente importante en esta época.
En la mañana del octavo día subieron la última pendiente, una pequeña, y al llegar a la cima pudieron contemplarlo todo. Rodeado entre montañas y cerros nevados, se hallaba un vasto valle con un par de lagos a su alrededor. Las primeras luces de la mañana les ayudaron a ver mejor. Había centenares de puntos rojos, verdes, azules y morados por todo el valle, incluso sobre los cerros y las pequeñas colinas. Algunos se alzaban por encima de los demás y destacaban por dar la impresión de absorber la luz y brillar como el fuego de un candelabro. Eran casas y todo tipo de construcciones hechas del mismo material. No había nada igual, tan extenso y tan maravilloso. Las hermanas potrancas divisaron una estrella formada por calles empedradas desde lo alto, la luz del alba refulgía sobre ellas, las puntas de la estrella se alargaban en lo que seguramente eran los 5 caminos reales. Caminos que parecían perderse aún fuera de la ciudad, por los campos de sembradío hacia las montañas, los bosques y más allá.
Millie señaló algo al lado de la vereda. Al voltear, por un momento no supieron que tenían que ver, pero no tardaron en descubrirlo y con ello sus ojos se abrieron maravillados. Encima de una pequeña colina se acercaba un grupo pequeño de ponis cargando algunos costales de heno, frutas y hierbas. Grandes y medianos de tamaño, y diferentes entre sí. Aunque no tan diferentes como un par de ellos, que rápidamente destacaban de sus compañeros. No era lo que llevaban encima de su lomo lo extraordinario, sino sobre su piel.
Al principio no sabían exactamente que era, pero no tardaron en darse cuenta de la extraña constitución de su cuerpo. Primero notaron que su pelaje era lustroso y fino, pero corto. De tonos pálidos pero de diferentes colores, moteado en algunos. Después sus patas. Sus cascos, anchos, eran como cuarzo blanco tallado. Llenos de lodo, debido a su recolección, pero aún se notaba su brillo. Sus crines, al igual que su pelaje, era reluciente pero contrastaba por su tinte excesivamente negro. Sólo hasta que pasaron más cerca de la carreta notaron que tenían ojos de un matiz nebuloso y el destello inusual en su corto pelaje.
El sonido, que antes era sólo un rumor en la tierra, de los cascos comenzó a ser más seco y sonoro por la calle empedrada. La entrada al reino tenía un par de pilares a los lados de cuarzo, de rubí y amatista, más grandes que cualquier joya o piedra preciosa que hubiesen visto en su vida. Una hilera de casas pequeñas rodeaban la larga muralla de la ciudad. Estaban hechas en su mayoría de piedra labrada, pero había algunas que poseían en su fachada arbustos o incluso árboles que sobresalían desde dentro del edifiico. Su tamaño aumentaba entre más cerca se encontraban del centro de la ciudad.
Se detuvieron antes de pasar por la muralla y se adentraron a una calle pequeña que los condujo a un campo de pasto con cientos de carretas paradas. Eran comerciantes de todos lados y algunos viajeros que levantaban sus tiendas de campaña. Reconocieron a muchos de los que encontraron en el camino. Algunos se quedaban y otros continuaban. Para un evento tan grande, la ciudad se preparaba para dejar espacios grande para los comerciantes y los turistas. Aunque, como era de esperarse, los ponis que poseían mayores riquezas eran capaces de rentar una casa durante el festival con todo tipo de lujos y comodidades. Eran ellos los que continuaban su camino hacia donde, seguramente, ya les esperaban para recibirlos y colmarlos de excentricidades. Entre aquellos, Millie vio al grupo de la carreta negra continuar sin cambiar si ritmo y porte.
Al encontrar un espacio lo suficientemente grande, pusieron en fila todas las carretas y comenzaron a desempacar sus propias tiendas para prepararlas. Nadie tenia una tienda pequeña, individual. No entre los nómadas. Sus tiendas eran grandes y anchas como para alojar por lo menos 30 ponis sin amontonarse. Las pequeñas bajaron sus pertenencias, las cuales no pesaban ni una docena de manzanas, y siguieron a Millie para instalarse a su lado. Por un momento pensaron en ir junto con los otros potrancos, pero no se sentían tan a gusto. Si bien la mayor no era conocida por ser la más sociable, era igualmente asediada por los potrancos, que eran menores a ella.
-Millie - exclamó Dina-, ve a buscar a quien nos pueda otorgar espacio para nuestros puestos. Nosotros nos quedaremos a resguardar las cosas. Y ustedes dos -Se refería a las pequeñas hermanas-. No se metan en problemas. Pueden acompañar a Millie, pero juro que si provocan algo, cualquier cosa, se quedarán todo este tiempo encerradas dentro de la tienda.
Dina no tenía nada en contra de las potrancas. Al contrario, fue ella quien aceptó cuidarlas. Pero no era la poni más afectuosa o maternal. Podríamos decir que su forma de demostrar su preocupación y afecto era algo particular. Aunque no pudo realmente cumplir su labor cuando las pequeñas mostraron una predilección por Millie que por Dina.
Millie se unció una carreta ligera y metió un par de cajas con muestras de sus productos para facilitar al encargado la elección del lugar, con los de su clase. Las pequeñas no tardaron en subirse a la carreta.
Luna, la potranca menor, subió sus patas en la orilla de la carreta para observar las atalayas que rodeaban la muralla. Estructuras cilindricas que medían por lo menos cincuenta veces su estatura y con diversos artilugios en la cima que parecían ser artefactos bélicos. Podría ser que Luna no lo natara antes, pero desde que vio esas atalayas fuertemente armadas le pareció que toda la ciudad se encontraba lista para enfrentar una guerra en cualquier momento.
Entraron por el arco de granito dejando atrás lo que probablemente eran las casas de agricultores y comerciantes menores. El sonido duro de un gong las sacó de su pasmo, un sonido largo y profundo que retumbaba por dentro. Varias decenas de ponis que brillaban con crines casi traslúcidas recibían con gritos y sonrisas a todas las procesiones. Celestia, la hermana mayor, se levantó para observarlos mejor. Todo brillaba con diferentes tonalidades. Sonaría a que todo era luces deslumbrantes y molestas, pero no era el caso. La luz no era excesiva, no molestaba al mirarla directamente, ni siquiera parecía intensificar la luz solar. Era como si pasara sobre todas las cosas. Como si se alimentaran de la luz y se observara el residuo de esa absorción. Ambas hermanas se sonrieron sin poder ocultar su emoción.
Se escuchó el bramido de las trompetas.
Compuestos en filas y grupos de una veintena, se encontraban soldados con armaduras doradas y plateadas. Los primeros por la derecha, tenían cascos con penacho y cola negra larga. En el pecho tenian piedras de obsidiana y espinela que formaban una serpiente con alas grandes similar a las de los murciélagos, de una capa de piel extendida sobre sus falanges. Eran los soldados de la Orden de Obsidiana. Por la izquierda, estaban los soldados de la Orden del Zafiro con cascos sin penacho pero con una cresta en forma de escamas hasta atrás hechas de plumas largas y finas. A diferencia de los primeros, estos tenían otro tipo de serpiente alada sobre su armadura de zafiro y ágata. Con una forma más curva y agraciada, se extendía sobre su pecho una serpiente con alas de plumas largas Todos corpulentos y de armaduras anchas. Portaban artefactos que jamás habían visto.
Todo se volvió una barahúnda de ponis de toda clase y de muchos lugares. Ya se alcanzaba a ver la silueta del enorme castillo a la luz del alba. En la entrada, una de las cinco, había dos grandes estandartes cerniéndose en las veredas de roca labrada con un corazón de Cristal bordado rodeado por un par de serpientes aladas con patas las mismas que estaban en las armaduras. El camino ya estaba repleto. Gritos de euforia, música y baile, gritos de mercaderes, tantas esencias de flores que podrían embriagar a los ponis de olfato fino. Y hablando de embriagar, ya se encontraban algunos puestos menores con botellas de vino y aguamiel, ya se presenciaba el gusto por la bebida de los ponis de las costas turquesas y la poderosa pero melodiosa voz de las yeguas de los valles del sur. Conocían a la mayoría, sus viajes las habían puesto en casi todas las villas. Podían ver a los danzantes del Monte Avellanado con sus lazos rojos con verde, compitiendo con sus eternos rivales los bailarines del Monte de Hojarascas con sus capas grises con bordados verdes. Había música de lugares que reconocían y otras que no. Instrumentos y sonidos completamente desconocidos para ellas. Graves y agudos, hipnotizantes y electrizantes. Algunos tan llenos de poder, a pesar de no ser escandalosos que hacían zumbar la cabeza como si algo se entrelazara en el rostro y lo acariciase. Otros con instrumentos de viento que imitaban perfecto el cantar de las aves y combinándose con otras melodias para formar preciosas cadencias.
-!Ah, Millie, niñas!- escucharon a su espalda.
Era la Sra. Glasscloud. Una vendedora de tintes perfumados para crines. Los nómadas eran sus mayores clientes.
-Sra. Glasscloud, que gusto encontrarla aquí -exclamó Millie.- Creímos que se quedaría con sus hijos en Gingerfields.
-Ellos no me habrían perdonado faltar. Mi cuerpo no soporta viajes tan largos, los cuartos se cansan de estar tanto tiempo sentada- la Sra. Glasscloud era una yegua adulta y con una complexión un tanto regordeta, pero no le importaba hablar de ello e incluso de bromear de si misma. Su sencillez y sentido del humor les encantaba a Luna y Celestia.- Es que este precioso cuerpo debe mantenerse sentado, pero en los asientos de mi casa, así mis curvas se asientan mejor.
Las acompañó todo el trayecto, bromeando con las pequeñas mientras ofrecía en segundo plano sus nuevos tintes para Millie y los demás. Millie jamás usaba tinte para ella, pero sabía que Dina y los demás no dejarían escapar la oportunidad. En parte le agradaba haberse topado con ella en la feria, sabía que así Dina no dedicaría tanto tiempo a vigilarla y a las potrancas.
Ingresaron a una tienda de campaña grande con bordados finos dorados con estandartes en su entrada. Por dentro se encontraban varias mesas con muchos documentos, espadas, escudos, orfebrería, etc. Inmediatamente las abordó un guardia y las guió hacia una de varias mesas donde un poni examinó sus cajas. Después de mirar por un rato su mapa, les cedió un lugar que no era demasiado alejado de sus tiendas de campaña.
Dentro de la tienda, algo llamó la atención de Celestia. Había un pedestal de obsidiana al centro de todas las mesas, sosteniendo una piedra muy diferente a todas los demás. Comenzaba por una masa circular grande en el centro de color blanco y se extendían cuatro brazos hacia arriba en forma de gota. Las pequeñas extremidades tenían un tono azul eléctrico hasta la punta pero lo más interesante era el brillo que irradiaba. Parecía rodearse de una ligera película blanca. Todo aquí es demasiado brillante, pensó Celestia. Vio cómo algunos guardias se acercaban a este curioso artefacto, haciendo una rápida reverencia como esperando algo y retirándose segundos después.
Después de firmar papeleo, Dina y las potrancas caminaron hacia la salida cuando un guardia entró corriendo empujando a Luna al suelo. Ni siquiera notó su acto de descortesía, se dirigió directamente a la mesa donde estaban. Celestia se acercó para ayudar a su hermana a levantarse.
-Raydust, necesito que armes uno o dos grupos pequeños para una búsqueda- dijo respirando agitado pero sin levantar demasiado la voz-. Algo ha escapado del Jardín de las Delicias, el grupo de trotacielos no pudo sellar al místico. Uno de los visitantes reportó haber visto un animal raro sobrevolar su tienda de campaña. Debemos ser rápidos si no queremos incidentes.
-¿Sabes qué tipo de místico...?- Millie las empujó de nuevo fuera de la tienda para dejarlos con sus asuntos pero Celestia se sentía atraída por el tema. Se quedó con la imagen de los soldados con rostros preocupados.
Pocas horas después ya tenían el puesto levantado y cubierto con una manta. No se les permitía abrir hasta dar por terminada la ceremonia de apertura. Se dirigieron a la plaza de la ciudad todos juntos. Repleto de ponis, la plaza se encontraba justo debajo del Castillo de Cristal. Una estructura colosal e imponente, con un gran arco en su base, similar al cristal del pedestal en el puesto de guardias. Poco más arriba se divisaba un balcón ancho donde un par de guardias de armadura dorada resguardaban una entrada cubierta por un telón blanco semi-traslúcido.
-Pronto la familia real saldrá de ahí para que comience la ceremonia de apertura -dijo Millie.
-¿Cómo construyeron algo así? - preguntó Luna- Es decir, cómo es posible hacer algo tan enorme.
-Todo aquí es demasiado brillante. Es un poco molesto -exclamó Celestia.
Celestia echó un vistazo a su alrededor. El espacio se hacía más reducido a cada minuto. Difícil de creer considerando que esa explanada bajo el castillo era extensa. Pero con tantos ponis, era de suponer que ni un lugar tan inmenso como el Imperio de Cristal pudiera albergarlos a todos. Ni siquiera parecía que Equestria se encontrara en una situación tan grave.
-Ésta ciudad, sus cimientos, están encantados -respondió Dina, que se encontraba detrás-. La ciudad se construyó con magia muy poderosa y antigua. Todo lo que ven es producto de algo milagroso. Y es justamente la familia real quien poseé la magia y el derecho para gobernar aquí -guardó silencio por un momento-. Sólo ellos son capaces de restaurar nuestro mundo a su belleza original.
Un siglo atrás, Equestria era un continente compuesto por varias grandes ciudades y muchos pueblos separados. Pero vivían en paz, la mayor parte del tiempo. Sólo disputas sin mucha importancia que acababan con pagos enormes de alimento, piedras preciosas o conocimiento. En Equestria no se había derramado sangre por batalla alguna desde hace más de cuatro siglos, en los tiempos de la magia negra y el Espacio Etéreo. Quizá la estabilidad de Equestria la acostumbró al sosiego y la parsimonia, hecho que facilitó su fragmentación y la pérdida de cientos de miles. Hechos de los cuales, Luna y Celestia son supervivientes.
Todos deseaban recobrar esa antigua paz. Pero era algo que se veía menos probable con el tiempo. Sin las antiguas ciudades y su protección, Equestria comenzó a refugiar nuevas criaturas. Criaturas peligrosas y varias veces más grandes que un poni que con el tiempo se adueñaron de bosques, pantanos y desiertos. Cortando cada vez más los caminos que quedaban.
El sonido de las trompetas se clavó en el ambiente acompañado del mismo gong que escucharon antes. Del telón salieron un par de ponis. Apenas podían distinguirse por la altura, pero ambas figuras eran altas y ataviados con telas largas y finas. Uno era un macho, alto y de pelaje gris, vestía una armadura de oro que relucía desde el balcón. Se hizo a un lado y se quedó junto a al telón. La otra figura pertenecía a una hembra, alta y vestida con una corona delgada que se alzaba con pequeñas astas ribeteadas con flores azules que colgaban en su lomo. Si piel blanca como el marfil, parecía frágil al tacto. Su crin era de un rubio muy claro, lacio y sedoso, que terminaba con un color turquesa en las puntas al igual que sus ojos. Lo tenía trenzado y puesto de lado con cadenas delgadas de plata. Su vestido era de un tono gris obscuro, de seda brocado con plata formando el mismo símbolo del corazón entre dos dragones.
Luna y Celestia quedaron embelesadas. Era la poni más hermosa que jamás hubiesen visto. Su figura, su apariencia, era algo irreal. Una unicornio como ninguna otra.
La princesa se quedó un momento esperando frente al telón, como esperando la entrada de alguien más. Después de un minuto se acercó al balcón. Su cuerno se encendió de un tono azul eléctrico y su voz se vio amplificada por un hechizo de magia. Apenas podrán recordar exactamente las palabras que dijo, porque su voz las hizo perderse en un trance provocado por su voz grave pero dulce, suave y fluida. Múltiples luces de colores se alzaron al cielo y derramaron sus estelas hacia la plaza. El castillo entero se iluminó como un faro colocado en medio del océano, en completa obscuridad. De nuevo sonó un profundo gong, seguido del aplauso y la fanfarria.
Todo era algo nuevo, una deliciosa para ojos hambrientos de novedad. Una visión de un paraje idílico del mundo antiguo. Comenzando por grupos de pegasos que ascendían con humos de colores haciendo acrobacias atrevidas y formando figuras en el cielo. Demostraciones de la fuerza del imperio, disparando proyectiles grandes a las montañas, que habrían de suponerse deshabitadas, para observar el enorme rastro de polvo en el horizonte. Por ultimo, comenzaron números musicales que se apoyaban de muñecos gigantes que se agitaban encima de todos los ponis. Hermosas melodías interpretadas por una gran orquesta, fue la mejor parte para Luna. El canto de un coro de yeguas poderoso y dulce, los tonos graves y guturales de los sementales, los músicos que tocaban tambores con sus patas o instrumentos de cuerdas con magia. Cómo es posible tal virtud en el sonido, pensaba Luna.
El último número presentó algo aún más elaborado. En ese momento Luna y Celestia se vieron opacadas por dos sombras gigantes. Al mirar arriba, Luna no pudo evitar sentirse aterrada. Un dragón de alas negras se acercó tranquilo al castillo. El coro se tornó más grave y cantaron con mayor fuerza. Del otro lado del castillo, se acercó el dragón de plumas blancas. Eran las verdaderas representaciones de los dragones en los estandartes. Gigantes y verdaderamente atemorizantes. No parecían molestos por el ruido, la música y las luces. Más bien formaban parte del acto. Ambos brillaban con luz propia y se acercaron hacia el balcón de la princesa, agachando su cabeza como en una reverencia. La princesa entonces se despojó de sus ropajes y se lanzó por la orilla. Más de un grito se escuchó, ambas hermanas incluidas, pero lo que en un principio fueron gritos de horror se transformaron en gritos de asombro. La princesa se elevó mostrando a todos un hermoso par de alas blancas y turquesa.
-Son parte esencial del Imperio- Dijo Dina. -Esos dragones son una extensión de la fuerza y de la magia del Corazón de Cristal. Pero la princesa es el puente entre toda conexión mágica que existe aquí. Es por ello que fue bendecida como una alicornio-.
Ese fue el último número musical y el fin de la ceremonia de apertura. En el final, los dragones levantaron vuelo siguiendo a la princesa hacia una parte escondida en las torres del castillo.
Volvieron a las tiendas en la madrugada. Luna ya se había quedado dormida, insistente de ver el último de los bailes y escuchar la última nota de la última canción. Millie la cargaba en su lomo. Celestia iba a su lado procurando que su hermana no se fuera de lado. Celestia era significativamente más sería que Luna, menos impetuosa pero no menos expresiva. Aunque no lo demostrara de la misma forma, el evento había sido un deleite y tenia una pequeña sonrisa que sólo su hermana y Millie eran capaces de notar. Aunque después de varias horas sentía entumecidas las patas y le pesaban los ojos. No era alguien que disfrutara de noches en desvelo por mirar las estrellas, disfrutaba más bien del calor del sol y del cielo azul.
Se recortaron en sus camastros. Todo le había dejado una sensación extraña, algo que percibió poco antes de encontrarse con la ciudad, cuando vieron por primera vez las auroras boreales que nacen del enorme Castillo de Cristal. Había algo, una evocación en lo más profundo de su alma que la mantenía inquieta. Quizá era que no estaba acostumbrada a ver esa clase de maravillas. Ya había pasado poco más de un año desde que fueron acogidas por los nómadas, habían visto mucho más en un mes de viaje que en sus años precedentes. Todo tenia un brillo especial, una belleza en sus cualidades que las separaban de todo lo demás y las hacían únicas. Le gustaba ver las flores y sentir su esencia, sentir la tierra húmeda entre sus pezuñas, escuchar el sonido del agua en los ríos y los pájaros cantando en el alba. Todo eso le provocaba un enorme placer y tranquilidad. Pero esto era distinto.
La belleza del Imperio no parecía provenir de la propia naturaleza. Era algo más, simplemente era demasiado para ser natural. Dina lo dijo antes, el Imperio de Cristal está rodeado de magia ancestral. Su belleza era algo producido, innegablemente maravilloso, pero artificial. ¿Qué magia yacía sobre el suelo en el cual ella estaba descansando y por qué sentía un ardor en el pecho cada vez que sonaba el gong, los demás lo sentían?
Ya era tarde, y no podría encontrar una respuesta de todos modos. Acurrucó a su hermana junto a ella y se dispuso a dormir. Con ayuda del dolor en los muslos, se perdió en la obscuridad en pocos segundos.
A su mente vinieron imágenes de su antiguo pueblo. No podía recordar los nombres de sus habitantes, pero si podía recordar claramente sus rostros. Los vendedores de frutas de la plaza, con sus competencias por precios bajos y sabores únicos. Sin saber que sus hijos planeaban abrir un nuevo puesto para vender ambas frutas y, a su vez, con un retoño en camino. La poni anciana de la panadería con sus gemelos repartiendo pan por todo el pueblo. El vendedor de especias con su crin amarrada en trenzas. La pequeña escuela con el ajado portón madera. Podía recordar muchas cosas de su vida pasada, risas, voces, rostros y lugares pero nada de ella fuera de su nombre y su relación de sangre con Luna.
gong
De nuevo ese sonido profundo inundó su mente. Como un golpe, se agolparon muchas imágenes frente a ella. Como la furia de una estampida, vinieron a ella cientos de gritos y aullidos. Alucinaciones de exaltaciones y frenesí. Sintió como ella también se exasperaba y desesperada echó a correr. La sensación de acoso era tan honda que apenas podía respirar. En su camino se elevaban las llamas como el presagio de una muerte dolorosa. Tropezó en la nada, lastimando sus patas delanteras. No podía levantarse. En aquél espacio, las llamas crecieron y se acercaron cada vez más. Su vista se volvió nebulosa y dejó de distinguir las lenguas rojas que reptaban hacia ella. Perdía lentamente la consciencia.
"Celestia"
Escuchó la voz de su hermana a la distancia. Poco a poco se quedaba ciega a medida que podía tomar menos aire para respirar. No sabía de dónde venia la voz de su hermana, pero sentía la imperiosa necesidad de correr hacia ella. Celestia, volvió a escuchar. Esta vez más claro y fuerte. Notaba desesperación en la voz de su hermana. Aun con las patas magulladas intentó levantarse. El dolor intenso le hizo gritar, pero había logrado tenerse en pie. Sentía el dolor del fuego, y como parecía que su piel se abrasaba al igual que su crin. Era como si muchas fauces de filosos dientes la estuvieran devorando. Sabía que estaba gritando de dolor, trató de caminar, pero en el primer paso el dolor de las patas y el fuego le hizo caer. Como si de una manada de lobos se tratara, sentía que su cuerpo se deshacía a mordiscos. No paraba de gritar al borde del desgarro.
¡Celestia!
Era más clara su voz, y más cercana. Podría decir que estaba justo a unos metros de ella. Con mayor ímpetu trató de levantarse. Poner tan solo su pata en el suelo para sostenerse era agonizante. Sentía como su piel se caía y se hacía cenizas, las lágrimas no paraban de emanar de sus ojos. Lo soportó y se armó de valor para poder poner la otra pata y luego las traseras. Cuando por fin pudo levantarse, sintió que le faltaba el aire y un mareo la hizo tambalearse. Pudo sostenerse en pie, sin hacer caso del extenuante dolor. Sin dudar volvió a dar el paso, esta vez sin caerse. Comenzó a caminar hacia donde venia la voz de su hermana. Sentía que ya no tenía pelaje alguno, era solo un ser que caminaba en carne viva y que con cada segundo ésta también se caía como si fuera la cáscara de un huevo.
Un paso sobre otro, empezó a caminar sin tambalearse. La voz de su hermana la mantenía concentrada y consternada. Recordó que sólo una vez la había escuchado de la misma forma, y la razón de ello la sabia bien. No dejaría que pasara. Sin saber cómo, la encontraría y la protegería de nuevo de cualquier peligro. Un paso sobre otro, y ya podía aumentar el paso. No dejaría que pasara y no dejaría que nada terminara con ella hasta tener a su hermana a salvo. Nada la detendría.
Lentamente dejó de sentir el dolor del dolor fuego en su piel, así como el de sus patas. En su lugar sintió un calor inmenso que nacía de su pecho. Con cada paso, disminuía el dolor pero a su vez la sensación de su propio cuerpo. Era como si ella misma se volviera fuego y se extendiera por todo el lugar. Esa percepción la hizo sentir inmensa y poderosa. Siguió caminando y el camino frente a ella se volvió claro, el miedo se estaba apartando.
¡Celestia!
Pudo verla a la distancia, pequeña y asustada, mirándola. Pero ella ya no era la misma, sino un ser diferente de luz. Poco a poco recobró la consciencia.
Frente a ella se encontraba un ave gigante de plumas rojas y doradas. Su mirada, como dos cuencas repletas de lava, estaba sobre de ella fijamente. Desprendía de su cuerpo una gran cantidad de calor, pero no sentía que se quemara. No sentía miedo, aunque su cuerpo estuviera bañado en sudor.
El ave inclinó su cabeza y se consumió en llamaradas azules. Dejando como resultado una forma más pequeña de sí misma. Celestia miró a su alrededor. Tardó unos segundos en reconocer el lugar, pero ya no había tienda de campaña, sino pedazos negruzcos en el suelo. En torno al lugar, había muchos ponis reunidos entre los cuales destacaban una muralla de guardias impidiendo el paso. En una pequeña abertura se encontraba Luna, sostenida por Millie entre sus patas, con el rostro desencajado. Todos estaban en silencio. Ya no había más tienda de campaña o camastros. Sólo ella y el ave, quien se acercó con total naturalidad. Todo rastro de pasto o de cualquier otra cosa se encontraba hecho cenizas dejando en el centro un círculo de ceniza y carbón con ella en medio.
