La mañana concurrió como siempre en el cuartel. Pilas de papeleo, el teléfono sonando, pero el ambiente se sentía muy distinto. El Coronel tenía un aura muy oscura a su alrededor, y la mañana había empezado como la pólvora, aguardando que el Alquimista de la Llama chasqueara los dedos para comenzar un devastador incendio.

Mustang estaba llegando a la oficina, detuvo su automóvil en el lugar de siempre, giró la llave, la sacó, la guardó en el bolsillo junto a su reloj, y la vista que se acercaba desde el Boulevard, lo dejó inmóvil, congelado en el asiento de negro tapizado.

Era la teniente, tan bella como siempre. Aguarden. ¿Quien está a su lado?. A ver.. alto, rubio.

-¡HAVOC! Maldita escoria -gruñó.

Quiso bajarse, golpearlo y sacarle esa estúpida sonrisa de su cara. Pero, qué tenemos aquí. Riza, Riza está… ¿sonriendo? ¿Porque luce tan felíz?

-No tengo derecho a recriminarle que sea feliz, porque yo… no puedo darle la felicidad que… se merece- murmuró con los ojos nublados.

Casi se le escapa una lágrima, pero debía ser fuerte, no podía mostrar que le dolía tanto. Ella no podría saberlo, y no dejaría que ese estúpido de Havoc supiera que ganó.

Entró a la oficina lo más rápido que pudo, evitando charlas y cotilleos, cosa inusual en el. Se sentó en su escritorio y comenzó con el papeleo que le quedó del día anterior. Intentaba pensar en cualquier cosa menos en el espectáculo de hacía unos instantes. Comenzó con su trabajo, como jamás en la vida, 15 minutos antes del horario en el que debía comenzar.

Los demás subordinados que estaban dando vueltas por ahí, se miraron extrañados ante semejante acto sin precedentes.

-Está enfermo- dijo uno

-Es que va a casarse y necesita un aumento - susurró otro mientras le hacia señas a otro para que se acercara a ver desde la puerta

-¿Deberíamos llamar al médico o a los diarios?- preguntó el recién llegado

-¿Que están haciendo amontonados como ratas?- dijo firmemente una voz que provenía desde detrás de ellos.

-Te.. teniente Hawkeye- se sorprendieron los tres - Lo.. lo sentimos.

-Vuelvan a sus puestos o recibirán un apercibimiento -respondió implacable la rubia.

Los tres subordinados volvieron a sus respectivos trabajos en sus respectivas oficinas.

-Buen día, ¿Coronel?- se asombró de verlo allí tan temprano. Detrás de ella, pareció Havoc, quien saludo propiamente a su superior.

- Buen día, tenientes. Pueden comenzar con sus tareas del día. Ah.. y Hawkeye - enfatizó su apellido - llegó una carta para ti.

-Muchas gracias, Coronel.

Cada uno comenzó con sus tareas, y llegaron los demás. La mañana iba pasando velozmente hasta que a media mañana llegó un paquete para el Coronel. Riza fue a recibir el paquete, y despachó al cadete.

-Mmm… No dice quien lo envía. Sólo dice Roy Mustang - Agitó un poco la alargada caja y no sonaba como que hubiese algo que pudiera estallar, así que lo dejó sobre el escritorio del Coronel, que había ido a una reunión hacia unos 15 minutos.

Siguió con su trabajo, y Havoc deslizó una tarjeta sobre el escritorio de ella. Ella la abrió.

-"¿Almorzamos?"- tenía escrito dentro. Ella tomó uno de los bolígrafos y escribió tranquilamente, cerró la tarjeta y la deslizó hasta el escritorio de Jean.

El la tomó y como quien toma una sentencia, la abrió lentamente. "Por supuesto". Junto a esas dos palabras Riza dibujó un pequeño corazón, que hizo sobresaltar (aunque lo disimuló muy bien) el corazón de ese teniente. Le sonrió y ella le devolvió la sonrisa.

En ese momento, entró Roy y vió esas sonrisas cómplices. Está de más decir, que su corazón pareció apuñalarlo desde adentro. Se dirigió a su escritorio y vio el paquete sobre el.

Se aclaró la garganta, para hacerse notar. Parecía que ni Riza ni Havoc habían notado su presencia y eso, dañaba su ego.

-Le llegó ese paquete, Coronel - dijo la rubia

-Gracias, teniente - dijo mientras lo abría con desconfianza.

Como una premonición que se cumple, Roy empalideció. Al abrir ese paquete estaban unos modelos de invitaciones. Invitaciones de boda. Un escalofrío le recorrió por toda la espalda. Soltó el paquete sobre la mesa como si le tuviera asco.

Riza notó su expresión, lo estaba observando de reojo desde que empezó a abrir el paquete. Se preocupó por él, pero no podía decir nada. Se limitó a volver a su papeleo.

Ya era medio día y ellos saldrían a almorzar. Mustang fue el primero en salir y fueron saliendo uno a uno, hasta que solo quedaban los dos tenientes.

-Riza - le interrumpió él - ya es hora de comer.

-Lo siento, sólo faltaba una firma más- se levantó y ambos salieron de la oficina rumbo al comedor.

-Oh, olvidé mi chaqueta - dijo ella -voy a buscarla, adelantate.

-Está bien, no te tardes mucho.

Ella entró en la oficina, tomó su chaqueta y la maldita curiosidad la atacó. Se acercó al escritorio de Mustang y leyó la portada de la invitación.

El corazón se le hizo un nudo. Soltó un suspiro y trató de retener las lágrimas. Puso la tarjeta en el lugar que estaba y caminó rumbo al comedor, cerrando la puerta detrás de si.