Espero que la nueva faceta de Sylvain os guste.

EXTRAÑAS APARICIONES

Sylvain no durmió bien, confortado por el pensamiento de que Draco se encontraba tan cerca de él, pero angustiado por las dudas. Si el joven le rechazaba finalmente, Harry no dudó de que su corazón acabaría rompiéndose en pedazos. Pero, ¿Cómo mantener un engaño durante toda la vida? ¿Cómo basar su relación en una mentira? El Griffindor no podía hacer eso de ninguna manera. Tal vez arruinaría su vida, su nueva vida, para siempre, pero Sylvain sería sincero si Draco demostraba interés real en él.

Durante un desayuno tardío se percató de que el joven de cabello plateado no se encontraba en la mesa y al finalizar, llamó a su elfina. Esta le confirmó que el joven había abandonado el castillo y Harry se sintió muy triste. Se ocupo durante varios días en organizar su clase, su despacho, en estudiar atentamente el temario e ir preparando el desarrollo de las clases, en unas fichas. La directora le dio permiso para ir disponiendo la nueva aula de duelo, ya que Draco tenía que resolver sus compromisos anteriores y no se incorporaría al castillo hasta pasados quince o veinte días.

La sala elegida era amplia, luminosa y en ella no había pupitres o mesas, tan solo un gran espacio despejado. Con su permiso, reformó la magia de la sala, de manera que en ella se pudieran ejecutar maleficios y maldiciones sin consecuencias permanentes, asemejándola a la sala de entrenamiento de Drumstang. Lo mismo valía para las heridas o lesiones físicas, de manera, que se pudiera practicar sin temores. Era una magia complicada y compleja, además de agotadora, pero cuando por fin logró tenerla a su gusto, la antigua magia de Hogwarts se encargó de incorporarla como propia, liberándole.

Sylvain le mostró el resultado a la Directora, y esta le alabó complacida y satisfecha. El joven les pidió a varios de los profesores que ejecutan maldiciones contra unas ratas que estaba usando como sujeto y estas recobraron la normalidad apenas pasaron unos minutos. Igualmente, el joven le cortó la cola a una y también se recuperó, dejándoles a todos tranquilos ante posibles accidentes.

Sus fichas para las clases pronto estuvieron casi terminadas, a falta de revisar algunos detalles y Sylvain se inquietó, deseando poder ver al joven que cada vez ocupaba más sus pensamientos. Esa tarde, después de una cena temprana, se retiró a sus habitaciones y se agitó, nervioso. Tomando una decisión impulsiva se levantó y abrió la ventana de su habitación. Se subió en el alfeizar por un momento y se lanzó al vació, oculto por la oscuridad para sobrevolar el Bosque prohibido. Aceleró y aterrizó fuera de los límites, y desapareció.

Reapareció en las verjas de Malfoy Manor y estudió las barreras mágicas de la propiedad. Pero las antiguas defensas reconocieron el incipiente vínculo que le unía a Draco y la formidable cancela se abrió silenciosa para él. Su figura se deslizó por entre la cuidada vegetación de los jardines, y silencioso, Sylvain reconoció el rastro reciente de olor del joven Slytherin.

Siguiéndolo, encontró a Draco, volando en su escoba, solitario, en la luz rosada del atardecer. Estaba entrenando, realizando maniobras de vuelo, tal vez despejándose la mente. En un súbito cambio de rumbo, el joven sobrevoló los árboles en los cuales Sylvain se ocultaba y su aguda vista de buscador captó un reflejo extraño. En giro magistral de 180º regresó acelerando sobre sus pasos y Sylvain entró en pánico.

Inició una franca huida, entre los árboles, hasta que Draco se hundió bajo el dosel de estos, descubriéndole claramente. Sorprendido, el rubio frenó un tanto su escoba y de reojo, Sylvain le vio contemplarle boquiabierto, y aprovecho para perderse en la espesura.

Volviendo grupas, el rubio regresó lentamente a su casa y cuando entró al despacho de su padre murmuró aun con el rostro demudado:

-No imaginas lo que acabo de ver en el bosque, padre.

Con aire curioso, sorprendido por el tono de voz de su hijo, Lucius alzó los ojos de su diario y preguntó:

-¿Y de que se trata?

-Un dragón, padre, - sus ojos se fijaron en los de su padre y volvió a murmurar: una cría de Dragón.

Aunque Lucius se rió a carcajadas y le aseguró que se trataba de una equivocación, y que debía haber visto un Boggart, el joven no quedó muy convencido. Los dragones no es que fueran mascotas, pero no era lo que más miedo le daba. Si bien las protecciones de la mansión debían haber rechazado a una criatura como esa, el joven pensó que tal vez, al ser tan joven, las defensas no le catalogaron como un peligro. De hecho, su reacción había sido huir despavorido de él cuando le descubrió.

Meditando, Draco se retiró a su dormitorio, pero antes de acostarse, observó los bosques que rodeaban la mansión atentamente. No vio bandadas de pájaros ni signos de alarma entre sus habitantes y se recostó en la barandilla de su terraza privada, suspirando.

-Estoy seguro de haberlo visto padre. No era un boggart, era un dragón.

Cuando se giró para entrar de nuevo, un reflejo, un destello, atrajo sus ojos hacia el tejado de la torre cercana. Allí estaba, agazapado sobre las placas de pizarra negra, las alas plegadas sobre el lomo. Incluso en la oscuridad, la silueta era inconfundible. Llamando a su escoba Draco la montó casi sin mirar y voló hacia la torre en silencio. La curiosidad del porqué un ejemplar de una criatura tan magnífica, usualmente esquiva y recelosa de los humanos, se había aproximado tanto, le estaba haciendo ser impulsivo y poco precavido, arriesgándose a acercarse. Pero la reacción de antes le daba cierta seguridad de que el dragón no era un peligro inmediato. El largo y esbelto cuello se alzó y la elegante cabeza, vagamente similar a la de un caballo, pero adornada por dos largos cuernos, se giró hacia él. Incluso en la penumbra, el joven pudo apreciar que el dragón parecía estar calmado, y cuando desplegó sus alas, tan solo el sonido de sus afiladas garras aferrando la piedra rasgó el aire.

El dragón se lanzó al vacío y sus alas le sostuvieron haciéndole remontar el vuelo sin mover un solo músculo, en un bien practicado ejercicio de planeo. El rubio le siguió a cierta distancia y cuando la magnifica bestia trazó una espiral en torno a la torre, el joven le imitó. Cerniéndose y elevándose en el aire, con poderosas batidas de sus alas membranosas y escamosas, el dragón pareció esperarle sobre los tejados y cuando Draco llegó a su lado, sus miradas conectaron.

Los ojos del dragón eran verdes, al igual que su cuerpo, y brillaban en la penumbra. Eran… extraños, y poderosamente intensos, y el joven se aproximó aun más. Ninguno de los dos tenía miedo del otro al parecer, y se estudiaron intensamente en la oscuridad. Con una última mirada, el dragón aceleró, ascendiendo hacia el cielo, seguido por el tenaz joven. Ejecutaron maniobra tras maniobra y pronto Draco se perdió en el simple gozo de volar, siguiendo la larga cola del animal, girando y picando, trazando espirales y cerradas curvas, hasta que de repente, el dragón enfiló hacia él.

Draco detuvo su escoba en el aire, consciente de que aunque la pusiese a toda velocidad, el dragón probablemente podría darle alcance, eso sin contar con su fuego letal. Aguardó, tenso por primera vez, y el animal le rodeó en un lento vuelo, y se colocó a su costado, emitiendo un ronco llamado, el primer sonido en toda la noche. Era un sonido melódico, grave y profundo, y la bestia regresó hacia la mansión. Draco voló a su costado, rozando las copas de los árboles, y contemplándole a la luz de la luna.

Aparte de los cuernos de la cabeza, el animal no tenia púas ni otras protuberancias, con excepción de unas espinas que remataban las puntas de los nervios de sus alas. Era esbelto, de largo cuello y aun más larga cola. El joven le calculo unos 6 o 7 metros de longitud total, de la punta de la cola al hocico. Sus patas, recogidas contra el cuerpo parecían firmes y musculosas, y estaban rematadas por largas garras. Las alas batían con firmeza, desplegándose hasta alcanzar una envergadura de diez, tal vez once metros, proporcionándole al dragón una increíble potencia de vuelo y buena maniobrabilidad. El cuerpo estaba recubierto de escamas relucientes, de múltiples tonalidades verdes, con reflejos tornasolados, al igual que las alas.

La criatura aterrizó casi sin ruido en la terraza de Draco y plegó las alas inmediatamente, recogiendo la larga cola bajo las patas, arrinconándose y dejándole espacio. El joven salto de su escoba apenas tocó el suelo y permaneció delante de la majestuosa criatura, expectante. Nunca había oído hablar de un dragón que se comportara así, pero indudablemente, tampoco era un dragón corriente. Conocía todas las especies, y aunque recordaba vagamente a un Gales, el tamaño no concordaba en absoluto, ya que aquel ejemplar era un adulto, a juzgar por sus cuernos plenamente desarrollados. Joven, pero adulto indudablemente. Los cuernos eran demasiado largos también, y el brillo tornasolado tampoco era correcto.

"Tal vez un híbrido" Pensó el joven, inmóvil, contemplando al dragón. Este, se aproximó a la barandilla y saltó limpiamente por encima de ella. Draco le vio picar hacia el suelo y desplegar las alas justo a tiempo, para remontarse y alejarse hacia el bosque, perdiéndose en el. El Slytherin se dio una ducha relajante y se acostó, rememorando el gozo del vuelo, la increíble sensación de volar con una criatura hecha para el aire, como un igual.

Sylvain regresó a Hogwarts, cansado, pero ciertamente feliz, retomando su forma humana al regresar a sus habitaciones. "Tal vez hay un camino para mí. Si puede aceptarme como una especie de mascota, me daré por satisfecho de estar a su lado."