Draco se va a arrepentir mucho…mucho, mucho de haber sido... ejem, gracias por los RW. Ya lo habéis descrito bastante adecuadamente en ellos. Pero no todo esta perdido… Y vemos algo más del pasado de Sylvain…
ROSAS AMARILLAS Y ESPINO ALBAR
Draco estaba sobrecogido. El resto del domingo había pasado entre intensas reflexiones interiores, soliloquios en los cuales el rubio llegó a ciertas aterradoras conclusiones. La noche no trajo alivio alguno a su angustia, sino más horas de inquietud y de retorcerse incansablemente entre las sábanas, el sueño esquivo, negándose a dar reposo por un rato a sus pensamientos. Nunca, jamás, había sentido tanto miedo ante la perspectiva de ver de nuevo a alguien y al mismo tiempo, deseado hacerlo con tanta intensidad. Era como estar entre la varita y el caldero…
Finalmente, regresó el lunes 19 vía flu, a través del despacho de la Directora Minerva, y esta le había dado un tenso sermón sobre su conducta durante la fiesta benéfica. Con su alto moño salpicado de canas y sus ojos azules entrecerrados, la estricta mujer le había dado un buen repaso; recordándole que aunque su vida privada era…bien, precisamente privada, semejante comportamiento público y notorio, no era tolerable para los miembros del profesorado. Draco había aguantado estoicamente la reprimenda, los ojos bajos y las mejillas pálidas, asintiendo y prometiendo ser discreto en futuras ocasiones, y jurando y perjurando que los alumnos estaban perfectamente a salvo con él. Así que había llegado al Gran Comedor casi con el tiempo justo para el almuerzo, y se sentó en una de las sillas de la mesa de profesores.
La mayoría de los otros profesores jóvenes –Fleur, Hermione, Ron y Charley- le miraron con desdén y superioridad y Draco ocupó el lugar que habitualmente ocupaba junto a Sylvain, en un extremo de la mesa. El moreno aun no estaba en su sitio y Draco le vio entrar minutos después, acompañando a los alumnos que charlaban entre sí relajadamente, disfrutando de las recién iniciadas vacaciones de Navidad. No había que ser muy perceptivo para ver la súbita tensión del semivampiro, y Draco le contempló aproximarse, con las tripas retorciéndose en fiera tormenta en su interior, los remordimientos y el miedo clavándole sus largas agujas de fuego e hielo. Mirándole con ojos que refulgieron por un instante con un profundo azul noche, Sylvain se deslizó con la cabeza alta, la luz de las velas arrancando destellos a su melena negra, hacia un asiento libre un par huecos más allá y Firence, moviendo nerviosamente las afiladas orejas y carraspeando, ocupó el situado junto a Draco. La silla se adaptó inmediatamente a su peso y tamaño, transformándose en una cómoda tarima en la cual el cuerpo equino del centauro pudo echarse, permitiendo que su torso humano quedase a una altura apropiada para comer con el resto de profesores. Con un suspiro de resignación, Draco se sirvió algo de comida, indiferente y casi sin mirarla, y comenzó a juguetear con ella. El rubio centauro le contempló largamente con sus ojos color hielo y cuando todo el mundo estaba distraído con la aparición de los postres murmuró suavemente:
-Debes decidir, joven Draco. O continúas con tu vida tal como es hasta ahora…o cambias por completo su rumbo. No volverás a tener otra oportunidad…
Draco apretó la mandíbula, ignorando las miradas maliciosas de algunos de sus colegas, pero profundamente herido por la indiferencia absoluta de Sylvain. O peor aún, su velada hostilidad. Atento al moreno durante todo el rato, Draco le siguió en cuanto se levantó de la mesa y apretó los pasos cuanto pudo sin correr detrás de él. Pero cuando llegó al corredor, Sylvain había desaparecido, y olvidada su propia dignidad, el rubio aceleró en dirección a las habitaciones del atractivo semivampiro por el camino más corto. Para encontrarlas cerradas a cal y canto.
Tras esperar durante más de dos horas, paseando nerviosamente frente a la puerta cerrada como un autentico colegial enamorado, Draco se dio por vencido…momentáneamente. No tenía ni idea de que pensaba hacer el moreno en Navidad, y por lo que sabía, Sylvain podía estar de caza en el bosque o de viaje, y no regresar hasta pasados varios días. Colocó un hechizo de aviso delante del umbral que comunicaba la clase de defensa con las habitaciones privadas, y otro delante de la que daba al corredor. Era cuanto podía hacer por ahora y se retiró a sus propias habitaciones, desalentado y con un nudo en el estómago. Una desagradable sensación de ardor que amenazaba con instalarse permanente en sus entrañas, sustituyendo al helado frio anterior.
Con miles de pensamientos rondándole la cabeza, Draco tomó pluma y pergamino y comenzó a escribir, frenéticamente. Los rasgueos de la pluma y los crujidos del fuego fueron los únicos sonidos durante mucho tiempo, al igual que los suspiros de frustración del joven, y los lamentos del pergamino rasgado, cuando no lograba expresar lo que quería. Cuando terminó de escribir, tras múltiples pliegos desechados a su alrededor, Draco secó cuidadosamente el pergamino final y lo lacró dentro de un sobre. A un chasquido de sus dedos, un elfo se materializó y se inclinó cuando le entregó el grueso mensaje con sus instrucciones. Desanimado, el rubio se dio una rápida ducha, y se encaminó al comedor. Apenas se sentó a cenar, Daisy apareció y le tendió el sobre sin abrir. Perdido por completo el apetito, Draco tomó la carta, y se levantó, desapareciendo del comedor, ocasionando algunos murmullos y comentarios.
Draco se encerró en su habitación, mirando el sobre cerrado entre sus manos, arrugando por la presión de sus dedos el delicado pergamino. ¿Significaba esto que Sylvain ni siquiera le iba a dar la oportunidad de disculparse? ¿Que todo estaba perdido? Apretando los dientes, Draco sacó más pergamino, y comenzó a escribir de nuevo, un aire de determinación iluminando sus ojos plateados.
Antes del desayuno, Draco dio un recorrido por el castillo, colocando hechizos de aviso en la clase de Duelo, la sala de profesores, la enfermería, la entrada de las cocinas, y las puertas del castillo. Había escrito y mandado dos largas cartas más durante la noche, volcando sus emociones en ellas como nunca había hecho, poniendo en palabras escritas lo que no había sido capaz de admitir ni ante sí mismo hasta ese instante. Miedos, esperanzas y deseos… Había encontrado a alguien que le atraía profundamente, no solo físicamente, y que además podía mantenerle "anclado emocionalmente", dándole el equilibrio, el balance que necesitaba y no estaba dispuesto a dejar pasar la oportunidad de nuevo. Eso ya había sucedido una vez, y no iba a cometer dos veces el mismo error en su vida. Sylvain era suyo, y no iba a renunciar a él. Estaba física y emocionalmente agotado, y se sentó a tomar un café con crema, bien cargado, ignorando las miradas curiosas. No había tomado más que unos sorbos, cuando la elfina se inclinó a su lado, y le tendió sin palabras sus cartas.
El rubio estaba frustrado, desesperado, pero con cara de poker guardó los sobres en su túnica, sin cruzar palabra con nadie, la mirada baja. Estaba mas pálido de lo normal, y ligeras ojeras circundaban sus ojos de mercurio, apagados y sin brillo. Luna le contempló con ojos curiosos, sentada junto a Neville, viendo la tensión reaparecer en sus hombros. Tomando un sorbo más de su café - realmente necesitaba el empujón de la cafeína - Draco se levantó en silencio y se recluyó en la sala de entrenamiento. Conjuró unos enemigos ficticios, y comenzó a entrenar, rabiosamente. Aun físicamente cansado, su enfado espoleaba su ira y el rubio se perdió en la ficticia batalla, peleando contra sí mismo en realidad. Cuando los golems quedaron reducidos a astillas, y Draco venteó parte de su frustración e impotencia, llegando incluso a golpear con los puños el último blanco que quedaba en pie, se encerró de nuevo en su habitación, y se dio una buena ducha. Estaba cansado, no, más que eso, agotado además de hambriento, pero no le apetecía nada someterse a las miraditas de los demás, así que llamó al elfo que le atendía y le pidió unos sándwiches y un poco de zumo, mientras se vendaba los maltratados nudillos. El dolor de sus manos le mantenía centrado y alerta y de momento, Draco decidió no hacer nada más por sus laceraciones.
Más calmado, comenzó a pasear de un lado a otro, como perro enjaulado, y se sentó en su despacho. No es que no entendiera la reacción de Sylvain, es que sentía que merecía eso y mucho más. En aquellos momentos, Draco se odiaba a si mismo mas de lo que nunca hubiera imaginado posible, más incluso de lo que sintió en su momento hacia Voldemort. Al menos el hombre había tenido para su comportamiento la escusa de de estar completamente loco…¿Pero…cuál era la suya, la débil coartada que justificaba su atroz comportamiento? Una pila de ensayos y tareas escolares aguardaban ser evaluados y con cara de sufrimiento y resignación Draco se sentó, esperando que la monótona tarea le calmara los nervios un poco. Le costaba concentrarse, pero finalmente lo logró y se sumergió en la corrección.
A media tarde, con todos los trabajos marcados, y la espalda muy rígida y dolorida, el rubio decidió dar un corto paseo por el exterior, cerca del bosque, mirando ansiosamente hacia los arboles. Cuando la luz del sol comenzó a ser insuficiente, regresó al castillo, y entró en la biblioteca para buscar un tomo de aspecto polvoriento entre los altos anaqueles de una sección poco transitada. Armado con él, Draco se sentó en una mesa, haciendo numerosas notas en un pergamino, mordisqueando el extremo de su pluma en un inusual gesto de intenso nerviosismo, abstraído en determinada concentración hasta poco después de que comenzara la cena. La bibliotecaria, Madam Pince miró desde el principio del pasillo y en silencio la labor del joven, encorvado sobre los libros, se fijó en las vendas que cubrían sus habitualmente inmaculadas manos y meneó la cabeza. Avanzó con pasos silenciosos y carraspeó a su lado y el rubio se sobresaltó, cerrando el libro abierto ante él con presteza.
-Draco…si quieres continuar, deberías llevarte esos libros a tu despacho…
Con una murmurada disculpa, y algo sonrojado, Draco recogió sus cosas, devolvió a las estanterías todos los tomos desparramados sobre la mesa a golpe de varita, todos menos uno, y abrazando el viejo libro contra su pecho, apresuró el paso hasta la Sala del Requerimiento. Caminando delante del paño de pared, con rostro determinado, el rubio cruzó la puerta apenas esta se materializó en la piedra. Tras dar una rápido vistazo a su alrededor, cerciorándose de que la sala había provisto de todo lo necesario, dejó el libro y sus notas en una mesa, y se puso de inmediato a trabajar.
&&&&&&&&&&&&&&&Draco y Sylvain&&&&&&&&&&&&&
Sylvain había desaparecido fulminante, apenas pudo hacerlo sin llamar mucho la atención. Le dolía el corazón y se sentía…traicionado, aunque no era la primera vez que Draco hacia algo así, nunca lo había hecho tan llamativamente. La prensa había hecho un buen trabajo, y la escapada de Draco estaba perfectamente documentada. Reportajes, entrevistas y editoriales. El sábado escuchó atentamente por radio la retransmisión del partido de exhibición, sintiéndose orgulloso. Pero cuando horas mas tarde, comenzaron con la fiesta…al principio todo había ido bien, pero después…Sylvain apagó la radio, incapaz de escuchar más y se tragó los amargos sentimientos que le inundaban. El domingo había sido un absoluto infierno, escuchando los velados comentarios despectivos de Ron y Hermione, las palabras vejatorias de Fleur, las miradas… Y lo peor, las fotos. Corazón de Bruja, el Profeta, Magos y Brujas y otros periódicos y gacetas habían hecho su agosto. Ver las fotos había reabierto heridas que ni siquiera sabía que tenía a medio cerrar y por eso Sylvain se quitó de en medio cuando el rubio reapareció.
Dolía demasiado mirar a Draco y pensar entre cuantos brazos había estado ese fin de semana, en cuantas camas…Era peligroso, mas de lo que parecía, provocar de tal manera sus emociones, y Sylvain, pese a que la tentación era grande, se alejó conscientemente de él, ignorándole de momento. No quería ni olerle, sería tener grabada en su memoria olfativa la prueba de su aventura, y había usado un pequeño truco, un hechizo, para filtrar cualquier aroma en torno a él, sumiéndose en una pequeña burbuja privada de cualquier olor. No tenía derecho alguno a reprocharle nada, no lo tenía, pero sin embargo, se moría de ganas de gritarle, hasta que le doliera la garganta y las lágrimas se secasen en sus ojos. Y pese a todo…no podía enfrentarse a él. Aun no. No sin correr el riesgo de hacer algo de lo que arrepentirse después. Así que se había refugiado en el Bosque Prohibido, y cambiado a Emerald – Draco había conseguido que hasta él mismo pensase en su forma de dragona con ese nombre, al menos era mejor que Babe – y dado rienda suelta a su rabia e impotencia.
La dragona en él quería volar hasta Londres y destruir con garras y dientes a todo aquel que hubiese puesto una mano sobre su Draco, y al mismo tiempo, no podía hacerlo. Ni como Emerald ni como Sylvain. No tenía derecho. Ninguno. Como el retorno de Draco a los terrenos calmaba en algo sus instintos, y aunque no lo reconociera, el intenso aroma de arrepentimiento que percibiera antes de aislarse, le daba una mínima esperanza, Emerald se dedicó a marcar su terreno. Era un comportamiento típico de un macho de la especie, pero realmente, ¿A quién le importaba? Porque también quería quedarse lo más cerca posible del joven, y asegurarse de que nadie se acercaba de nuevo a él. Arañando los más grandes troncos con sus garras, dejando largas estrías arrancadas en la corteza impregnadas con su olor, a base de frotarse en ellos, Emerald señaló como suyo el bosque, declarando sin palabras que aquel lugar estaba ocupado. Moverse por el bosque le había calmado algo, y aunque se cruzó con alguna acromántula despistada, las enormes arañas carnívoras se apartaron de su paso con rapidez, escurriéndose en las sombras. Un dragón no entraba de manera alguna en su dieta. También encontró de lejos alguna patrulla de centauros, pero los inteligentes seres percibieron la agitación del singular dragón y le dejaron tranquilo en sus menesteres.
Finalmente satisfecho con el resultado de su labor, Emerald se deslizó como una sombra oscura, volando a ras de las enormes copas, hasta llegar al refugio que había elegido como suyo en el corazón del bosque. En la base de un pequeño acantilado rocoso provocado por la erosión de una antigua catarata, cuyo curso había cambiado hacia ya mucho tiempo, y ante la hondonada cubierta de rocas redondeadas salpicadas aquí y allá de de pequeños charcos rodeados de una escasa vegetación que marcaba lo que una vez fuese el sinuoso lecho de un rio, se abría una cueva. Defendida por un pequeño saliente rocoso, y con una entrada no muy amplia, pero suficiente para que Emerad pudiese entrar fácilmente en ella. El agua había erosionado durante milenios las partes mas blandas de la roca, filtrándose por las grietas, creando un laberinto de túneles y cámaras de aspecto casi pulido en las entrañas de la tierra, depositando arena limpia y suave en el fondo de los mismos cuando el rio cambió de curso.
Plegando las alas y posándose en la gran losa de piedra que quedaba tendida delante la entrada, desprendida de la parte superior del pequeño acantilado, Emerald olfateo precavida, cerciorándose de que ningún extraño hubiera invadido sus dominios en su ausencia. Satisfecha, se escurrió grácilmente a su cueva y trotó en la semipenumbra hasta la gran cámara donde había construido su nido. Sobre la gruesa capa de arena depositada por el agua, Sylvain había creado una suave cama de lana de roca entre verde y azul. Los dragones europeos salvajes usan normalmente asbesto, pero este puede llegar a ser tóxico si sus partículas son inhaladas por los humanos u otros mamíferos. Su naturaleza mixta le había llevado a ser precavido a la hora de elegir el material de su nido y solo la más pura lana de roca natural procedente de los volcanes de Hawái había satisfecho sus requisitos. En medio de la concavidad que marcaba su lugar de descanso, un huevo, una simple cascara vacía y reconstruida, daba sentido al lugar.
Emerald sabía perfectamente que el huevo no era más que un objeto inanimado, pero calmaba sus sentidos e instintos, como los de muchas jóvenes dragonas desemparejadas. La nostalgia por sus crías era grande, y la mayoría de dragonas jovenes tenían un juguete similar, una roca ovalada, un sustituto de sus huevos aun por llegar. Acurrucándose en torno al viejo cascarón, Emerald bramó muy suavemente, y colocó su barbilla sobre la punta del huevo. Por su propia salud mental, en torno al nido estaban activos los hechizos que mantenían el calor requerido en su ausencia, pero pese a todo, necesitaba la confirmación física de sus sentidos. El huevo vacío estaba caliente, y Emerald entrecerró los ojos, llamando al fuego a su boca. Una suave llamarada, acariciadora, lo envolvió por unos instantes y Emerald comprobó la temperatura una vez más. Con un nuevo ronroneo, la dragona comenzó a envolver su cuerpo en cortas lengua de fuego poco intenso, para limpiar su piel de cualquier resto. Una vez limpia, se enroscó con la barriga en contacto con el huevo y cerró los ojos, suspirando suavemente humo grisáceo por sus narinas.
Sylvain o Emerald, se sumió en el sueño. Rememoró el día en que aquel huevo, el último de la camada de Jade y Turquesa, finalmente se abrió. Era el más pequeño de todos, el último en ser puesto, y Turquesa había estado a punto de apartarlo de la nidada cuando su progreso se ralentizó. Un huevo débil podía comprometer toda la nidada y aunque le doliese, era preferible sacrificar a uno y no perder a todos sus hijos. Sylvain, su Babe, había rogado, suplicado y finalmente, Jade, el gran macho había tomado una decisión salomónica. El huevo débil seria apartado de sus hermanos y colocado en otra cámara, pero si Babe lo deseaba, podía ocuparse de él. Sin descuidar la nidada principal. Babe, ahora Sylvain, había usado los mismos hechizos de control de temperatura que los dragones aplican instintivamente a sus nidos, añadiendo otros netamente humanos. Cuidar del huevo solitario había sido duro, pero contra todo pronóstico, había logrado salir adelante, y ahora una cría estaba luchando por romper el cascarón. Turquesa miraba desde la entrada al pequeño nido, con la cabezota de Jade recostada en su hombro. Con su morro y las garras, el diminuto dragón logró abrir suficientemente el cascarón y rodó, agotado, fuera de este. Tras un momento de jadeos, la criaturita se desenroscó lentamente, la cola, el cuello y las pequeñas y temblorosas alas, todo cubierto de los ultimos restos de albumina. Estornudó ruidosamente, respirando y parpadeando una y otra vez, hasta que sus ojos verdes enfocaron la figura del dragón acuclillado cerca de él. Con una vocecilla diminuta y expectante, musical como un cascabel, la recién nacida preguntó estirando el morro:
-¿Mami?
Sylvain hubiera llorado de haberle sido físicamente posible. Pero los dragones no lloran. Así que hinchó el pecho de aire y lamiendo el morrito húmedo de mucosidades murmuró:
-Mamá y papá están justo ahí, preciosa mía, justo ahí detrás. Soy Babe, tu hermana, y hemos estado esperándote…
Jade y Tuquesa bautizaron a la ultima de sus hijos, la única e inesperada hembra de la nidada con el nombre de Viridis, que en latín significa verde y también, joven y floreciente. Viridis creció especialmente unida a Sylvain, y muchas veces le llamaba suavemente mami, con un tono infinitamente cariñoso. Sylvain había amado fraternalmente a todas las retozonas y traviesas crías, sin excepción, pero después de tanto luchar por ella, Viridis había sido su pequeña debilidad.
&&&&&&&&&&&&&&&& Sylvain y Draco &&&&&&&&&
Soñar con sus padres y hermanos adoptivos le había calmado en gran medida, así que cuando Daisy trajo la primera carta, en vez de destruirla como habría sin duda hecho horas atrás, se tomó un tiempo en estudiarla. No le interesaban las palabras de Draco, pero si su aroma. Con satisfacción morbosa, tras olfatear cuidadosamente el pergamino, devolvió las cartas una tras otra sin abrir, pese al tentador olor a ansiedad y derrota que las perfumaba.
Pero el ramo le sorprendió. Lilas, y ruda con hebras de césped. Envuelto en un lazo de raso blanco de aspecto…familiar. Recobró la forma humana y cogió el pequeño ramillete. No era un ramo usual, y desde luego…olía a desesperación, pero también a determinación y afecto. Sylvain se sentó en un resalte de roca suavizado por el agua y examinó con ojos críticos el bouquet. No era vistoso ni llamativo, ni ostentoso. Más bien, a los ojos de cualquiera, parecía un mísero puñado de flores silvestres sin mucha belleza. Aquello no lo había realizado ninguna florista. Era evidente que Draco había confeccionado por si mismo aquel ramillete, se notaba en la falta de precisión de los cortes en los tallos, en la forma vacilante de atar el lazo… Olfateando atentamente, podía notar el residuo metálico de alguna gota de sangre mezclada al aroma de las flores, acentuando el intenso perfume que el dolor hacia aflorar en Draco. No tenía ni un resquicio de doblez o engaño… Con ojos entrecerrados miró a su elfina y preguntó:
-¿Te lo dio personalmente?
-No amo Sylvain. Otro elfo se lo dio a Daisy, todos saben que Daisy es su elfina personal y la llaman cuando tienen algún encargo relacionado con el amo Sylvain.
Con una mirada más, Sylvain conjuró un pequeño jarrón y murmuró depositando el ramillete en él:
-No hay respuesta Daisy. Si llamara de nuevo y quiere enviarme algo más, por favor, diles a los otros elfos que tienes que recogerlo en persona.
La elfina se inclinó y desapareció con un plop. Su amo contempló el humilde ramillete, y acarició delicadamente los capullos de las lilas, esbozando una tenue sonrisa. Aun estaba enojado, y mucho, pero intuía que su enfado no iba a ser excesivamente duradero… El significado del ramillete era ciertamente claro: arrepentimiento y pena, y la confesión de un amor incipiente.
Durante los siguientes días, recibió mas ramilletes: primero trébol blanco florecido, tagetes, y de nuevo lilas purpuras, con una delicada tela blanca rematada en puntillas, que evidentemente había sido antes un pañuelo de caballero- aun conservaba las iniciales DLMB bordadas en un esquina - todo atado con un cordón de terciopelo rematado por dos diminutos Bola de Fuego, dos miniaturas de dragones realizados en plata. Era uno de los lazos favoritos de Draco para sujetarse el pelo, y estaba fuertemente impregnado del olor personal del rubio, al igual que el pañuelo. (NA: promesa, dolor y arrepentimiento, primeras emociones del amor) Más tarde, campánulas azules mezcladas a otras blancas, de diferente especie. Y campanillas de cantil (N A: pienso en ti, sumisión y pena) Y luego espino blanco con una enorme flor de luna (N.A.: esperanza, sueños de amor), Sylvain decidió responder, y meditó largamente que mensaje enviar a Draco.
Cuando el rubio recibió la primera respuesta, un ramillete sin adornos ni lazos, un pequeño ramillete de claveles amarillos mezclados a otros amarillos rallados en rojo, estuvo mirando las pequeñas flores durante largo rato. Eran algo positivo, al menos una respuesta, pero su significado…(NA: Rechazo, me has decepcionado, no puedo estar contigo) Draco no se arredró, y trabajó con ahínco, para entregar una adecuada respuesta. Al menos había abierto una vía de comunicación, aunque fuese limitada.
Sylvain se había reinstalado secretamente en sus habitaciones del castillo, entrando como una sombra furtiva, la madrugada del miércoles al jueves y por la ventana, y sonrió traviesamente al ver la respuesta de Draco. El Syltherin le había enviado una flor de aloe, asteres alpinos de color azul y blanco y ruda, todo ello atado con otra de sus cintas para el pelo, una cinta de seda blanca con perlas como adorno. (NA: Pena, símbolo y talismán de amor confianza, arrepentimiento).
Aunque quisiera, no podía odiar a Draco. No era esa su naturaleza. Podía haber decidido no perdonarle fácilmente, pero Draco se estaba esforzando y sus ramos olían tan sinceros… Sylvain retocó las últimas flores de su propia réplica y la tendió a Daisy con estrictas instrucciones. El rubio estaba empezando a picotear su cena desganadamente cuando la elfina apareció tímidamente a su lado y le tendió el pequeño ramillete. Un sencillo puñado de rosa mosqueta y un solo capullo de rosa amarillo semi oculto entre ellos. (N.A: una herida por curar, celos, infidelidad, corazón roto, amor que languidece, gran traición) Sylvain rabiaba por estar ahí, observando, pero se contentó con el detallado relato de su fiel elfina. Como el joven había palidecido, el leve temblor de sus manos al tomar el ramillete, su delicado olfateo de las flores, ignorando las risitas y comentarios murmurados. Como había dado las gracias muy educadamente y solicitado su presencia para llevar su respuesta después de la cena.
Draco tenía preparado y listo su nuevo bouquet y llamó a Daisy desde su dormitorio, tras retornar de la sala del Requerimiento. La elfina carraspeó levemente y Draco la miró con ojos cansados y aire confuso. ¿Tal vez tenía nuevas instrucciones y no podía entregar su mensaje? Con un murmullo tímido, la elfina susurró en francés que su amo aguardaba ante la puerta y el rubio saltó sobre sus pies. Estaba levemente despeinado, el pelo cayendo en cascada sobre sus hombros y sus ropas estaban arrugadas de haber estado trabajando, pero nada de eso le importó. Abrió la puerta, conteniendo la respiración y allí estaba Sylvain.
Los grandes ojos verdeazulados le estudiaron en silencio durante unos instantes y con cierta vacilación, el semivampiro murmuró:
-¿Puedo pasar Draco? No me apetece tener esta conversación en mitad del pasillo…
Saliendo de su estupor y recobrando el aliento, Draco le invitó a sentarse junto al fuego y le ofreció te. El moreno denegó y se sentó algo tenso en un sillón, mirándole con atención. Draco había perdido la palabra, y estaba tan visiblemente nervioso que no parecía el mismo. Esbozando una levísima sonrisa, aunque algo amarga, Sylvain susurró:
-Bien…¿Tenias algo para mí?
Draco asintió y se levantó a coger el ramillete que descansaba en su escritorio y lo presentó con un gesto galante al otro. El moreno tomó de entre sus dedos el pequeño ramo compuesto por rama de almendro, madroño con frutos, trébol blanco (NA: Promesa, eres el único al que amo, te lo prometo), atado con un lazo levemente dorado. Tras un largo silencio, escuchando el acelerado latir del corazón de Draco, embriagándose con el meloso aroma de los madroños y la ansiedad mezclada a esperanza que emanaba del rubio, Sylvain alzó los ojos de las flores y miro a Draco murmurando:
-Quisiera leer ahora tus cartas…
Draco se apresuró a buscarlas, temblando por dentro, y se las entregó con ojos llenos de dolor y pesar, de remordimiento y susurró suavemente:
-Lo siento Sylvain…
-Sentirlo no es suficiente Draco…
El joven bajó los ojos de plata y escuchó como su invitado abandonaba la estancia, sin pronunciar ninguna palabra más. Draco se metió en la ducha, cabizbajo y triste, pero sabiendo que de momento, no podía hacer nada más.
