NOTA: Muchas gracias por sus amables reviews y sus F&F. La verdad, no esperaba este boom con esta historia, iba a ser un one-shot, ¿recuerdan? XD

En fin, gracias de nuevo. En cuanto pueda les contesto personalmente a todos. Abrazos.

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Él jamás pensó que se pudiera languidecer de amor. Nunca creyó lo que decían los poetas… Pero era cierto que su alma la extrañaba y su cuerpo añoraba tenerla cerca… Vivía de los escasos momentos robados en los que él forzaba un encuentro. Pero ella no le hablaba, no respondía a sus mensajes, ni siquiera le miraba… Y él creía que jamás volvería a escuchar su risa, ni a mirarse en el dorado de sus ojos…

Aquella noche, la había perdido en más de una forma… Como amiga sin título o adorada kohai, como la amante que nunca fue, como la novia, la esposa o la madre de sus hijos… Perdió todo el futuro nunca escrito con Kyoko por temerario, por imbécil, por idiota frustrado… Ella no le correspondía, eso estaba claro, y jamás iba a hacerlo, porque ya no le quedaba nada…

Casi mes y medio después, sabe que en algún momento tendrá que aprender a vivir sin ella… ¿Pero cómo se puede vivir cuando a tu corazón se le ha robado la esperanza? ¿Cómo haces para que siga latiendo, para encontrar un destello de ilusión más allá de la prisión de tus pensamientos grises?

El recuerdo de Kyoko se le cuela por cada grieta de su consciencia: cuando come, cuando no come, cuando piensa en cómo desarrollar un papel, cuando mira a la cámara buscando sus ojos dorados y cuando está en LME y espera ver un presuroso borrón rosa. Kyoko está en todo… Incluso en sus sueños, plagados de aquella mirada asustada, llena de miedo por su causa. Miedo de él.

Por eso es que no entiende qué está haciendo Kyoko en la puerta de su apartamento a estas horas de la noche.

—¿Es cierto que quieres ser mío? —le pregunta ella, la mano en la cadera, el mentón alzado y la mirada altiva y desdeñosa.

—No… —responde él, más seco de lo que pretendía, y un destello de pánico asoma en el oro de sus ojos—. Me niego a tener esta conversación con Natsu…

¿No se merecía al menos hablar con Kyoko? ¿Tanto miedo le tiene que se escuda tras un personaje? Pero bueno, él no es nadie para hacer esa clase de reproches… Viéndose descubierta, Kyoko exhaló un suspiro y dejó caer los brazos a sus costados.

—Solo soy yo… —añade ella, respirando lentamente como si le costara concentrarse en algo tan simple como respirar—. He leído tus mensajes…

—¿Lo has hecho? —pregunta él, abriendo los ojos. Debería cuestionarse la razón de su presencia, pero él está tan agradecido por tener algo parecido a una conversación con ella, que realmente debería darle igual el porqué. Ella asiente y solo entonces, dándose cuenta de que aún siguen en la puerta de su apartamento, él se hace un lado, invitándola a pasar.

—¿Es todo verdad? —pregunta ella, mirándolo apenas, mientras se quita los zapatos y se pone las zapatillas.

—Todos mis secretos… —le confirma él, prácticamente conteniendo la respiración. Ella se da la vuelta hacia él y suspira.

—Tsuruga-san —le dice ella, ladeando la cabeza con tristeza—, que tú seas Corn, ahora mismo es la menor de mis preocupaciones...

—¿No me odias? —pregunta él, adelantado el torso, mal disimulada la urgencia en su voz. Ella sacude la mano y niega con la cabeza, tratando de volver al punto original. A la razón por la que se presentó en su casa esta noche.

—¿Es verdad? —vuelve a preguntar—. ¿Tú…? ¿Tú quieres ser mío?

Él la sigue mirando y lo ve en sus ojos. Ve el miedo, el vértigo de esa pregunta, las consecuencias de esa respuesta… Pero también ve ese destello de determinación que tanto le conoce, esa decisión tornada en valentía, de afrontarlo todo, que siempre la ha hecho más fuerte que él.

Todo eso, todas esas emociones es lo que ve, danzando en su rostro.

Y él… Bueno… Salta al vacío de la esperanza…

—Por entero… —responde.

Ella cierra los ojos y aprieta las manos a los costados. Inspira una y dos veces. Luego se lleva la mano al pecho, allí donde late desbocado su corazón, y abre los ojos para desnudar su alma frente a él.

—Necesito… —Pero calla, fallándole la voz… Quizás no es tan valiente como ella pensaba…

—¿Qué necesitas? —pregunta él, con voz suave, para animarla a continuar pero sin presionar demasiado. Por más que a él se lo coman las ansias de saber…

Ella vuelve a suspirar, un suspiro hondo esta vez, de esos que parecen interminables, y que parecen más el fruto de la resignación que otra cosa…

—Quiero tocarte… —dice Kyoko, y un rubor escandaloso estalla en sus mejillas.

Él parpadeó. Está bastante seguro de que ha escuchado mal, o quizás ella se esté burlando de él, para variar… Pero no… Ella nunca jugaría con sus sentimientos…

—¿No deberíamos, no sé… —comenta él, como si no fuera la cosa tan seria como realmente es—, tener una cita antes? —Y él quisiera darse de cabezazos contra la pared. ¿De verdad dijo eso? ¿Precisamente eso? ¿Pero es que nunca iba a dejar de ser un estúpido?

Ah, pero es que ella le roba la razón…

—Tsuruga-san, por favor… —le dice ella, y ese matiz de súplica no le pasa inadvertido. Ella está hablando en serio—. Necesito que sepas…

—¿El qué, Kyoko? —pregunta él, ladeando la cabeza, esperando… Y ninguno de los dos se da cuenta de que ella ya no es Mogami-san.

—Que soy yo, mi yo real, la que te toca, no esa imagen deformada que tienes de mí… —Ella suspira una vez más, y se retuerce las palmas de las manos una contra la otra—. Soy imperfecta, llena de defectos…

—Y eso lo dice alguien que tiene a Tsuruga Ren en un pedestal… —añade él, volteando los ojos—. Yo tampoco soy perfecto, Kyoko…

—Oh, créeme, Tsuruga-san, conozco de primera mano cada uno de tus defectos —explica ella—. Aunque no es algo que vaya repitiendo en voz alta…

—¿De veras? —Él sonríe, con esa sonrisa suya de plástico, puro fingimiento, destinada a encandilar y a desviar la atención de su molestia.

—¿Ves? ¡Lo estás haciendo ahora mismo! —protesta ella—. ¡Estás enojado!

—Kyoko… —Y ahora es él quien suspira, borrando esa sonrisa—. No, no lo estoy… Pero es que no entiendo…

—No, claro que no lo entiendes… —le interrumpe ella. En sus ojos, destellos de lágrimas recién nacidas, si de frustración o vergüenza, eso él ya no lo sabe—. Necesito tocarte… Yo tengo que saber…

—¿Saber qué?

—Si soy suficiente para ti —Sus manos se mueven de nuevo, creando retorcidos puños de tela a los costados de su falda—. Si esta Kyoko frente a ti, esta Kyoko real, tonta e inexperta, puede sostener esa imagen de fantasía que tienes de mí.

Él quisiera morirse. ¿Cómo es que todavía ella no lo entiende? ¿Qué clases de pruebas necesita para entenderlo? Él la ve, la ve cómo realmente es: perfectamente imperfecta…

—Suena como si solo me estuviera aprovechando de ti…

—No, yo sé que no… —se apresura a replicar ella, y se muerde el labio inferior, un tanto avergonzada. A Ren se le fueron los ojos hacia su boca—. Más bien es al revés…

Y con esas palabras, se rompe el hechizo. Ren entonces inspira y le tiende la mano, que pende en el aire, en ese espacio que los separa, bajo la mirada de Kyoko, sin saber cuál de los dos es el lobo que devorará a su presa. Porque una cosa es segura: irá al infierno por permitirle hacer esto.

—Ven.

Y ella toma su mano.

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NOTA: Sí, ya, ya lo sé… Pero no puedo soltarlos al tomate así como así… Se me esperan al siguiente, plís.

Gracias por todo.