Harry se movió incómodo. Creyó haber oído mal a su hijo tan solo por recién haberse despertado.
- ¿Qué dijiste Al?- preguntó aproximándose al niño e iluminando el lugar con su varita.
- Que si soñaste lo que yo soñé- repitió como un pequeño adulto mientras se sentaba en la cama y lo miraba pacíficamente.
- Hijo, ¿Qué soñaste?- Harry inquirió esto con mucho temor, el rostro de Sirius, sus ojos, estaban latentes todavía en su memoria. En ese preciso instante entró Ginny con Lily en brazos.
- Estas despierto querido, ven y ayúdame con Lily, no se duerme y llora mucho.
- Sí…- espetó Harry ausente a la vez que se ponía de pie y recordaba lo que le había dicho a Ron en aquel extraño sueño.- Volveré a hablar contigo Al, ahora duerme hijo- y beso la frente del niño mientras se retiraba de la habitación con su esposa e hija. Ginny descansaba y él hamacaba a la niña sin obtener resultados positivos. La pequeña era muy parecida a su madre y su abuela paterna, sin embargo tenía una mirada profunda parecida a la de James, su abuelo. Todavía era muy niña pero aun así resultaba ser muy vivaracha, muy despierta. Hacía unos días que estaba débil al igual que su primo Hugo, ambos parecían haberse contagiado una gripe.
- Ginny creo que le esta bajando la fiebre- exclamó Harry mientras Lily cerraba sus ojitos, rindiéndose finalmente al sueño.
El hombre dejó a la niña en su cuna y se aproximó a la ventana con más interrogantes navegando por su mente, la calle estaba desierta, solo un perro corría en distintas direcciones hasta detenerse de repente en la vereda frente a la que se ubicaba la casona de los Potter- Weasley. No podía distinguirlo con claridad pero el can parecía mirarlo. Un escalofrío recorrió su cuerpo y se refregó los ojos como si todavía estuviese soñando, al fijar la mirada nuevamente en aquel lugar, el perro no estaba.
- Harry… cierra la cortina… por favor y ven a la cama.- exclamó Ginny de mala gana a lo que su esposo obedeció. Tenía muy en claro que si su sueño había sido una predicción, al despertar y encaminarse a su trabajo en el Ministerio, se hallaría, inexplicablemente, con su padrino. Se quedó dormido con ese pensamiento.
La mañana siguiente como era de prever era clara, sin ninguna nube, una típica mañana de primavera. Harry se dirigió a la cocina, mientras la pelirroja dormitaba. Se encaminó lentamente a la habitación de James, para verificar que todo estuviese en orden. La habitación del primogénito era la típica habitación de un niño muggle, sin embargo llevaba colgados pósters y banderas de las Arpías de Holyhead como un cumplido a su madre además de otras tantas láminas de los Chudley Cannons pues el niño era un fiel seguidor de ellos ya que Ron se lo había inculcado como un mandamiento. Caminó por el hall iluminado por la luz del sol y al pasar por el dormitorio de Albus, recordó al verlo dormir tan pacíficamente, rodeado de todos sus muñecos, su vida en Privet Drive durmiendo en un ropero por lo que sonrió para sí. Llegó a la cocina y desayunó veloz, quería caminar. Al salir de su casa observó a ambos lados de la calle, recién la gente estaba despertando y Harry dio inicio a su caminata. Al no ver a Ron dirigirse a él, se resignó a que lo que había tenido que vivir durante la noche había sido un simple sueño y así, anduvo distendido, con el cálido aire primaveral acariciando su rostro.
- ¡Oye Harry!- gritó de improviso Ron. El susodicho se volteó perturbado tomándose su pecho.- Dios… creí que me quedaría dormido, ya mis excusas no provocan el mismo efecto… me…
-…"estoy quedando sin imaginación"- lo interrumpió Harry.
- ¿Cómo…lo supiste?, ¿Me leíste la mente?- inquirió el colorado con los ojos muy abiertos y caminando bien rápido a la par de su cuñado.
- No. Lo soñé.- respondió como quien no quiere la cosa.
Harry le comentó a su amigo todo lo que había tenido que vivir y acerca de Albus. Casi inconscientemente se fueron adentrando en el oscuro callejón.
- Espera- dijo el ojiverde deteniéndose en seco- tendría que aparecer ahora- susurró.
Ron miraba expectante, casi sin moverse. Se quedaron allí, esperando cerca de media hora.
- Ya Harry, no va a aparecer, Sirius está muerto.
- ¡TE DIGO QUE NO!- gritó Harry.- Él está vivo y va a aparecer, lo sé.
- Lo siento Harry pero no puedo quedarme aquí, Kingsley me va a hacer rebotar contra las paredes, ya no me cree, debo irme Harry, lo siento- palmeó su espalda y desapareció.
El hombre permaneció sentado en el escalón de un negocio abandonado. No fue a trabajar, se quedó allí hasta pasadas las cuatro de la tarde. Suspiró resignado y muy despacio se puso de pie. Volvió a su casa igual de pensativo que como la había abandonado y entró de malhumor a ella. Ginny lo miraba bastante irritada pero el hombre no se atrevió a verla, estaba apenado por la situación, por haber actuado como un niño y haberse ausentado al trabajo.
- ¿Qué ocurre Harry?- le preguntó la pelirroja a su marido irrumpiendo de pronto en su habitación.
- No quiero hablar Ginny- dijo arrojado en su cama con los ojos cerrados.
- Oh, sí que hablarás- dijo con una voz muy parecida a la de Molly, su madre- no eres el mismo desde hace un tiempo, quiero saber qué te ocurre, necesito saber, soy tu esposa- exclamó casi suplicante pero sin perder la compostura.
El hombre la espió por el rabillo del ojo e invitó a que se sentara junto a él.
- Es sobre un sueño- exclamó omitiendo gran parte de la historia- soñé con Sirius, fui muy estúpido Ginny, fui a un callejón y creí que lo vería allí, solo eso.
Ginny se echó a sus brazos y exclamó palabras que Harry no logró comprender del todo, mientras lo acariciaba.
- Te amo, Harry.
- Yo también te amo Ginny- exclamó con el corazón hecho trizas. Resultaba injusto esconderle parte de la verdad pero no quería verla sufrir más.
Decidió por primera vez en mucho tiempo vivir en paz, sin preocupaciones, decidió ignorar sus sueños, cada vez más extraños y al perro negro que parecía seguirlo pero que cuando volteaba a verlo ya no estaba. Se intentó convencer que los sueños del menor de sus hijos varones habían sido una coincidencia, que el destino se las tenía contra él, que desvariaba. Estaba cansado del peligro, de las profecías, de Trelawney y de Voldemort. Él estaba muerto, lo sabía, pues él mismo había sido el encargado de hacerlo desaparecer. James, Lily Luna y Albus crecieron en un ambiento placentero, tranquilo, feliz pese a que los primeros tiempos de su infancia habían sido bastantes complicados. Harry decidió que haría hasta lo imposible por ver a sus hijos felices, buscando que sus vidas fuesen distintas a la suya a su edad.
- ¡Padrino!- gritaba una voz masculina desde la calle.
- Es Ted papá- dijo Lily en su discurso matutino mientras se encaminaba rauda hacia el jardín donde sus padres conversaban relajadamente con Ron y Hermione.
- Yo voy, yo voy- decía James corriendo a abrirle al joven Lupin. James era muy unido al muchacho ya que lo veía como un modelo a seguir, un hermano mayor.
- Hola enano- Teddy revolvió los cabellos del niño mientras sostenía con su otra mano una escoba.
- Woo, ¿es una Zeta 10.0?- preguntó saltando como un desaforado.
- Sí James.
- ¿Me la prestas?
- Ehh… eso habría que preguntárselo a tu mamá.
- Hola Teddy- exclamó una mujer pelirroja, con algunas arrugas prematuras en su bello rostro y unos ojos castaños que lo miraban hinchados del cansancio.
- Hola Tía- y besó su mejilla con cariño.
- Harry está en el jardín.
- Mamá ¿puedo usar la escoba?
- No, todavía tienes cosas que hacer…
El niño asintió con una sonrisa cómplice y salió corriendo escaleras arriba.
Ginny negó con la cabeza mientras utilizaba la varita para batir el caldo de la cacerola. Sabía que sus palabras habían entrado por un oído y habían salido por el otro y que su hijo mayor de seguro estaba planeando alguna travesura. Ahora comprendía a su madre cuando debía lidiar con Fred y George.
Albus estaba en un sillón cruzado de piernas como un pequeño indiecito y leyendo un libro. De tanto en tanto levantaba la vista y veía a través de la ventana la gente pasar, la gente que caminaba sin saber que la casa en verdad existía y un perro, un perro negro que lo miraba desde la vereda de enfrente. Albus no temía, ya que estaba acostumbrado a la presencia del can en su vida pues desde que tenía memoria nunca se había apartado de su lado. Hacía un tiempo no soñaba con Tom Ryddle. Sus sueños eran confusos, como si los viera desde otro lado, como si aquellos no pertenecieran a él y una voz, una voz fría y distante que pedía ayuda, ¿ayuda?, sí, ayuda, suplicaba que lo ayudaran desde otro mundo. Albus era el único que podía lograrlo.
- Albus- exclamó fuertemente Teddy a la vez que ocupaba un sitio próximo a él- ¿Cómo estás hermano?
- … bien Teddy… ¿y tu?
- Bien Al, todo bien, ¿Qué estás leyendo?
- Un libro que me regaló Rose.
- Ahh, interesante y muy aburrido ¿No crees?- exclamó sonriente- ¿Quieres salir a comprar tu mascota para Hogwarts conmigo? Me dijo tu mamá que necesitas una lechuza.
- Sí, de acuerdo- y se puso de pie sin más.
- Bien, vamos Al, Hugo viene con nosotros- exclamó al tiempo que aparecía un niño colorado con infinidad de pecas y unos incisivos superiores más grandes de lo normal.
- ¿Y James?- preguntó Hugo con una voz muy baja. Llamado por su primo, irrumpió en la sala montado en una escoba que Teddy conocía muy bien. Ginny corría tras él y Harry intentaba inmovilizarlo pero no podía porque el muchacho volaba descontrolado. Ron y Hermione apenas asomaban sus cabezas desde unas sillas en el jardín.
El muchacho entre risas fue empujando a Hugo y Albus hacía el exterior pues no quería oír el sermón de su tía una vez acabada la persecución. Lentamente comenzaron a caminar hacia el Callejón Diagon mientras se decían chistes tontos y los dos niños oían atentos las andanzas del joven Lupin. Faltaban solo dos semanas para el 1º de septiembre, primer día de clases de Albus y prometía aquel año ser más especial de lo que se esperaba. Desde lejos una sombra perruna los seguía, una sombra perruna que lentamente tomaba la forma de un ser humano…
