Locura y debilidad
—¿A qué le temes? —murmuró y su aliento golpeó el cuello de Kagome como una daga. No importaba lo cálido que se sentía él y el abrazo que le proporcionaba. Ella estaba helada.
¿A qué le temía?
Levantó el rostro del pecho de Inuyasha para pasar a verlo a la cara. Su mirada era triste; sus ojos estaban… húmedos. ¿Tendría deseos de llorar? Algo en el pecho de Kagome se retorció. Él estaba turbado y posiblemente era su culpa.
El silencio en la cabaña era sobrecogedor. Apenas se escuchaban las respiraciones de sus compañeros. Kagome estaba arrodillada al lado de Inuyasha, siento contenida por él luego de tamaña pesadilla.
¿A qué le temía?
—Solo fue un mal sueño —repitió ella, intentando tranquilizarlo y convencerse a sí misma. Aún sentía tanto frío como si estuviera fuera, corriendo, escapando de sus garras. De las garras que ahora la abrazaban.
—¿Qué te hice esta vez? —susurró él, apretando un poco el agarre en sus hombros.
¿Cómo era capaz de saberlo? Abrió los ojos sorprendida; asustada.
—Hablaste dormida —aseguró, miró un momento al costado y volvió a enfocar sus ojos en ella—. Me llamabas. Te hacía daño.
—No, Inuyasha…
—No mientas.
Kagome calló. Se humectó los labios y titubeó. Inuyasha apretó los dientes. Maldición, era cierto. Todo. Él le hacía daño.
—Lo siento.
El murmullo salió con olor a salado. Kagome rogaba que no llorara, no soportaría el dolor.
—Inuyasha —comenzó, pero se atragantó apenas arrancar. ¿Qué le diría en realidad? —. No eras tú.
—Era mi sangre yōkai —gruñó él. La soltó y se giró, cruzándose de brazos—. Entiendo que eso les da miedo…
Kagome cerró sus manos en puños. Eso era tan injusto. ¡Fue solo una pesadilla! No podía negarlo, temía que Inuyasha se transformara y que nunca pudieran recuperarlo… pero era el temor a perderlo, no a morir.
—Si alguna vez… si alguna vez me transformo de nuevo —murmuró él, mirando el techo. Se sentía tan mal. Temía tanto hacerles daño. En especial a Kagome. Jamás se lo perdonaría—. Kagome… no duden en matarme.
La chica empalideció. Matarlo era incluso peor a que él los matara.
—Jamás te haría daño.
Inuyasha miró hacia el suelo. Él tampoco le haría daño. Pero no podía controlar su sangre yōkai; corría por sus venas, esperando un momento de debilidad para aflorar. Y esa sangre yōkai sí quería hacerle daño. Sí quería matar y bañarse en sangre.
Kagome se acercó a él y lo abrazó por la espalda.
—Y tú jamás nos harías daño, Inuyasha.
El hanyō tomó una de sus manos.
¿Él nunca les haría daño? Una parte de él, tal vez… Para qué mentir. ¿Acaso no palpitaba más rápido su corazón, no sentía el fuerte flujo de su sangre en las venas, no sentía ese deseo absoluto de desgarrar en algunas ocasiones? ¿No era acaso un hecho que apenas podía controlarse durante las batallas, cuando sus amigos recibían alguna herida? ¿No era un martirio cuando llegaba esa fecha del mes en la que Kagome o Sango sangraban?
El olor de la sangre de sus compañeros activaba la suya propia dentro de su cuerpo y su parte yōkai luchaba por salir… salir y mancharse de todo ese flujo vital. Ser el causante.
Tener a Tessaiga apenas lo controlaba; de alguna manera, la espada ya no retenía y ponía en orden sus pensamientos y ese palpitante deseo de matar.
Cerró los ojos con fuerza.
No se atrevía a compartir eso con ella. ¿Cómo empezaría? ¿Diciéndole que cada vez que olía su sangre sentía ganas de desgarrarle la garganta? ¿Y qué lo mismo pasaba con cada persona cercana a él? ¿O ajena a él? ¿O con cualquier criatura?
Su parte demonio cada vez luchaba con más fuerza para hacerse del control de su cuerpo y de su mente, y él cada vez tenía menos ímpetu para resistirse. Eventualmente ganaría.
Sentía que algunas lágrimas querían escaparse de sus ojos. Eventualmente mataría a Kagome.
No lloraría. No les contaría tampoco de esa batalla interna. Si les contaba… a lo mejor lo echarían. O peor, le tendrían incluso más miedo del que profesaban actualmente. Kagome dejaría de tener pesadillas... no dormiría en lo absoluto. Sango y Miroku lo mirarían con más recelo. Evitarían que tuviera batallas. Y, cualquiera fuera el momento en que se transformara, así fuera solo unos minutos, se volvería, inminentemente, en un monstruo a sus ojos.
No podía soportarlo.
Tomó la mano de Kagome con más fuerza.
—Eso espero —murmuró.
Pero lo dudaba. Algún día atravesaría el cuerpo de Kagome con una de sus garras y reiría de manera fanática y descontrolada, a pesar de todo lo que la amaba.
Algún día, dejaría de existir Inuyasha; su mente sería total descontrol y solo sentiría deseos de matar. Algún día, las recurrentes pesadillas de Kagome se harían realidad… y él era lo suficientemente cobarde para no devolverla a su época y nunca volver a verla.
Ella mantenía sus demonios algo a raya, pero solo un poco. Sería suficiente durante un tiempo.
Si tenía suerte, tal vez en algún momento aquello se solucionaría.
Aún así, de eso estaba, cada vez, menos seguro. Muchas veces sentía que su cuerpo se movía en contra de su voluntad o tenía pequeñas lagunas mentales que, sin importar lo que hiciera, no lograba llenar. Las miradas de Miroku se volvían cada vez más perspicaces,... algo sospechaba. Él mismo sospechaba que, de a momentos, otra parte de él tomaba el control.
Ni siquiera en ese momento se sentía en completo dominio de sí mismo. Corrían tiempos extraños.
—Te quiero —susurró Kagome en su oído.
Ese mismo susurro hizo eco en la habitación y retumbó en su cabeza. Él sentía deseos de abrazarla y decirle que siempre la protegería. Pero eso era mentira.
Ahora más que nunca estaba seguro: él mismo acabaría con ella. Sentiría su sangre correr por sus manos, cálida y roja. Se sentiría feliz. E Inuyasha, para ese entonces, estaría muerto.
Tal vez, algún día, Kagome lo perdonaría.
—Yo igual.
Tal vez, esas pocas palabras le hicieran llegar todo lo que él lamentaba la situación. Sentía que las lágrimas iban a correr por sus mejillas en ese preciso momento, pero algo se lo impidió. La escena frente a sus ojos se nubló finalmente. Ahora que sabía la verdad, posiblemente nunca recuperaría el control.
La respuesta de Inuyasha heló su sangre; el agarre de él había aumentado un poco. A Kagome le dio un vuelco el estómago al escucharlo. Su voz parecía distorsionada por... la oscuridad, la sugestión, su propio miedo. Más que nunca, sentía que el hanyō, de a poco, estaba perdiendo la cordura y, a pesar de que eso la asustaba mucho, no era capaz de dejarlo.
Sintió miedo; mucho más miedo del que sintió en su pesadilla. Imaginó a Inuyasha sonreír a espaldas de ella, por alguna razón que no lograba visualizar. Sentía un viento sobrenatural mover sus cabellos y no sabía si era a causa de su terror o era verdad.
Sí había algún olor salado en la habitación, pero no estaba tan segura de que fueran lágrimas. Era salado… y era… metálico.
No… Inuyasha no estaba perdiendo la cordura.
Inuyasha ya estaba loco.
