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El Amor de un Ángel Inmortal

Por Ladygon

Capítulo 6: La verdad te mantendrá sobrio.

Ahora Castiel iba a los entrenamientos y a los partidos de fútbol americano, sabiendo que ya no era el objeto de interés de Dean. Por un lado estaba bien, en alguna medida feliz, porque no necesitaría más de él. El único problema, era la promesa de esperarlo durante cuatro años. Tendría que quedarse cuatro años siendo el enfermero y después de cumplido, podría desaparecer del mundo físico de Dean para volver al mundo invisible del chico.

Veía a Dean y a su novio, abrazarse en la cancha cuando anotaban o cuando ganaban. El novio era un jugador del mismo equipo por eso celebraban. También, salían juntos fuera del horario de clases. Dean dejó de ir a la enfermería y Castiel debía conformarse con verlo en la cancha desde las gradas.

Castiel con el problema de que no podía vigilar a Dean, ahora que ya no pasaba tanto tiempo con él, comenzó a sentirse nervioso, pues no sabía si estaba bien o no. Apenas terminaba su trabajo en la enfermería, partía a buscar a Dean, de forma invisible claro está, y lo vigilaba para que no se metiera en problemas.

No contaba lo duro que sería ver a Dean teniendo sexo con un chico. Al menos lo hacía con condón. Eso al menos lo hizo sentirse mejor. Lo peor fue escuchar como Dean decía su nombre "Cas", cuando se corría. Creyó que sería bueno si el chico tenía novio, pero al parecer, no tenía sentimientos para el pobre novio, el cual se sentía terrible al final del sexo.

Ahora los chicos terminaban discutiendo algo que Dean no quería discutir. En vez de estar feliz con su novio, era todo lo contrario. El novio le recriminaba el no quererlo y Dean terminaba, diciendo que si no le gustaba, se podía largar. Era Dean, quien se terminaba yendo, puesto que estaba en la casa del otro.

Al siguiente día, apareció el chico en la enfermería con cara de pocos amigos.

—¿Qué pasa, Dean? ¿Estás enfermo?

—Vine a verte, ¿no puedo tampoco? —respondió todo agresivo.

—¿Eh?, claro que puedes venir cuando quieras. Mi puerta siempre estará abierta para ti.

—Eres cruel.

—¿Yo? ¿Por qué?

—Porque eres como un pastel en vitrina frente a un hambriento.

—¡Oh! No sabía que tenías ganas de comer pastel. Te traeré uno para el almuerzo.

Silencio incómodo.

—No, gracias, Cas.

—¿Te reconciliarás con tu novio?

—¿Cómo sabes que estoy peleado con él?

—Porque viniste para acá con esa cara.

—No me reconciliaré con él. La verdad no me interesa. Me buscaré otro. Hay muchos peces en el mar.

—¿Irás a pescar?

—¡Claro! Iré de inmediato.

Dean se levantó de su silla y se fue, despidiéndose de Castiel con una mano.

—Pero el mar queda a muchos kilómetros de aquí —pensó en voz alta Castiel.

Resultó que el próximo pececito en el anzuelo fue el coreback, pero con él tuvo la decencia de no ilusionarlo con falsas esperanzas. Solo sexo, era el trato, el cual aceptaba. Dean también tuvo otros amantes, chicos y chicas, pero ninguno oficial. Castiel lo cuidaba cuando salía del trabajo, pero esos momentos donde no lo veía, moría de la preocupación. Por un momento, pensó en pedir ayuda a sus hermanos ángeles, pero después no creyó que fuera buena idea, ya que los ángeles no lo tenían en buena estima y buscarían su desgracia antes de cuidarlo.

Castiel hizo lo único que podía hacer en ese caso, pedirle a su padre que cuidara de su chico. Dios era el único que podría cuidarlo en esas circunstancias. Cuando pensaba que Dean no vendría más a su consulta, aparecía en la puerta y entraba como si fuera su casa, permanecía unos momentos con él y luego se iba. Así se repitió varias veces.

El año pasó muy lento. En las vacaciones, Castiel siguió a Dean incansablemente, para protegerlo de todo, en especial de sí mismo. Dean parecía tener un dolor intenso en su interior y estuvo a punto de caer en la droga, sino es por Castiel, quien no lo dejaba obtener la sustancia, porque eliminaba a cada vendedor de drogas que había por el sector. No los mataba, pero los quitaba de circulación, mandándolos a otro estado con su teletransportación y después, le borraba la memoria de todo, antes de volverse drogadicto o vendedores. Una nueva oportunidad, si le preguntan al ángel.

Dean estaba enojado, porque no encontraba las drogas que quería probar. Terminó robando el whisky, que tenía su padre en el pequeño bar de la casa. Se emborrachó en su habitación, sin que Castiel pudiera hacer nada al respecto. Cuando lo encontraron sus padres, lo castigaron y a Dean eso no le hizo mella, sino todo lo contrario. Encontró en el alcohol un medio de escape.

Castiel no entendía qué era lo que atormentaba tanto a Dean, si tenía la vida perfecta que tanto deseaba en la otra vida. Las borracheras en las esquinas, lanzaron algo de sapiencia al ángel. Dean botado, borracho, con frío en esa esquina, comenzaba a balbucear sobre Castiel. Sobre lo idiota que era por no comprender y bla, bla. Castiel comprendió que era su culpa, aunque no entendía toda la razón. Tomó al borracho y lo teletransportó a su casa.

—Dean, debo decirte algo, cuando no estés ebrio te lo digo —le dijo al inconsciente.

Milagrosamente, Dean dejó de tomar y aparecía en la enfermería para ver a Castiel. Era el segundo año y pronto cumpliría quince años.

—Ahora soy mayor, tengo quince —decía ilusionado el chico, adelantando su edad.

—Ya veo, te daré tu regalo de cumpleaños, pero a solas —dijo con enigma el ángel.

Dean sonrió, porque pensó que se trataba de sexo, y anduvo muy contento con esa promesa de cumpleaños. Castiel se atrevió a juntarse con Dean a solas, después del trabajo, en otro lugar. Lo subió al automóvil y lo llevó a las afueras del pueblo, en una cabaña abandonada, que su dueño ocupaba solo en época de caza.

Era muy confortable el lugar, con una vista tranquila del bosque. El interior tenía muebles rústicos, pero bastante elegantes. Una alfombra peluda al frente de la chimenea, apagada, llamaba su atención y le hacía pasarse muchas imágenes pecaminosas por su mente. Estas le hicieron sonreír de forma boba ante la extraña mirada del ángel.

—Este lugar es perfecto —dijo Dean, quitándose la chaqueta.

El chico se sentó en el sofá y se estiró de forma muy seductora. Aprovechó de tocar la textura del mueble, el cual no estaba nada mal. Podrían divertirse ahí sin problemas y sería algo apoteósico, algo demasiado increíble, tanto, que por un momento se bloqueó al tratar de imaginarlo.

—Te traje aquí, porque tengo algo muy importante que decirte —le dijo Castiel.

El bloqueo ayudó a que por un instante, dejara de lado sus pensamientos pecaminosos, y pusiera atención en lo que estaba hablando el objeto de sus deseos.

—No pensaba decirte nada —continuó Castiel—, pero viendo tu forma tan autodestructiva que adoptaste, tengo que hacer algo para enmendar tu comportamiento —explicó.

—¿Qué cosa? —preguntó con curiosidad Dean.

—Soy un ángel —dijo sin más Castiel.

Dean lo quedó mirando con diversión, luego se largó a reír.

—¡Por supuesto que lo eres! —dijo el chico entre risas—. Eres mi ángel.

—Lo soy —dijo Castiel con seriedad.

Dean arrugó el ceño. Castiel concentró su poder y sus alas se proyectaron en la pared detrás de él con estruendos.

—¡Santo Dios! —gimió Dean.

—Exacto, él fue quien nos trajo hasta aquí.

—¿A qué te refieres? ¿Cómo te convertiste en mi ángel? Quiero que me lo expliques con detalles —dijo Dean muy rápido y agitado.

—Por supuesto, será un poco largo de explicar, pero te lo contaré.

Durante varias horas, Castiel le contó todo desde la primera vez que se conocieron en el Infierno. Explicó muchas cosas, sin detalles, solo desde su punto de vista para no hacerlo tan largo, pero hizo énfasis a la vida de cazador tan atormentada que tenía. Después de varias horas, terminó con decirle lo preocupado que estaba, y que por eso tuvo que convertirse en el enfermero del colegio para convertirse en su amigo.

—No tenía pensado hacerme visible, pero no tuve más remedio —concluyó Castiel.

—Espera un momento, ¿ibas a permanecer invisible toda mi vida, sin que yo supiera nada de ti? —preguntó Dean con los ojos bien abierto por la impresión.

—Por supuesto, no quería intervenir en tu vida. Si lo hacía, dejabas de ser normal, lo que siempre quisiste.

—¡Ay, Cas! —exclamó Dean, moviendo la cabeza en forma negativa—. No me interesa ser normal, solo me interesa estar contigo.

—Siempre has estado conmigo, Dean, yo nunca me separaré de ti.

—Lo sé Cas, pero no solo quiero que estés conmigo, quiero vivir contigo. Quiero tener una vida juntos.

Dean lo miró con intensidad.

—¡Oh!

—Sí, ¡oh! —repitió el chico.

—¿Y ahora qué hacemos?

—Tengamos sexo —dice Dean con una sonrisa.

—No podemos Dean, eres menor de edad.

—¿Otra vez con lo mismo? ¿No te bastó esperar cuarenta años, no, espera, cincuenta y cinco años?

—Esperé cuarenta años y tú no querías nada de mí. Puedo esperar tres años más.

—Pues fui un verdadero idiota la anterior vida —dijo Dean con fastidio.

—No digas eso, eras increíble, un gran guerrero.

—Un gran idiota. No sé cómo aguantaste cincuenta años, yo llevo un año y casi me vuelvo loco.

—Fueron más de cincuenta y cinco años, si contamos el tiempo en el Infierno, pero para el caso es lo mismo.

—¡Mierda! Esto es demasiado.

—Lo sé, Dean, por eso me atrevo a pedirte tres años. Tres años que puedes disfrutar como un chico. Después, después puedes adquirir todas las responsabilidades y compromisos que quieras. Por favor Dean, significa mucho para mí —suplicó Castiel.

Dean lo miró en silencio durante largo rato como sopesando el asunto.

—Está bien, Castiel —dijo con seriedad el chico, diciendo su nombre de una forma extraña—. Esperaré pacientemente durante tres años, pero cuando cumpla dieciocho años, te entregarás a mí en cuerpo y en alma. Ese será mi regalo de cumpleaños.

—Por supuesto.

Dean sonrió malicioso.

—Mientras tanto, soñaré todos los días con las cosas que te haré.

Castiel lo quedó mirando, medio preocupado y Dean se echó a reír.

Dean cumplió lo prometido, en todo, menos en el acoso sexual.

—Por si acaso caes antes —explicaba el pillo.

El chico dejó las malas juntas y los malos hábitos. Se dedicó al fútbol y al estudio. Quería ganar una beca deportiva para ir a la universidad y en eso concentró su energía durante los tres años de tortura, en el cual, no tendría a Castiel.

Dean dejó de ir tan seguido a la enfermería, pero apareció otro chico a quien Castiel curó un día de un dolor de estómago. Uno bien lindo, pecoso y pelirrojo. El chico estaba interesado en Castiel y este no le daba importancia. Sin embargo, a Dean no le pareció nada bueno eso y confrontó al pelirrojo de muy mala manera.

—Él no es tuyo para venir a reclamarme nada —le dijo el chico insolente.

—¡Claro que lo es! ¡Él es mío no se te ocurra ni siquiera mirarlo! —exclamó Dean muy agresivo.

—¡Estás loco!

Se fueron a los golpes. Terminaron los dos en la enfermería, siendo curados por Castiel.

—Creí que habías dejado las peleas, Dean —le dijo el ángel.

—Las dejé, pero volví por ti. Este idiota cree que no tienes dueño y lo puse en su lugar —aseguró Dean.

—Oye no soy ningún idiota y Castiel no es ninguna cosa que puedes poseer —reclamó el chico pelirrojo.

—¡Cállate idiota! —increpó Dean.

—¿Sabes? El chico tiene razón. Yo no soy ninguna cosa —razonó Castiel.

—No le des la razón. Mira que después se hace ilusiones —dijo Dean medio desesperado.

—Estás muy agresivo, Dean. Deberías calmarte.

Dean le quedó mirando con el ceño muy fruncido de lo enojado que estaba.

—¿Puedo irme ya? —dice Dean todo molesto.

—Por supuesto.

Dean salió de la enfermería dando trancos largos y golpeados.

—Tú consíguete un novio de tu edad —le dijo Castiel al chico pelirrojo en cuestión.

—Pero…

—Nada de peros.

Eso fue terminante, el pelirrojo se tragó las palabras y dejó en paz la enfermería por un tiempo. Igual veía a Castiel de lejos, pero siguió su consejo y pronto encontró novio para la felicidad de Dean, quien vio un rival menos de quien preocuparse. De todas formas, no debía descuidarse, porque Castiel tenía cara de tonto, pero era muy adorable y un imán para los chicos.

Fin capítulo 6

Hola a todos, aquí un nuevo capítulo de este fic. Gracias por leer y por los comentarios.