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El Amor de un Ángel Inmortal

Por Ladygon

Capítulo 8: Los milagros existen.

La terapista tuvo que calmar a los padres, diciéndoles, que se trataba solo de una etapa de la adolescencia. La etapa de rebeldía se manifestaba de esta forma y la suerte que tenían, porque pudo salir peor con las drogas, el alcohol o la delincuencia. Los padres resignados, decidieron darle tiempo a su hijo hasta que pasara por su "período de rebeldía".

Sin embargo, al cumplir los diecisiete años, seguía con su "período de rebeldía", intacto. Miraba las crucecitas en su calendario y estaba más feliz que de costumbre, aunque nadie sabía la razón, solo Castiel. La promesa de los dieciocho años estaba a la vuelta de la esquina, pero seguía sin hablarle a su madre. La pobre señora estaba enferma de tristeza.

—¿Cuándo le hablarás a tu mamá? —le preguntaba su padre, demasiado preocupado con el asunto.

—Cuando pueda hablar con Castiel.

—¿Castiel?

Había pasado un año y medio del asunto. Su padre olvidó el nombre del conflicto.

—El enfermero —respondió con simpleza Dean.

—¿Todavía piensas en él? —preguntó su padre sorprendido.

—Por supuesto —dijo como si fuera lo más natural del mundo, de la misma forma como pronunciaba su amor esas exactas palabras.

—Mmmmh.

El padre habló con la madre y le planteó el problema. La mujer quedó horrorizada, puesto que, según ella, Castiel jamás volvería a hablar con Dean y eso significaba, que ella tampoco lo haría.

—Quiero recuperar a mi hijo. No me importa si debo suplicarle al señor Castiel que retome su amistad con Dean —dijo la madre desesperada.

—¿Estás segura? —preguntó su marido no muy convencido de ser lo correcto.

—Me estoy volviendo loca. Dean debe estar pasando por lo mismo, si todavía piensa en él.

—No te confundas. Tú eres su madre, el otro solo es un amigo.

—¡Necesito a mi hijo! —clamó desesperada.

—Okay, okay, si quieres yo hablaré con el enfermero —ofreció su marido.

—No, esto debo hacerlo yo —aseguró la madre.

Fue al colegio con los nervios de punta. Encontró a Castiel en la misma posición de hace un año y medio. Sorprendida de ver la misma imagen como si fuera ayer, de la última vez que lo vio, quedó parada en la puerta de la enfermería.

—Señora Verónica, mucho gusto de verla —la recibió Castiel.

—¿Se acuerda de mi nombre? —dijo sorprendida la mujer.

—Por supuesto, usted es la madre de Dean.

Estrecharon las manos y ella estaba más relajada de ver, que por lo menos, la recordaban.

—Vengo a hablar de mi hijo.

—¿Sucede algo con Dean? —preguntó preocupado.

—No, no… es que… —Verónica se puso a llorar.

Era mucho el estrés acumulado por la pobre señora, quien veía a su hijo como una muralla infranqueable, la cual no podía superar. Ella, que lo amaba tanto, su único hijo. Había sufrido demasiado por no tener hijos, luchó, muchos tratamientos de fertilidad, ninguno dio resultado por años. Entonces, dejaron de intentarlo y cuando moría de la tristeza, quedó embarazada de Dean. Su sueño hecho realidad: un hijo adorado, que ahora perdía por terquedad.

—Tranquila, todo estará bien —dijo Castiel, pasándole una caja de clínex.

El ángel sabía de la angustia de la madre sin poder hacer nada, ya que no podía hablar con Dean. Él la veía todos los días de forma invisible en su casa, el dolor causado por su terco hijo.

—Usted me lo dijo y no le hice caso. —Sonó su nariz.

—Dije muchas cosas ese día, pero usted tenía sus razones.

—Pues estaba equivocada. Necesito que retome su amistad con mi hijo, por favor —pidió con todo el corazón y con los clínex en sus manos.

—Por supuesto.

—¿En serio lo hará? —preguntó sorprendida de lo fácil que fue convencerlo.

—Lo haré. No tiene de qué preocuparse, será lo mismo de antes. Todavía hay cámaras y puede verlas cuando quiera, incluso, puede verlas desde su casa si pido…

—Olvide las cámaras, ya las revisé en su oportunidad y sé que aquí, también las vigilan. Con eso me basta.

—Bien.

—No le quito más tiempo —dijo la mujer, levantándose de la silla—. Muchas gracias por acceder a mi petición.

—Un gusto, le diré a Dean que estuvo por aquí.

—Sí, por favor. Hasta luego. —Le dio la mano.

—Hasta luego —respondió Castiel, estrechando su mano.

La mujer sonrió, porque recordó el "adiós" de hace un año y medio. Lo comparó con el "hasta luego" de hoy, y eso le dio tranquilidad, pues todo estaría bien.

Castiel fue a la práctica de fútbol, cuando Dean lo vio, este recibió un pelotazo en la cabeza y cayó al suelo medio mareado. Castiel se acercó para atenderlo.

—¿Estoy soñando, cierto? —le dijo Dean al recuperarse, todavía acostado en el suelo.

—No, Dean, soy yo. Puedes levantarte no fue un golpe serio.

Dean se levantó de un salto y luego tomó a Castiel del brazo para hacerlo a un lado, sin que los otros escucharan.

—¿Qué haces aquí?

—Ve hoy a la enfermería y te explicaré —dijo con ternura el ángel.

Dean abrió tan grande los ojos por la sorpresa, que Castiel se preocupó y volvió a revisar su cabeza con su mojo.

—Estás bien, Dean, ve a jugar. Yo estaré en las gradas, hasta terminada la práctica. Te espero en la enfermería —explica Castiel.

No fue una buena práctica, Dean estuvo todo el tiempo distraído, mirando de reojo a Castiel. Apenas terminó ahí, fue corriendo a cambiarse, ni siquiera se duchó y corrió otra vez, a la enfermería. Castiel lo estaba esperando.

—Hola Dean.

—Cas… —Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

Dean no pudo aguantarse el abrazarlo. Un año y medio fue mucho tiempo para él, sin escuchar su hermosa voz. Sin verlo de cerca, solo en la lejanía de algún juego local, ya que los juegos de visita, Castiel no iba.

—Te extrañé tanto —dijo Dean con el corazón latiéndole a mil.

—Está bien, Dean, ya podemos vernos gracias a tu madre.

—¿Mi mamá estuvo aquí?

Castiel sentó a Dean al otro extremo de su escritorio y él tomó su acostumbrado lugar, detrás del escritorio. Fue así como le explicó la visita de su madre y en qué quedaron de acuerdo. También, tuvo que explicar que la relación volvía a ser como antes. Conversaron sobre dirigirle la palabra a su madre, cómo hacerlo, qué debería decirle, cuidando eso sí, de no hablar de sus sentimientos, ni sus planes futuros con él. Dean en este punto lo sospechaba. Había investigado al respecto durante esos años las condenas de la sociedad, si un menor tenía relaciones sexuales con un adulto y eso podía destruir todo su futuro.

Dean comprendió que el hecho de no ceder en ese aspecto, era más por resguardar su futuro, que el de Castiel. Después de todo, Castiel podía solo desaparecer, pero él no podría. Si quería tener un futuro con su amado, lo cual deseaba con toda el alma, tendría que comerse un año más de angustia por vivir separado de él. Gracias a su madre, ahora podría calmar, un tanto, la desesperación y la impaciencia que le causaba, constantemente esta situación.

Hablar con su madre fue más fácil de lo que creyó. Solo entró a la casa y cuando la vio le dijo "buenas tardes".

—¡Dean! —gritó la mujer.

Corrió hacia él para abrazarlo con fuerza.

—Gracias —volvió a hablar su madre—. Te extrañé hijo.

—Yo también te extrañé mamá. —Dean la abrazó con más fuerza.

Estuvieron por varios momentos de esa forma mientras lloraban juntos. Eran demasiadas emociones juntas. Su mamá lloraba de contenta, pero también estaba afligida de bastante tiempo. El estrés cobró su cuenta, al igual que a Dean.

Las cosas estuvieron bien durante un tiempo. Con la reconciliación de la madre, todo estaba bien, salvo la espera. Dean no creía poder esperar, ni un minuto más, para estar con Castiel. Sin embargo, solo faltaban seis meses, seis meses y sería libre.

Esos seis meses fueron terribles. No solo por la espera, sino porque durante un partido oficial de visita por el campeonato estatal, Dean sufrió una grave lesión en su rodilla. Eso significaba el fin de su carrera deportiva y el fin de los deseos de la beca. Dean se había esforzado mucho en ese partido, porque estaban los cazatalentos viendo, sacando puntos, y estaba seguro de que lo elegirían para alguna universidad importante.

Dean tecleó para detener la jugada del bando contrario, pero con tal mala suerte, que cayó mal. Peor fue cuando todos se abalanzaron sobre él y este sintió crujir la rodilla de una forma extremadamente, dolorosa. Cuando lo sacaron del montón de personas, supo que la rodilla estaba mal, muy mal. Él era valiente, aguantó el dolor intenso casi rompiendo su lengua. No dejó que le quitaran la rodillera, pues la sintió por encima del protector y supo que tenía un hueso salido.

—¡No me toquen, traigan a Castiel! —dijo Dean como pudo.

Castiel no pertenecía al equipo médico y estos insistían en revisarlo. Dean amenazó, gritó y peleó así como estaba con la rodilla hecha polvo. La sangre chorreaba por entremedio de los protectores.

—¡Quiero a Castiel! ¡No dejaré que nadie más me vea! —gritó el chico.

Eso fue definitivo. El árbitro del encuentro decidió que hicieran lo que les pedía el jugador, porque estaban perdiendo demasiado tiempo.

—Debemos sacarte de la cancha, ¿aguantarás? —le dijo uno del equipo médico.

Dean contestó, afirmando con la cabeza varias veces. Al subirlo a la camilla, gritó tan fuerte que casi se desmayó. Controló todo lo que pudo su conciencia para no perderla mientras las lágrimas cubrían su rostro. Por entre ellas vio a Castiel, quien venía hacia él corriendo.

—Tranquilo Dean, estarás bien —le dijo el ángel.

Nunca en su vida lo vio como lo que era de forma tan presente: su ángel. Tuvo ganas de sonreír, pero el dolor no lo dejó.

La camilla fue dejada por orden de Castiel en la enfermería del estadio. Después, obligó a que los dejaran solos, bajo las protestas del equipo médico y el preparador físico.

—Si le pasa algo a ese joven, tú tendrás la culpa —le dijo el preparador físico antes de cerrar la puerta.

Castiel le pasó una toalla.

—Muerde esto, necesito descubrir la herida para sanarla —le dijo Castiel.

Dean hizo lo que le pedía y fue buena idea, porque apenas la descubrió, él gritó con mordaza puesta. Castiel puso la palma de su mano sobre la herida. Dean tenía una fractura expuesta y el hueso salía de su rodilla como si fuera un palo quebrado. La sangre salía a borbotones cuando la luz de la mano de Castiel comenzó a curarlo. Dean veía entre las lágrimas cómo el poder del ángel actuaba de forma milagrosa.

El alivio fue casi inmediato. Su pierna quedó perfecta y Dean se vio sorprendido, flexionándola.

—Cas… eso fue… increíble…

Dean quiso salir de la camilla, pero Castiel no lo dejó.

—Perdiste mucha sangre y tienes algunos daños internos. Espera.

Puso dos dedos en su frente, como siempre vio que hacía en su consulta. El alivio fue mágico, quedó como sobre nubes.

—Cas, no sé qué hiciste, pero me siento fabuloso.

—Limpiaré la sangre de la enfermería. No creo que debas seguir jugando por ahora, trata de cojear, porque sospecharán si te ven tan bien.

—Tienes razón, pero los cazatalentos.

—Quedan más partidos por la fecha, ahí lo demostrarás. Mientras tanto, te haré un vendaje.

—No lo necesito —dijo saltando de la camilla.

—Dean.

—Lo sé, lo sé, hazme el vendaje y prometo cojear.

—Bien.

Dean incluso tomó unas muletas.

—Para hacerlo más real —guiñó un ojo a su amado.

—Tampoco exageres.

El equipo médico quiso revisarlo, pero Dean aseguró que estaba bien. Volvió a la cancha cojeando, ayudado por las muletas y se sentó en el banco de los suplentes. Desde ahí animó a su equipo para sorpresa de todos.

Ganaron el partido, después de todo, ya ganaban cuando fue herido. Castiel tenía razón como casi siempre, habría más oportunidades con los cazatalentos. Las tuvo en los encuentros posteriores a la fecha del campeonato. En cuanto a su rodilla, pudo engañar a todos al darle una importancia menor a la que fue. En tres días estuvo en condiciones de jugar sin problemas y prepararse para el próximo partido.

La realidad fue que tuvo suerte, pues Castiel fue ese día al partido. Castiel solo iba a los partidos de local, o sea, los jugados solo en su colegio, pero ahora que podían verse con un poco menos de restricción, tomó la iniciativa de acompañarlo también a los partidos de visita. El hecho que se encontraba en ese estadio cuando sufrió el accidente, fue pura suerte. En otra oportunidad, sin Castiel, la herida no podría taparla por lo grave que era. Quizás hubiera terminado siendo intervenido en el hospital y fin de su carrera deportiva.

—¿Me hubieras sanado si me hubieran operado? —preguntó Dean, aludiendo a las circunstancias.

—Por supuesto, Dean —dijo Castiel con seguridad.

—Difícil explicar eso —aseguró el chico.

—Milagro de Dios y todo explicado —dijo con simpleza Castiel.

Dean lo miró divertido y luego se largó a reír.

—Eres muy práctico después de todo —concluyó Dean, limpiando sus lagrimitas de risa.

Castiel no supo a qué se refería con eso, pero sonrió igual.

Fin capítulo 8

Hola a todos, aquí un nuevo capítulo de este fic. Gracias por leer y los comentarios. Queda poco para que Dean cumpla los dieciocho años XD Estoy igual que Dean, poniendo crucecitas en el calendario.