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El Amor de un Ángel Inmortal
Por Ladygon
Capítulo 5: Vivir como tiene que ser.
Durante la tarde, no apareció Dean. Castiel se fue a su pequeño departamento, pero antes pasó a una tienda a comprar el pie de limón de Dean para disculparse por haberlo hecho enojar, aunque no tenía ni idea, de qué lo había hecho enojar. Al salir de la tienda, sintió una presencia cerca suyo, miró para todos lados, pero no vio a nadie. Caminó unos pasos más y luego decidió aparecerle al sujeto por atrás.
—Hola Dean.
—¡Cas! —chilló Dean casi con un ataque cardiaco.
—¿Qué haces?
—¿Eh? ¿No es obvio? ¿Te estoy siguiendo?
—¿Por qué?
—Quiero saber dónde vives.
—Solo tenías que preguntarme —dijo Castiel con voz dulce.
—¿En serio?
—Por supuesto. Ven vamos.
Dean abrió los ojos con sorpresa.
—¿Me llevarás a tu casa?
Castiel lo quedó mirando confundido.
—¿No querías conocer dónde vivo?
Dean movió la cabeza de forma afirmativa varias veces de forma rápida.
Caminaron por las calles céntricas, Dean muy nervioso mirando para todos lados, seguía a Castiel y no quería que nadie los viera. Llegaron a un complejo de departamentos pequeños, demasiado humilde como para un profesor o enfermero de colegio.
—Aquí es —dijo Castiel y metió la mano en los bolsillos, buscando la llave.
Abrió el departamento e hizo pasar al nervioso. Dean se dio cuenta que una caja de fósforo era más grande que eso. Tenía solo una puerta, que debía ser el baño, ya que todo lo demás estaba ahí mismo. Una mesa pequeña con una silla, la cocina al lado y en un rincón el colchón enrollado.
Castiel agarró un cajón de madera, que tenía en una esquina y la acercó a la mesa. Le ofreció la silla a Dean.
—Disculpa, pero no suelo tener invitados —explicó Castiel.
—No hay cuidado —dijo el chico.
—Ahora conoces mi casa. No es un gran lugar, pero sirve para mis necesidades.
—Entiendo.
—Tengo un pie de limón aquí que creo te gustará.
Castiel puso la bolsa encima de la mesa y comenzó a sacar el pastel, pero Dean puso su mano encima de la de él. Castiel empequeñeció los ojos, extrañado y miró al muchacho. Los ojos del chico estaban sobre él de forma apasionada, como pocas veces se los había visto en ambas vidas.
—¿Qué pasa, Dean?
—¿Quiero hacerte el amor?
Castiel abrió los ojos por la sorpresa.
—¿Quieres copular conmigo?
—Te amo —dijo el chico y se ruborizó deliciosamente.
—Dean, tienes catorce años.
—¿Crees que no sé, que tengo catorce años y que soy un niño? ¡Vives recordándomelo!
—Es que no podemos hacer nada hasta los dieciocho. Es la ley humana. Tendremos que esperar, después puedes hacerme lo que se te venga en gana.
Dean quedó de piedra con la confesión.
—Wow, wow, wow, espera, espera ¿Me estás diciendo que no tienes problemas en hacer el amor conmigo cuando cumpla dieciocho años?
—Por supuesto, no habrá inconvenientes —dijo Castiel con sencillez.
—¿Y si me quiero casar contigo?
Dean tenía arrugada su linda frente.
—A los dieciocho eres mayor de edad y puedes hacer lo que quieras —respondió Castiel.
—¿En serio te casarás conmigo? —preguntó sin creerlo.
—Por supuesto, me casaré contigo, Dean, estoy enamorado de ti y tú de mí. Si de aquí a cuatro años más quieres casarte conmigo, pues me caso.
La sonrisa de Dean comenzó a crecer en su rostro y luego saltó a los brazos de Castiel para llenarlo de besos. Luego, un beso en la boca tuvo que ser detenido por Castiel.
—¡Ah! ¡Por qué! —chilló el chico.
—Ya lo dije, hasta los dieciocho.
—Pero faltan cuatro años, ¡moriré en la espera!
—Cuatro años no es nada, créeme.
Dean se sentó otra vez en la silla con un puchero de dos metros, y amurrado como niño chiquito. Castiel no sabía qué hacer, hasta que se le ocurrió una idea.
—Mira, hagamos un trato —propuso Castiel.
Dean no parecía muy interesado.
—Yo te esperaré estos cuatro años. No saldré con nadie, ni me comprometeré. Me reservaré solo para ti.
Al parecer dio en el blanco, porque Dean levantó la vista interesado.
—Mientras tanto —siguió Cas—, tú saldrás con amigos, tendrás novias. —Dean iba a protestar, pero lo calló con la mano—. Novios… necesitas experiencias, Dean. Quiero que vivas y disfrutes de esta vida que te han regalado. Si después de cuatro años, quieres estar conmigo, yo me entregaré a ti ¿Qué te parece?
—No parece justo para ti —dijo Dean con seriedad.
—Puedo apañármelas. Tú eres lo más precioso para mí y quiero que seas feliz.
—Cas… ¿No tenemos otras opciones?
—No, podría ser peor, como por ejemplo, esperar toda una vida —lo dicho por Castiel fue de forma tan emotiva y real, que sorprendió a Dean.
Después, Castiel dejó a Dean en el metro en dirección a su casa. Cuando se estaban despidiendo con un simple apretón de manos, vieron a un profesor en la rampa del frente que los miraba con fijeza.
—¡Cas! —susurró con alarma Dean.
Castiel fijó su vista en ese profesor y este la quitó de improviso.
—No te preocupes, Dean, yo lo arreglaré.
Castiel subió al chico al vagón del tren, mientras era empujado también por la marea de personas. Dean perdió de vista a Castiel, quien estaba a su lado y cuando se cerró la puerta, no lo vio por ningún lado. El metro partió.
El ángel se hizo invisible y se pegó al profesor a quien acompañó hasta su casa. En la casa se hizo visible para el susto momentáneo del hombre, que no supo lo que pasaba cuando colocaron dos dedos en su frente y lo desvanecieron. Castiel sentó al sujeto en el sillón y desapareció para aparecer de nuevo en su departamento.
—No quiero que nadie te lastime, Dean… te he esperado toda una vida, cuatro años no son nada.
Al otro día, el profesor pasó por al lado de Dean y no le dio importancia. Dean extrañado fue a preguntarle a Castiel qué había hecho para dejar al profesor callado.
—Solo hablé con él —dijo con simpleza el ángel.
—Eres increíble.
Dean se tranquilizó de improviso, aunque a veces decía unas cosas donde se le notaba la calentura a leguas.
—Quiero chupártela —le dijo uno de esos días en la enfermería.
—¿Chuparme qué cosa? —preguntó Castiel con curiosidad.
—Ya sabes… la polla…
—No se dice polla, se dice pene.
—Quiero chuparte el pene.
—Así está bien dicho, pero eso será dentro de cuatro años más.
—¡Dios! ¡Estos cuatro años serán una continua y larga tortura! —dice Dean con dramatismo, tapándose la cara con ambas manos.
—Cuatro meses en el infierno, son en realidad cuarenta años. Eso es una verdadera tortura. No te preocupes, sobrevivirás.
—¡Oh! ¡Man! Eso es lo más raro que he escuchado de ti y eso es mucho decir.
En realidad, tenían mucha suerte que nadie escuchara esas conversaciones "inapropiadas" para una oficina de enfermería, porque si las escucharan, Castiel saldría directo a la cárcel por corrupción de menores, aunque en este caso era lo contrario. Dean era el corruptor de ángeles, él que se pasaba películas con Castiel en todas las posiciones posibles y usaba su mano en la privacidad de su habitación, o en el baño… en cualquier baño, para liberar sus deseos.
Sin embargo, por más que Dean trataba de arreglarse con su mano como mejor amiga consoladora, para un amor pospuesto para dentro de cuatro años, no hacía tanto efecto como al principio. Pronto, necesitó mucho más, que solo masturbarse con pensamientos libidinosos con el objeto de sus deseos.
Comenzó a ver pornografía. No es que nunca hubiera visto pornografía, pero ahora quería ver sexo gay. Buscó en su computadora proyeccional y había bastantes lugares donde un menor podía ver porno gay gratis. La primera vez que vio a dos hombres juntos teniendo sexo, no le gustó, incluso lo encontró asqueroso. Nada tenía que ver con sus ensoñaciones masturbadoras con un hermoso Castiel desnudo sobre sus sábanas, pidiéndole que le diera más duro.
La realidad no era tan bonita de ver. Dean quitó el holograma y se quedó pensando si en realidad era gay, porque nada de lo que vio, lo encendió como lo hacía el solo ver a Castiel a los ojos. Decidió posponer el porno y buscar otros horizontes. Quizás era buena idea adquirir experiencia, porque cuando lo hiciera con Castiel quería estar a su altura. Tener una chica o un chico, pasar un buen rato, aprender algo.
Antes que nada, preservativos. Partió a comprarlos, porque "el sexo seguro era lo más importante", según lo que le había repetido hasta el cansancio Castiel, aunque más lo parecía, que lo repetía por publicidad a por saber realmente, qué significaba decir eso. Dean no estaba equivocado al pensarlo, pues después descubrió la frase en uno de los folletos que se entregan cuando compras condones. Ni siquiera se sorprendió del descubrimiento, conociendo a Castiel, quizás era hasta virgen, pero eso era prácticamente imposible.
Dean vio que para conquistar chicos o chicas debía volverse más sociable, así que volvió a los deportes, cosa que le encantó a Castiel. Jugaba muy bien el fútbol americano. Ese deporte le hacía bien para su alma de guerrero. Cuando lo veía taclear a alguien, Castiel se imaginaba que luchaba contra un demonio, tenía el mismo estilo, faltaba solo que le cortara la cabeza con el machete. Además, el deporte era bueno para la salud, según lo que vio en uno de los folletos médicos. Por otro lado, Dean, quien comenzó a jugar para conocer chicos y chicas, se vio más interesado en darle espectáculo a Castiel cuando lo venía a ver a sus partidos, e incluso a las prácticas, que hacerle ojitos a los demás.
Resultado, Dean recibió muchos beneficios del deporte, entre ellos la fama, pero el mejor beneficio visto por Dean, fue el poder gastar la energía sexual insatisfecha. Además, de poder ver a Castiel fuera de la enfermería sin sospechas aparente, porque el que él vaya a ver al equipo, no creaba ningún reproche.
Las prácticas ayudaban también con ese tiempo muerto, donde no podía ver a Castiel: la cafetería y los pasillos o cuando tenía que volver a su casa. El que Castiel tampoco se perdiera las prácticas, eso era maravilloso para él.
Castiel se volvió fan del equipo de fútbol, más por Dean que por otra cosa, obvio, pero también se entretenía viendo los partidos. Celebraba cuando ganaban, cuando perdían se preocupaba por el chico. Le alegraba mucho que Dean fuera otra vez el niño normal, o al menos eso parecía. Quizás podría tener amigos, novia, novio o alguien de su edad para compartir. Tarde o temprano, Dean lo tendría y el hecho casi irrefutable de que podría perderlo, pues podía enamorarse de otro, no lo alejó de su misión, la cual era resguardar la felicidad de Dean sobre cualquier otra cosa.
Finalmente, Dean consiguió un amigo o novio, según el punto de vista.
—¿Cómo está tu novio, Dean? —preguntó un día Castiel.
—No es mi novio, es solo un amigo —respondió con brusquedad.
—¿Tienes sexo con él, no?
—Eso no significa nada. Solo jugamos, además tú dijiste que necesitaba experiencia ¿Ves cómo sigo tus consejos? —dijo el descarado.
—Por supuesto, Dean, yo no te recrimino nada.
—Pues deberías recriminarme si piensas que tengo "novio".
—No tengo por qué hacer eso. Tú tienes derecho a ser normal. Te lo has ganado.
—¿Por qué siempre dices esas cosas raras? Como si supieras algo que yo no.
Castiel lo quedó mirando.
—Eres un joven, Dean, uno fuerte y sano. Debes vivir tu vida como un joven.
—Viviré mi vida como me dé la gana. Tú eres el único que no vive como tiene que ser.
Dean se levantó enojado y se fue. Castiel quedó, pensando en lo que le decía el chico, pero por más vueltas que le dio al asunto, no entendió las palabras de Dean. Castiel no podía vivir como un humano, porque no era un humano. Un ángel guardián es un ser celestial que protege a su humano a cargo, incluso, sin que el otro se dé cuenta, de que lo está cuidando. Vivía como tenía que ser un ángel guardián.
Castiel cuidaría a Dean, de eso no había dudas. Lo había hecho en silencio durante catorce años. Lo había hecho en su otra vida, durante más de cincuenta años. Nunca pensó en sí mismo antes, porque primero, siempre fue su deber, y ahora, no iba a cambiar.
Fin capítulo 5
Hola a todos, aquí un nuevo capítulo de este fic. Gracias por leer y por los comentarios.
