Están sentados en el sillón de la salita, frente a frente, el silencio nervioso tronando en sus oídos. Hay una luz suave y cambiante, que proviene del televisor, convenientemente enmudecido. Ninguno de los dos habla, inseguros de dar el primer paso… Pero lo peor —decirlo, pedirlo, aceptarlo— ya ha sido hecho, así que lo más probable es que sea el miedo a hacer realidad un sueño. Porque después, ¿qué les quedaría? Sin saber, pobres almas cándidas, que un sueño siempre conduce a otro sueño, mejor y más hermoso, cuando es compartido por la otra parte de tu corazón que vive fuera de ti. Pero ellos, ahora mismo, se conforman con seguir respirando y recrearse en la mirada del otro. Esperando…
—Yo… —dice Kyoko, rompiendo la quietud de la sala, su voz quebrada e insegura—. Yo no sé cómo…
—Shh… —le insta él, tomando de nuevo su mano, que reposa blandamente sobre la tela del sofá.
—Tengo miedo… —le confiesa ella.
—Yo también… —reconoce él.
Y es bien cierto. Sabe que esta es la oportunidad de su vida, un regalo del cielo, que debe ser tratado con cuidado, sí, es un regalo frágil y delicado, porque hoy se lo juega todo: su futuro, sus sueños con Kyoko, la redención de su alma…
Kyoko lanza otro de esos suspiros hondos e interminables, y alza la mano cruzando ese vacío que los separa. Apoya la mano suavemente en la mejilla masculina en una caricia tímida y tentativa. Él cierra los ojos y ella lo siente estremecerse bajo su palma.
—¿Está mal? —pregunta ella retirando con rapidez la mano—. ¿He hecho algo mal?
—No, Kyoko —responde él, tomando su mano y volviéndola a poner en su mejilla—, todo lo contrario... —añade, y vuelve a cerrar los ojos.
Ella continúa su caricia lenta hasta la piel de su cuello, y él lo estira hacia un lado, brindándole la carne blanda de su cuello, casi como aquella noche en que ella lo marcó como suyo. La piel de él se calienta bajo su palma y Kyoko ve cómo su respiración se acelera, y rubor sobre rubor encienden sus ya encarnadas mejillas. Seguramente él esté pensando lo mismo…
—¿Yo te hago sentir así? —pregunta ella, sin dejar ir su mano.
Él traga saliva y asiente, pero no la mira, porque teme que si abre los ojos, ella desaparezca. Así que tan solo se entrega a los sentidos… Su mano sobre su piel, su olor intoxicantemente atrayente, su voz que lo seduce sin saberlo…
Un jadeo de sorpresa se le escapa cuando la siente moverse en el sofá y ocupar el espacio que antes los separaba. Ahora nota, cerca, demasiado cerca, el calor que desprende su cuerpo y está seguro de que ella puede notar el suyo.
Pero entonces, una sorpresa… Un beso sobre su piel, ahí donde antes estaba su mano. Un beso y un suspiro. Dos, realmente, porque él también suspira y se estremece cuando Kyoko lo besa.
—¿Está bien si pruebo un poco más? —pregunta ella con cierta timidez. No quiere pecar de atrevida, pero es que necesita más. Mucho más…
—Kyoko —le responde él, su voz ronca, la garganta seca—, por lo más sagrado, puedes hacer conmigo lo que quieras…
Ella sonríe sobre la piel besada y siente crecerle por dentro un sentimiento nuevo, desconocido y embriagante. Sus dedos se suman a sus besos y dejan caricias de mariposa sobre su clavícula, allí donde asoma la carne de su pecho desde su camisa. Él mantiene las manos quietas y sigue con los ojos cerrados, su respiración se torna pesada y lenta cuando Kyoko dibuja su rostro con la yema de los dedos. Delinea el ángulo duro de su mentón, la curva de seda de sus labios, pero no los toca. Los bordea, los flanquea, pero no los toca… Deja un beso en la línea firme de sus pómulos, y su nariz roza su lóbulo y deja otro beso justo ahí… Kyoko se siente poderosa, como si él fuera arcilla bajo sus manos, como si ella lo fuera trayendo a la existencia, a la vida, creándolo y moldeándolo con cada beso y cada caricia.
Una diosa… Así se siente ella…
Kyoko apoya una mano sobre su hombro y respira sobre la piel humedecida de su beso. Él se estremece, de nuevo, y suspira.
—¿Esto es real? —pregunta, y levanta una de sus manos para tocar la de Kyoko, para sentirla, para saber que de veras está con él…—. ¿Eres tú de verdad? —Ella mueve su mano para entrelazar sus dedos con los suyos—. Estás aquí, no eres un engaño de mis sentidos… Una ilusión…
—Soy yo… —le susurra ella al oído.
Él abre los ojos, sacudido por la descarga eléctrica, que le atraviesa el torso como si fuera un rayo, que causa la voz de Kyoko en él. Esa voz es distinta, gruesa, espesa, como si estuviera tintada en nubes de deseo… Y él ya no sabe cómo mantener sus manos y su cordura… Ella está ahí. A solo un beso de distancia… Los labios entreabiertos, la mirada oscurecida, se atrevería a decir ¿anhelante? Qué demonios, el anhelante es él…
Y se lanza a por su boca.
Su corazón salta en el pecho en gozoso reconocimiento a esos labios que ha probado antes. Él va despacio, no quiere asustarla con la intensidad de sus sentimientos, quiere ser tierno, suave… Quiere impregnar ese beso de toda la ternura de que sea capaz, porque ella se merece eso y más. Y siente las lágrimas de Kyoko, libres al fin, correr por sus mejillas, mezclarse entre sus besos, y él deja su boca para beberlas de su piel con más besos, besos que sobrecogen el corazón de Kyoko, desbordado de emociones.
Pero Kyoko, su valiente Kyoko, pasa las manos sobre él y lo encarcela entre sus brazos, y él, pobre cautivo de sus encantos, se rinde a ella.
Kyoko lo besa, Ren la besa, se besan con algo parecido al hambre, se besan más y más, se sienten y se respiran en la boca del otro, y las lenguas se suman a la vieja danza, se enredan, se buscan, mientras los dedos de Kyoko trazan senderos ansiosos por su cuero cabelludo.
Él está duro, hace rato que se ha puesto duro…, desde el primer beso, desde la segunda o tercera caricia, ni lo sabe ni le importa… Sus manos se deslizan por sus costados, apenas rozando con los pulgares el nacimiento del pecho y Kyoko se arquea pegándose más a él y exponiendo su cuello. Él, privado de su boca, asalta ese punto sensible, reflejo del suyo, y tira de ella hacia él, colocándola a horcajadas sobre sus piernas. Ella se arquea más, mientras él la sostiene por la cintura, y deja su cuello por el valle de sus pechos. Inhala, se llena del íntimo olor de Kyoko y las manos que están en su cintura juegan ahora con su blusa hasta que se cuelan bajo la tela y tocan la piel desnuda de su espalda. Se atreve entonces a probarla, a probar su piel, y deja un beso, suave, húmedo, justo al inicio del sendero virgen de sus pechos. Las manos de Kyoko, con voluntad propia, por lo que parece, lo empujan suave, pero firmemente, hacia el respaldo del sillón, se deslizan por entre los botones de su camisa y tantean su piel, trazando el contorno de sus abdominales. Un botón salta, incapaz de aguantar la tensión a la que se ve sometido, y Kyoko tiene ahora espacio para que su mano se mueva bajo la tela libremente. Su palma abierta recorre su torso, audaz, y Ren cree que va a morir de agonía, de deliciosa agonía, cuando su boca reclama la suya…
¿Quién era el lobo y quién la presa?, le parece recordar que alguna vez pensó. ¿Qué más da?
Él sabe que la razón perdió hace tiempo, o quizás nunca la tuvo, cuando advierte con terror que sus manos han levantado su falda, y se deslizan por la carne tierna y cálida del interior de sus muslos, seda de fuego bajo sus manos.
Él se detiene, paralizado por su insensato atrevimiento. Las alarmas suenan en su cabeza. Esto ha ido demasiado lejos, demasiado rápido. No, no puede hacerle esto…
Kyoko abre los ojos para mirarlo y ladea la cabeza en una pregunta que él no supo entender. Él sigue inmóvil, tratando de pensar qué hacer, qué decir, pero todo pensamiento —racional, irracional o lo que sea— es mandado a tomar viento, cuando siente la mano abierta de ella sobre su pantalón.
Justo ahí.
