UN VIAJE EN TREN ALGO ACCIDENTADO

Pocos días después, Draco bajó de la limousine de la familia, envuelto en su capa de viaje favorita, y entró en el salón de prensa de la selección inglesa, atravesando los túneles bajo las gradas para esquivar a la multitud y a los fans que se habían congregado para la rueda de prensa. Sus padres habían sido tarea fácil, sobre todo Narcisa, muy feliz de tenerle más cerca y sobre todo, de ver que maduraba. Lucius había refunfuñado, pero como legalmente era Draco el cabeza de familia, había acabado cediendo sin demasiado alboroto. Después de todo, aun le quedaban como mínimo siete años de arresto domiciliario, antes de que el Wizengamot considerase devolverle su varita y permitirle ciertas salidas públicas. Habían sido muy afortunados, considerando las adversas circunstancias, y tanto el cómo su madre habían sido declarados inocentes de todos los cargos.

Pero su entrenador…bueno, Thomas Hurt había puesto el grito en el cielo, viendo que su pupilo más preciado se escapaba de sus férreas garras. Aunque protestó y amenazó con expulsarle de la selección, Malfoy se mantuvo firme, y finalmente, tuvo que ceder, so pena de perderle definitivamente. Su buscador estrella jugaría con la selección los partidos de real importancia, pero ninguno más. Nada de partidos de exhibición, ni de encuentros amistosos. Era una pérdida, sobre todo en publicidad, ya que Malfoy solo atraía tantos patrocinadores como medio equipo, pero el joven fue inflexible.

Cuando llegó a la trasera de la sala de prensa, Draco se miró en el espejo situado junto a la puerta y esperó a oír la señal para su entrada, comprobando que su atuendo estaba impecable, como siempre. Había escogido el uniforme oficial de paseo del equipo, más elegante que el uniforme de vuelo, y cuando escucho la voz del portavoz oficial del equipo a través del equipo de sonido anunciando: "Y ahora Lord Malfoy realizará una breves declaraciones", dejó la capa a un lado y entro en la sala de conferencias.

Los flashes saltaron a su paso, mientras los reporteros comenzaban a hacer preguntas a cual más disparatada: "¿Son ciertos los rumores de su boda? ¿Tiene un hijo secreto con una veela? ¿Va a colgar las botas definitivamente? ¿Esta lesionado gravemente?" En completo silencio, Draco se sentó entre el entrenador y el portavoz de prensa, y aguardó, cruzando los brazos ante el pecho. Su fama de Casanova, sin distinción de género, había supuesto un revulsivo para la sociedad. Draco no había estado dispuesto a dejar que nadie usase sus preferencias o sus aventuras en contra de él, y por lo tanto, había hecho gala públicamente de las mismas, invalidando cualquier tipo de chantaje sobre el tema. El nombre de su familia ya estaba en entre dicho tras la guerra, así que un poco de escándalo no le había asustado en absoluto. Y esa fama, buena o mala, había jugado a la larga a su favor, eclipsando el recuerdo de su padre, y distanciándole de la perfecta y comedida pose de elegancia que Lucius cultivara públicamente. No, Draco había logrado que le vieran como a una persona completamente distinta, y ganado un lustre nuevo para su apellido.

Los reporteros comenzaron a callarse, ya que la fama del joven con la prensa también era legendaria. Su temperamento era famoso, y también era conocido por su genio vivo y su lengua mordaz. Si le incomodaban mucho, era capaz de marcharse sin decir una palabra, o de no contestar a ninguna de sus preguntas, más que con su famoso "Sin comentarios".En el silencio que siguió al pandemonium, y con su sonrisa cínica, algo suavizada, ahora flotando por los labios, el joven buscador se dispuso a hacer sus declaraciones.

-Voy a comenzar una nueva etapa en mi vida… como profesor en Hogwarts. No abandono la selección inglesa. Tan solo reduzco mis apariciones a las estrictamente necesarias. Robertson es un buscador hábil, tan solo necesita mas briega y será un sustituto adecuado.

Comenzó a levantarse, pero una voz se alzó entre la multitud, una voz familiar y conocida, la de Rita Seeker:

-¿Pero, como puede dejar el glamour de su vida actual para enterrarse en un viejo castillo lleno de críos y dedicarse a dar clases?

Rita era una asidua cotilla y publicaba jugosos reportajes con sus conquistas amorosas y sus peleas con otros jugadores, a veces con las parejas de su ultima muesca en la cabecera de su cama, reportajes que le daban numerosos beneficios. Con una sonrisa aun mas pronunciada, Draco exclamó con voz suave y contenida:

-No puedo jugar para siempre, tarde o temprano, llegará un nuevo buscador que sea mejor que yo, simplemente porque el tiempo no perdona a nadie. Me quedan, 4 o a lo sumo 6 años como jugador profesional de élite.

Hizo una pausa y contempló a los reporteros, que escribían furiosamente, - las plumas a vuelapluma estaban prohibidas - mientras sus fotógrafos, sacaban foto tras foto.

-O podría llegar a jugar hasta los cuarenta, es cierto, pero después ¿Qué?. Es mi vida, señores, y yo decido que hacer con ella.

Con las últimas palabras se levantó y sin más comentarios abandonó el recinto dejando que los dos hombres lidiasen con la turba de reporteros enfebrecidos. Regresó a su limousine, y esta arrancó inmediatamente, el chofer de la familia esquivando ágilmente el trafico muggle. En King Cross, el hombre, un fornido y canoso cincuentón, depositó sus baúles en un carrito y lo acompañó hasta la entrada al andén 9 y 3/4.

-Albert, ¿Qué opinas de lo que he hecho?

El hombretón le miró con ojos asombrados y una sonrisa se esbozó en su cara de bulldog.

-Que el joven Lord hace bien, señor. La de antes no era vida digna para Ud.

Descubriéndose ante él, el hombretón se inclinó levemente y se marcho, mientras Draco entraba en el andén mágico. El viaje en el Expreso de Hogwarts se vislumbraba tranquilo, el tren iba casi vacío, apenas unos pocos magos que retornaban de Londres y el joven se acomodó en un compartimento vacío.

El tren salía casi a media tarde, de manera que gran parte del trayecto sería nocturno y en los asientos aparecieron mantas y almohadas. La bruja del carrito, regordeta y pizpireta como siempre, pasó al cabo de un buen rato preguntando si quería algo para comer. Denegando con la cabeza, el joven sacó la cesta que su madre había ordenado preparar para él y que estaba miniaturizada en su bolsillo.

Recuperando su tamaño a un gesto de su varita, el joven abrió la cesta y curioseo la cena que los elfos habían dispuesto. Había una selección de platos fríos y caldo caliente, y el joven se sirvió un bol del aromático consomé. Picoteó carne asada y verduras, mientras contemplaba el paisaje, en la luz dorada del atardecer. El tren pasaba relativamente cerca de su mansión ahora, y el valle era familiar y conocido para él. Bajó un poco la ventanilla, dejando que el olor de la hierba entrara en el compartimento y se asomó. A lo lejos, tras esa masa de bosque, estaba su mansión, el hogar familiar y el joven, como siempre, sintió nostalgia.

Siguió cenando, desganado, cuando un vivo reflejo atrajo su atención. Sobre el bosque, a lo lejos, se alzaba una silueta verde y escamosa, que volaba hacia el tren a toda velocidad. Draco se irguió inmediatamente, dejando a un lado la cena y bajó totalmente el cristal de la ventana. Era indudablemente el dragón de un par de noches atrás, la extraña criatura que le había seguido hasta su casa y que había volado con él.

Volaba a ras de las copas, manteniéndose casi invisible, a no ser por los reflejos que los últimos rayos de sol arrancaban en sus metálicas escamas. Asomándose al pasillo, el joven no escucho gritos de alarma ni ruidos extraños, así que supuso que nadie había visto la extraña aparición y regresó a la ventana. Ahora, el sol ya se había puesto al otro lado del tren y Draco se percató de que la penumbra era mayor, favoreciendo a la criatura.

Dudó. Un dragón descontrolado, aunque fuese de pequeño tamaño como aquel, podía hacer descarrilar fácilmente el tren. Pero la otra noche, había sido tan pacifico, que el joven aguardó. La silueta se perfiló sobre las copas, y el joven fue consciente de la gran velocidad que el animal estaba desarrollando. Ahora podía verle claramente, trazando un rumbo de intersección con el tren. La bestia aceleró y se colocó paralela a las vías, volando junto al tren y de repente, ascendió por encima de este.

Draco salió al pasillo y se apresuró a la plataforma entre su vagón y el siguiente, que era el primer furgón de equipaje y carga y se asomó cuidadosamente al techo del tren. Se llevó un susto mayúsculo, ya que a pocos metros de él, volaba el dragón manteniéndose en la corriente aire generada por el tren. El joven comprendió la estrategia, era como volar en la estela de otra escoba, necesitas menos impulso. Aun así, la velocidad del animal era considerable y sus músculos batían sus alas una y otra vez. La boca del animal se entreabrió y el Slytherin se dejó caer a la plataforma, esperando una llamarada. Sin embargo, eso no ocurrió y aun estaba tumbado en el suelo, cuando la cabeza del dragón asomó entre los dos vagones, le contempló por un instante y Draco le vio hacer la misma mueca con la boca y desaparecer hacia atrás.

Ofendido por el dragón, el joven se asomó de nuevo y vio al animal, observándole con ojos curiosos. La misma mueca se repitió y el rubio pensó, por la manera en que los ojos la acompañaban, que el dragón estaba… sonriendo. Sonrió a su vez y la mueca se ensanchó por un instante, dejando ver una dilatada ristra de dientes, en la que destacaban los caninos, prominentes como los de un león.

El viento le obligó a volver a su compartimento y envolviéndose en su capa, tuvo una idea. Tomó parte de lo quedaba de su cena y regresó a la plataforma. Aumentó de tamaño una porción de carne asada del plato, hasta que tuvo el tamaño de un pollo y la hizo levitar frente a el mientras ascendía. El dragón seguía en el mismo sitio y pareció sorprenderse de ver aparecer un trozo de carne volador junto al muchacho, que se había sujetado el cabello en una coleta, para ver mejor. El rubio guió la bola de carne hasta colocarla cerca del hocico del animal, que parpadeo, con aire confuso y sorprendido.

-Vamos, venga Emerald (esmeralda), está buena, es parte de mi cena, sabes?.

El dragón resopló, indignado y sin dejar de batir las alas "¿Como me ha llamado? ¿Emerald?. Bueno supongo que podría ser peor. Puedo vivir con eso, después de todo" pensó Harry y Draco insistió con voz suave y dulce.

-Vamos Emerald, confía en mí…

Esas palabras le llegaron al corazón y Sylvain se rindió, porque estaba deseando hacerlo. Olisqueó atentamente la carne con ojos brillantes y engulló el bocado, tragando casi sin masticarlo, sin dejar de mirar a Draco. Emitió la misma grave llamada de la otra vez, muy bajito, y Draco sonrió. Los dragones eran una de sus pasiones, los había estudiado obsesivamente desde niño, tal vez a causa de deberles su nombre y le fascinaban. Eran criaturas elegantes, poderosas y bellas, si se sabía apreciar la letal belleza de un depredador, creado para cazar y matar, pero sobre todo, para volar y dominar el aire.

Tras un largo rato de volar sobre el techo del tren, Emerald miró hacia delante y emitió una llamada diferente, rasposa y molesta, agitando la cabeza y haciendo oscilar su cola violentamente, cortando el aire. Los dragones son capaces de variadas vocalizaciones, y aquella, era un signo de alarma, y Draco se inquietó y preguntó, ignorando el hecho de que evidentemente el dragón no podía entenderle, confiando en trasmitir sus emociones en su tono de voz y sus gestos, tal como los más antiguos tratados decían que era posible:

-¿Qué ocurre Emerald?

Acelerando, Emerald repitió su llamada sordamente y se colocó sobre el siguiente vagón, haciendo que Draco le siguiese con la mirada. Entonces lo vio. Al final de valle, las vías se introducían en un túnel, demasiado estrecho para que el dragón pudiese volar en su interior.

-Oh Merlín! Emerald!

El dragón volvió la cabeza ante su grito, y Draco hizo flotar otro trozo de carne cerca de él, murmurando:

-Ven Emerald, vamos, ven aquí.

Emerald dejó que el viento le arrastrara de nuevo hasta la posición anterior y engulló la carne, dejando que Draco pensase que lo había convencido gracias a ella. El rubio desapareció y volvió a llamarle desde el vagón de cola y Emerald dejó que el tren de deslizase bajo el para situarse a su lado y recibir un nuevo trozo de carne. Otra vez desapareció y tras un largo y quejumbroso chirrido, la voz de Draco le llamo de nuevo, desde el interior del furgón destinado a las mascotas.

-Emerald! Por favor Emerald!

Con curiosidad, ante el tono apremiante y ansioso del rubio, Emerald voló en paralelo al tren y vio que Draco había abierto totalmente la puerta corredera del furgón, que estaba vacío. Un gran trozo de carne reposaba sobre la paja del fondo del vagón, y otro trozo tentador, delante de Draco.

-Vamos Emerald, confía en mí, por favor.

Un dragón real nunca hubiera entrado, pero Emerald no era un dragón, era mucho más que eso y cuando el joven se apartó de la puerta, se aferró con las garras al marco de esta, y poco a poco, plegó las alas para deslizarse dentro del furgón. Se arrinconó junto a la carne, recogiendo la cola en torno a sus patas y su cuello se giró hacia Draco. Se tragó el bocado que aun flotaba frente a él y se recostó en el suelo, bostezando, en un gesto que desplegó toda su dentadura a la vista.

El Slytherin se dejó caer en el suelo de madera, rota la tensión y susurró entre dientes, aliviado y sorprendido:

-¡Increíble! He atrapado a un dragón.

Ofendido, Emerald, hizo surgir una nubecilla de humo por sus narinas, con un fuerte resoplido de enojo, y sacudió la cabeza. Draco retrocedió a trompicones, sin atinar a levantarse, cuando las alas se desplegaron súbitamente, con un sonido desgarrador. Cuando su espalda tropezó con la pared del furgón, jadeó y observó como el animal le dedicaba una mirada calculadora, y se situaba mas cerca de la puerta antes de volver a plegarlas de nuevo y acomodarse en la nueva posición, observando el paisaje cambiante del exterior. El rubio reevaluó su anterior afirmación y murmuró:

-O tal vez me ha atrapado él a mí.

Satisfecho, Emerald bostezó de nuevo, enseñando la afilada dentadura y dedicándole una nueva mirada, reposó la cabeza en la paja y cerró los ojos levemente, enroscándose y relajándose. Sonrió mentalmente ante la preocupación que el joven demostraba ante una criatura a la que la mayoría consideraría irracional, y su boca se distendió en aquella extraña mueca.

"Bien, ya soy oficialmente la mascota de la estrella de la selección. Supongo que la camiseta de Draco era… premonitoria"

En la espalda del joven, en vez del nombre, Draco había logrado que le permitieran lucir un dragón con las alas extendidas y las fauces ardientes, lanzando llamaradas sobre sus hombros.

Tras un largo rato de inmovilidad, Draco se atrevió a levantarse y salir lentamente por la puerta del furgón, confiando en que el animal permaneciera en su sitio. Durante el viaje, el joven se asomó regularmente a comprobar si seguía en el tren y en la primera ocasión se llevó una sorpresa enorme. Entró con cuidado, haciendo el menor ruido posible, y solo vio un gran montón de paja. Cuando abrió la puerta, alarmado y entró con rapidez, el montón se agitó y se desdibujó, revelando la silueta del dragón. Atónito el Slytherin se detuvo en seco y susurró:

-¡Por las barbas de Merlín! No sabía que los dragones pudiesen hacer eso. Sin duda eres una especie desconocida, Emerald.

Al aproximarse a Hogwarts, el rubio comenzó a inquietarse. No podían encontrar al dragón en el tren o se armaría un revuelo enorme. Y tal vez lo lastimasen y eso no le hacía mucha gracia, consideraba que Emerald era suyo, de alguna manera; aunque no pensó que el animal podía lastimar a otras personas. Entró de nuevo en el furgón y encontró a la magnifica bestia observando el paisaje deslizarse desde su lugar, ligeramente mas próximo a la puerta que antes. El tren cambió de marcha, reduciendo la velocidad y el vagón vibró. Emerald se alzó sobre sus patas rematadas en garras y sacudió la cabeza, emitiendo la ahogada llamada grave y ronca, mientras estiraba la cola, perezosa y lentamente. El bosque se abría ante ellos y sus alas se separaron del cuerpo levemente, tensándose. Miró al joven y sacudió la cabeza, olfateando inquieto y Draco exclamó agitando los brazos ligeramente:

-¡Tienes que marcharte Emerald! El tren va detenerse y la gente te verá. ¡Vamos, vete!

El dragón volvió a barritar, y sacudió todo el cuerpo, acercándose a la puerta, y giró su flexible cuello hacia Draco, mirándole intensamente. Reiteró su sordo rugido, en un tono mucho mas bajo y el Slytherin murmuró:

-Ha sido increíble encontrarte Emerald. Ojalá vuelva a verte….

El morro se entreabrió y una lengua sonrosada limpió su punta. El animal olfateó profundamente, aproximándose un poco más, hasta que Draco sintió la poderosa respiración en su pecho, caliente y húmeda. El tren silbó y una nubecilla de hollín brotó del hocico escamoso, con un potente resoplido de irritación. La cabeza se alzó repentinamente y los cuernos casi rascaron el techo cuando una sacudida anunció el inicio de la frenada. Con una última mirada, el dragón se acercó al borde y saltó impulsándose, desplegando las alas y despareciendo en la oscuridad.