Disclaimer: Haikyuu! pertenece a Furudate Haruichi.

Date cuenta Hajime

V. Soulmate (Quince años).

Por extraño que pareciera, Hajime jamás había extrañado tanto tu voz diciendo su nombre. Y eso que ni siquiera había dejado de verte todos los días, incluso cuando te tenía a un lado, le seguías pareciendo ruidosa y molesta; sobre todo cuando hablabas con tus amigas de estúpidos, cursis e inútiles temas de chicas, justo en el almuerzo. Era durante su primer año en Aoba Johsai...

Que todas esas niñas escandalosas se acomodaran a tu alrededor.

Y que su asiento fuera contiguo al suyo.

Y que rieras tan alegre, como si todo estuviera excelente; cuando él afirmaba que al contrario, que todo estaba mal.

Y lo que más le fastidiaba, que no voltearas a verlo ni un poquito. Eso, que le ignoraras, que hicieras como si él no existiera, era lo que más le calaba.

—¡Que emocionante! —gritaban tus amigas por lo alto, dañando con los agudos chillidos sus pobres oídos, mientras tú, te unías a ellas levantando por encima la revista de adolescentes que leían en conjunto.

—¡Que romántico! —exclamó una chica de dos trencitas, mientras que otra pecosa y una con brackets se mecían todas alborotadas.

—¿Verdad? —sonreíste— Me gustaría conocer a mi alma gemela pronto.

Ahí estaba otra vez, ese estúpido tema de conversación, Hajime rodó los ojos con fastidio, por seguir escuchando todos esos chillidos referentes a las tontas "soulmates". Esas cosas se habían puesto de moda entre las chicas, y tú, no eras la excepción; te la pasabas leyendo historias, revistas, programas, series o cualquier otra cosa que estuviera relacionado con eso.

Era el tema de conversación número uno en tendencia, por aquel entonces, platicabas con todo el mundo sobre ello, incluso con la madre del moreno, y siempre, después de eso, la mujer se acercaba a tu oído a susurrar algo que siempre te hacía sonrojar. Iwaizumi jamás se enteraba, qué era lo que se suponía tan confidencial, como para no poder decirlo en voz alta; y eso, le molestaba lo suficiente como para fruncir el ceño al menos una media hora, hasta que se acordaba y luego se repetía, una y otra vez, que eso no le interesaba.

No era necesario remarcar que a Hajime, ese tema de las soulmates ya le tenía harto, la otra vez, casi golpeaba a Oikawa solo porque había dicho que tomaría leche de ALMendra y GElatina de grosella para el almuerzo. No podía ni oír palabras similares a "alma gemela", porque de inmediato se acordaba de ti y eso... No le desagradaba del todo, ¡pero ahí era dónde precisamente estaba el problema!

Haciendo un poco más pesado su delirio, tu amiga, la de las trencitas, había llevado esa revista: "¿Cómo saber si tu alma gemela está a la vuelta de la esquina?" Si, ese parecía un buen encabezado, pensado y planeado especificamente para que las chicas de tu edad, gastaran su dinero y compraran la dichosa revista, en donde explicaban a detalle todo acerca de las soulmates y cómo identificar a la tuya.

—"Sientes el mismo dolor, que tu alma gemela" —leyó la pecosa.

Estúpido.

—"A veces, puedes oír su voz en tu cabeza" —prosiguió la del tratamiento dental.

Aún más estúpido.

—"Ves al fin, los colores del mundo" —finalizaste tú, antes de que chillaran emocionadas otra vez.

¡Súper estúpido! Es más, ¡era lo más estúpido que había escuchado en su vida!

Y eso que a sus quince, y siendo amigo de Oikawa Tooru desde los doce, había escuchado muchas idioteces. "Ver los colores del mundo", sí, como no, ¿y luego?, ¿vomitarás arcoiris cuando se aparezca frente a ti? Era obvio que quien había escrito ese artículo era daltónico, porque según él recordaba... Su vida siempre estuvo llena de color...Un segundo... ¿No será entonces que...?

Sacudió la cabeza, eso era imposible, además de que, él no creía en esas tonterías.

—¡Pero si estoy segura de que tú ya lo conoces! —te dijo la de brackets.

—¿De verdad? —ladeaste la cabeza—, ¿quién?

—Es alguien muy cercano a ti... —canturreó la de trenzas.

—Y a quien vez todos los días —finalizó la de rostro punteado, levantando las cejas con picardía.

¡¿YO?!, pensó Hajime, ¿quién si no? Seguían regresando a casa juntos a pesar de comportarse como ajenos en la escuela, además de ser vecinos, tanto de casa como de asiento en el salón. Todas las pistas indicaban hacía su persona, de hecho, estaba tan seguro de ello, que casi se levantaba golpeando su pupitre, para reclamarte, y así dejaras de hablarles de cosas raras sobre él y tú, a tus amigas; pero no pudo.

—¡Ayase Hotaru! —gritaron al unísono la de trencitas, la de brackets y la pecosa.

Y él, si se levantó golpeando su mesa, pero no te dijo nada, ni siquiera volteó a verte cuando se dirigió a la salida del aula. Su enojo se incrementó al detenerse un poco en la puerta, verte un mili segundo de reojo y darse cuenta de que ni te habías inmutado de sus reacciones o de su actitud.

Salió al patio trasero, pateó una lata que se encontró hasta las jardineras, que estaban completamente vacías, en donde se tumbó para intentar calmarse un poco. Por la tarde debía entrenar con el equipo y con Oikawa, este último volviéndose aun más insoportable debido a las últimas peleas que había tenido con Kageyama en el Kitagawa; debía soportarlo, por lo que no podía darse el lujo de verse afectado por tu culpa, dormiría un rato para reponerse.

El que tus amigas dijeran otro nombre, que no era el suyo, le cayó como un balde de hielos en la espalda en plena ventisca de nieve; porque eso significaba, que no les habías dicho ni una sola palabra sobre la extraña relación que tenían desde niños. Además de conocer al bastardo en cuestión, que le caía como un punta pie en el trasero.

Después de aquella vez en secundaria, sintiéndose minúsculamente culpable, intentó disculparse a los tres días después de ver que no lo perdonabas sin tener que decir nada; justo como las veces anteriores. Sin embargo, tú mostrabas claras intensiones de no volverle a hablar, evitabas el contacto visual; y cuando inevitablemente debías estar en su casa, te la pasabas hablando y haciendo cualquier cosa con su madre, para no darle oportunidad de nada.

Se distanciaron aún más, cuando decidiste así como él, encontrar algo que solo fuera tuyo, y que te apasionara tanto como para que la sangre corriera más rápido y la piel se te erizara. Fue así como llegaste al estudio de baile, especializado en ritmos latinos, que estaba a una cuadra de Kitagawa Daichi, y que en la preparatoria, seguías yendo. Empezaste porque, terminabas casi a la misma hora que Hajime y quedaba cerca, así que no significaba ningún problema para tu tía, a la hora de irlos a recoger, sin embargo, no pasó mucho tiempo ante de que te dieras cuenta de que eso era lo tuyo.

Tu rutina empezó a ser, pasar todas las tardes bailando, y lo amabas tanto que estando en el estudio, al mover las caderas al ritmo de la alegre música, a tu mente llegaban los pensamientos de querer estar así para siempre; dejando que los animados sonidos te embriagaran y te guiaran como por arte de magia sobre la duela de la pista.

Aunque más allá de su culpa, que crecía cada día al verte cada vez más alegre, y tranquila; para Hajime no hubo grandes cambios en su rutina, solo iba a la escuela, entrenaba y después su madre los recogía a ambos en el auto. Así fue como la distancia creció y creció durante sus tres años de secundaria; según, a él no le importaba y cuando Oikawa le preguntaba por ti, o le advertía que iría tras tuyo, proseguía con su misma mirada estoica, aunque por dentro fuera un volcán en erupción. Tooru al notarlo, le hacía burla nuevamente, pero Hajime desde entonces, siempre negaba que su corazón había empezado a dar tres o cuatro latidos de más cuando estabas cerca, y que le daba tantito vértigo cuando pensaba que te vería después de entrenar, sin poder pensar en otra cosa mientras jugaba.

Al ingresar a la preparatoria, la madre de Hajime dejo de llevarlos y recogerlos, en la mañana, porque él salía antes que tú para sus entrenamientos matutinos, y en las tardes, porque te ibas inmediatamente al dance studio al terminar las clases, como ya no quedaba tan cerca, debías correr para llegar a tiempo. A parte, a Iwaizumi le parecía bastante vergonzoso que su madre lo transportara estando ya en el liceo.

Sin embargo, había veces en las que tú terminabas más tarde de lo normal, sobre todo cuando había competiciones cerca, por lo que él, un día se lo comentó "casualmente" a su madre, para que esta; asustada por la hora y lo peligroso de volver sola estando tan oscuro, lo "obligara" a pasar por ti al estudio al terminar su entrenamiento. Aunque pese a eso, te las habías ingeniado para seguir ignorándolo, siempre procurabas estar lista y en la puerta antes de que él llegara, para que en cuanto su figura apareciera al doblar la esquina, giraras 180° sobre tus suelas y empezaras a caminar; cuidando estar a al menos unos 10 metros de distancia, en dónde él te cuidaba las espaldas.

Iwaizumi Hajime ya se había acostumbrado a eso, de hecho, ya hasta le daba igual; pero hubo un día en especial, en que verdaderamente le caló hasta los huesos aquella distancia, y ese, fue el día en que él apareció.

Fue aquella vez, en que temprano en la mañana habías corrido emocionada a contarle algo a tu tía, a lo cual no le presto mucha atención, pero por lo poco que había escuchado, ese algo estaba relacionado con el baile. Ya iba tarde a su entrenamiento matutino, así que se había ido sin terminar de enterarse del todo del asunto.

Por la tarde, salió demasiado retrasado de las actividades del club, que de hecho, cuando se percató ya era de noche; maldijo por lo bajo, ya que eso significaba que también iba atrasado para recogerte y con el temple que te habías forjado, gracias a la danza, lo más probable era que no te detuvieses a esperarlo más de cinco minutos.

Corrió como desquiciado, pero al cruzar la calle y doblar en la esquina, al verte todavía allí parada, en vez de darle alivio, una sensación desagradable recorrió por su dorsal. Lo que vio no le causó gracia; porque no estabas sola.

Levantabas la mirada para ver a los ojos a aquel joven bien parecido y de buen cuerpo, con piel blanca, como la porcelana, su lacio cabello castaño se balanceaba suave junto al viento; sus orbes miel parecían bailar al ritmo de la luz de luna. Además, su expresión era apacible y poseía una sonrisa franca y amable.

Ayase Hotaru había hecho su aparición.

Reprimió un grito ahogado al verlo, ¡ese sujeto era hermoso! Y eso que lo estaba viendo desde la perfectiva de otro hombre, ¡ni siquiera quería imaginarse como lucía ante los ojos de una mujer!

Debido a la molestia, un gutural y extraño sonido salió de su cuerpo, llamando la atención de la pareja, quienes voltearon a verlo al mismo tiempo.

—¡Ah! Así que es él a quien estabas esperando... —sonrió Hotaru aún más ampliamente e intentó acercarse para saludar—Soy Ayase y soy...

—Hotaru —le llamaste, lo sujetaste de brazo para detener su marcha, en un claro mensaje de que no querías que le hablara a Hajime—, mejor llévame a casa.

—Claro, no es ningún problema —hizo girar entre sus dedos, lo que parecían ser las llaves de una motocicleta—, pero, ¿estás segura?

—Sí, completamente.

Sin voltearlo a ver siquiera, diste media vuelta y avanzaste por el sendero, de camino a donde Hotaru había dejado estacionada su moto, seguida por él; dejando a Hajime solo, con la mandíbula apretada y la bilis subiendo y bajando por el esófago. Sin lugar a dudas, el peor día de su vida.

Y esa sensación, nunca se fue, porque empezó a verle la cara al niño bonito, demasiado seguido para su gusto personal. Iba a un instituto para hijos de papi, que estaba al otro lado de la ciudad, ¡y aún así, el bastardo se las ingeniaba para irte a recoger en las mañanas, pasar por ti en la tarde después de clases camino al dance studio y finalmente acompañarte a casa!, ¡dejándolo a él, como un cero a la izquierda completamente!

—No conoce el espacio personal, de seguro es un acosador... —se decía así mismo cada que lo veía, y poder así, contener el puñetazo que quería propinarle en los dientes, y rompérselos.

Y no, definitivamente no lo conocía, lo confirmó al verlo tomar lascivamente tu cintura y repegar su pelvis contra tu trasero, al mismo tiempo que su rostro se acercaba peligrosamente al tuyo, tan innecesariamente. También estaba esa mirada que te dedicaba.

¡No era más que un pervertido!; según él.

Pero era tu jodida pareja de baile también, y solo por eso tenía el derecho de tocarte más allá de lo que se lo permitirías a cualquiera; lo descubrió en tu primera presentación oficial, que era aquello que habías ido a contarle a su madre tan emocionada, aquella mañana.

No le gustaba Hotaru, pero era tu pareja, al menos en el baile lo era.

Y al parecer, eso era lo suficientemente atractivo como para considerarlo tu estúpida "soulmate".

—Vaya tontería. —chasqueó la lengua y se giró sobre su cuerpo para intentar dormir, en aquel lugar ta poco propicio.

Vaya tontería...

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Continuará...