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El Amor de un Ángel Inmortal
Por Ladygon
Capítulo 3: El amigo imaginario.
Castiel acompañó al bebé Dean hasta su casa. Los padres del bebé se veían felices y le hablaban como idiotas al infante mientras le mostraban su habitación, arreglada de forma muy hermosa. Parecían buenos padres, pero no estaría seguro de ello hasta comprobarlo.
Así fue como el bebé Dean, estuvo cuidado por un ángel durante todo el tiempo. De vez en cuando, llevaba a Sam a escondida de los padres. Realmente, Sam disfrutaba de esas visitas y parecía que el pequeño Dean también las disfrutaba. Sam le movía el cascabel bajo la atenta mirada de Cas.
—Quiero cargarlo... ve y vigila la puerta. Cuida que no suban sus padres —le dice a Castiel.
Por un momento, le pasó por la cabeza de que se parecía al demonio de ojos amarillos entrando de esa forma al cuarto, incluso apagaban el monitor del bebé. Se sintió mal, pero recordó que él era su hermano y no tenía ninguna mala intención. Así que tomó a su pequeño hermano en sus viejos brazos y lo acunó en su pecho. Se sentía un bultito tibio y olía bien. El bebé comenzó a hacer unos ruiditos muy tiernos. Sam sonrió.
Castiel miró la escena desde la puerta. Era una escena muy linda, ya había olvidado la última vez que tuvo un bebé en sus brazos. Posiblemente, porque su primera y única vez, fue cuando era humano, aunque no era la primera vez que tenía a alguien en brazos. Incluso al mismo Dean, cuando lo sacó del Infierno, lo sacó en brazos como si fuera una princesa. Nunca se lo dijo a Dean, porque no le gustaría que lo comparen con una damisela, aunque fuera de la realeza. Ahora le daban ganas de tenerlo en brazos también.
Sam adivinó sus pensamientos.
—¿Quieres cargarlo? —Se lo ofreció—. Yo vigilaré.
Lo miró un poco asustado cuando recibió a la criatura en sus brazos, pero recordó cómo eran las posiciones para que el bebé estuviera cómodo. El más juzgador de Castiel fue el propio pequeño, que se dio por aprobado cuando le dio una hermosa sonrisa al acomodarlo y acunarlo. El ángel sonrió de regreso, en respuesta al bello gesto del niño.
—Parece que viene alguien. Déjalo en la cuna y haznos invisibles.
Castiel hace rápidamente lo que le dijo Sam mientras este enciende el monitor del bebé. Unos momentos después, apareció la mujer, quien venía a darle el pecho a Dean. Castiel antes de que la mujer comenzara con su labor, se teletransportó junto con Sam al búnker.
—Eso es muy aburrido de ver —fue la explicación de Castiel por la huida fugaz.
Sam solo se rio.
Así se la llevaron los siguientes meses, claro que Castiel pasaba casi todo su tiempo vigilándolo, aunque no era muy necesario, porque el niño tenía unos padres muy eficientes. Una suerte para los padres, ya que a la menor negligencia, Castiel se llevaría al niño, claro que no tenía idea fija para dónde y qué haría después de eso. No tenía ningún plan. El único plan era cuidarlo todo el tiempo posible.
Un día, Dean comenzó a llorar sin razón aparente. Su mamá estaba muy preocupada, porque tenía fiebre y le estaba aumentando. La mujer llamó a su marido y se estaban poniendo de acuerdo para llevarlo al médico. Salió un momento de la habitación del bebé para cambiarse de ropa.
Castiel se acercó a la cuna y llevó sus dos dedos a la frente del niño. El bebé dejó de llorar al instante y bostezó. Preocupadísima, llegó la mujer corriendo con la blusa desabotonada, despertó al niño al tomarlo en brazos con tanta rapidez, pero el pequeño no se molestó, sino que bostezó de nuevo.
—¡Qué pasa!, ¿por qué no tienes fiebre ahora? —pregunta la mujer.
Toma al bebé y sale disparada hacia el hospital, sin importar que lleva la blusa media abierta. Castiel se teletransporta al automóvil al lado de la silla de bebé. Ahora estaba preocupado al ver desde el asiento trasero el cómo la mujer corría como loca por la carretera rumbo al hospital. Decidió, entonces, poner su mano invisible y tranquilizadora en el hombro de la mujer a ver si bajaba la velocidad y ponía más atención en el camino, porque podría crear algún accidente.
El resultado fue satisfactorio, porque bajó la velocidad y pudieron llegar al hospital sin problemas. Desde allí llamó al hombre que hacía de padre de Dean. Esperaron un rato, sentados. Castiel siempre invisible veía como el bebé dormía tranquilo en los brazos de la mujer. Mientras esperaban llegó el hombre agitado. Al parecer venía corriendo, justo en ese instante los llamó el médico. Entraron todos juntos a la consulta, Castiel pisándole los talones al padre de la criatura.
Al salir de la consulta, el único que salió enojado fue Dean, por haberlo molestado de su siesta con el chequeo médico. Los padres súper felices, porque el niño estaba cien por ciento sano. Castiel con una cara de confundido, pues no entendía todavía el porqué la mujer y el hombre se asustaron más, cuando el niño estaba sano que cuando estaba enfermo.
Necesitó una larga y detallada explicación por parte de Sam para entender, en algo, lo que había sucedido. Tuvo que prometerle además, de que no curaría a Dean, salvo que estuviera en real peligro o una cicatriz muy grande. Castiel encontró tan extraña la promesa, que cruzó los dedos atrás de su espalda. Había visto en la televisión hacer eso cuando no se sabía si podía cumplir o no con lo prometido.
Los días pasaban y era obvio que el bebé tenía una salud fantástica a toda prueba. Sus padres estaban muy orgullosos de eso. Recién ahora comprendía un poco a los padres de Dean, pues era para sentirse así si tu hijo era fuerte. Y es que Castiel no concebía un Dean enfermo, sino todo lo contrario porque para él, era un héroe humano muy fuerte e inteligente, así como un guerrero fiero y poderoso, claro, en el nivel humano.
De más está decir que, cuando el pequeño tenía alguna dolencia, ahí estaba Castiel y lo mejoraba, pese a la promesa, aunque no lo hacía tan seguido.
Así el pequeño Dean creció sin muchas dolencias y al año de nacido, el chico era muy despierto. Algo tenía que ver Castiel, pues continuamente le hablaba como a un adulto. Cuando comenzó a gatear lo seguía para todos lados como si de un perrito se tratara. El chico se reía siempre y sus padres nunca estaban seguro de qué. Igual que mantenía la vista fija en un lugar como si le estuviera poniendo atención a alguien invisible. Si no fuera porque el médico les dijo que su hijo estaba bien, incluso adelantado a su edad, creerían que algo raro tenía, pero pronto se acostumbraron a la forma extraña de ser del niño.
Tampoco nadie se extrañó mucho cuando la primera palabra del bebé fue "Cas". Los síntomas de hablar o balbucear solo, se achacaron al amigo invisible. Sam también iba a verlo seguido, hasta que su salud se lo restringió. Las visitas del viejo cazador fueron menguando, pero no cesaban. Dean también lo reconocía en su mundo invisible y Sam podía jugar con él, con cuidado de no dejar pistas sospechosas o que podrían asustar a los padres. Se sentía como un ser sobrenatural, entrando a la vida de ese niño de forma invisible, por momentos se ponía a pensar, que quizás estaban haciendo mal con presentarse de esta manera. El niño podía tener alguna secuela o no considerarse normal. La ansiada normalidad hace tiempo estaba fuera de sus expectativas, pero podía ser ahora, una realidad. No quería hacerse ilusiones con eso, porque cada vez que alguno de ellos caía en ese sueño, el despertar era terriblemente desolador.
Debía ser realista, nunca fueron seres normales y no tenían que serlo en la otra vida. De algún modo, no todo fue horrible. Sus vidas fueron buenas de una diferente forma y no debía lamentar nada, al igual que sabía que no importaba lo difícil que fuera la otra vida para Dean, él siempre saldrá adelante con la ayuda de Castiel, así que no había de qué preocuparse.
Ya más tranquilo, Sam pudo esperar la otra vida después de la muerte. Al menos era un alivio que habría una buena vida después de la muerte, porque de que la hay, la hay, solo que no era muy alentadora, principalmente, el Infierno o la Nada. Sin embargo, gracias a Castiel y a Dios, ahora tendría una nueva vida, como la que estaba viviendo su hermano Dean. Eso para él, era mejor que el Paraíso. Estaba seguro que para Dean también lo era.
Sam alcanzó a ver el primer día de clases de Dean. Tenía tres años e iba al preescolar. En su primer dibujo estaban Castiel, papá, Dean, mamá y él, en ese orden. Después de eso, Sam enfermó de gravedad y no le quedó más remedio que llamar a Castiel.
Castiel debía estar en su lecho de muerte, para que lo guiara a la otra vida como le habían dicho. El ángel dejó, por primera vez en mucho tiempo, a Dean solo con sus padres. Esperaba que no le pasara nada. Tenía miedo, porque los Winchester nunca tuvieron mucha suerte y necesitaba que tuviera algo de suerte para que en esos días de ausencia, a Dean no le pasara nada malo.
Llámese suerte o no, la enfermedad de Sam no duró mucho y pronto Castiel lo estuvo guiando a su otra vida.
—Nos vemos al otro lado, Cas, sigue cuidando a Dean.
Lo último que vio de Sam, fue cuando era arrastrado hacia una luz muy potente. Castiel volvió a la Tierra y donde Dean.
Encontró al niño, tomando un baño con su mamá.
—¡Cas! —dijo, señalando con su dedo.
— Sí, hijo, es Cas —la mamá le siguió el juego como siempre lo hacía.
Dean rio y golpeó el agua con sus manitas, salpicando el agua. Castiel suspiró aliviado de ver al chico tan bien y feliz. Por un momento se sintió mal de que no lo extrañara, pero al menos estaba bien y eso era todo lo importante. Se sintió mejor consigo mismo cuando escuchó a los padres hablar de lo mal genio que había estado en su ausencia. El chico lo extrañó un poco.
Permaneció un tiempo con el niño, hasta que decidió buscar a Sam renacido. Le llevó un día completo en buscar y no encontró ni rastros de él. Entonces, descubrió que no sería fácil encontrarlo. Volvió donde el niño a vigilar su sueño.
Pasaron algunos años más sin encontrar a Sam. Dean crecía como contratado y ya iba a la primaria. Según los médicos y los profesores, Dean se desarrollaba con normalidad. Eso era grandioso considerando que "normal" nunca fue la palabra asociada a un Winchester.
El niño ya hablaba perfectamente y Castiel no podía presentarse mucho ante él, porque se le ponía a conversar. Con suerte los padres creyeron que era su amigo imaginario y no lo consideraron loco, pero si pasaba más tiempo, tendría que desaparecer del mundo del chico, pues era peligroso que lo creyeran loco.
Dean tenía ocho años y todavía tenía a su amigo imaginario con él, pero era lo bastante inteligente para saber que los demás no lo veían y que debía ser cuidadoso. Cierto día de clases, cruzó corriendo a los brazos de su mamá y no se dio cuenta que venía un auto. La mamá gritó, el chico se detuvo asustado al ver el vehículo casi encima de él, pero no pasó nada, porque fue levantado y arrojado a los brazos de la mamá, quien lo sujetó con fuerza y lo llenó de besos.
—¡Cas! —dijo el chico— Cas me salvó, mamá.
—Sí, hijo qué bueno —siguió con sus besos la mamá asustada.
La mamá estaba muy preocupada con su hijo y el papá propuso llevarlo al sicólogo. Todo fue a raíz de ese incidente, ya que les parecía un niño demasiado distraído, que estuvo a punto de morir y que tiene un amigo imaginario a los ocho años de edad, llamado "Cas".
Castiel supo que era el momento de desaparecer de la vista del chico, no de su vida, pero no podría ser más su amigo imaginario. Tristemente, no pudo volver a hablar con él, solo lo vigilaba en silencio y de forma invisible.
El chico se puso triste durante un tiempo, pero a veces lo miraba fijo a los ojos, pese a que no lo veía. De igual forma, conversaba con él en sus oraciones y cuando sus padres le preguntaban algo, él respondía que le estaba rezando a su Ángel de la Guarda.
Así pasaron los años y Dean crecía como un niño normal, sin ninguna peculiaridad, salvo que era muy inteligente y bueno para los deportes. No habían demonios rondándole, ni seres extraños del Purgatorio o del Cielo, salvo él. Castiel permanecía siempre a su lado, cuidándolo, buscando también a Sam, pero al parecer, Dios no quería que lo encontrara. Sam debía vivir su vida de forma normal sin ataduras de ningún tipo, aunque Castiel no concebía la idea de un Dean sin Sam. Sin embargo, también pensaba que era bueno de algún modo que vivieran una vida sin el otro, esperando que en la próxima vida, pudieran juntarse otra vez. No le parecía nada mala la idea, tenían la eternidad para vivirla y juntarse todas las vidas que quisieran tener. Siempre y cuando Dios lo quisiera, porque en esta no veía que quisiera juntarlos y no sabía, exactamente, lo que esperaba de él, cuando lo único que deseaba Castiel era cuidar a Dean y que fuera feliz.
Quizás debía asegurarse de que en esta vida, las cosas serían eternas para Dean y luego irse de su lado, confiando en que vivirá, plenamente. Sin embargo, no podía irse de su lado sin estar seguro, que no lo atacaría un ser sobrenatural. Así que decidió borrar de su memoria a su amigo imaginario y permanecer, de vez en cuando a su lado, en una suerte de monitoreo.
Dean se veía bien, muy bien, pero cuando estaba en secundaria a la edad de catorce años, tuvo un cambio radical. Está bien decir que era culpa de la adolescencia, pero en el caso de Dean fue como si lo cambiaran por completo. El chico dulce, estudioso, buen deportista, agradable con las chicas, hijo ejemplar, se volcó en todo lo contrario. Era un chico huraño, malicioso, que engañaba a las chicas y a todo el mundo con su ingenio, dejó el deporte y ya no estudiaba, se metía en peleas sin razones aparente, y, principalmente, andaba solo y rehuía del contacto de los demás. Pasaba largas horas, acostado arriba del edificio del colegio, mirando al cielo, volándose las clases. Las veces que entraba al salón, se quedaba dormido o se ponía a mirar por la ventana sin poner atención en nada para la exasperación de sus profesores.
En resumen, Dean se convirtió en un chico problemas. Sus padres, cansados de vivir con los constantes reclamos de padres y maestros, volvieron a llevarlo al sicólogo. Las alarmas de Castiel se encendieron, cuando un humano pedía ayuda sicológica era porque el asunto era grave, según él.
El sicólogo lo achacó a un síndrome de asperger, el cual Castiel estaba seguro no tenía, porque ya lo había chequeado montones de veces, cuando Dean dormía. Sin embargo, lo enviaron al psiquiatra y este confirmó el asperger, además de echarle la culpa a las hormonas de la adolescencia. Los padres quedaron alarmados con el diagnóstico, ya que un síndrome de asperger no era nada bueno y pensaron en internarlo para una evaluación más profunda.
Castiel se desesperó. Dean no tenía nada, salvo quizás le faltaba un amigo con quién conversar, de vez en cuando. Así que decidió intervenir en el asunto, antes de que lo mandaran a un sanatorio mental. Dejó la invisibilidad, porque el amigo imaginario no servía, pero un amigo real podría ayudarlo.
Así apareció un día Castiel en el colegio, presentándose como el nuevo enfermero del lugar. El último se fue, al tener una muy buena oferta laboral en un hospital, algo que también arregló, moviendo papeles. Como sabía falsificar documentos gracias a su trabajo con los cazadores en la vida pasada, no le fue difícil entrar. Se puso su capa blanca y tuvo la suerte, aunque no tanta, considerando que Dean era un busca peleas, de que en su primer día de trabajo, apareció Dean en la puerta de su consulta con el labio partido y chorreando de sangre.
—Hola, mi nombre es Castiel, de ahora en adelante seré el nuevo enfermero —se presentó con simpleza—. Ven, toma asiento para ver esa herida.
Dean quedó parado en la puerta, sin ánimo de moverse, parecía que vio un fantasma. Por un momento, Castiel pensó que lo había reconocido, pero eso era imposible, ya que su memoria fue borrada al saltar a la otra vida y el ser su amigo imaginario fue en su época de bebé. Además, él mismo se había encargado de borrar su imagen de la mente del pequeño para no crearle más conflictos. Imposible que lo reconociera, así que le volvió a mostrar el asiento de al lado de la camilla y le dio la espalda hacia el mueble donde estaban los utensilios para curarlo.
Cuando tuvo todos los utensilios necesarios en un tipo de riñón metálico, volteó a buscar al chico y lo encontró sentado en la silla. Él fue y se sentó al frente de él, dejando los utensilios en la mesita de al lado. El chico no dejaba de mirarlo y cuando tomó su rostro, pegó un salto en la silla.
—Tranquilo, no dolerá mucho.
—No me duele —dijo el chico con su orgullo herido.
—Lo sé, eres fuerte.
Castiel untó el algodón con el medicamento y lo aplicó en el labio inferior de Dean con sumo cuidado. El chico hizo un mínimo gesto al principio, pero luego se quedó quieto sin dejar de mirarlo en todo momento.
—¡Listo! —dijo triunfante Castiel—. Puedes colocarte una bolsa de hielo ahí para bajar la hinchazón. Te daré una.
Cuando le pasó la bolsa de hielo, Dean sujetó su mano y sus miradas se quedaron en suspenso.
—Eres muy lindo —le dijo el chiquillo—. Me gustas.
Castiel quedó de piedra y se puso nervioso. Dean sonrió con esa sonrisa, que no veía hace mucho tiempo de verdadera felicidad.
—Mi nombre es Dean, nos vemos Castiel —dijo el chico con un guiño de ojo.
Por un momento, Castiel se quedó pensando qué rayos había pasado. Ese no parecía ser el Dean de siempre o al menos el que conocía. Eso realmente, lo descolocó, quizás era verdad que Dean tenía una condición siquiátrica o algo parecido.
Fin capítulo 3
Hola a todos, aquí un nuevo capítulo de este fic. Gracias por leer y por los comentarios.
