Esperé unos minutos más, oculta tras los matorrales. Observé el cielo nocturno: las estrellas brillaban con intensidad, pudiéndose adivinar incluso las que permanecían opacadas la mayoría del tiempo. Salvo por el cantar de algún grillo, todo permanecía en silencio. Pensé en como en una noche tan hermosa alguien había cometido semejante crimen y en como el escenario de este, que hacía apenas unos instantes se teñía de desesperación, había retornado a la calma: casi parecía querer ocultar la sombría verdad, como si de algo intranscendente se tratase.
Una vez en pie noté que las piernas todavía me temblaban. Miré una vez más el cadáver, que yacía a lo lejos.
Es patético, a la vez que irónico, ver como en cualquier momento el desenlace de la vida acecha: concluyendo nuestra única existencia, a la cual nos hemos aferrado con creencias y falsos dioses para así escapar de la realidad.
Podría haber acudido a la policía y notificar el crimen: eso hubiese sido lo correcto, lo que cualquier persona de a pie hubiese hecho. Pero no lo hice: sin saber muy bien la razón, tal vez el impacto de la escena no me dejaba pensar con la claridad suficiente, decidí apresurarme a mi habitación; cediéndole a otro incauto la desafortunada tarea.
Una vez estuve entre mis cuatro paredes me dispuse a tratar de dormir. Los minutos, que se me antojaron horas, transcurrieron sin que pudiese pegar ojo: era evidente que no podría hacerlo, estaba totalmente desvelada.
En mi delirio envidié en cierto modo la fatal suerte que había corrido esa mujer: su muerte siquiera le dejó tiempo al estertor, mientras que yo estaba condenada a la agonía. Me culpé a mí misma por tal infame pensamiento.
De repente escuché unos pasos al otro extremo de la puerta. Pasaron de largo, volviendo de nuevo tras unos instantes. A la tercera vez me inquieté: ¿Quién demonios merodeaba por el pasillo a aquellas horas intempestivas?
Me agité en la cama recordando aquellas viejas historias de fantasmas que, en días festivos y junto a una fogata, contaba mi padre. Aquellos relatos sobre entes malditos, provinientes de las islas de las sombras, que siempre concluían en un aterrador final.
Motivada por la llama del temor, avivada por lo ocurrido, tejía ahora hipótesis absurdas sobre el tipo de ser que podría estar paseándose tras mi puerta: debía reunir el coraje y el sentido común y abrirla, para así quedarme tranquila. Seguramente de tratase de un empleado de la compañía que, tras unas copas de más, había tenido la brillante idea de divagar en sus pensamientos mientras caminaba de un extremo a otro.
Una vez me asomé, pude adivinar la figura de Jhin entre la penumbra. Me sobresalté al notar que también me había visto.
-¿Qué diantres haces a estas horas? -espeté- ¿Podrías dejar de rondar por mi puerta?
El moreno fijó su mirada en mí y esbozó una mueca similar a una sonrisa. Permaneció en silencio.
-Oye tú: te estoy hablando, cretino. -Le dije sin ningún tipo de reparo.
-Estaba pensando. -susurró, como si no quiera despertar a nadie. Algo irónico, puesto que a mí ya me había oportunado y, por lo que conocía, no dormía nadie más en las habitaciones contiguas. No obstante, me alegró toparme con él: quién sabe mi reacción si al abrir la puerta me hubiese encontrado con uno de esos terribles entes.
-¿Podrías pensar en otra parte? -pregunté, con cierto resentimiento.
-En este ala no duerme nadie, salvo tú ahora; mas no pensé que lo hacías. -se justificó.
-Pues lo hago. ¿Sería mucho pedirte que realizases tus incoherentes hábitos en otro lugar?
-No es un hábito -Recriminó.
-No me importa. Vete. -Antes de que pudiese articular respuesta le cerré la puerta en las narices. Aquel tipo me ponía negra: siempre incordiando. Supe que él debía sentir el mismo repudio hacia mí; pero no me importaba.
Conociéndolo, estaba segura de que ignoraría completamente mi petición y seguiría paseándose por el pasillo como un loco. Pero no lo hizo: se fue.
Volví a acostarme y me dormí maldiciendo el día en que había optado por consumirme en aquel tugurio.
Cinco días habían transcurrido tras el incidente y, durante estos, había notado una ligera mejoría en mi estado. Las violáceas manchas, aunque permanecían todavía visibles, estigma de enfermedad; habían ido empequeñeciéndose, aminorando también la intensidad de su color: que ahora resultaba más tenue. Volví a recordar las palabras de Kindred. ¿Eran ellos quienes me estaban librando de cruzar el umbral? Como fuese, no podía cantar victoria todavía: debía esperar hasta estar totalmente segura de que la muerte ya no me acechaba.
Jhin había acabado cediendo, tras mucho renegar, a otorgarme pequeños trabajos que me distraían un poco del desasosiego y el aburrimiento. Siempre que acudía al taller lo hallaba entregándose al perfecto funcionamiento de todo. Era un tipo minucioso, perfeccionista.
Pese a que cada noche su compañía daba un espectáculo, él no había vuelto a actuar. Ese hecho despertaba mi curiosidad, tanto que opté por preguntarle una tarde.
-Jhin -le llamé.
-Dime. -Siempre distante y con la mirada fija en su tarea, respondió secamente. Todavía se cubría la nariz y la boca cuando debía trabajar a mi lado, además de tratar de alejarse de mí lo máximo posible. Y no lo hacía de un modo discreto, si no que era más que evidente.
-¿Tú no actúas? Salvo el día de mi llegada, no te he vuelto a ver en el escenario. -pregunté.
-A veces -respondió escuetamente. Intuyó en mi silencio que permanecía aguardando sus palabras, por lo que continuó-. No es de mi agrado actuar junto a esos mediocres; mas en ocasiones, cuando me lo solicitan, cumplo mi función.
-En algo coincido contigo pues -le espeté-: las actuaciones dejan bastante que desear. Al menos a las que he acudido.
-¿Qué sabrás tú, si no tienes criterio alguno? -sentenció tajante.
-¿No hay momento alguno en que concedes tregua a las personas y tratas de ser amable? -Las respuestas de aquel hombre me enervaban: no entendía como podía contestar desagradablemente a todo.
-Si no te agrada mi actitud no te dirijas a mí: es bien simple -dijo Jhin.
-Paso gran parte de mi tiempo en este cuartucho contigo y, a veces, me gustaría tener con quien hablar. Somos seres humanos: sociables por naturaleza. -dije
-Vuélcate en tu tarea y aplacarás tu necesidad de abrir el pico.
-Perdone usted, señorito asceta. -Espeté a la vez que repasaba la acuarela en una máscara.
-Que fino sarcasmo -Respondió Jhin, enfrascado en sus quehaceres-. Por cierto...
¿Cuánto te queda para morir de manera miserable?
-Pues... te parecerá extraño pero noto que la enfermedad está desapareciendo -Observé a Jhin por el rabillo del ojo: no parecía inmutarse- ¿No te sorprende?
-Poco me sorprende ya en esta vida. -declaró.
No nos dirigimos la palabra el resto de la jornada. Cuando me disponía a irme, Jhin se dirigió a mí:
-He observado que no desempeñas lo suficientemente bien la función que te he encargado -dijo-. Esta noche acudiremos juntos a ver la función y te daré anotaciones sobre como debes hacerlo de ahora en adelante. Te espero en el palco derecho, justo sobre el escenario.
-De acuerdo. -asentí; mas no me agradaba la idea de prescindir de mi tiempo libre para pasarlo junto a él, observando una obra de calidad dudosa en la que encima sería incriminada por mi labor.
Antes de las ocho, hora acordada, alguien llamó a mi puerta. Abrí, encontrándome a Jhin.
-Quería asegurarme que acudieses -declaró-. Vamos: la función comenzará dentro de poco.
Ambos emprendimos la marcha hacia el salón principal. Caminaba tras Jhin, puesto que había notado que si trataba de llevarle el ritmo, caminando junto a él; este aceleraba su andar: dándome a entender que quería mantenerse alejado de mí.
Una vez estuvimos ante el escenario reparé en el público: el gentío ya comenzaba a ocupar las butacas de las primeras filas, pese a que todavía quedaba tiempo para el comienzo de la función.
Pasamos por delante de dos jovencitas que al observar a Jhin soltaron una risa floja y lo siguieron con la mirada. Aquello me resultó gracioso: si bien el moreno era un hombre apuesto, aquellas ingenuas tenían la fortuna de desconocer las harpías que este soltaba por la boca.
Jhin permanecía impasible ante las miradas la gente: parecía estar abstraído en sus propios pensamientos.
Llegamos al palco y me acomodé en el asiento. El pelinegro también lo hizo, dejando una butaca de margen entre él y yo: haciendo gala de la discreción y educación que tanto le caracterizaban. Supongo que no creía en mis palabras respecto a mi condición. No le dí más importancia y decidí distraerme observando el escenario: unas figuras semblantes a silfos, esculpidas en mármol, coronaban ambos extremos de los palcos contiguos al nuestro.
En el techo de la sala se representaba una escena que, aun desdibujada por la humedad y los años, era bella: una mujer, cubierta tan sólo por un velo translúcido, agonizaba entre las fauces de un Sirin; criatura abisal temida a lo largo Runaterra. La escena se dibujaba en colores azulados, dando a entender las profundidades marinas cómo escenario.
Pequeños detalles, dibujados sobre yeso, ornamentaban los rincones del teatro; mas estos no poseían la dignificación del tiempo: eran más recientes.
-Es bonito este lugar. -reflexioné en voz alta.
Jhin posó su mirada en mí durante un instante y luego volvió a entregarse a la contemplación de aquel punto que llevaba todo el rato observando.
-¿Qué miras? -le pregunté.
-Nada -contestó secamente-. Estoy pensando.
¡Cuánta fluida conversación y diálogo ofrecía aquel joven!
-Les debes agradar mucho a los gatos: se dan festines con tu lengua. -Dije haciendo referencia al antiguo refrán.
-Que gran sentido del humor. -espetó Jhin fríamente- ¿No le duele a tu dignidad que sueltes perlas como esa?
"Mejor será que cierre el pico durante el resto de la obra", me dije a mí misma mientras le dedicaba al moreno una mirada de indignación.
Se alzó el telón. En el escenario, dos jóvenes; un hombre y una mujer, interpretaban lo que parecía ser un idilio pasional.
En los siguientes cinco minutos me quedaron claras dos cosas: la primera era que a Jhin no le gustaban las obras románticas; y quizás nada que tuviese que ver con tal sentimiento. La segunda era que el joven no tenía ningún tipo de reparo en hacer todo tipo de comentarios despectivos: parecía que todas las palabras que acallaba las reservaba para no dejar títere con cabeza, criticando.
A mí me provocaba cierta rabia escucharlo despotricar y desprestigiar el trabajo de otra gente: si bien era cierto que ya desde el comienzo no prometía ser una gran obra, al menos merecía del silencio por parte de los espectadores.
Quise hacérselo notar al moreno, tiré de su brazo para llamarle la atención y, dirigiéndome un dedo a los labios, le espeté:
-Guarda silencio.
-No puedo evitarlo. ¿Has visto tú semejante patetismo? Ni siquiera van acordes al compás de la melodía. -dijo Jhin.
-A ti lo que te provoca repudio son las escenas acarameladas -le recriminé-. Lo he observado.
-Se me antojan banales y no otorgan ningún matiz invador al espectáculo. -declaró.
-Puede ser eso cierto; mas a mí me parece que reflejan bastante bien lo que es un fugaz romance. -me sinceré.
Una pareja mayor que observaba desde el palco más cercano al nuestro nos llamó la atención:
-Haced el favor de guardar silencio. -espetó el canoso hombre.
Pero Jhin, haciendo caso omiso, prosiguió la conversación, cuchicheando:
-Esto simplemente refleja lo superfluo de una relación. Estoy hastiado de contemplar como mancillan las emociones humanas: existe una amplia gama y siempre exaltan las mismas... y de la misma forma. -dijo.
-Supongo que es la forma más sencilla de hacerlo -tras una pausa me decidí a decir-. Y la que más aplausos recauda.
Seguimos observando, esta vez en silencio. En un momento en el que el joven actor perseguía a la otra por el escenario, citando un verso de obsesión y celos, escuché a Jhin soltar una fugaz risita.
-Habría que verte a ti enamorado. -le susurré.
Jhin guardó silencio y en su rostro observé una extraña mueca: parecía haber evocado un pensamiento. Tras unos instantes habló:
-No necesito ese tipo de sentimientos.
En el descanso salí a fumar un cigarrillo. La noche refrescaba, de modo que me apuré todo lo posible por entrar. Jhin no se había movido de la butaca.
Durante la segunda parte, el pelinegro comenzó a recriminar mi trabajo. Era lo esperado: no entendía porque no lo había hecho antes. No obstante, intercalaba sus críticas con consejos que anoté mentalmente, puesto que podían resultarme útiles. Antes de que finalizará la obra, Jhin me tendió una llave. Lo miré desconcertada.
-Sube al cuarto del segundo piso, el último del pasillo. Trae un carrito lo suficientemente grande: debemos desmantelar el escenario nosotros. Espérame entre los bastidores.
Resoplé: quería ver como finalizaba la obra; mas la mirada impasible de Jhin dictaba que no me quedaba otra que ceder.
Me levanté y emprendí mi marcha, delizándome cautelosamente entre el público, tratando de no inoportunarlos.
No me costó hallar el cuartucho. Una vez dentro de este me estremecí: entre las tinieblas se adivinaban una decena de máscaras colgando de las paredes, parecían observarme.
A tientas, traté de encontrar el interruptor de la luz; pero fue en vano. ¿Debía dirigirme hasta mi cuarto y tomar un candil? Sentí pereza ante la idea, por lo que opté por dejar que mis ojos se acostumbrasen a la oscuridad: la silueta de un carro no era tan difícil de discernirse aun en la penumbra.
Antes de que mis pupilas se adaptasen, pude por fin topar con el dichoso interruptor.
La tenue luz de una bombilla iluminó la estancia. La primera imagen que se proyectó en mi córnea hizo que mi pulso se acrecentara: pude ver la misma máscara que el asesino había utilizado aquella noche. No había lugar a dudas: era idéntica. Poco más de aquella escena recordaba tan nítidamente como aquella careta que, con un semblante diabólico, parecía convertir al portador en una dantesca criatura.
¿Qué hacía aquel objeto aquí? ¿Acaso un empleado de la compañía había sido el culpable de aquel crímen? Tenía su lógica, al haberse cometido tan cerca del teatro. Traté de evitar hipotetizar sobre el tema por ahora: no era yo muy intuitiva y además, asustada como estaba, seguramente divagaría por teorías ilógicas.
Reflexionaría sobre ello una vez en calma y fuera de aquella habitación.
Reparé en el carro, dejado en una esquina, y me apresuré a cojerlo. Tras ello cerré la puerta y me decidí a volver.
Me encontraba recorriendo el largo pasillo cuando me crucé con Heich. Noté un fuerte olor a alcohol al pasar por su lado.
-Eh tú. Espera. -dijo tomándome del brazo. El color de sus mejillas evidenciaba su borrachera.
Escuché el sonido de un trueno, que retumbó en las paredes del edificio.
-Otra vez la puta lluvia -dijo Heich-. Este edificio ya no aguantará muchos aguaceros. Bueno... a lo que iba: he escuchado que te desenvuelves muy bien en tu trabajo.
-Gracias... -le espeté tímidamente a la vez que trataba de zafarme de su agarre.
-Me lo ha comentado el narcisista ese de Khada.
-¿Khada? ¿Quién es Khada? -pregunté.
-Khada Jhin, supongo que es un pseudónimo o algo así. ¿A quién coño le importa? -prosiguió tras tomar aire, se evidenciaba cansado- Aún recuerdo cuando vino aquí a solicitar trabajo con sus ínfulas de mierda: hasta parecía que le debíamos algo al cretino.
-Ah, sí. Me asignaste trabajar con él. -dije nerviosa. Deseaba zanjar la conversación con aquel tipo y largarme en cuanto antes.
-Dime: ¿Te has acostado con él? La gente dice que es maricón pero dudo incluso él pueda resistirse a los efluvios de una chiquilla como tú. -dijo Heich-
Entendiendo el tinte que comenzaba a tomar la situación, opté por no responder y seguir adelante; mas, antes de siquiera dar el primer paso, el hombre me tomó por el cabello y tiró de este: acercándome a su cuerpo.
-Suéltame -alcé la voz-. Suéltame inmediatamente.
-No, bonita. Te he dado un techo y ahora vas a pagar el precio. -Acercó sus labios a mi boca y pude sentir su pútrido aliento entremezclado con el aroma a vino, lo cual me provocó una leve arcada.
Desesperada, me retorcí tratando de soltarme de su agarre; pero era totalmente en vano. Grité suplicando que alguien me escuchase, pero bien sabía que no acudiría nadie a socorrerme: todos se encontraban ahora en el teatro.
Aquel malnacido comenzaba a desabrochar los botones de mi camisa con sus callosas manos cuando, en un acto de desesperación, me abalancé sobre su hombro izquierdo y le propiné un bocado, tratando de ejercer la máxima presión con los incisivos.
El hombre soltó un grito y trató de desprenderse de mi dentellada agarrándome del cuello; mas no fue hasta que comencé a notar el regusto metálico de la sangre en mi boca que lo solté.
Aproveché el breve instante durante el que el hombre se quedó perplejo para correr a refugiarme en aquel trastero.
Cerré la puerta a cal y canto y recé para que Heich no tuviese la llave. Lo escuché golpear con furia la puerta, maldiciéndome.
Allí estaba yo de nuevo, en aquella maldita habitación, ante la vista de aquella pesadillesca máscara.
Escuché los aplausos en el piso de abajo: la función había terminado.
Dejé de escuchar la respiración de Heich en el otro extremo de la puerta, por lo que supuse que había abandonado su propósito; aunque opté por quedarme allí un rato más. Tal vez Jhin, viendo que no había cumplido su mandato, vendría. Podría ser un tipo extraño, pero en este momento me sentiría algo más segura estando a su lado.
Pasaron los minutos y nadie venía. Escuchaba la lluvia caer en el exterior. De repente, la manivela de la puerta comenzó a tambalearse. ¿Jhin?, pregunté con la voz entrecortada. Silencio.
¿Eres tú? Dime qué eres tú y te abriré. De nuevo, nadie habló.
Por favor, dejadme en paz, supliqué. Noté como mi corazón bombeaba con fuerza.
La puerta comenzó a abrirse lentamente. La madera crujía. Estaba totalmente segura de que había cerrado con llave. Por inercia, me cubrí los ojos: sentía algo denso en el ambiente, algo oscuro y desconocido que quebraba mi respiración.
-Síguenos. -Adiviné la voz del lobo. Aun aterrorizada, entorné los párpados: encontrándome con la figura de los Kindred.
-Te mostraremos el sendero. Te mostraremos la verdad. La luna gime cuando lo encuentra, pero el Sol no la busca. -Coreó la muerte.
-¿Veré devastación también esta vez? -Noté el temblor en mis palabras- ¿Qué queréis de mí?
-La marca nos sentencia a guiarte. ¿No sobreviviré ya una vez, querida niña? -dijo la mansa.
-Desde que apareciste no he sufrido más que desgracia. -sentencié.
-Osada criatura. -espetó el lobo- Te libramos y así nos lo pagas. ¿Puedo probarla, cordera?
-No. Debe venir. Ella sabe que este es su único camino. -dijo la cordera.
-Requiero saber el motivo. ¿Acaso estoy condenada a padecer vuestra terrible visión durante lo que me quede de vida? ¿Sufro una maldición?
-Querida: siempre ansiaste las sombras. No reniegues ahora de perderte en ellas, o no será el purgatorio lo que te aguarde cuando cruces el umbral. -Dictaminó la blanca.
-Aprisa -rugió el negro-: él también te aguarda.
-Y juntos os reuniremos -corearon los Kindred.
No pude hacer más que seguirlos.
Jhin tenía razón: tal vez existen emociones humanas más profundas, más arraigadas en el inconsciente, que el amor mismo.
