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El Amor de un Ángel Inmortal
Por Ladygon
Capítulo 18: Una sombra guardiana.
En esta vida, Castiel sería el guardián de ellos dos y los vería por fin, como una familia feliz y normal como siempre quiso ver a Dean. Verlos juntos de esa forma, a Sam y a Dean, fue una experiencia maravillosa. Desde su amistad infantil y su noviazgo de años, hasta el matrimonio. Con la venida de los hijos, Castiel pensó que ya no era necesario vigilarlos con tanto ahínco, vendría de vez en cuando para verlos.
Así partió a sus rondas matutinas de antes, en tiempo de los originales hermanos Winchester, donde trataba de hacer el mayor bien que pudiera a otros, mientras permanecía en el mundo. Ayudaba a las personas y de vez en cuando, volvía donde su familia especial a ver como estaban, la cual crecía con orgullo. Eran tres niños los que tenían: dos niños y una niña. Castiel pensó que si se demoraba otro tiempo más, los chicos tendrían un nuevo bebé, pero no se quedó a verificarlo. Además, debía salir de ahí para que el mayor de los niños, Jonas, lo olvidara como amigo imaginario.
Pasó un tiempo viajando por todo el mundo, recorriendo diferentes lugares, haciendo el bien. Decidió volver con sus chicos, porque algo tironeaba de él y no podía estar separado de ellos. No habían tenido más bebés, los niños crecieron como la hierba y estaban preciosos como gemas.
Pero algo no estaba bien en esa familia feliz. Decidió quedarse un tiempo para observar la dinámica de la familia y vio que John y Mary estaban un tanto alejados. Creyó que era algo natural, después de todo ahora trabajaban ambos y cuidaban a tres hermosos niños, demasiados ocupados como para verse el uno al otro. Se veían decaídos y cansados, poco cariñosos ¿Qué había pasado?
Se mantuvo cerca de Dean, no lo dejaba por ningún motivo. Se veía solitario, pero pronto, poco a poco, comenzó a cambiar de humor. Después de eso, decidió no separarse más de la familia, aunque era peligroso para él a causa de los niños pequeños que podían verlo.
La pequeña Daisy tenía menos de un año y ya le sonreía. Al menos Dean no pasaba mucho en casa. ya que trabajaba todo el día. El pequeño Samuel ya hablaba, decía algunas cosas y trataba de conversar con él.
—¿Con quién hablas, Sammy? —le decía su mamá.
Era extraño que hubieran elegido ese nombre, si se suponía no tenían recuerdos de su otra vida. Ninguno de ellos podía recordar, ni la anterior vida, o la anterior de la anterior, como en el caso de Dean. Aquí todo comenzaba otra vez de cero, pero aun así, terminaron con nombres de antaño: Sam se llama Mary y Dean se llamaba Jhon, para terminar, a uno de sus hijos le pusieron Samuel. Castiel, realmente, estaba sorprendido con esto, aunque el hecho de que esas almas se juntaran en esta vida para vivirla juntas, no le sorprendía en lo más mínimo. Dejando eso de lado, el niño que trataba de señalarlo a él, también se parecía demasiado a Sam.
—Con él —decía el niño, apuntando con su manita en su dirección.
Castiel se escondía detrás de Dean y al final el chico quedaba apuntando a su papá. Jhon quedaba sospechoso con todo el asunto, e incluso, preocupados de que el niño estuviera alucinando con sus amigos imaginarios. El matrimonio decidió llevar al niño al sicólogo, Castiel comenzó a preocuparse de eso, parecía que la historia se repetía, así que decidió desaparecer otra vez de la vida de la familia hasta que las cosas se calmaran un poco. Además, ya no estaban tan mal, la felicidad había vuelto con esplendor y era amor por todos lados. La pareja, completamente enamorada, hacía el amor, se querían y adoraban a sus niños como los primeros momentos de su matrimonio, así que no era necesario estar con ellos por el momento.
Decidido, volvió a desaparecer por otro tiempo. Por lo menos hasta que los niños fueran lo bastante grandes como para no verlo de forma invisible y contrajera consecuencias al convertirse en amigo imaginario de por vida de ellos como le había pasado con Dean en la otra vida. Desapareció un año, fue el tiempo máximo de soportar sin ver a su familia.
Volvió, cuidando de no presentarse ante los niños. Esta vez se presentó ante Dean de forma invisible en su lugar de trabajo.
La fábrica de automóviles donde trabajaba Dean era de lo más futurista. Los humanos llevaron la tecnología a ciertas cosas de su vida diaria, en especial, en los automóviles, pero aun haciendo eso, deseaban la mirada nostálgica de los clásicos, cosa que Dean se encargaba y lo hacía a las mil maravillas.
Había una secretaria que le hacía ojitos a Dean y este respondía con un guiño sugestivo, el cual Castiel conocía bastante bien como para saber que ese guiño venía con intensión. Eso dejó asustado al ángel, puesto que cuando Dean tenía una pareja estable se le quitaba lo mujeriego, o eso pensaba. Ahora veía otra faceta de él que no conocía ¿Acaso cuando vivió con él, también le fue infiel?
No tenía pruebas de eso, salvo unos cuantos guiños, quizás solo era una cosa sin intención. Esperaba que fuera así. Y esperó. Dean salió con la chica a un motel, eso no era buena señal para nada. Castiel los acompañó todo el camino, sin despegarse de Dean.
—¿Sucede algo? —le preguntó la chica.
—N-no… —dijo Dean misterioso.
Castiel frunció el ceño, quizás era el sentimiento de culpa por lo que estaba a punto de hacer, pero el humano se veía incómodo, nervioso. Dentro de la habitación, la chica comenzó a desvestirse y a desvestir a Dean. Lo besaba en todas partes y acariciaba. Dean parecía responder, pero tenía la mente en otra parte. Castiel suspiró con pesadez quiso desvanecerse, no quería ver eso.
Sin embargo, Dean tuvo un impulso repentino. Se separó con rapidez de la chica. Castiel quedó asombrado.
—Lo siento, no puedo hacerlo —dijo Dean.
La chica quedó con cara de circunstancia.
—¿Estás bromeando? —preguntó la chica.
Dean hizo una cara angustiada. Tomó su chaqueta y salió del cuarto medio desvestido. Castiel lo siguió hasta su automóvil, donde abordó el asiento del copiloto.
Iba manejando desaforado por la carretera rumbo a su casa, adelantándolos a todos como un loco al volante. Castiel decidió ayudarlo un poco en esto, porque se podía matar si seguía así. De hecho le dio miedo de que se lastimara.
"Tranquilo Dean, lo hiciste bien" —dijo Castiel más al aire que para Dean. Pero este de alguna manera lo escuchó, cosa que era imposible por su estado de invisibilidad en que se encontraba.
Dean bajó la velocidad y se fue más calmado hasta su casa donde su amante esposa y pequeños hijos lo esperaban ansiosos. El beso de su esposa le hizo justicia a su belleza arrebatadora, incluso Castiel sonrió al observarlo al igual que los niños.
El último bebé de la familia tenía cuatro años, tiempo suficiente para olvidar a un amigo imaginario, o al menos eso creía él. No tuvo problemas para continuar al lado de la familia sin hacerlos sospechar de su presencia.
La paz, tranquilidad y felicidad volvieron como si nunca se hubiera ido. Eso tenía muy orgulloso a Castiel. Seguía a Dean por todas partes como si fuera su sombra y en verdad que mimetizaba con aquella compañera ¿Y ahora qué haría?
Era obvio que debía mantener esa situación hasta la muerte de Dean y el salto a su próxima vida. No había razones para intervenir de alguna forma. Dean era feliz, al igual que Sam, en un mundo normal donde él podía permanecer al lado de ellos sin problemas, aunque una parte de él deseaba compartir con ellos, no estaba desesperado, ni triste. Sabía que habría otras oportunidades para disfrutar y con su paciencia, lo lograría.
Sin embargo, con el tiempo, Dean comenzó a fijar su mirada hacia la nada. Castiel se dio cuenta de eso casi el mismo día que comenzó a hacerlo, porque se sobresaltó de que lo estaba mirando a él, pero pronto se dio cuenta que no. Dean, definitivamente, no podía verlo, solo era una especie de pensamiento fugaz en su mente.
Estos momentos no eran frecuentes, pasaban una vez al mes, quizás, y eran fugaces, después estaba como si nada. Seguía su vida en el trabajo, sus hijos, esposa y pasatiempos. Castiel tenía que aguantar no poder tocarlo cuando lo tenía tan cerca, tan solo junto con sus pasatiempos. Quizás pasarle la llave de tuercas cuando arreglaba el automóvil.
—Pásame la llave de tuercas —dijo Dean una vez, de improviso.
Castiel miró para todos lados, exaltado de que no hubiera nadie para pasarle la herramienta.
—¡Oh! —exclamaba Dean cuando notaba que estaba solo.
Tomaba la llave de tuercas y seguía como si nada.
Estas peticiones al aire se hicieron frecuentes, al igual que la vista perdida. Afortunadamente, o lamentablemente, (no sabía qué era mejor) la familia no se daba cuenta de esto. Y así pasó un tiempo, dónde Castiel lo chequeaba continuamente, durante las noches para ver si estaba enfermo o no.
Durante esos chequeos nocturnos, Dean se despertó una noche y quedó mirando hacia la nada otra vez. Castiel quedó inmóvil, casi sin respirar, por mantener su invisibilidad ante el hombre. Después se durmió.
Los chicos comenzaron a crecer y pronto abandonaron el nido. Dejaron a sus padres y fueron a la universidad. Dean y su esposa, la reencarnación de Sam, siguieron con su rutina diaria de trabajo, casa. A veces paseaban por ahí o se daban un gustito, pero eran muy fanáticos del trabajo y pasaban su mayor tiempo trabajando. Ella como abogada tenía casos que ocupaban la mayor parte de su tiempo, incluso su tiempo libre, porque era feliz con su trabajo y era muy buena también en lo que hacía. Él pasaba tiempo en la fábrica, pero su horario era fijo, así que volvía a la hora que correspondía y esperaba a su esposa, pacientemente, viendo la televisión algún programa basura sobre doctoras y enfermeras.
Sin embargo, pese a la soledad, Dean se veía feliz y relajado, sin preocupaciones y eso tranquilizaba a Castiel, quien siempre, siempre, estaba preocupado por él. Castiel lo acompañó durante años en su rutina diaria cuando Dean estaba entrando a la mediana edad. Los hijos tenían sus propios hijos, Dean era abuelo, el abuelo John.
Castiel se escondía cuando venían los nietos pequeños, ya que podían delatarlo, pero estos solo estaban una tarde o pasaban un día, luego se iban, porque vivían en otro estado. El ángel volvía a su lugar, al lado de Dean. Es extraño, pero siempre después de estas visitas, lo encontraba un tanto alterado y siendo regañado por su esposa. Después, se calmaba como por arte de magia y él nunca se enteraba cuál era en realidad el problema con Dean.
Cierto día, en que Dean veía la TV, comenzó a hablar al aire. Castiel se asustó.
—Sé que estás ahí —dijo Dean—. No sé por qué no me hablas. Quizás no sepas nuestro idioma, ¿es eso?
Castiel tuvo el impulso irresistible de responderle a su amado, pero en el instante mismo de abrir la boca, recordó que Dean tenía toda una vida hecha. Estaba casado, con esposa, hijos y nietos. Pronto jubilaría y se dedicaría a recorrer el mundo en un eterno crucero de amor junto a su esposa, nada menos que la reencarnación de su adorado Sam. No podía arruinar eso. En vez de responderle, se fue.
Desapareció por unos meses. Meses muy desesperantes, porque no supo qué pasó con Dean después de eso. Quedó a la deriva y solo pensó en volver con la esposa, pues esta pasaba gran parte de su tiempo en el trabajo, así no vería a Dean, pero lo tendría en la mira por medio de su esposa.
Castiel encontró a la abogada en su despacho trabajando en un caso. Se mantuvo invisible a su lado durante casi todo el día. Después, no quiso seguirla hasta su casa y permaneció en ese lugar al otro día para seguir al lado de Mary.
Pasó la noche en el bufete de abogados, deambulando por todo el lugar hasta que volvió la abogada. Castiel tomó un lugar en una esquina y la observó con cuidado al igual como lo hacía en su niñez. La mujer era demasiado hermosa, debía serlo si era la reencarnación de Sam. De otra forma, no tenía ningún sentido.
La vio conversando con una compañera suya y el nombre de su esposo salió de sus labios. Castiel se acercó a escuchar la conversación de las mujeres.
—Cada día está peor. No sé qué hacer —dijo ella.
—Lo siento, ¿en serio no tiene cura?
—Los doctores no saben todavía el diagnóstico. Hablan de esquizofrenia, pero esta no se presenta tan tarde…
Castiel sintió moverse la tierra a sus pies.
—… También puede ser Alzheimer y ese es demasiado prematuro… —volvió a destacar la mujer.
—¡Pobre John!
Castiel sintió que se le abría el piso y lo tragaba la tierra.
—Sí, pobre —repitió la esposa—. Está en el hospital para el diagnóstico.
—¿Estás sola en casa, entonces? ¿Por cuánto tiempo? —preguntó su compañera.
—Dos semanas, deben hacerle pruebas.
—Podemos ir a tu casa entonces, con las chicas, así te acompañaremos.
—Me encantaría, serían de gran ayuda —dijo con voz triste.
El ángel quedó desesperado en saber sobre Dean y si la esposa no lo llevaba, ¿cómo iba a encontrarlo? Siguió de cerca a la mujer, quien se veía cansada. Quizás la idea de tener visitas en la casa no era buena, con lo cansada que estaba podría sufrir algún colapso o algo por el estilo.
La mujer recibió a sus amigas o compañeras de trabajo y estas fueron bastante útil al momento de recolectar información sobre el estado de salud de Dean. Incluso, supo la dirección del lugar donde lo tenían. Castiel no perdió tiempo y se dirigió a ese lugar en un aleteo.
Revisó todo el edificio, pero fue muy triste encontrar a Dean en un cuarto incomunicado con camisa de fuerza. El cuarto estaba acolchado y este se mecía balbuceando cosas que no lograba entender. Entró en la celda y se puso cerca del hombre.
—Vendrás… ven… drás… —balbuceaba.
Castiel no supo a qué se refería, pero debía tocarlo para poder mejorarlo de esa enfermedad. Miró si había alguna cámara y tuvo que dejarla inútil con su poder, creando un corto circuito. De esta forma, se materializó para tocar la frente de Dean. El hombre cuando se dio cuenta de que tenía al frente a esa persona, lo miró con ojos muy abiertos y lúcidos, no como estaban perdidos hace unos instantes.
Fin capítulo 18
Hola todos, aquí la vida con Sam. Ya estamos casi al final de esta historia. Gracias por leer y comentar.
