Tiene que estar loca, seguro… Tiene que haber perdido el juicio y la razón para hacer lo que está haciendo… ¿Dónde quedó su modestia, su sentido de la vergüenza y de la decencia?

Ah, la respuesta es fácil… Convertidos en ceniza al viento… Porque él —todo él— la enciende, la inflama, la consume… Él la somete al vértigo de sus besos y al hambre insaciable de sus caricias…

Y ella que tenía sus reparos, pensando que no estaría a la altura de un hombre como él, o que a él no le gustaría la Kyoko real… Qué tonta era… Pero es que hasta ella puede verlo. Lo ve, lo siente: él se derrite como nieve bajo sus manos, mientras otra parte de él se alza más dura y firme. Bajo su mano, también…

Así que aquí estamos, tocando eso…, su eso, que se siente vivo, pulsante, bajo su palma. Y la mirada de pánico de él, como si pensara que la está corrompiendo y que debiera ser protegida de él… ¿Pero es que no él no se da cuenta de que hace mucho que ella le entregó su corazón? Aunque lo ama más por eso...

Él mira, en sucesión rápida, primero a ella y luego a la mano que tiene sobre su entrepierna. Un par de veces, como si no se creyera que esto estaba pasando de verdad…

—¿Kyoko? —pregunta él con la voz estrangulada.

—Dime qué hacer —susurra ella.

—¿Qué?

—Quiero que digas mi nombre… —Ella, los ojos turbios, la piel encarnada, se muerde el labio inferior y siente, ¡oh, sorpresa!, cómo su eso da un salto bajo su mano. Él aparta la mirada, incómodo y sin saber cómo ocultarse de ese momento embarazoso en que su cuerpo le traiciona—. Como aquella vez… —continúa ella, y él abre mucho los ojos, recordando aquella terrible noche en que ella lo sorprendió con las manos en la masa—. Quiero saber si yo puedo hacer lo mismo…

—Pero Kyoko —Y él no puede creerse que de verdad esté diciendo esto en voz alta—, no hay forma de que yo te vaya a permitir que…

Ella aprieta suavemente, acunando su masculinidad en su mano, y a él se le escapa un gemido ronco, profundo, y que ella encuentra terriblemente incitante…

—Lo harás… —afirma ella.

Y él, que está haciendo todo lo que puede por no correrse en su mano —porque un hombre en el dique seco por eternidades tiene muy poca resistencia—, la mira como si fuera la primera vez…

No es que él se queje, no es eso…, pero es que esa no es Kyoko… La de diario, al menos… Esta, la que lo toca, la que lo besa, la que tiene su hombría bajo su mano, es Kyoko con una misión… Es la Kyoko decidida a hacer y a averiguar todo lo que ella haya previsto hacer… Y si ella quiere saber si sus manos lo excitan y lo encienden como la Kyoko de su cama solitaria, ella lo sabrá…

Por lo demás, piensa él, la respuesta a esas cuestiones ha quedado bien clara desde hace rato… Pero en fin, ella quiere más… Y que su alma sea condenada para siempre, maldito él si no se lo da…

—Lo haré —concede él, justo antes de que sus caderas se adelanten un poco, buscando inconscientemente el calor y la presión de su mano—. Pero en mis propios términos…

Él ve danzar la pregunta en los ojos de Kyoko, pero solo hasta que él toma su mano y la retira de su entrepierna. Con cuidado —no vayamos a tener un disgusto…—, se desabrocha la cremallera con la mano libre e introduce esa otra mano, pequeña y femenina, dentro de sus bóxers. Ni loco iba a dejar que Kyoko se la viera en su primer rendezvous

Él contiene el aliento y cierra los ojos mientras Kyoko lo explora… La siente trazar toda su longitud y tomarlo desde abajo por entero en su mano… Respira entrecortadamente, rogando a todos los dioses que conoce que le permitan aguantar un poco más…

Kyoko siente sus mejillas arder cuando toca su carne firme, gruesa y palpitante, ligeramente húmeda en la punta. Él guía su mano y le enseña cómo tomarlo, cómo sostenerlo y cómo moverla arriba y abajo con suavidad. Él también se muerde el labio e inspira, fuerte, y exhala con brusquedad, queriendo abandonarse a las sensaciones. Pero aún es pronto…

—No demasiado fuerte ni demasiado flojo —le dice él, la voz gruesa, oscurecida y casi irreconocible—. Con firmeza.

Ella asiente, sin tener ni pajolera idea de lo que quiere decir. Ella decide seguir el viejo método de ensayo y error, atenta a las reacciones de Ren a los movimientos de su inexperta mano. La respiración pesada, la ingesta brusca de aire, el revoloteo de sus ojos cerrados, una pequeña mueca de molestia, un ronroneo ronco, profundo, la forma en que sus manos se tensan sobre el sofá… Ella observa, aprende y aplica.

Y Kyoko encuentra el ritmo…

La tela molesta un poco, porque le constriñe los movimientos, y su brazo no está en la mejor de las posturas, pero ella persevera y espía su rostro. Y en el fondo da las gracias por no tener que enfrentarse directamente a su eso erecto, henchido y casi vivo, al menos por ahora. Bastante —bastaaaante— escandalizada debería estar ya con lo que está haciendo…

Y justo cuando ella cree que ya solo puede esperar a que él diga su nombre y termine, él abre los ojos y la mira. Es esa mirada, la que hace tiempo ella nombró como la del Emperador de la Noche, solo para ella. Kyoko ahora la conoce y por fin la reconoce. Seducción e invitación en una mirada… Deseo, deseo sin disfrazar…

Ren vuelve a ella, a aquel camino que empezó a recorrer no hace tanto, porque razón y cordura ya no le quedarán, reducidas a la nada, pero tampoco —y para eso contaba con su orgullo de hombre—, tampoco iba a permitir que ella hiciera todo el trabajo y no compartiera con él el éxtasis…

Kyoko da un respingo y un gritito de sorpresa, soltándolo de repente, cuando siente la mano de él ascender por la cara interna de su muslo. Sonríe el muy truhán, porque la ha sorprendido lo suficiente como para desconcentrarla y perder el ritmo. Ah, piensa, pues la lleva bien clara si cree que ella no va terminar lo que empezó…

Y su mirada, la de ella, velada por sus largas pestañas, seductora, altiva y llena de fuego, los labios entreabiertos, aún jadeando, hacen que Júnior salte dentro de sus bóxers y Ren se lance a por su boca. Él la besa, la besa como hace tanto que quiere besarla. Con hambre de ella, con urgencia, casi mordiendo su boca, porque ella es lo único que puede saciar esa hambre interminable que ella provoca, y que hace que se olvide de todo menos de ella...

Kyoko suspira, gime dentro de su boca y se estremece cuando su mano izquierda abarca su pecho y la derecha asciende más por su muslo. Ella se pierde, se entrega a las sensaciones que él le provoca y suspira, con total abandono, cuando la boca de él succiona su pecho, a través de dos finas capas de tela. Kyoko arquea la espalda y más de ella entra en su boca. Él se maldice porque no sabe en qué momento se juró que no iba a desnudarla. Lo hizo, ¿verdad? Es que quiere hacerlo, quiere hacerlo tanto, tanto… Quiere desnudarla y trazar el mapa de su cuerpo, quiere aprenderse sus curvas, sus rincones escondidos, quiere descubrir sus lugares secretos. Quiere explorarla por completo y probar el sabor de cada centímetro de su piel…

Pero eso no va a pasar…

No hoy, al menos… Si es que Kyoko quiere seguir a su lado cuando todo esto termine…

Mientras la mano de Kuon llega a la frontera de algodón de sus bragas, Kyoko vuelve a su pantalón. Con algo de prisa, introduce la mano bajo la tela elástica y lo apresa de nuevo. Ninguno quiere ceder, y ambos danzan en la delgada y enloquecedora línea entre sentir placer y producir placer.

Las pieles se estremecen, las respiraciones se vuelven erráticas y un gemido, insoportablemente erótico, escapa de la garganta de Kyoko cuando Ren se atreve a sortear la delgada tela y recorre el camino recto de su doncellez, deliciosamente húmedo solo para él.

Las lenguas enredadas, las manos que recorren senderos de carne, de piel verdadera y cuerpos trémulos. Se tocan, se acarician, se buscan y se encuentran, se entregan al ritmo y al sentirse, se persiguen, se alcanzan, los nombres se suspiran, se respiran, una y otra vez, hasta que saltan juntos al abismo que les trae la pequeña muerte cuando se empapan en la esencia del otro.

Y luego, cuando el silencio los encuentra derrumbados uno contra el otro y sus respiraciones ya no resuenan en las paredes, alzan el rostro y se miran.

Hablarán, por supuesto, aún tienen mucho de qué hablar, muchas cosas que decirse, pero no ahora, ni mañana… Ninguno necesita ahora más respuestas, porque ya ni recuerdan las preguntas, ni las dudas, ni las razones, porque saben, ahora lo saben, que la realidad, la realidad entre los brazos de la persona que amas, siempre supera a cualquier fantasía en soledad.

- - FIN - -

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NOTA: Las referencias a encontrar y perder el ritmo (Skip Beat) son intencionadas. Me gustan los juegos de palabras, sorry ;)

Sí, habrá epílogo. ¡Muchas gracias por todo!