NOTA: Bueno… A estas alturas, con tanto lemon abundando últimamente en el fandom, no sé cómo resultará esto, pero aquí va mi mejor intento.

Gracias, de nuevo, por todo su apoyo.


EPÍLOGO

Desde la puerta abierta del baño, una tenue luz cae sobre la habitación. Alcanza apenas a alumbrar la cama de matrimonio, dejando el resto en penumbras. Allí, entrelazados, Kuon y Kyoko se aman una vez más. Sin descanso, sin saciarse nunca de la piel del otro, de los ojos del otro, de las manos del otro… Sus cuerpos se enredan, se buscan y no necesitan de más luz que la de su amor para sentirse.

Las respiraciones, pesadas, gruesas, se deslizan entre las sábanas, envueltas en palabras de amor, en caricias exigentes, llenas de anhelo y hambre infinitos. Recorren los senderos de piel aprendidos tanto tiempo atrás, trazando nuevas sendas, húmedas, trémulas y llenas de suspiros. Él salta al abismo en que Kyoko lo acoge y cierra los ojos, dejándose envolver por la negrura llena de luz del cielo entre sus piernas. Ella suspira complacida, recibiéndolo, y lo encierra en su cárcel de carne, presos uno del otro.

Ella alza las caderas y él la sostiene con las manos abiertas sobre sus nalgas, mientras el torso de ella, menudo y delicado, yace sobre el colchón. Kyoko se deja llevar por la vieja música, por el vaivén y el ritmo, por la siempre nueva melodía que entonan sus cuerpos cuando se aman, a veces dolorosamente lenta, a veces, enloquecedora… Cuando él apoya las caderas de Kyoko sobre sus muslos para cambiar la posición de una de sus manos y estimular a Kyoko, las respiraciones entonces se aceleran, se tornan superficiales, rápidas y pareciera que el aire mismo se les negara. A él no le falta mucho… Kuon se muerde el labio viéndola suspirar, gemir y retorcerse mientras él entra y sale de ella. A riesgo de acabar antes de tiempo, mirará allí donde se unen y como siempre, se maravillará de la perfección con la que encajan sus cuerpos, del pequeño milagro que permite que dos sean uno. Ella se tapa la boca porque sabe que va a gritar. Gritará, sí, cuando Kuon le ofrezca el infinito, cuando un cielo lleno de estrellas estalle en la negrura de sus ojos cerrados.

Y los nombres se respiran, se suspiran, y se muerden la boca, y se marcan, para nunca olvidar que se pertenecen el uno al otro, perpetuando y renovando eternamente sus promesas.

Más tarde, yacen boca arriba, recobrando el aliento y sudorosos, cuando un somnoliento llanto infantil suena amortiguado a través del comunicador y luego calla.

—Te toca a ti…

—Yo fui antes…

—Cambio de pañales.

—¿Y tanto asco te dan?

—¿Sabes todo lo que come?

Ella sonríe, porque al menos alguien en esta casa no protesta cuando le llenan el plato…

—Ha salido a su abuelo…

Al final, él se incorpora y se cierne sobre ella, mirándola. No se hablan, no se dicen nada, tan solo se miran. Hasta que él se inclina y balancea su entrepierna sobre su feminidad, rozándola, y a ella se le escapa un jadeo entrecortado.

—¿Continuamos con esto más tarde? —Y Kyoko se maldice porque sí, maldita sea, quiere más.

—Vergüenza debería darle, señor Hizuri… —le replica ella con severidad fingida.

—Vergüenza ninguna, señora Hizuri… —le contesta él, balanceándose de nuevo sobre ella, tocándola una, dos veces más, para dejar bien claro que él también quiere más.

Y de eso —ni de nada, en realidad—, ella no tiene ninguna duda.