Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.


EL DÍA D (DE DESASTRE)

II. Segunda semana: La confirmación del desastre

Día 8

—Granger, deja todo lo que estés haciendo ahora mismo —ordenó Draco, entrando por la puerta como si el lugar le perteneciera con un pergamino en la mano—. Tenemos un problema.

—Malfoy —contestó Hermione cansinamente—, ¿no puede el problema esperar tres horas? Algunos tenemos que trabajar para vivir, ya sabes.

—No, Granger, no puede esperar. ¿Y sabes lo que no puede esperar? Esto —dijo, dejando el pergamino encima de la mesa de Hermione.

Ella suspiró, pero lo cogió y lo leyó atentamente.

«Draco,

He decidido que va a ser necesario pasar más tiempo con las Granger antes de que vayas a la Soirée, lo último que necesitamos es que dejes en mal lugar a Hermione delante de su abuela.

Pregúntale a Hermione si mañana le viene bien para venir a tomar el té; ella y su madre, por supuesto. Discutiremos algunas ideas que tengo, si le parece bien.

Con cariño,

Tu madre»

Hermione releyó la carta, estupefacta.

—¿Qué? —preguntó al final, levantando la vista y clavándola en Draco—. ¿Ir a tomar el té a Malfoy Manor? ¿Con mi madre? ¿Para preparar la Soirée? —dijo con tono de incredulidad.

Draco asintió lentamente.

—Eso parece, Granger. Maldigo el día en que se me ocurrió aceptar tu propuesta, esto se nos está yendo de las manos.

—Y además de verdad —murmuró ella.


Día 9

Draco y Hermione compartieron una mirada angustiada por encima de la mesa.

Sus madres, por el contrario, estaban perfectamente cómodas, charlando de todo un poco mientras ellos se limitaban a beber té, tomar pastas y asentir cuando les preguntaban.

—Y lo de los diseñadores... ¿Cómo hace tu madre para saber que las personas llevan lo que deben? —preguntó Narcissa con verdadera curiosidad—. Mi madre usaba un hechizo, pero claro...

—No hace nada exactamente. Conoce todos los diseños de los diseñadores permitidos, así que se limita a mirar atentamente a los invitados y comentarles a los que no cumplen con el código que si no recibieron la lista de diseñadores o algo así —respondió Jean sonriendo.

—Qué gracioso —comentó Narcissa—, ¿verdad que sí, Draco?

Él hizo un gesto afirmativo con la cabeza mientras se llevaba una pasta a la boca.

—Y, Hermione, querida, ¿qué diseñadores vas a llevar tú?

—Tengo que llevar Valentino, Givenchy y Dior, más uno de mi elección —contestó ella, y añadió a modo de explicación—. Como soy de la familia, la abuela me manda ya los diseñadores específicos que debo llevar.

Narcissa asintió muy seria, como si eso también le hubiera pasado a ella alguna vez.

—Oh, entonces podrías llevar un diseñador mágico —propuso de pronto, dando una palmada en el aire—. Le pediré a Madame Laire que te haga un vestido.

Hermione se obligó a sonreír a modo de agradecimiento, pero, aunque no conocía muy bien la moda mágica, tenía la sensación de que la tal Madame Laire iba a resultar muy cara.

—Muchas gracias, pero no sé... Mi presupuesto está un poco limitado —añadió, cruzando una mirada con su madre.

—No te preocupes por eso, querida, Draco te pagará el vestido.

—¿Ah, sí? —preguntó este, sonando como que se estaba atragantando con las palabras. O tal vez era con las migas de la galleta que se había comido, a saber.

—Sí —respondió su madre—, puesto que Hermione vendrá con nosotros a comprar para asegurarse de que compramos lo correcto.

—¿Ah, sí? —preguntó Hermione, estupefacta.

—Claro que sí, Hermione —intervino Jean—. Necesitan ayuda, y además te están haciendo el favor a ti.

Hermione y Draco volvieron a cruzar otra mirada angustiada.

Los problemas iban en aumento.


Día 10

Efectivamente, la tal Madame Laire era una modista privada, de lujo y muy, muy cara.

Hermione cerró el catálogo de vestidos que Ginny le había dejado para que se hiciese una idea de lo que esperar con un suspiro.

Le gustaban todos los vestidos, lo que ya no le gustaba tanto eran los precios... Casi estaba agradecida de que un vestido se lo fueran a pagar los Malfoy, pues solo con pensar en que tenía que pagar tres vestidos, más zapatos, bolsos y complementos adecuados, tenía ganas de meter la cabeza en un agujero y no salir hasta que la Soirée hubiera pasado.

Para colmo, su madre, normalmente tan paciente y comprensiva, había entrado en su habitual histeria pre-Soirée y le había mandado muchos catálogos de vestidos y zapatos para que fuera escogiendo y ambientándose.

Se terminó la taza de té de un sorbo y decidió que necesitaba algo más fuerte si, después de haber estado toda la mañana redactando informes para el Ministerio, tendría que pasarse toda la tarde mirando vestidos y más vestidos.

En ese momento, un golpeteo en la ventana la sobresaltó. Era una lechuza blanca y enorme que llevaba el emblema de los Malfoy en el cuello e iba cargada con una carta.

Abrió la ventana, y la lechuza dejó caer la carta y se fue sin echarle siquiera un segundo vistazo.

Hermione abrió el sobre y extrajo de él un pergamino escrito con letra elegante y dedicada:

«Querida Hermione,

He concertado una cita mañana con Madame Laire en su maison de París. Yo no puedo asistir, pero Draco te acompañará, y de paso podréis mirar ropa muggle.

El traslador está programado para las cinco de la tarde.

Con cariño,

Narcissa»

—Esto es como una plaga —se quejó Hermione, tirando el pergamino de cualquier manera sobre la mesita del comedor—. No me dejan ni vivir.


Día 11

—Le voy a hacer un vestido precioso, ya verá. —Con esas palabras, Madame Laire la despachó de su estudio apenas diez minutos después de que hubiera entrado.

Draco, que estaba sentado en el sofá de la entrada leyendo tranquilamente, levantó la vista al verla salir.

—¿Ya? —preguntó, genuinamente sorprendido—. ¿La has insultado y se ha enfadado contigo o algo así?

—Ja, ja, qué gracioso eres —respondió ella con ironía mientras recogía su bolso y su chaqueta—. No, he entrado, me ha tomado las medidas, le he explicado un poco lo que necesitaba y me ha echado.

Él silbó por lo bajo mientras se ponía en pie y guardaba el libro en un bolsillo.

—Bueno, pues vámonos. ¿Qué te apetece más, mirar vestidos para ti o trajes para mí?

Ella lo miró con cara de desesperación.

—Tú también no, por favor. ¿Y si nos vamos a tomar un café y luego ya...?

—Me parece buena idea —concedió Draco, y ambos salieron a las calles de París en busca de una cafetería.

A medio camino, Hermione se detuvo en el escaparate de una zapatería, observando con los ojos como platos unas elegantes sandalias doradas de tacón.

—Son preciosas —declaró, embobada.

Draco sonrió con aire burlón y la agarró del brazo.

—Venga, vamos a tomar ese café.

Cuando llegó a su casa esa noche, tras horas de búsqueda infructuosa en las tiendas parisinas, Hermione se encontró un paquete esperándola, acompañado de una nota cuya caligrafía conocía muy bien: «Combínalas con un buen vestido».

En el paquete, estaban las sandalias doradas que habían visto aquella tarde.

—¿Pero cómo...?


Día 12

—No quería hacer preguntas, pero necesito saber por qué.

—¿Por qué qué? —preguntó Draco, tomando un sorbo de su taza de café y mirándola con interés.

Ella cerró la puerta de su despacho y se cruzó de brazos.

—Por qué me compraste las sandalias.

—Porque te gustaban, y me apeteció. Es mi buena acción del mes, Granger, no la cuestiones.

—Vale, pero... ¿Cómo sabías mi número de pie?

Él se encogió de hombros.

—Te he acompañado a comprar zapatos más de una vez, por si no lo recuerdas.

—¿Y cómo te las arreglaste para comprarlas? ¡Estuvimos todo el tiempo juntos!

—¿Qué es aquello que dicen los muggles? ¿Que un mago nunca revela sus secretos?

—Pero... —empezó Hermione, pero él la interrumpió.

—Granger, deja de darle vueltas. Es un regalo, ya está.

Ella quería discutir, preguntarle y aguijonearle hasta que él revelara sus motivos, o al menos revelara algo, pero decidió no hacerlo. Después de todo, le había hecho un regalo, y le estaba haciendo un gran favor.

—Bueno, pues muchas gracias. Me gustan mucho y me quedan genial —dijo, y huyó rápidamente por la puerta.

No alcanzó a verle la cara, pero él sonreía.


Día 13

—¡HERMIONE, DESPIERTA!

La aludida dio un salto en la cama y apuntó con la varita al ser monstruoso que la acababa de despertar, que no era otra que Ginny.

—¿Ginny? —preguntó, medio dormida todavía.

—No, el vecino —contestó ella con sarcasmo—. ¡Pues claro que soy Ginny, tonta! Anda, espabila y vístete, que nos vamos de compras.

—¿De compras? —repitió Hermione, frotándose los ojos—. ¿A dónde? ¿Por qué?

—Sí, de compras —dijo Ginny con paciencia—, porque te recuerdo que tienes que conseguir ropa para una fiesta que da tu abuela. Y nos vamos al Londres muggle.

—Tú también no —se quejó Hermione—. Mi madre y Narcissa están obsesionadas con que compre ropa, solo me faltabas tú.

—Somos el Trío Diabólico —aseguró su amiga sin inmutarse—. Ahora, dúchate y vístete, deprisa. Voy a hacer el desayuno.

Hermione observó cómo Ginny se dirigía a la cocina con su habitual energía y suspiró, arrastrándose fuera de la cama.

—¡DATE PRISA! —chilló Ginny.

Tendría que empezar a bloquear la Red Flú por las noches, pensó Hermione con irritación.

Aunque ese día Hermione fue de todo menos colaborativa, volvió a casa con cuatro bolsas de ropa. Cualquiera le decía que no a Ginny Weasley, después de todo.


Día 14

Al fin, domingo.

Hermione se estiró entre las sábanas y bostezó perezosamente antes de levantarse.

Iba a disfrutar ese domingo, se juró. Nada de buscar vestidos, ni zapatos, ni planear cosas para la estúpida Soirée de su abuela. Solo ella, en su piso, leyendo relajadamente todo el día.

Por supuesto, no contaba con una pila enorme de catálogos de ropa plantada en su sofá que la noche anterior no estaba allí, ni con Draco Malfoy desayunando tranquilamente en su mesa de la cocina.

De hecho, con lo último con lo que contaba era con Draco Malfoy.

—Malfoy, ¿qué haces aquí? —preguntó. Quería que la voz le saliera exigente, pero en su lugar salió cansada, casi resignada.

—Buenos días, Granger —respondió él, levantando la vista de su taza de té para fijarla en ella—. Bonito pijama —comentó con sarcasmo.

Ella lo fulminó con la mirada. Su pijama consistía en una horrible camiseta rosa fucsia que se le había quedado pequeña años atrás, y unos pantalones cortos blancos con dibujos de ositos. No era precisamente una gran combinación, pero a su cama le daba igual si su ropa era bonita o fea.

—¿Qué haces aquí? —repitió ella.

—Desayunar. He traído magdalenas y croissants —añadió, señalando dos bolsas que había en la mesa.

«No te pongas nerviosa, Hermione, calma», se dijo mentalmente, caminando con parsimonia hasta la mesa y sentándose, agitando la varita para prepararse una taza de té.

—Bien —dijo, cogiendo una magdalena y dándole un mordisco—. ¿Para qué has venido aquí exactamente?

—Para ayudarte a elegir un vestido que combine con las sandalias que te compré, por supuesto —respondió él, señalando la pila de catálogos de ropa—. Son catálogos muggles, además. Para que veas —añadió con orgullo.

Hermione decidió que no valía la pena discutir con él, e hizo un gesto con la mano.

—Pues ve empezando mientras yo termino de desayunar.

Definitivamente, tendría que bloquear la Red Flú por las noches.


Y quien dice que actualizará un lunes, actualiza un miércoles, así porque sí xDDD Bueno, más concretamente, por una razón: porque he recibido 30 reviews y le dije a Darfoy, mientras miraba alucinando la cantidad de reviews que llegaban sin parar, que en cuanto llegara a 30 actualizaba. Y aquí estamos.

Lo cierto es que estoy muy, pero que muy emocionada por el recibimiento que ha tenido este pequeño fic mío: no solo 30 reviews sino también 40 favs y 56 follows en un capítulo de apenas 2000 palabras. Es algo verdaderamente impresionante que no me esperaba en absoluto. Quiero decir, yo fui escribiendo este fic sobre la marcha, improvisando. No esperaba que os gustara tantísimo, ¡es increíble! Mil gracias :)

¿Qué me decís respecto a este capítulo? ¿Os ha gustado tanto como el primero o es más soso? ¡Contádmelo todo!

¡Nos vemos en el próximo capítulo (que seguramente será el domingo)!

LadyChocolateLover