Siempre había estado sola.
Antes de que aprendiese a leer y a escribir, mi madre nos abandonó para irse con otro hombre que le doblaba en edad, y en fortuna, a mi padre. De ella solo sostengo el recuerdo de una frase que me dijo un día nublado en la cocina. Una frase que marcaría el resto de mis días: "Tras la muerte no hay nada más: todo perece".
Quemé mis años infantiles jugando a solas; puesto que mis hermanos, ya mayores, se entregaban a otros quehaceres propios de su edad. Mi padre era un hombre que tan sólo nos veía como un lastre: un pesado fardo que debía cargar.
Recuerdo que, en mi inocencia, recogía los cadáveres de pequeños animalillos para así cuidarlos hasta que comenzaban a descomponerse: el hedor que emanaban entonces no era de mi agrado y los desechaba. Jamás nadie se enteró de mi entrega a aquella actividad: parecían estar demasiado ocupados en el mundo de los adultos, el cual me parecía distante, casi irreal.
Poco sabía entonces de la vida: me limitaba a conocer que mi destino estaba atado a aquel circo, que me privaba de sentir cualquier lugar como mi tierra: yéndose justo cuando comenzaba a acostumbrarme a un lugar. Las personas con las que compartía mis días se me antojaban hostiles y rudas. Luego me enteré de que la otra gente también nos consideraba así, yo incluida.
Antes de que me bajara la primera regla, comencé a masturbarme. No importaba la imagen que evocase en mi mente, hombre o mujer. Lo único que importaba era sentir aquella sensación de asfixia que yo misma me provocaba, apretando mi mano derecha sobre mi garganta, mientras estimulaba mi clítoris. Llegué a desarrollar tal destreza en aquello que, más tarde, ataría una cuerda a una viga alta y la enrollaría en mi cuello: pudiendo tirar de esta tanto como quisiera, para así sentir la anhelada sensación.
No me acosté con nadie, ni amé a nadie, hasta que los conocí: aquel par de gemelos, de cabello pelirrojo y tez marmórea; adornada por las pecas, se convertirían en los partícipes de mi primer desliz.
Los Crowlard, así se apellidaban, se incorporaron al circo junto a su madre: mujer de apariencia tan escuálida y endeble que, en un principio, pensé que poco faltaba para que se la llevase la muerte.
Al principio tímidos, y luego con la fogosidad de quién busca consumir a otro, nos entregamos los tres; los gemelos y yo, al juego de amarnos.
Recuerdo que a tan temprana edad también comencé a beber: el vino, hurtado de la improvisada bodega de mi padre, se nos subía a la cabeza rápido. Entonces era cuando la lujuria nos conducía al acto. A veces en mi cama, otras en la suya, a veces sobre la hierba e incluso en alguna oscura callejuela: no importaba. Tampoco jamás fuimos descubiertos.
Fue a raíz de esto que descubriría un mórbido fetiche que, si bien todavía no había surgido en mí, ya tenía intenciones de hacerlo cuando en la cama les pedía a mis dos amantes que se quedasen rígidos, inertes, para que yo pudiese sentarme sobre su polla y cabalgarlos. En mi mente imaginaba que habían muerto y que aquella erección era causada por el ahorcamiento con el que, voluntariamente, habían decidido concluir su vida. Había leído sobre aquel reflejo que ocurría, inexplicablemente, en el cuerpo de los suicidas.
Los gemelos se hacían los muertos terriblemente bien. Su pálida tez ayudaba en ello, dándome a mí un gusto indescriptible.
Un día desperté escuchando los graznidos -a mí me pareció que graznaba- de la señora Crowlard: se ve que Alyss, el más inocente y aniñado de los gemelos, había puesto final a su vida ingiriendo una planta solanácea cuyo nombre no recuerdo. Lo que sí recuerdo fue el pesar y el llanto que observé en Dryas, su hermano, durante todo el día. No sé bien si fue por consolarlo o por satisfacer mi propia curiosidad, que le pregunté si deseaba que lo acompañase a ver por última vez a su hermano: cuyo cadáver yacía alejado del campamento, a orillas de un riachuelo, aguardando su entierro. Dryas asintió y ambos caminamos en silencio. Era primavera: las flores comenzaban a abrirse, el paisaje se teñia de verde. Llegamos al final del camino.
A la sombra de un sauce llorón el cuerpo que conocía de memoria descansaba tendido.
Nos sentamos a sus pies y Dryas rompió en llanto. Lejos de conmoverme verle así, sentí una punzada de desprecio y de lástima hacia su fragilidad; mas no quería parecer una extraña, de modo que imité el llanto, cubriéndome los ojos con las manos para que no descubriese mi patraña. Nunca lo haría: el muchacho estaba demasisdo enfrascado en su propio dolor.
Una vez cesó aquella amalgama de quejidos, le tendí al joven un vino que había cargado en mi fardo. Este lo aceptó gratamente mientras se sorbía los mocos: deporable, pensé.
Bebimos hasta que cayó la tarde y entonces, movida por aquel néctar embriagador, que abotargaba mis pensamientos, decidí espetar:
-¿Por qué no lo despedimos cómo es debido?
Dryas me miró con asombro, sin saber bien a qué me refería. Pero yo sí lo sabía, y muy bien.
-Mancillemos por última vez su cuerpo -le dije-. Como en aquella novela: "Los cimientos rotos". De todos modos ya no importa: ya no esta aquí.
-¿Estás loca o qué sucede contigo? -alzó la voz-. Mi puto hermano está muerto y tú piensas en follártelo. Vete, vete de aquí ahora mismo.
Mas hice caso omiso de su petición: pobrecito, sus emociones no le dejaban pensar con suficiente claridad. ¿O acaso era yo...? Daba igual: no podía quitarme la idea de la mente, necesitaba probar aquello.
-Unéte a mí. Es tan solo un cuerpo: un armazón vacío. -le dije, acercándome al cuerpo de su hermano.
Dryas no me escuchó: había salido despavorido, seguramente buscando a alguien a quién notificarle aquello. Jamás sabré porque no me detuvo por su propia cuenta; mas todavía hoy le agradezco que no lo hiciese.
Una vez a solas, tomé el cuerpo de Alyss y lo monté. Pude notar que su polla estaba flácida: lo cual me decepcionó, por mucho que supiese que lo contado en libros eran meras confabulaciones.
El cadáver comenzaba a hincharse, se me antojó un recipiente recogiendo el agua que brota de un manantial.
Me decidí a besarlo, sintiendo sus labios terriblemente fríos. Aquel contacto me entusiasmó y acerqué mis genitales a su rostro, restregándome con él. El contraste de la vida, entremezclándose con la muerte, estimuló mi imaginación hasta tal punto que no pude hacer más que eyacular. Me desvanecí en un grito: ansiando yo también la liberación vapórea.
El día siguiente supe que habían echado a Dryas y a su madre del circo: parecía ser que el joven le había narrado a mi padre lo ocurrido y este, eximiéndome de toda culpa, lo había dado por loco.
Desde aquel día traté de alejarme de mi oscura obsesión; mas cada vez que contemplaba un cadáver, acrecentándose estos gracias a la epidemia, no podía evitar recordar el gélido tacto de Alyss.
Al cumplir dieciocho años, mayoría de edad, no abandoné el circo como tantas veces me había prometido hacer. Dos de mis hermanos habían fallecido a causa de la enfermedad, por lo que decidí quedarme un tiempo más junto a mi padre, ya anciano.
No obstante, yo no podía reemplazarlos: no desempeñaba lo suficientemente bien las tareas de las que se habían encargado en vida. Por lo que, frustrada, me resigné a vagar por los pueblos, ofreciendo invitaciones al espectáculo: al menos era bonita y algunos incautos caían en mis redes.
Mi padre me dijo una vez que, pese a no poseer los dones de sus otros hijos, yo brillaba con una luz propia. Pobre hombre: desconocía que, desde mi nacimiento, no surgian de mi ser más que tinieblas.
Seguí a los Kindred hasta el piso inferior. Me adentré en el salón principal. "Más allá", coreaban. Me guiaron tras el escenario: allí hallé una portezuela tras la cual emanaba una música. La muerte se filtró tras esta.
Abrí: las enormes vidrieras dejaban pasar la luz a la sala. El melódico sonido de un clavicémbalo resonaba en esta. El lugar era amplio y lóbrego. Una hileras de banquillos se extendían casi hasta el final de la habitación, sin nadie que los ocupase.
Un trueno iluminó el lugar: pude hallar a Jhin, en el fondo, tocando el instrumento. El ritmo de la melodía intercalaba el vaivén frenético con unas pausas breves. El pelinegro se alzaba impasible: no parecía ser de este mundo. Su cabello lacio se mecía por el movimiento de su cabeza. Su expresión era de una calma perpetua: con los ojos cerrados, no era a los mortales para quién tocaba; sino a las ánimas.
Otro trueno rompió, iluminando los finos dedos del pianista quién otorgaba lo más candente de su alma a los acordes. Una diabólica sonrisa se dibujó en su rostro: sabe Dios que pensaría.
Los Kindred moraban a ambos lados del instrumento: el lobo a la derecha, la cordera a la izquierda. Supe que me miraban, ocultos tras las máscaras. El lobo comenzó a serpentear alrededor del artista. La música cesó.
-De modo que has venido. -dijo Jhin
-¿De qué se trata esto? -contesté con temor.
-Kindred. -dijo el pelinegro alzando la voz- ¿Ofreceremos el espectáculo ahora?
-No, querido estertor de muerte -espetó pausadamente la blanca-. No debemos llevárnosla todavía.
-¿Y cuándo? -la voz espectral del negro resonó en la sala.
-Tú sabes bien cuando, querido lobo. -dijo la cordera.
-Sé bien lo que sabes. -Jhin pareció dirigirse a mí. Se pusó en pie y se me acercó- Callarás ahora... para siempre.
-No, amado príncipe de la nada. No lo hará ahora. Bien sabes que no puedes matar si no por el arte. -recriminó la mansa.
-Arte que no se consumará si me descubren. -sentenció el hombre. A escasos metros de distancia, sacó un revólver del bolsillo de la larga capa que portaba. Me estremecí.
Jhin me apuntó y grité de pavor.
-Detente! Te lo ruego. -dije con la voz rota.
-No lo hagas, mortal. -ordenó fríamente la cordera.
Jhin accionó el gatillo: una bala atravesó mi hombro izquierdo. Dolió; pero más había dolido en mi mente, puesto que ya había fantaseado con todas las maneras posibles de morir.
-¿Voy a caer aquí? -dije entre lágrimas- Jamás hubiese imaginado que sería de este modo.
Mi llanto dió paso a la risa: una enfermiza carcajada que no pude creer que saliese de mi boca. No podía parar de retorcerme entre aquel desquiciado sentimiento: una marea de vertiginosas sensaciones afloraron en mí, el vestigio de la locura brotó
-Se ríe... -observó la cordera.
-Y grita. -se relamió el lobo.
-Pronto dejará de hacerlo. -sonrió Jhin.
-No, nuestro querido. Si lo haces ahora tú también obtendrás la condena eterna -corearon los Kindred-. Debes aguardar el desenlace de esta obra. A ti te lo encargamos. Eres el dueño de su marca ahora.
Antes de desvanecerme observé la máscara de la cordera: suspiré, anhelando sentir su luminosa flecha.
