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El Amor de un Ángel Inmortal

Por Ladygon

Aquí para las personas que pidieron continuación o les gustó.

Capítulo 2: Hacia otra vida.

Cruzaron el portal, juntos, sin separarse, y cuando la puerta se cerró atrás de ellos, comenzaron a flotar como si estuvieran en el espacio sin gravedad. Sin embargo, no se asustaron ni nada parecido. Iban juntos de la mano, volando en un espacio oscuro, el rostro de Dean volvía a ser joven como la primera vez que lo vio.

—Te amo Cas.

—Yo también te amo, Dean.

Y se besaron con suavidad. Explorando, por primera vez, sus cuerpos de esa forma tan íntima. No les importaba estar a la deriva en un mundo donde el espacio y el tiempo no existieran. Ellos solo querían, y deseaban estar juntos, no importando nada fuera de eso, porque la vida no les permitió a causa de las circunstancias, aunque más que las circunstancias, fue su terquedad. La forma de vida, que no permite la vida propia, sino solo la vocación.

Castiel estaba feliz, pero al mismo tiempo triste, porque no consideraba justo, que Dean terminara en el limbo. El humano salvó al mundo tantas veces que, perdió la cuenta. Era un héroe y merecía un premio, no un castigo.

Estaba pensando esto, cuando una fuerza invisible los separó del beso y trató de separarlos. Castiel agarró con firmeza el cuerpo de Dean, tratando de mantener el control. Sin embargo, la fuerza volvió al ataque y esta vez los separó de golpe, pero lograron mantenerse de las manos.

—Castiel —una voz poderosa lo llamaba.

—¿Quién eres? —preguntó el ángel.

—¿Con quién hablas? —Dean no escuchaba nada.

Parecía que hablaba solo.

—Castiel, suéltalo —volvió la voz.

—No lo soltaré, no importa lo que digas. Él es un héroe y lo están tratando como un delincuente.

—Él debe volver.

—¿Cómo?

—Suéltalo para que vuelva.

—¿Es verdad eso? ¿No me estás engañando?

—¿Acaso no me reconoces?

Castiel entonces, entendió, y un recogimiento lleno de esperanzas sintió su pecho.

—Padre.

Castiel le sonrió a Dean, el cual no entendía nada de lo que estaba pasando y soltó su mano.

—¿Cas, qué haces? —preguntó Dean asustado.

—Todo está bien, confía en mí —le dijo el ángel.

El alma del cazador no dijo nada, pero con el rostro entre asombrado y asustado, se dejó guiar por la fuerza, la cual lo rodeó con una luz potente.

—¡Cas! —gritó.

La luz desapareció junto con Dean.

—Tú también debes volver. Debes cuidarlo. No temas, es lo que querías, cuando sea el turno de Sam, acompáñalo también hasta acá —dijo la voz.

—Sí, Padre —respondió Castiel.

La misma luz lo rodeó y cuando se dio cuenta, estaba al lado de Sam, quien lloraba por la muerte de Dean.

—No te preocupes Sam, Dean acaba de nacer en este mundo otra vez. Lo mismo está destinado a ti.

—¿Qué dices Cas? —dijo el viejo Sam, sorbeteando las lágrimas.

—Quiero decir que Dios nos ha escuchado, porque es justo y bueno —anunció Castiel.

Sam lo quedó mirando asombrado y volvió la vista hacia el cadáver de su hermano.

—¿Entonces, sabes dónde ha vuelto a nacer?

—No, pero seguiré el rastro.

—¿ Y cómo harás eso? —preguntó Sam.

—Siguiendo su esencia.

—Ah —dijo con entendimiento, pero no entendía nada.

—Te avisaré cuando lo encuentre. Tú debes llamarme cuando te mueras. Debo dejarte en el limbo.

Dicho esto, Castiel desapareció, dejando a Sam con cara de circunstancia.

Castiel buscó el alma de Dean por todo el mundo. En todos los hospitales. Debía ser así, porque se trataba de un recién nacido. Siguiendo la esencia del alma, llegó a un pueblito de Oregón llamado Silverton. Ahí, en las cuneras del hospital, vio a un hermoso recién nacido que lloraba a mares. Invisible como estaba se teletransportó a su lado y tomó su mano.

—Hola Dean.

El bebé dejó de llorar y le dio una hermosa sonrisa. Supo así que el bebé podía verlo cuando estaba invisible y no solo eso, sino también, escucharlo.

—Eres un bebé muy fuerte. Tendrás una gran vida. Traeré a tu hermano para que te vea, espérame un momento, dame unos segundos.

Desapareció y apareció detrás de Sam, quien estaba haciendo el desayuno en la cocina del búnker.

—¡Cas! Acaso nunca dejarás de hacer eso —regañó Sam al ángel.

—Lo encontré. Debes venir conmigo.

—¿En serio? —abrió los ojos con sorpresa.

Castiel teletransportó a Sam al hospital y le mostró las cuneras desde el vidrio de observación.

—Es ese —señaló con su índice.

Sam miraba maravillado al bebé.

—Wow, es muy hermoso.

—Sí, lo es.

—Debemos averiguar quiénes son sus padres.

—Por supuesto, saber si son dignos de él, sino lo secuestramos —razonó Castiel.

—Shhhh —dijo Sam tratando de silenciar al ángel, luego explicó susurrando— ¿No ves que estamos en un hospital? No puedes hablar de esas cosas aquí, nos pueden arrestar.

—Entiendo.

—Me gustaría verlo de cerca —murmuró el viejo Sam.

—Si quieres entramos. —Iba a poner la mano en su hombro.

—No, no hagas eso —susurró enojado—. Tampoco podemos entrar ahora de esa forma, se vería extraño y sospechoso.

Castiel lo miró con dudas e iba a decir algo, pero un hombre a su lado les llamó la atención. Era alto castaño y de ojos verdes bosque. Hizo un saludo a la enfermera detrás del vidrio y la enfermera respondió con un asentimiento, ella fue hasta la cuna de uno de los bebés y lo tomó entre sus brazos.

Sam se sorprendió ver que era Dean, a quién lo alzaban para que el hombre lo mirara. Este hombre se veía feliz y le hacía señales al bebé con la mano, aunque el otro no respondía, porque estaba durmiendo.

—¿Es su bebé? —preguntó Sam, saliendo de su sorpresa.

—¿No es bello? —contestó con orgullo el hombre.

—¿Es usted el padre? ¿A qué se dedica? ¿Qué...? —Castiel recibió un codazo de Sam.

—Discúlpelo, está un poco ansioso, porque lo traje a mirar a los bebés a ver si se entusiasma a tener uno —dijo Sam, salvando la situación.

El extrañado padre los queda mirando, sin saber qué decir a la rara pareja.

—¿Quieren tener un hijo? —preguntó el hombre.

—No, nosotros no —responde un poco azorado Sam—. Mi hijo debería tener uno —señala a Castiel—, pero no logro convencerlo. Yo ya estoy viejo y quiero un nieto antes de que sea tarde.

—Ah, comprendo —dijo el hombre, mirando a Castiel, quien estaba sumamente intrigado—. Tener un hijo es lo más maravilloso que hay. Nosotros con mi esposa lo hemos intentado innumerables veces, pero solo ahora se nos concedió el milagro ¿Saben? Decían que el niño venía muerto y a última hora dio señales de vida. Es un niño milagroso.

—En eso tiene razón, Dean es milagroso —aseguró Castiel.

—¿Dean? —preguntó el hombre.

—El bebé se llama Dean —insistió Castiel.

—Ejem, quiere decir que le gusta ese nombre para el bebé —rectifica Sam.

—Bueno, no habíamos pensado un nombre en específico teníamos muchos. A mí me gustaba Joshua, pero con lo que pasó me gustaría Lázaro —especificó el orgulloso padre.

—No creo que al bebé le guste esos nombres —dijo un muy serio Castiel—, debería preguntarle.

Volvió a mirarlo con extrañeza el padre de la criatura.

—Discúlpelo, por favor, él tiene una forma muy especial de ver el mundo, pero no es mala la idea. Una forma muy eficaz de saber si a un bebé le gusta su nombre es mencionárselo y si el bebé sonríe es porque le gusta —intervino Sam.

—Oh, no lo había visto de esa forma. Tiene razón, es una forma especial de ver el mundo —Se quedó pensando—, los veré luego, llevarán a mi hijo con mi esposa.

Emocionado, esperó a la salida de la sala de observación a la enfermera, quien venía con el niño. Sam se acercó para verlo de cerca y pudo mirarlo por unos segundos preciosos. Era tan pequeño, que sintió una ternura difícil de explicar.

—Dean se enojará cuando lo llamen Lázaro —dijo Castiel cuando iba doblando la esquina el padre; la enfermera con el bebé en brazos.

Sam rio con las ocurrencias del ángel, menos mal que el hombre fue razonable y no los tomó como un par de locos. Le cayó bien el sujeto en la primera impresión, pero de todas formas, debía averiguar más sobre los padres de Dean. Eso último le sonó extraño a sí mismo.

—Los seguiré para ver a la madre —informó Castiel.

—Bien, pero recuerda hacerte invisible cuando nadie te vea. No queremos llamar más la atención —recordó Sam.

—Está bien.

Sam lo vio doblar la esquina y volvió al estacionamiento, para esperar a Castiel. Pasados veinte minutos apareció Castiel en un aleteo a su lado.

—No te imaginas la cantidad de nombres horribles que tenían para Dean ¡Pancracio! ¿Tú crees que Dean dejaría que lo llamaran Pancracio? No tengo nada en contra del santo, pero Dean no necesita tanto trabajo...

—Ya, Cas para ¿Al final le pusieron Pancracio? —preguntó Sam.

—¡No, claro que no!

—Y bien ¿Qué pasó entonces?

—Empezaron a conversar sobre el nombre que le pondrían y Dean no les daba importancia, porque estaba entretenido chupando el seno de la mujer...

Sam trataba de no largarse a reír y dejar que el ángel terminara la historia.

—... comenzaron a nombrar todos esos nombres inapropiados —siguió Castiel—, y después se confundieron ellos mismos, así que eligieron Joshua... "¿Te gustaría llamarte Joshua? ¿Pequeño?", le dijeron, pero nada, "parece que no está interesado en los nombres", dijo el hombre sonriendo. "En verdad tiene cara de Dean", volvió a decir el hombre y yo me impacienté: "Dean deja de chupar eso y pone atención, no ves que te pondrán un nombre tonto", y Dean me escuchó y soltó el seno de la mujer, me miró hacia arriba, yo estaba detrás del hombre y sonrió. El hombre pensó que le sonrió a él, y le dijo: "¿en serio te gusta ese nombre?", por supuesto, si ese es su nombre, dije yo... "Dean", volvió a repetir el hombre... "dile que ese es tu nombre", le volví a recordar, y Dean rio. "Le gusta, le gusta ese nombre", dijo el sujeto.

Sam rio.

—Y quedó con ese nombre ¿No? —preguntó Sam.

—Por supuesto que sí, no podía ser otro.

—¡Claro que no! ¡Cómo se te ocurre! —Sam siguió riendo.

—No entiendo de qué te ríes —dijo un confundido, Castiel.

Sam volvió a reír. De repente, algo en la historia llamó su atención.

—Así que Dean puede verte y oír, supongo por tu conexión especial ¿No?

—Es un bebé. Los bebés en general pueden hacer eso con los ángeles. No es que Dean sea el único.

—Ah, pensé que sería el único bebé que podría hacer eso. Por tu conexión creía yo.

—Eso también ayuda —aseguró el ángel.

—Bien. Ahora me acompañarás al funeral. Necesito hacer eso y que lo veas, para cuando sea mi turno, sepas qué hacer.

—¿Será un funeral de cazador?

—Claro.

Quemaron el viejo cuerpo de Dean en la pira del cazador. Los dos uno al lado del otro, sabiendo que una etapa de sus vidas había terminado para siempre, pero gracias a Dios, tenían una nueva oportunidad para vivir, ahora, con más plenitud que antes.

—¿Irás ahora donde Dean? —preguntó Sam.

—Sí, observaré a su nueva familia a ver...

—Si es digna.

—Si es digna —contestó Castiel.

—Yo creo que lo es, sino Dios no la habría elegido como familia de Dean.

—Eso es cierto.

—Envíale mis saludos.

—Está bien, se lo diré. —Y desapareció.

Sam sonrió con ternura y paz. No había de qué preocuparse, porque el ángel estaría cuidando de él con el sigilo de un halcón.

Fin capítulo 2

Hola a todos, aquí un nuevo capítulo de este fic. Gracias por leer y por los comentarios.