Bueno, lo prometido es deuda. Estamos en el bosque, entran los centauros y…
EL CAZADOR
Draco se había convertido en su donante regular, y cada fin de semana, el joven le ofrecía una copa de su sangre, recién extraída en su presencia y Sylvain la bebía paladeando cada gota como un tesoro. Y la sangre no era lo único que el moreno aceptaba de él. Pese a que Sylvain había insistido en que Draco aun estaba "castigado", los besos y caricias entre ellos se volvían ardientes y apremiantes tras el intercambio de sangre y en ocasiones Sylvain había acabado sus encuentros entre apasionados besos y manoseos por encima de la cada vez más escasa ropa, hasta dejarle literalmente sin aliento. Su técnica no era depurada ni refinada, pero su entusiasmo suplía su total falta de experiencia y el rubio disfrutaba singularmente. También dormían juntos, no siempre, pero cada vez más a menudo. A veces en las habitaciones de Sylvain, en otras más raras ocasiones en las de Draco, y despertaban el uno en brazos del otro. Y eso era algo absolutamente novedoso y maravilloso.
Sin embargo, había algo que aun desconcertaba al joven aristócrata. Pese a que parecía estar plenamente entregado a él, Sylvain le había dicho que aun no podía ir mas allá con él, que aun era demasiado pronto. Y se resistía a la desnudez durante sus encuentros, aunque después no tenía reparo alguno en desprenderse de sus ropas. Era como si se escudase en las prendas…Y aunque Draco lo entendía y respetaba, las piezas del complejo puzle que era Sylvain no terminaban de encajar. Por más que había observado y acechado, ninguna de sus teorías había sobrevivido. Sylvain no era un licántropo, un romántico paseo a la luz de la luna llena había disipado cualquier duda; pero tampoco se comportaba exactamente como era de esperar en un semivampiro. A estas alturas y con un donante claramente deseoso, cualquier vampiro se hubiese metido por completo en su cama y le hubiese mordido directamente, algo que Sylvain rehusaba hacer una y otra vez. Pero el joven no desesperaba de desentrañar el misterio, solo tenía que ser paciente e ir reuniendo los trocitos de información. Los cabellos que recogiera inicialmente seguían guardados en su frasco de vidrio, sin que Draco tuviese intención alguna de utilizarlos. Mucho habían cambiado sus motivos y emociones desde esos días…
Era también frecuente que pasearan por el Bosque Prohibido, y Draco empezó a reconocer a algunos de los esquivos centauros por sus nombres. Una memorable noche, Bane les invitó a unirse a su partida de caza, y tras una ligera vacilación, ambos aceptaron. A lomos de un Trehstal, Draco cabalgó en silencio con los centauros, mientras Sylvain corría como un silencioso espectro nocturno a su lado. Los cazadores tenían localizado un grupo de jabalíes, la pieza favorita de los centauros, y pronto les acosaban hacia una zona favorable para la caza. Privados de refugio, los animales se revolvieron, chillando y gruñendo ferozmente, y las flechas comenzaron a surcar el gélido aire nocturno. Sylvain había acorralado a un viejo verraco, de enormes colmillos retorcidos y ojos encendidos, y se abalanzó hacia su cuello, ignorando los peligrosos puñales de hueso. El animal chilló y se retorció cabeceando con furia, pero el joven estaba sobre su lomo y no podía alcanzarle.
Con ojos dilatados, Draco vio como Sylvain metía las manos entre las quijadas del verraco y tiraba con fuerza hacia abajo. La mandíbula del animal se desencajó y partió con un chasquido y el cuerpo se derrumbó de repente, arrojando a su agresor rodando por el suelo con él. Algunos estertores recorrían el cuerpo y Draco sacó la daga de su bota y la hundió en la base del cráneo, seccionando la médula, jadeando, antes de que el otro pudiera rematar a su ya derrotada presa. Levantándose del suelo, el moreno hundió los dedos en la sangre caliente y manchó las mejillas de Draco, y finalmente su labios, para besarle a continuación, mientras a su alrededor, los centauros remataban a sus propias capturas.
Bane, el gran centauro se aproximó a ellos y miró a su presa con ojos calculadores, examinando las heridas.
-Una gran captura…un luchador experimentado y poderoso.
Los otros centauros se aproximaron y Bane murmuró alzando los ojos al cielo estrellado:
-Esta noche festejaremos nuestra victoria, y compartiremos el fuego y la carne con nuestros invitados, hermanos. Esta noche, damos la bienvenida a Draco, el cazador.
Cabalgando de nuevo sobre su negra y silenciosa montura, Draco llegó en estado casi de shock al claro donde se alzaba la hoguera, donde aguardaban los potros y las yeguas, los ancianos y los enfermos de la manada. La cacería había sido buena y pronto manos diligentes trabajaban en preparar la carne. Las yeguas atendían a las heridas de sus compañeros, usando cataplasmas e hierbas para ello. Draco vio que la carne era despiezada y que las piezas destinadas a ser consumidas de inmediato iban a parar a manos de los encargados de preparar la comida, y el resto, el excedente, iba a una cueva, sin duda el almacén comunal. Una copa de madera llena de vino caliente, fuerte y especiado, fue puesta en su mano y Draco bebió sin dejar de contemplar con asombro el lugar. Era altamente inusual que un mago fuese tolerado y mucho menos admitido en el refugio una manada. Cuevas en la roca servían de abrigo, y el suelo estaba apisonado por generaciones de cascos, convertido en una losa de arcilla oscurecida. Entramados de ramas daban sombra a las entradas y de ellos colgaban pieles y odres. Esteras de juncos y otras fibras cubrían ciertas zonas del suelo además de numerosas pieles.
Los potrillos, curiosos y asustados, le miraban moviendo las afiladas orejas, pegados al flanco de sus madres. Pero cuando Bane le ofreció el vino de bienvenida y el joven bebió, los más osados y valientes se acercaron a él, y le rodearon en cauteloso silencio. Sylvain estaba a su lado y poco a poco, Draco fue consciente de que los potrillos le miraban con curiosidad y asombro, él era un humano después de todo, y era infrecuente que un centauro se cruzase con estos antes de la edad adulta. Esbozó una sonrisa y los ojos de los chiquillos se dilataron. El más atrevido, un potrillo de pelaje bayo dorado y cabello rubio rojizo que aparentaba unos 6 años en su parte humana murmuró:
-¿No tienes colmillos? ¿Acaso eres…eres de otra especie?
Draco denegó y se giró a Sylvain cuyos ojos le contemplaban intensamente. Por un instante, algo cruzo entre ellos y lentamente, el rubio se giró hacia su interlocutor y murmuró:
-Los dos somos magos humanos, joven centauro. Aunque entre nuestros ancestros haya… alguna otra cosa más que magos, eso solo hace de nosotros seres humanos con algunas interesantes adiciones. El color de la capa o la longitud de las crines, la alzada o la constitución pueden ser diferentes pero eso no te hace ser de una raza diferente a tus hermanos. Aquí… (Draco se tocó suavemente el pecho, sobre el corazón) todos los seres humanos y todos los centauros son iguales aquí dentro.
Los potros se acercaron, deseando tocarle y muchas manos se deslizaron por su cabello plateado, entre murmullos sobre su color y suavidad. Una yegua castaña con las patas blancas le deslizó una corona de flores silvestres en las sienes y los pequeños se arracimaron en torno a los dos invitados, mientras los adultos preparaban la cena. Sentados en unas pieles, rodeados de curiosos potrillos llenos de preguntas, y de potrancos y potrancas que querían parecer indiferentes desde la distancia, los dos jóvenes se sentaron bebiendo mas vino especiado, Sylvain apenas mojándose los labios en su copa. Era agradable y pacifico, aunque bullicioso, y los centauros adolescentes se acercaron, curiosos también. Bane se presentó con una bandeja de dados de hígado y tacos de corazón crudo, sazonado simplemente con unos granos de sal y algunas hierbas, ofreciéndola a Draco. Sylvain le susurró muy bajito, ante su mirada de confusión:
-Eres el nuevo cazador y el invitado de honor de esta noche, Draco. Hasta que no pruebes tu caza, y des permiso, nadie puede comer. El primer bocado es para el que mata, los siguientes para los que ayudan, después el resto de la manada.
El rubio tomó un pequeño pedazo de corazón y lo llevó a la boca, tragándolo casi sin masticar. Muy formalmente Sylvain tomó otro y lo masticó con una sonrisa. Draco asintió ante la inclinación de Bane y este ofreció la bandeja a los potros, que con aire reverente tomaron cada uno un trozo. Era un gran honor compartir el primer bocado con un cazador y los chiquillos se tomaron muy en serio atender al nuevo miembro de la manada.
Más tarde llegaron jugosas lonchas de panceta asada, hígado frito, trozos de carne fuertemente aliñadas y doradas en la propia grasa del jabalí y lo que parecía ser una delicatesen para los centauros, las cabezas asadas. Vino, zumos y frutas silvestres, zanahorias hervidas y calabaza frita o asada, miel y tortas de pan caliente completaron la cena. Sylvain le arrastro junto al fuego y bailaron cerca de las llamas, riendo, entre los aguerridos grupos de centauros. Con el estómago bastante lleno, algo achispado y arropado por pieles y los brazos de Sylvain, Draco se adormeció cerca de la entrada de una pequeña cueva, escuchando las risas y las canciones de los felices cazadores y recordando la pregunta de una de las yeguas, indagando si estaba cortejando a Sylvain. Ante su afirmación, los inteligentes ojos de la criatura habían relucido y esta había murmurado mirando a uno y otro y sacudiendo las afiladas orejas: "Todavía no ha llegado la estación de apareamiento Draco, pero haces bien marcando tus derechos sobre él."
Despertar prácticamente en el suelo, aunque realmente cómodo recostado contra el pecho de Sylvain, era una experiencia nueva. Las pieles de oveja bajo ellos eran lo bastante mullidas para no estar entumecido y el pequeño fuego encendido en la misma boca de la cueva les había mantenido calientes. El lugar era poco más que un almacén, y en las paredes se amontonaban cestos y jarras de barro, sin duda llenas de comida, a juzgar por el intenso olor a flores y miel. Sylvain respiraba profundamente, aun dormido y Draco sonrió suavemente.
"¿Podía ser eso?¿Algo tan simple, tan sencillo? Como la fecha de la estación de apareamiento…"
Muchas criaturas tienen épocas del año para semejantes rituales, y dado que Draco aun no había logrado deducir que más había en Sylvain aparte de vampiro y mago, era una posibilidad real. Los vampiros no tienen una, así que de nuevo, le tocaba investigar. Se estaba convirtiendo en una magnifico pasatiempo, tratar de desentrañar las sutiles pistas que le otro le ofrecía, pero realmente, a Draco ya le daba igual. Sylvain podía ser medio sátiro, o medio demonio como había dicho una vez, que al joven le daría lo mismo. Sylvain era Sylvain, único, no había molde para definirle ni catalogarle, y era perfecto para él. Cuando por fin los ojos casi verdes se abrieron, Draco estaba por completo despierto y observando atentamente a Sylvain. Con un suave beso de buenos días y aun rozando sus labios, el rubio susurró suavemente, mirándose en los intensos pozos de sus ojos:
-¿Te he dicho ya cuanto te amo Sylvain?
El moreno abrió los ojos por completo, y estos oscilaron de color, del verde al azul añil y de nuevo al verde hasta estabilizarse en su color habitual indefinido entre ambos tonos, aunque un poco más verdoso de lo habitual, muy cerca de un profundo esmeralda azulado. Draco había aprendido que esas oscilaciones rápidas indicaban una fuerte emoción y no sed, y que el tono de sus ojos era más…turbio, cuando estaba sediento. El joven quimera tragó saliva audiblemente y murmuró suavemente:
-¿Tú…tú me amas, Draco? ¿De veras?
El rubio le besó ligeramente de nuevo y murmuró:
-Creo que eso exactamente es lo que te acabo de decir, Sylvain…
Y el moreno le atrapó en un beso apasionado que les dejó a ambos sonrojados y sin aliento. Aunque ardía en deseo, Sylvain se levantó de las pieles y tendió la mano a Draco, murmurando…
-Lamentándolo mucho…creo que deberíamos desayunar y marcharnos…los centauros se levantan muy temprano, Draco. Y no creo que aprecien que usemos para otros fines esta despensa…
El rubio rió y se sacudió las ropas. Estaba totalmente despeinado, había dormido vestido y prácticamente en el suelo, encima de un montón de pieles de oveja sin curtir. No se había duchado desde el día anterior, pero se sentía fantástico. Era extraño, si cualquiera le hubiera insinuado siquiera algo semejante, le hubiera hechizado hasta dejarle irreconocible, por semejante atrevimiento. Un Malfoy, ¿durmiendo en el suelo? Era algo impensable, pero ahí estaba él, el heredero de la casa Malfoy, desayunando gachas de avena y bayas, sentado en una piedra con su amante y rodeado de un puñado de amistosos e inquisitivos potrillos de centauro. Ronan, el centauro de aspecto calmado y sereno, se acercó a ellos y tendió un pequeño objeto a cada uno, haciendo alzar la mirada a ambos. Eran los colmillos del jabalí, engarzados en sencillos cordones de cuero y la criatura murmuró:
-Tu primera presa, Draco, siempre ha de ser recordada. Henry, tú no tienes un recuerdo de la tuya, así que pensé que ya que habíais compartido la caza, podíais compartir también los trofeos. Esta también es una presa importante para ti, joven amigo.
Sylvain sonrió suavemente murmurando palabras de agradecimiento y el centauro agitó la cola, alejándose de ellos, mientras Draco acariciaba el colmillo que ahora reposaba sobre su mano, contemplando la pareja en las de Sylvain. La idea de algo compartido entre ellos era cálida y reconfortante, extrañamente apropiada. Nunca se le hubiese ocurrido, pero con un sencillo gesto, sacó su varita y comenzó a añadir protecciones a ambos colgantes, vinculándolos, haciéndolos imperdibles, irrompibles e invisibles para todos los ojos que no fuesen los de ellos. Sylvain sonrió y comenzó a volcar su propia magia con la de Draco, haciendo posible que pudiesen hablar entre ellos e imposibles de quitar por manos ajenas a las de ellos. Con una mirada de complicidad, los dos jóvenes comenzaron a murmurar al unísono las palabras que convertirían los colmillos en trasladores…ilegales y no registrados por supuesto. Sylvain deslizó el cordón de cuero por el cuello de Draco y este colocó el del moreno y se inclinó a besarle tiernamente, un beso sin presión ni urgencia, pero lleno de amor. Verdadero amor.
