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El Amor de un Ángel Inmortal
Por Ladygon
Advertencia: Lemon.
Capítulo 17: Nos volveremos a encontrar.
Para comenzar, tuvieron una idílica luna de miel con lo mejor de la gastronomía caribeña. Dean disfrutó la playa y adquirió un hermoso tono bronceado a diferencia de Castiel, quien por más que estuvo al sol, no se tostó ni la nariz.
Así lo adoraba. Estaba lindo, radiante y muy sexy, pese a no lograr ningún color en su piel, pero por eso mismo se veía demasiado diferente en ese lugar, demasiado exótico. La mirada no lo dejaba de seguir en todas direcciones hasta que Castiel lo quedaba mirando también con curiosidad.
—Sabes algo, ¿nunca pensé que me mirarías de esa forma? —confesó Castiel.
—¿Mirarte cómo?
—Así, de esa forma como mirabas a las chicas en el bar.
—¿Cuál bar? ¿Estás hablando del otro Dean? Mmmmmh, ¿sabes? Si mi otro yo no hubiera sido tan idiota, a esta altura estaría muerto de celos.
Castiel lo miró extrañado.
—¿Celos de ti mismo?
—Ese ya no soy yo, yo soy yo —dijo recalcando las últimas palabras.
—No entiendo.
Dean sintió la impotencia subir por todo su cuerpo como si fuera un volcán a punto de la erupción. No aguantó más, y tomó a Castiel por el cuello para darle un beso tan fogoso, al frente de toda la playa, que lo dejó sin aliento.
—¿Ves? —dijo Dean cuando lo soltó para poder respirar— ¿Acaso el otro Dean sería capaz de hacer esto?
Castiel ahora estaba impresionado con lo dicho por su amor.
—No hay razón para esto, Dean.
—Sí, sí la hay, te lo demostraré todas las veces necesarias.
Muestras de cariño a pleno día eran un tanto vergonzosas. Castiel igual se preocupaba de mantener las cosas tibias hasta que estuvieran a solas. Dean insistía en mostrar su amor no solo a él, sino a todo el mundo, pero en realidad eso no era necesario, tampoco, importante. Ellos dos podían vivir una vida de amor sin eso, porque la intimidad entre ellos en un lugar donde estuvieran los dos solos, no tenía comparación.
—Cas, Cas, te amo demasiado.
Dean besaba con desesperación a Castiel en la cama. Tocaba por todas partes y los dos cuerpos desnudos movían sus extremidades en busca de contacto. Dean encima de él se detuvo de improviso.
—Yo también te amo Dean.
Castiel todavía era un poco torpe en sus habilidades amatorias, pero aprendía rápido.
—Ven quiero tenerte dentro de mí —le dijo el chico.
El ángel detuvo los besos y lo quedó, mirando preocupado.
—¿Quieres que yo…?
Dean lo miró con amor, sonrió para luego asentir con la cabeza.
—No creo que… —empezó a decir Castiel.
—Te quiero adentro. Quiero sentirte dentro de mí.
Castiel lo miró con intensidad, luego puso la palma de su mano derecha en el corazón de Dean. Este abrió los ojos al sentir su corazón latir como loco.
—Dean, yo ya estoy dentro de ti —declaró el ángel con una sonrisa.
Dean guardó silencio. La mano de Castiel bajó y en su lugar subió la mano de Dean para posarla en su propio pecho. Al sentirlo, el asombro brilló en lo profundo de sus orbes verdes.
—Por eso, por eso necesito… quiero demostrarte cuánto te amo —declaró esta vez Dean.
—No es necesario…
Dean se sentó en las caderas de Castiel, sintiendo la dureza entre sus piernas y lo besó.
—Lo es —insistió el chico.
Metió dos dedos en la boca del ángel e hizo que los chupara por completo. No dejaron de mirarse a los ojos. Dean retiró los dedos para llevárselos a su trasero y lubricarse. Antes que Castiel dijera algo, lo silenció con un beso. Después de eso, los dos se dejaron llevar por el placer.
El rostro de Dean al cabalgar a Castiel era exquisito. Balanceaba su cuerpo con sensualidad, dejando hipnotizado al ángel.
—Cas… Cas…
Volvió a besarlo junto con jadeos agónicos.
—Casssss… —susurró.
Castiel lo abrazó y en un impulso rodó junto con él sin deshacer la unión. Agarró las piernas de Dean y las puso en su cintura, acomodando al chico bajo su cuerpo. Lo besó, besó a Dean con desesperación, luego comenzó a embestirlo.
Con lentitud lo hacían, Dean sonrió al ver la iniciativa de su ángel, quien estaba encima de él, embistiéndolo como nunca pensó verlo, salvo en sus fantasías más calientes, donde Castiel lo tomaba sin control. La sonrisa desapareció cuando comenzó a quejarse de placer.
El jadeo se hizo más alto, casi en los gritos, a medida que Castiel aumentó el ritmo. Golpear el culo de Dean era su próxima droga o eso creía, porque las emociones sentidas en su ser eran demasiadas intensas. Dean hacía burbujear sus emociones, las cuales eran difíciles de mantener a raya cuando las alteraba. Con el tiempo Castiel logró controlarlas para cumplir su misión. Muchos años estuvo con esa depresión casi agónica, que lo convirtió en una sombra de Dean. Había perdido su poder y las emociones autodestructivas casi lo acabaron, pero al aceptar sus sentimientos por Dean sin esperar nada a cambio, logró sanar. Desde entonces, trataba de no acercarse mucho a él para no desatarlas y lastimarlo.
No quería lastimarlo, pero ahora, en el calor intenso del sexo, quería abrazarlo hasta hacerlo pedazos, una sensación bastante paradójica, vale decir, si al mismo sentía ganas de protegerlo, amarlo, besarlo.
—Ah… sí… Cas… fóllame.
El chico ya deliraba y hablaba incoherencias, pero Castiel siguió sus órdenes, porque quería satisfacerlo también. Además, estaba tan lindo, que lo siguió follando duro. Lo tomó en un abrazo casi asfixiante y se restregó sobre él hasta que el otro comenzó a temblar. Las lágrimas de Dean rodaron por las comisuras de sus párpados.
—Dean…
—Estoy bien Cas… no te detengas… por favor…
Dean abrió las piernas de par en par para que siguiera. Fue entonces, que supo a lo que se refería cuando decía querer demostrarle su amor. Y es que el otro Dean, jamás hubiera permitido esto, es decir, jamás se hubiera dejado tomar de esta forma. Ese conocimiento lo enterneció al punto de otro beso, esta vez quedo, saboreando con lentitud e incluso, pasando la lengua por las lágrimas de Dean.
El chico no aguantó otro segundo, pegó un grito y convulsionó. Su semen derramado, resbalando ambos cuerpos en fricción, solo fue un aliciente para que nublara el poco juicio de Castiel, y lo embistiera con fuerza desmedida, hasta explotar dentro de Dean.
Cansados, quedaron estirados uno al lado del otro con una sonrisa sin igual. Dean estaba un poco averiado producto de la fuerza angelical de Castiel, así que este decidió aplicar un poco de su mojo para aliviarlo. El resultado fue al instante.
Otro y otro beso. Besos al sol y a la luz de la luna, tuvieron de todos esos tipos en su estadía a la nueva vida juntos. Castiel estaba impresionado con las nuevas sensaciones que experimentaba cada día con Dean y pensaba que estaba en el Cielo. De alguna forma misteriosa había creado ese Cielo perfecto, estaba dentro de este y había muerto. La sensación de eso era muy fascinante. Sin embargo, del otro lado, no quería morir, no todavía. Tomaría su tiempo y disfrutaría cada momento con su chico de ojos verdes.
Así se convirtió en otro tipo de guardián. Uno con participación en la vida del chico. Siendo ahora su esposo, tenía ciertos privilegios como el poder ir a buscarlo a la salida de la universidad sin que nadie lo mirara feo. No es que alguien lo hubiera mirado feo antes, pero se sentía con el derecho de estar ahí casi con orgullo. Dean salía corriendo del edificio para abrazarlo y besarlo en frente de todos. Castiel sonreía por inercia con el corazón hinchado de tanta felicidad.
Pensó que no podía ser más feliz hasta que vio como esos momentos se multiplicaban con el tiempo, en diferentes formas, estilos y situaciones. La felicidad aumentaba a medida de pasar los años. Eso fue muy sorprendente de experimentar, pues pensaba que las cosas se enfriarían en algún momento. Dean podía cambiar de idea, se iría con otra persona y todo volvería a ser como antes. Pero, al contrario de eso, Dean se veía cada vez más enamorado con los años venideros.
Cuando Dean recibió su título universitario y salió al mundo laboral, no había ángel más orgulloso que él. Compraron un departamento en las afueras de Nueva York. Ahí vivían felices sin preocupaciones. Dean trabajaba y Castiel era voluntario en un hospital. Incluso, tuvieron un gato, algo impensable en la vida anterior. A Castiel le gustaba el minino de ojos ambarinos, a Dean no tanto, pero le gustaba ver a su ángel junto al felino y decidir cuál de los dos era más adorable: Castiel ganaba en esa categoría.
La vida se veía hermosa, pues Castiel era bastante querido en el hospital, muy apreciado por sus colegas, teniendo fama de que su presencia sanaba el alma cuando en la realidad era él, que de vez en cuando, posaba sus dedos en alguna frente enferma.
El trabajo de Dean rindió sus frutos y no les faltaba para darse algunos lujos como salir todos los fines de semana a pasear. Iban a cenar fuera a restaurantes, no tan caros como debería ser a su estatus, pero era que Dean le gustaba la comida chatarra así que iban a los mejores lugares donde la servían. También paseaban por los parques, porque a Castiel le gustaban mucho, e incluso se iban de campamento al bosque o a la montaña, según ellos para pescar, pero solo se encerraban en la carpa y follaban como locos.
Cuando volvían al mundo real, seguían follando, turnándose, pues debieron recuperar el tiempo perdido de cinco años. A decir verdad, lo recuperaron con creces, pero el amor solo crecía y los deseos también. Todos esos deseos fueron satisfechos durante los años venideros.
Solo había un problema: el tiempo.
Dean envejecía, Castiel, no. Tarde o temprano, el tiempo los alcanzó, aunque demoró mucho gracias a la longevidad de Dean, quien siempre parecía joven no importando la edad que tuviera. Cuando pasaba esto, cambiaban de ciudad y a veces de nombres, trabajo, algo difícil.
Pero habían vivido toda una vida juntos. Muchas alegrías, como también tristezas, como cuando murió Víctor, el padre de Dean. Ahí estuvieron juntos llorando las penas.
—Me reconforta saber que no sufriré nunca tu muerte —dijo ese día Dean al frente de las tumba de su padre.
Verónica fue la última en morir. Ella ya sabía el secreto de esos dos. Castiel tuvo que decirle, pues lo encaró y debió contarle sobre su naturaleza angelical, pero no le dijo nada sobre reencarnaciones, al igual como le contó al detective. La reacción de la anciana fue muy diferente al detective, Verónica no se mostró sorprendida con la revelación.
—Entonces, me puedo ir tranquila. Tú lo cuidarás siempre —le dijo Verónica.
—Sí —respondió Castiel.
Cuando los padres de Dean se fueron, se fue una parte muy importante de sus vidas. Sabían que tarde o temprano la muerte pisaría sus talones.
—Quizás en la próxima vida, yo sea una mujer y podremos tener hijos —ilusionó un viejo Dean.
—Está prohibido crear nephilims.
—No seas aguafiestas.
Dean ya estaba en sus sesenta, pero se veía de cincuenta. Castiel pintó un poco su pelo de blanco, así que no pasaban tan mal. Hasta que el tiempo ya los pilló y por más que el ángel pintara sus cabellos, era evidente que parecía su hijo en vez de su esposo.
—Cas, no te preocupes por eso. Podemos seguir viviendo juntos como padre e hijo hasta que me vaya —le dijo su amado Dean.
Esas palabras sonaron el principio del final y Castiel sintió revolver su estómago. La cara se le desfiguró y Dean comprendió lo que pensaba el ángel.
—Volveremos a estar juntos, Cas, por toda la eternidad, nos reencontraremos.
—Seguro.
Sin embargo, ese "seguro" no era tan certero por parte de Castiel. Las vidas humanas tenían diferentes caminos al ser recorridos y nada aseguraba que la siguiente vida sería para ellos dos. Castiel estaba más consciente de esto que Dean, pero no quiso explicarlo para no perturbar a su humano. Después de todo, de una cosa estaba seguro, una cosa que Dean había dicho y que era muy cierta. Los dos volverían a estar juntos, no importa cuánto pasara, se volverían a reencontrar más veces, por toda la eternidad.
Castiel sonrió con esa verdad.
—Por supuesto que sí, Dean —respondió, ahora, seguro.
Así sucedió, pero no la siguiente vez. Castiel tenía razón en que no sería todas las veces. Dean encontró a Sam y a Castiel, o Sam encontró a Dean, ¿o acaso fue Castiel quien los encontró primero? No supo muy bien cómo sucedieron los hechos. Estaba un poco confundido al seguir a Dean hacia su otra vida que perdió la pista y tuvo que buscarlo. No lo encontró, pero encontró una niña pequeña, casi un bebé, muy hermosa de cabello castaño claro, largo, con ojos verdes. Al principio pensó que era Dean reencarnado en una chica, pero se dio cuenta que era Sam. Era tan bella que parecía una muñeca de porcelana fina.
El ángel permaneció con la niña de forma invisible, durante un tiempo. También se volvió su amigo imaginario, pero podía controlar el asunto perdiéndose de vez en cuando, en busca de Dean, hasta que un buen día, Sam dejó de verlo. Eso era natural, solo los niños lactantes o en edad prescolar, podían verlo, de ahí en adelante pudo seguir a su lado de forma invisible, sin problemas a que lo viera. Así la cuidaba.
Cuando a Sam le tocó entrar al colegio, a primaria, estaban todos los niños afuera con sus padres y a lo lejos, divisó a otro niño que venía hacia ellos. El corazón de Castiel se detuvo.
—Hola —dijo el niño.
—Hola —dijo la niña.
—Soy John, seré tu compañero de clases.
—¡Cool! Mary —dijo la niña, estirando la mano.
Así esos dos se volvieron inseparables. Castiel permaneció al lado de las reencarnaciones de Sam y Dean sin dejarse ver. Era difícil, pero ya tenía suficiente experiencia, experiencia que se afinaba con los años.
Fin capítulo 17
Uy, vamos con la próxima reencarnación ¡Por fin apareció Sam! Como buena ship Destiel adoradora de Sam, no podía dejarlo afuera ¿Sorprendí? XD
