Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.


EL DÍA D (DE DESASTRE)

IV. Los días anteriores al desastre

Día 22

Hermione Granger no era una bruja que se tomara su trabajo a la ligera. Más bien al contrario, se lo tomaba casi con excesiva seriedad.

Por eso mismo, no era capaz de comprender cómo se había dejado engatusar por Ginny y había pedido un día libre para irse de compras. Y un lunes, nada menos.

—Podríamos haber venido por la tarde —protestó Hermione por enésima vez—, no era necesario que estuviéramos todo el día aquí.

—¿Cuántos vestidos te faltan? —preguntó Ginny sin inmutarse.

—Dos.

—A una media de cuatro horas buscando un vestido que se ajuste a lo que necesites, más lo que pueda tardar encontrar uno que te guste y te quede bien, más la posibilidad de que quizá no haya ninguno que te guste, más otros inconvenientes y teniendo en cuenta que deberíamos haber empezado a buscar hace dos semanas por lo menos... —Ginny se rascó la barbilla con condescendencia, haciendo como que pensaba intensamente—. Sí, sí es necesario que estemos todo el día aquí.

Hermione suspiró.

—Vale, pues vamos.

Recorrieron tiendas y más tiendas, buscando un vestido que se ajustara no solo a lo que Hermione necesitaba, sino también a las marcas que le había exigido su abuela.

Al final, en una tienda remota en medio del Londres muggle, Ginny aplaudió, encantada.

—Es absolutamente perfecto —declaró.

Hermione se miró en el espejo. El vestido era precioso, sí. Largo, rojo, con un escote no demasiado amplio y un corte bonito. Incluso era marca Valentino, que era la que pedía su abuela para la cena. El problema era la espalda.

O, más concretamente, la falta de ella.

—No puedo llevar esto —se quejó, girando de medio lado para observar, una vez más, cómo faltaba un trozo de tela desde los hombros hasta la parte baja de la espalda—. Es demasiado...

—Te queda perfecto —la cortó Ginny—, y además pega con esos zapatos rojos que tienes —añadió.

—Pero...

—Pero nada. ¡Nos llevamos este! —dijo, en dirección a la dependienta—. Ahora solo necesitamos el vestido para la comida.

—No, por favor —lloriqueó Hermione—. Más vestidos no.


Día 23

—Granger, ¿por qué he sido informado de que aún no tienes vestido para las sandalias que te regalé?

Hermione le ofreció una débil sonrisa a Draco, que la miraba desde el dintel de la puerta con los brazos cruzados y mala cara.

—No te ofendas —le dijo, observando cómo parecía un poco dolido—, las sandalias me encantan y me las voy a poner. Lo que pasa es que el único vestido con el que quedan bien, al menos que yo haya visto, es el que voy a llevar para la cena.

—¿Y cuál es el problema? —preguntó él—. Llévalas para la cena, quedarán bien. Siempre y cuando el vestido no sea rojo...

Ella le lanzó una mirada que dejaba claro de qué color era el vestido.

—Entonces nada, sigue buscando —resolvió Draco—. Ni de coña vas a llevar los colores de Gryffindor.

Hermione suspiró. Ya había anticipado esa reacción, lamentablemente.

—¿Pero qué más da? —preguntó—. Son muggles, y además nosotros ya pasamos el colegio hace años.

—Me da igual, no me gusta —contestó él, cruzándose de brazos con aire infantil.

—Bueno, pues nada. Seguiré buscando —respondió ella, bajando la vista hacia sus papeles. Total, las sandalias se las había comprado él, costaba poco tenerlo contento.

Draco asintió, y se fue de su despacho sin despedirse.

Apenas media hora más tarde, una lechuza depositó una carta en su despacho.

«Granger,

Draco acaba de pedirme auxilio, y voy a concedérselo. Pásate por mi casa sobre las cinco de la tarde, me encargaré de tener preparados distintos vestidos adecuados para el día que peguen con sandalias doradas. ¿Givenchy era la marca que necesitabas?

Menos mal que soy asesora personal de imagen además de diseñadora, que si no lo llevabas claro.

Pansy Parkinson

PD: Da gracias que soy amiga de Draco, porque mis servicios son muy difíciles de conseguir.»

—Si todo el mundo se involucrara tanto en la campaña de liberación de los elfos, mi trabajo habría acabado hace años —refunfuñó Hermione.


Día 24

Draco tenía una estúpida sonrisilla condescendiente en la cara que le iba a borrar a golpes.

—Malfoy —espetó—, ya vale. Céntrate.

—Yo estoy muy centrado —respondió él tranquilamente, estirándose como un gato en el sillón y tomando un sorbo de su taza.

—Sí, muy centrado regodeándote de mí —contestó ella con exasperación.

—Bueno, Pansy me contó que solo necesitaste probarte cuatro vestidos antes de escoger uno —dijo, inclinándose hacia adelante—. Parece mentira que en tres semanas aún no hubieras elegido nada, ¿eh? Y pensar que solo necesitabas un empujoncito...

—Oh, cállate.

Él la obedeció, ampliando su sonrisa, y Hermione crispó una mano pero decidió ignorarlo.

—Bueno, te he llamado para que conozcas a los invitados más importantes y que no parezcas un ignorante absoluto —dijo, extendiendo una serie de fotos sobre la mesa—. Esta es mi abuela, Marie Adèle Leduc, y este de aquí su segundo marido, Grégoire Charmaignon, que tiene muchísimo dinero, conseguido principalmente gracias a su bufete de abogados, donde trabajan sus dos hijos: Caroline y Michael.

—Espera, espera —la interrumpió Draco—. ¿Su segundo marido? ¿Y el primero?

—Muerto —explicó Hermione lacónicamente—. Mi abuela se casó con el segundo hace unos veinte años, creo. Puede que más.

—Vale —respondió él—, sigue.

—Bueno, pues estos son Caroline y Michael. Ella es agradable, a él no lo trago. Esta de aquí es la hija mayor de Caroline, Sarah, que es fotógrafa, además de idiota perdida. La hija pequeña se llama Melissa, y es abogada como su madre. Es bastante simpática, aunque me cae mejor Caroline.

—Saca cara de tonta —señaló él con maldad, y ella reprimió una sonrisa.

—Un poco, sí. Este de aquí... —siguió. Aún quedaba mucha gente por «presentar».


Día 25

—¡Hermione! Ven, pasa, pasa —exclamó Lavender, agarrándola de un brazo y conduciéndola al interior del salón de belleza que ella y Parvati regentaban desde hacía unos años—. Qué bien has hecho en venir, Ginny me lo ha contado todo y creo firmemente que podremos ayudarte.

—Qué bien —contestó Hermione, esforzándose por sonreír y consiguiendo una mueca bastante lograda.

En realidad, ella no había ido allí voluntariamente. Ni siquiera se le había ocurrido acercarse a «La bella bruja», el salón de Lavender y Parvati, pero Ginny tenía otras ideas y le había concertado una cita porque, palabras textuales, «un capricho siempre es bueno, y más si te ayuda a estar más guapa».

—Veamos —dijo Lavender, conduciéndola a la zona VIP y sentándola en el primer sillón que vio—, el pelo lo llevas bastante bien para ser tú, pero igualmente recortaré un poco las puntas y le aplicaré un par de pociones para dejarlo impecable. Siempre has tenido una piel preciosa, pero una mascarilla no te vendrá mal. Y un exfoliante corporal tampoco. Oh, y manicura y pedicura, por supuesto. ¿Se te ocurre algo más? La poción depilatoria la llevas al día, ¿no?

—Sí, sí, eso sí —contestó Hermione rápidamente—. Y yo creo que con todo lo que has dicho ya vale.

Lavender asintió, arremangándose la bata morada que llevaba.

—Sí, con eso será suficiente. Venga, empecemos. —Agitó la varita un par de veces y de pronto Hermione se vio cubierta únicamente por un albornoz blanco y sin efectos personales—. No te preocupes, está todo guardado en una taquilla. ¡Parvati, ven a ayudar!

Cuatro horas que nunca podría recuperar después, Hermione salía con el pelo, la piel, la cara y las uñas arregladas, con un gran conocimiento de las últimas ediciones de «Corazón de bruja» y sintiéndose la bruja más guapa sobre la faz de la Tierra.

A veces, Ginny tenía buenas ideas.


Día 26

[Por la mañana]

Piso de Hermione Granger

—Sí, mamá, está todo pensado. No te preocupes, en serio —repitió Hermione por enésima vez.

A su lado, su madre repasaba una y otra vez la ropa que se iba a llevar, haciendo especial hincapié en que se llevara chaquetas y complementos adecuados.

—¿Y el maquillaje?

—En el neceser, llevo varias pociones además de maquillaje normal.

—¿Los zapatos?

Hermione señaló con una mano una gran bolsa roja.

—Vale. ¿Seguro que no te dejas nada?

—Mamá, soy una mujer adulta. Creo que soy capaz de preparar maletas para un par de días fuera —respondió Hermione con exasperación.

—Vale, vale, doña adulta —contestó su madre, levantando las manos en un gesto apaciguador—. Pero luego no me digas nada si la abuela te critica. A propósito, ¿qué vas a llevar hoy? Porque supongo que no irás en vaqueros, ¿no?

—No, no. —Hermione sonrió—. Llevaré el mono violeta que tengo, ese con pantalón largo. Es adecuado, ¿verdad?

—Sí, está bien. No le hará mucha gracia que vayas con pantalones, pero...

—Que se aguante —refunfuñó Hermione con una mueca.

.

Malfoy Manor

—Madre, por favor, creo que soy capaz de elegir qué me tengo que llevar y qué no sin que me lo vayas diciendo —protestó Draco—. No tengo once años.

—Bueno, bueno, de acuerdo —concedió Narcissa antes de añadir—. ¿Seguro que te llevas todo lo que te tienes que llevar? ¿Todos los trajes? ¿El regalo de Hermione? ¿Colonia? ¿Zapatos?

—Que sííí —respondió Draco, exasperado—. De verdad, seguro que a Granger su madre no le está diciendo qué debe llevarse.

(-.-.-)

[Por la tarde]

Tras usar un traslador internacional que los llevó a un pueblecito encantador, con casas de piedra y flores en los balcones, y un breve viaje en coche, por fin llegaron a la casa de la abuela de Hermione.

Draco reconoció interiormente que era una gran mansión, parecida en tamaño a Malfoy Manor, aunque con el estilo de las casitas del pueblo. Cruzaron unos frondosos jardines hasta llegar a la entrada de la casa, donde les esperaba la famosa abuela de Hermione.

—¡Hermione, querida! —chilló, acercándose con sorprendente agilidad para abrazar a su nieta.

A distancia, Draco aprovechó para observar a la señora. Aunque no bajaba de los setenta años, se conservaba bastante bien, y se veía que de joven había sido muy guapa. Iba arreglada de los pies a la cabeza con un traje de corte caro, y llevaba distintas joyas puestas con gracia y esmero. Al verla, entendió por qué Hermione quería impresionarla.

—Y este caballero de aquí es... —dijo la abuela, girándose hacia él con ojos inquisitivos.

—Él es Draco, abuela —explicó Hermione rápidamente—, Draco Malfoy. Es mi acompañante.

—Encantado de conocerla, señora —saludó él, dándole dos besos e incluso efectuando un besamanos que hizo que la señora se sonrojara un poco y lo mirara con aprobación.

—Lo mismo digo —murmuró ella antes de recuperar su carácter—. Bien, vamos dentro. Os iba a dar las dependencias del ala este, pero me lo acabo de pensar mejor y os quedaréis en el ala oeste.

Siguieron caminando detrás de ella, atravesando salones y pasillos mientras la señora hablaba sin parar.

—La has impresionado —murmuró Hermione, y él le lanzó una media sonrisa orgullosa.

—Esta es vuestra habitación —anunció la abuela en cuanto llegaron, abriendo la puerta de par en par—. Aquí estaréis cómodos y tendréis intimidad.

Draco y Hermione cruzaron una mirada. La habitación tenía una gran cama matrimonial y eran obvias las intenciones de la abuela con respecto a ella.

—Nos vemos mañana. Pasadlo bien. —Les guiñó un ojo escandalosamente y cerró la puerta ante las caras de estupefacción de ambos.

Hermione se giró hacia Draco con una sonrisa avergonzada, y él alzó una ceja.

—Tu abuela es...

—No lo digas —le rogó Hermione, tapándose la cara con las manos.

Él no se inmutó.

—Todo un espectáculo.


Y aquí hay otro capítulo más. ¡Solo queda uno!

¿Qué os ha parecido? La abuela ha salido poquito aquí, pero ya tenéis una primera impresión de ella. ¿Qué pensáis? Personalmente, a mí me hace mucha gracia xDD

En el último capítulo recibí 25 reviews. ¡Muchas gracias! Es increíble, un fic pequeñito como este y ya hay 82 reviews, 70 favs y 90 follows.

¡Nos vemos el sábado! :)

LadyChocolateLover

PD: Déjame un review para aprovechar esa cama con Draco ;)