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El Amor de un Ángel Inmortal
Por Ladygon
Capítulo 12: Sin ti, no hay Paraíso.
Así estuvo durante un tiempo indefinido, donde el tiempo y el espacio no tenían leyes. Castiel era feliz después de todo, aceptando lo que era. Sin embargo, un sentimiento en su interior clamaba pequeño, como una gotera de llave, insistente, duradero. Esa gota de agua tenía un nombre: su nombre era Dean.
La gota persistente, hacía un eco sonoro en su paraíso como ondas expandidas en la superficie de un lago. Perturbaba su pequeño universo de paz de forma sutil pero efectiva. A veces, Castiel olvidaba que estaba ese fallo, y pasaba su tiempo feliz en ese paraíso sin recordar nada. Pero entonces, sucedía que la gota cruzaba, fugazmente, la cabeza del ángel y Dean volvía a ser un tema para él y volver a perderlo, como un ciclo.
Hasta que un día, sucedió, lo perturbó totalmente, sacándolo de su paz espiritual. La voz clara de Dean traspasó su alma:
"Cas, vuelve, no me dejes solo, prometiste estar conmigo en mi cumpleaños".
Dean estaba llorando:
"Hoy es mi cumpleaños. Mentiroso…"
Más llanto.
Castiel recordó el trato hecho con él hacía años atrás y su paraíso colapsó. No podía estar en aquel paraíso, si tenía otro en la Tierra. Debía cumplir con ese primero.
—Lo siento Dean, lo olvidé.
—¡Cas! —chilló Dean con sus ojos llenos de lágrimas— ¡Cas!
Y lo abrazó en la cama. Castiel respondió al abrazo y dio cuenta que estaba todavía en el hospital. Solo que ahora tenía una máquina a su lado. Un tanto confundido, recordó que la mamá de Dean le llevó un regalo por la tarde en la víspera de Navidad. Debió quedarse dormido hasta la mañana siguiente, pero él no dormía.
Castiel incorporó a Dean por unos momentos, tomándolo de los antebrazos.
—Hoy es Navidad, tu mamá me trajo ayer un regalo, pero tú eres mejor regalo que el libro de medicina —dijo Castiel con una sonrisa cansada en su rostro.
Dean lo miró con cara de pena y sus lágrimas siguieron cayendo por sus mejillas.
—¡Tonto!... ¡Hoy no es Navidad! ¡Es mi cumpleaños!
Y se puso a llorar a mares para volver a abrazarlo con fuerza.
—¿Eh? —Ahora sí, que Castiel no entendió nada—. Dean, tranquilo, por favor deja de llorar no me gusta verte así. Dime qué pasó.
Le costó un tanto hacer que Dean parara de llorar. Luego, logró tranquilizarlo unos instantes.
—Estabas muerto —dijo Dean sorprendiendo a Castiel.
Dean hizo un puchero, que amenaza de nuevo el llanto.
—Eso es imposible. Yo no puedo morir —le respondió Castiel.
—Pero si estabas muerto —explicó el chico—. No respirabas y estuviste con la máquina conectado para mantener tus signos vitales.
—Dean, no entiendes. Soy un ángel y por eso soy inmortal. Mis signos vitales los simulo de mi recipiente humano.
—No tenías signos vitales de ningún tipo y te desconectaron de la máquina, porque llevabas así un mes. Hice todo lo que pude para evitarlo, pero no me dejaron. Sabía que había una pequeña posibilidad de que volvieras, porque eres un ángel, pero no pude evitar llorar cuando el doctor dijo que estabas muerto y que debía desconectarte —volvió a explicar con lágrimas en los ojos.
—¿Quieres decir que estuve un mes… muerto? —preguntó Castiel.
—Sí, tonto. Estábamos esperando un milagro. Que despertaras antes del mes, porque era la fecha límite para desconectarte de la máquina para respirar.
—Entonces, ¿de verdad es tu cumpleaños? ¿El número dieciocho?
—Sí, Cas. —Y una sonrisa deliciosa apareció en el rostro sonrojado de Dean a causa del llanto.
—Tienes dieciocho años —dijo Castiel como no creyéndolo— Lo siento Dean, no sé qué pasó, pero te deseo un feliz cumpleaños.
—Sí, Cas, y reclamaré mi regalo de cumpleaños.
—¡Oh! Te compraré uno —dijo un poco desilusionado Castiel de no tener nada a mano que darle.
—No me refiero a ese… recuerda… la promesa…
Castiel abrió los ojos por la sorpresa, recordando a qué se refería el chico con esa cara de ansias.
—¿Todavía lo quieres?
—Pero qué pregunta, pues claro que lo quiero —respondió Dean, aun limpiándose las lágrimas con las manos.
Castiel empequeñeció los ojos.
—¿Y tu novia no se enfadará?
—¿Qué? ¿Cuál novia? —preguntó Dean muy confundido.
—Tu compañera de universidad.
—¿Vicky? No, ella no es mi novia. Solo estudiamos juntos.
—¡Oh!
¿Acaso todo era un mal entendido, quien creyó que Dean haría su vida normal con una chica de su especie? Definitivamente, estaba ahora confundido con toda la conversación. Ni siquiera tenía noción del tiempo y eso era extraño en él, pues tenía millones de años en su cuerpo sin problemas.
—Perdona, Dean, estoy algo confundido con todo. —Castiel se agarró la cabeza.
Dean se inclinó hacia él.
—¿Te sientes mal, Cas?... Traeré al médico —dijo, haciendo el ademán de salir de la sala.
—No, espera. No tiene sentido ir a buscarlo, recuerda que no soy humano.
Dean se quedó parado en medio de la habitación.
—Lo sé Cas, pero debemos hacer algo. Debemos llamarlo igual, porque estabas muerto. No hagas eso nunca más —suplicó.
En eso entró una enfermera en el cuarto y al ver a Castiel sentado en la camilla, la bandeja que tenía en la mano cayó, estruendosamente, al suelo.
—Despertó cuando lo desconectaron de la máquina. —Trató de explicar Dean.
—Traeré al médico —dijo la enfermera y salió volando.
De más está decir que, el revuelo en el hospital fue bastante grande cuando supieron del milagro. El médico determinó, después de un análisis exhaustivo, que efectivamente, Castiel estaba con muerte cerebral, y era uno de los pocos casos donde el paciente despertaba después de desconectar el respirador mecánico. No pudo dar más explicaciones, porque estaba tan desconcertado como todos, por eso se programó una investigación sobre el caso. Investigación que Castiel tenía cero ganas de participar.
—Quiero salir pronto del hospital —dijo Castiel.
Sin embargo, no querían dejarlo ir. Fue cuando Verónica apareció después de estar junto a su hijo en el hospital ese día tan importante.
—Es mejor que lo dejen ir, sino quieren que interponga una demanda por negligencia médica —informó la mamá de Dean.
Palabras mágicas, pues así lo dejaron ese día en observación y al día siguiente lo soltaron, por decirlo de algún modo. Castiel estaba sorprendido con todo el trámite que hizo Verónica. Esta se aseguró que lo dieran de alta y partió, antes que ellos, a su casa con misterio.
—Vamos a mi casa —dijo Dean a Castiel una hora después—. Todavía estás convaleciente y juntos con mis padres, te ayudaremos.
Castiel no iba a permitir eso, pues tenía su propia casa y además, estaba bien.
—No es necesario. Debo volver al departamento e ir al colegio —dijo Castiel.
—Cas, hace más de un mes que estás en el hospital de gravedad. No creo que tengas tu departamento.
—¿A qué te refieres?
—Deben haberlo alquilado otra vez.
—¿Estás diciendo que me quitaron el departamento?
—Es posible.
Castiel sintió extraño cuando vio que lo que le decía Dean era verdad. El hombre que le alquilaba se mostró, sumamente sorprendido de verlo parado ahí delante suyo.
—Pensé que había muerto —le dijo el hombre.
—Es obvio que no —respondió Castiel.
El sujeto le devolvió sus pertenencias, las cuales tenía en un saco y eran muy pocas por la vida austera que llevaba el ángel. No había habitaciones disponibles y por eso se fueron del lugar.
—Dean, no puedo quedarme en tu casa —informó Castiel.
—Pero, ¿por qué?
—Están tus padres, no quiero molestar.
—No molestarás.
—Estoy bien. Solo necesito un nuevo lugar donde vivir.
—Está bien, Cas, buscaremos un nuevo lugar, ¿qué tal mi departamento?
—¿Tienes un departamento? —preguntó extrañado.
—Claro, vivo cerca de la universidad.
Cayó como tonto, pues era el departamento que nunca vio por dentro, ya que siempre le hacía la guardia de lejos, fuera del edificio cuando cuidaba de Dean.
—Queda muy lejos del trabajo —pensó Castiel.
—Tienes licencia. No tienes que trabajar por un tiempo.
Eso era cierto, la licencia médica se la dieron por tres meses, por las posibles recaídas que podría tener, considerando que resucitó, literalmente hablando. Dependiendo cómo evolucionaba, podía extenderse dicha licencia, es lo que le dijo el doctor.
—Entonces me quedaré un tiempo contigo.
—¡Fabuloso! —chilló Dean, lleno de alegría.
Castiel sonrió al ver a Dean tan feliz. Hace mucho tiempo que no veía una sonrisa sincera en ese rostro tan adorado. Dean estaba radiante, hermoso como siempre le pareció, pero que esa sonrisa lo hacía irresistible.
—Te extrañé mucho —le dijo Castiel de improviso.
—Yo te extrañé más.
Se quedaron viendo con intensidad. Estaban en las afueras del complejo de departamentos. Castiel tenía su saco en una mano y en la otra la tenía vacía. En un instante Castiel vio a Dean encima de él y cuando se dio cuenta, este lo estaba besando en plena calle peatonal a vista y paciencia de todo el mundo. Castiel abrió grande los ojos y se separó de inmediato de Dean.
—¡Qué haces Dean! —Miró hacia todos lados y la gente pasaba por su lado como si nada.
Estaba seguro que más de alguno los vio, besándose.
—Es peligroso, no lo vuelvas a hacer —regañó Castiel asustado.
—No, ya no es peligroso y lo volveré hacer.
Dean volvió a besarlo, pero esta vez lo agarró del cuello y lo atrajo hacia él ¿Cómo que no era peligroso? Un menor de edad no podía estar besa… Entonces cayó en la cuenta: Dean ya no era menor de edad, sino adulto con dieciocho años recién cumplidos el día de ayer. Eso, lo que hacían en plena calle, era legal y nadie podría detenerlo, ni siquiera él, si era Dean quien quería besarlo.
Castiel alzó su mano desocupada y lo rodeó de la cintura, luego cerró los ojos para disfrutar de ese exquisito beso tan esperado. Lo disfrutó todo lo que pudo, porque no sabía si iba a recibir otro, por eso lo aprovechó al máximo. El beso prolongado por la necesidad llegó a su fin y vio a Dean lamerse los labios con lascivia descarada. Castiel sintió un algo extraño en la boca del estómago, que había sentido en contadas ocasiones en el pasado, muy en el pasado.
—¿Vamos a mi casa? —dijo Dean insinuante.
El ángel movió afirmativamente la cabeza medio mareado con las sensaciones. Se dejó guiar de la mano por la calle, algunos transeúntes los saludaban sin ninguna sorpresa. Eran exalumnos del colegio o alumnos, Castiel los había visto antes, pero no recordaba en específico el nombre de ellos.
—¡Lo sabía! ¡Un gusto verlos!, y a usted Sir, me alegro de verlo repuesto de su enfermedad —dijo el joven de la misma edad de Dean, al parecer excompañero de grado.
—Gracias —respondió escueto.
Dean se puso a conversar con su conocido y le contó sobre sus estudios mientras el otro contaba de su trabajo en la floristería. Llevaba un ramo de rosas rojas en las manos.
—Estas son para ustedes —dijo, dándole el ramo a Castiel.
Castiel las tomó en las manos como un acto de reflejo en vez de quererlas en realidad.
—¿No tendrás problemas por eso? —preguntó Dean.
—Nah, qué bah. Eso sí… —. Hizo un movimiento rápido y le quitó la tarjeta que traía el ramillete—. Nadie las merece más que ustedes.
—Gracias Archie —dijo Dean.
Luego se despidieron, y el chico se fue gritando "¡Lo sabía!" por todo el camino.
—¿Qué sabía? —preguntó Castiel confuso.
Dean rio divertido y su risa sonó maravillosa. Por fin, su deseo de estar con Castiel sin que nadie pudiera separarlos se cumplía.
Fin capítulo 12
Hola a todos. Aquí de vuelta de mis vacaciones. Extrañé escribir y quedé un tanto oxidada, así que costará arrancar los motores.
Primer capítulo del 2018. De verdad espero que este año sea mucho mejor que el anterior u.u ¡Feliz Año Nuevo a Todos!
