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El Amor de un Ángel Inmortal

Por Ladygon

Capítulo 19: La palabra siempre significa eternidad.

Castiel se apresuró en tocar la frente del hombre para desaparecer rápido de su vista, pero cuando lo tocó, vio que no había nada que curar. Dean estaba completamente sano.

—¡Lo sabía! ¡Sabía que vendrías! —chilló feliz el hombre.

—Dean… —escapó el nombre de sus labios.

—¿Quién es Dean? ¡Espera, no desaparezcas, por favor!

Castiel no iba a desaparecer, sino que a borrar la memoria de Dean para que no lo recordara en el movimiento, pero con la petición se quedó estático.

—Necesito hablar contigo —dijo el hombre.

El ceño fruncido del ángel lo dijo todo. Retiró su mano de la frente de Jhon sin terminar su cometido.

—¿Quién eres?

—Castiel.

—Lo sé, de alguna forma lo sé, pero, ¿qué eres?

—Soy un Ángel del Señor. Tu ángel.

El hombre maduro pestañeó varias veces.

—¿Te refieres al Ángel de la Guarda o algo parecido?

—Exacto.

—¿Y por qué me dejaste, entonces?

Castiel se sorprendió de la pregunta.

—¿Cómo sabes eso? Se supone que no puedes verme.

—Te veo ahora, antes solo te sentía —aseguró el hombre.

—¿Cómo es eso?

—Sentía tu presencia a mi lado. Una energía cálida que me abrazaba y reconfortaba siempre. Hasta que comenzaste… dejarme… el hielo era insoportable.

—¿Cuál hielo? —preguntó confundido y curioso.

—El vacío de tu ausencia.

Castiel quedó en silencio un par de segundos, tratando de razonar lo que dijo el hombre. Lo que era demasiado doloroso para ser verdad.

—¿Desde cuándo sientes eso? —dijo el ángel.

El hombre pareció hacer memoria del hecho.

—Creo que la primera vez que lo sentí, fue cuando Jonas tenía dos años. Si lo pienso mejor, Jonas te estaba viendo como su amigo imaginario y por eso desapareciste, ¿no?

—Es correcto —afirmó Castiel.

—Okey, eso lo entiendo y concuerda con las otras desapariciones en las edades de mis hijos, pero la última vez, no debiste. Mis hijos están grandes, no era necesario.

Castiel estaba sorprendido con todo lo dicho por el hombre, porque las cosas sucedieron así como lo dijo él.

—Al contrario, es el momento en el cual debería ausentarme más.

—¿Cómo? ¿Por qué? —preguntó el hombre asustado.

—Porque viene tu retiro y tendrás tiempo para disfrutar con tu esposa, estos últimos años de tu existencia.

Dean arrugó la nariz.

—Pero eso no debería afectar en ninguna forma tu estadía. Digo, no afecta que estés con nosotros como siempre lo has estado.

—Afecta si tú puedes percibirme.

—Esas son excusas. Hace poco no sabías que podía sentirte. No es la verdadera razón, ¿cuál es?

Y ahí estaba la pregunta que Castiel no quería responder ni en mil años. No podía explicar tanto cuando ese hombre, era el hombre de sus vidas pasadas y futuras. Si decía algo al respecto, esta vida, la cual no le tocó vivirla con él, podía convertirse en un infierno por el resto que le quedaba. Planeó, entonces, seguir con poca información.

—Has hecho tu vida como corresponde, ya no me necesitas —aseguró el hombre.

—Eso no es verdad, yo te necesito. Te necesito a mi lado.

—¿Por qué? —preguntó confundido Castiel.

—Porque sin ti me siento vacío —respondió con voz triste el hombre.

Castiel abrió grande los ojos. Eso no debería pasar si tenía a la reencarnación de Sam a su lado, con hijos preciosos y una gran vida normal.

—Tienes todo lo que necesitas para ser feliz. No te entiendo —dijo el ángel.

Un pequeño silencio.

—Yo tampoco me entiendo. Así vivo —confesó el hombre.

Castiel lo miró fijamente y el hombre también lo miró. Estuvieron un rato perdidos en los ojos de cada cual, pero la reencarnación de Dean no aguantó y retiró su vista avergonzado.

—Está bien —concluyó el ángel—. No me alejaré de tu lado, pero debes volver con tu familia.

Los ojos del hombre se iluminaron.

—No me verás ni escucharás, pero estaré ahí. Siempre estaré ahí —declaró Castiel.

El hombre dio una hermosa sonrisa que encogió el corazón del ángel, pues nunca lo vio tan Dean como ahora lo hacía.

—Eso… creo que me bastará —dijo el hombre.

Castiel pestañeó un par de veces con confusión y luego desapareció antes los ojos del hombre, quien exhaló un profundo y sonoro suspiro.

Tres días después, el hombre volvió a su hogar con un ángel invisible a sus espaldas. Fue una recuperación casi milagrosa. Comió, durmió, respondió coherentemente en sus sesiones siquiátricas, tanto así, que lo diagnosticaron con un cuadro depresivo atípico. Le dieron el alta con la condición de que lo monitorearían constantemente, y si volvía a tener algunos de los síntomas debía volver al hospital.

Su esposa dio fe en ello y entraron a la casa con un nuevo aire de esperanza. No solo por parte de la pareja, sino también por parte de Castiel, quien esperaba que las cosas se normalizaran para la felicidad de sus humanos complicados.

La primera noche en casa, el hombre durmió en el cuarto de su hijo mayor. Su hijo no vivía con él, sino en California junto a su nuera y su nieto. Venían de vez en cuando a verlos, en realidad a todos sus hijos solos los veía en Día de Acción de Gracias. Castiel veló su sueño, como lo hacía antaño con el antiguo Dean, ese que sacó de la perdición y tenía pesadillas constantes sobre el infierno, las cuales aplacaba con su poder. El ángel fue el guardián de sus pesadillas sin que Dean lo supiera nunca.

Las dos noches que precedieron a esta, hizo lo mismo y vio con satisfacción, que durante el día, el hombre estaba relajado. La vida con su esposa volvió casi a la normalidad, incluso durante el desayuno se tomaron de las manos.

Esa noche fueron los dos a la alcoba principal. Los esposos se abrazaron y eso alegró al ángel, pero luego los ojos del hombre se fijaron en él mientras seguía abrazando a la mujer, así que miró para atrás.

Atrás de él estaba la ventana, así que quizás el hombre vio algo que le llamó la atención, pero no había nada. Así que volvió su vista a él, quien ya no miraba, sino besaba a su esposa y fue cuando Castiel decidió salir de la habitación para dejarlos solos. Se alegraba de que sus humanos volvieran a estar juntos como debía ser. Trataría de mantenerlos estables, en buena salud, hasta el día en que partieran a su otra vida.

Ese día los seguiría, como lo haría por toda la eternidad.

Lo cierto es que todo comenzó a arreglarse. Sus humanos estaban felices, estables y con el tiempo, al humano complicado, lo dieron de alta. Así planearon un viaje juntos, unas vacaciones en un crucero. Al ángel esto le pareció buena idea y estaba pensando en dejarlos solos para que pudieran compenetrarse. No conocía los cruceros, él solo sabía que eran barcos por los folletos que estaban encima de la mesa. Parecían divertidos, muy hermosos, como edificios flotantes.

—¿No te irás a ir? ¿Verdad?

Eso lo asustó. Dio la media vuelta y ahí estaba parado frente a él su humano favorito de todos los tiempos.

—¿Puedes verme? —preguntó extrañado Castiel.

—Solo a veces.

Eso era increíble, por no decir imposible.

—Más que verte, puedo sentir tu presencia. No se te ocurra irte, por favor —dijo el hombre avanzando hacia él.

Castiel lo miró sorprendido y se hizo visible. La humana estaba en el mercado, así que tenían unos minutos antes de que regresara, cinco, para ser exacto, ya que había pasado su tiempo antes de marcharse.

Cuando lo vio materializarse, el humano retuvo el aliento con una sonora exclamación.

—Eso no es posible. Solo puedes verme cuando yo me materializo como ahora hice.

—Ya veo. Ahora te veo —dijo el hombre de mediana edad con fascinación.

Castiel empequeñeció los ojos e inclinó la cabeza hacia un lado en actitud de no entender nada. El hombre sonrió con felicidad.

—No entiendo —concluyó el ángel— ¿Puedes verme? ¿O no?

—Te veo. Estás igual que esa vez en el hospital.

—Yo no envejezco.

—¿Siempre has sido así? —preguntó con curiosidad el hombre.

—¿Así cómo? ¿Te refieres a esto? —dice tomando las solapas de su abrigo—. No, este solo es mi recipiente. Mi verdadera forma no es visible para los humanos.

—¿Tú recipiente?, pero parece humano.

—Sí, bueno, poseí a un humano, pero este ya murió y me quedé con su cuerpo. Es una historia larga de contar. Puedes decir que tengo apariencia humana.

—Ah, entiendo… creo… que es una buena apariencia.

—Gracias —dijo con sinceridad el ángel.

Una dulce sonrisa apareció en el rostro del humano.

—¿No te irás? ¿Cierto? —volvió a preguntar el hombre.

La insistencia le dio curiosidad. Generalmente, cuando su Dean insistía en algo, había razones ocultas muy fuertes como para descubrirlas.

—Irán de vacaciones. Es bueno para fortalecer la relación —explicó el ángel.

—Lo sé, por eso lo hacemos, pero no quiero que te vayas.

—¿Quieres que los acompañe en las vacaciones? —dijo extrañado.

—Por favor —suplicó el hombre con una devoción que no pareció adecuada.

—¿Por qué?

De verdad tenía curiosidad de saber.

—Porque no puedo vivir sin ti. Sin tu presencia.

Esa respuesta lo dejó paralizado en su lugar sin saber qué hacer o qué decir. El hombre aprovechó el aturdimiento del ángel y se acercó a él para tocarlo. Cuando sintió esas manos en su rostro despertó y dio un paso hacia atrás.

—Espera —dijo asustado Castiel.

—Quiero estar contigo —le contestó el hombre.

—Estoy contigo, siempre lo estaré, pero no en esta vida.

—¿Cómo? ¿A qué te refieres?

Perfecto, ahora debería explicarle todo, aunque no quería hacerlo en verdad.

—Debes confiar en mí. Estaremos juntos, te lo prometo, pero no en esta vida. Ahora debes disfrutar lo que tienes. Es bueno y lo sabes.

—Lo sé, pero te extraño demasiado —confesó el hombre.

—Estoy aquí, nunca me he ido y nunca me iré.

La sonrisa de ese rostro fue tan maravillosa que el ángel por un instante vio el rostro de Dean, del antiguo Dean sonreírle con ese rostro pecoso con esa sonrisa que tenía solo para él. Castiel suspiró.

—Está bien, iré con ustedes, pero promete que te divertirás y serás feliz.

Su humano movió la cabeza, repetidamente en forma afirmativa, con esa sonrisa de alegría pícara. La marca Dean Winchester cuando se salía con la suya.

—¡Claro!

—Bien.

Desapareció lo más rápido que pudo, porque tuvo la sensación de que el humano se le lanzaría en cualquier momento. Este episodio dejó al ángel muy nervioso. Aquí ya no sabía cómo actuar, porque si la reencarnación de Dean estuviera solo, él simplemente, aparecería en su vida para compartirla con él como lo hizo la primera vez. En cambio, ahora estaba con otra persona y no podía interrumpir esa felicidad.

Y esa era la razón principal: el hombre es feliz. Tal como estaba, era feliz, se le veía feliz y andaba feliz. Si Castiel interrumpía esa felicidad, sabía que el equilibrio logrado por la pareja desaparecería, como desapareció cuando el hombre fue internado.

Además, él podía esperar. Tenía miles de millones de años en su cuerpo angelical, así que unos cuantos no eran problemas. Sabía esperar y Dean, el alma de Dean, debía aprender a esperar. Sería difícil para un mortal lograr eso, pero Dean ya no estaba en la categoría de mortal. Es cierto que moriría en cada vida, pero su condición de rencarnar cada vez, lo volvía un ser inmortal y como tal, debía aprender a tener paciencia. Saber esperar las oportunidades, volver a empezar, vivir con gusto cada instante y tener esperanzas de que la próxima vez, será una aventura mucho mejor que la anterior.

Eso mismo hizo cuando los acompañó al crucero. También fue una bonita experiencia en el barco grande. Disfrutó los espectáculos en la noche, miró las personas felices, vio esos hermosos paisajes, salvó uno que otro pasajero de morir por una enfermedad terminal, pero lo mejor de todo, fue ver a sus humanos favoritos disfrutar con felicidad ese viaje.

Castiel sentía paz con todo en ese momento.

Dean estaba llegando a la tercera edad, al ocaso de su vida y se veía pleno. Es cierto que en esta vida no estuvieron juntos, pero no podían tenerlo todo siempre, había que disfrutar lo que les tocaba y en este tiempo tocó esta vida que no estuvo tan mala.

Así cuando la reencarnación de Dean agonizaba en la cama, muchos años después, rodeado de su esposa, hijos y nietos, tuvo un último deseo que su familia no entendió, pero respetó.

—Quisiera quedarme un minuto a solas —pidió con un hilo de voz tranquila.

Su familia se retiró en silencio con los ojos llorosos. Cuando la puerta se cerró, Castiel supo que tenía que hacerse presente.

—Hola —dijo el ángel.

Los viejos y cansados ojos del hombre brillaron.

—Estás igual de hermoso que la última vez que te vi.

—Yo no envejezco, soy inmortal.

—Sí, lástima que yo no lo sea.

Sonrió con tristeza.

—Eres inmortal, Dean.

—¿Cómo me llamaste?

—Dean, ese es tu verdadero nombre.

—Acaso también soy un ángel ¿O lo fui?

—Nunca has sido un ángel, siempre fuiste humano, el mejor de todos, pero eres inmortal, porque tu paso en esta vida es transitoria —explicó el ángel.

—¿Quieres decir que volveré a nacer?

Castiel afirmó con la cabeza.

—¿Y te volveré a ver? ¿A sentir tu presencia? —preguntó con ansiedad.

—Depende. —No alcanzó a ver la desilusión del hombre, porque siguió hablando—. También puede que nos juntemos y tengamos una vida juntos, así pasó en tu anterior vida.

Dean abrió grande los ojos y sonrió con alegría.

—¿En serio?

—En serio.

Un silencio inundó la habitación.

—Ven acércate —le ordenó Dean.

Castiel cumplió la orden y se sentó en el borde de la cama para tomar su mano entre las suyas.

—No tengas miedo, Dean, yo estaré como siempre para cruzarte por el umbral.

—No tengo miedo, Cas, solo quería verte de cerca.

Castiel sonrió como solo él sabía hacerlo para Dean, y a su vez, el otro hombre devolvió la sonrisa con la misma emoción.

—¿Nos vamos a otra aventura, entonces?

—Por supuesto —respondió Castiel.

El ángel tomó el alma humana, su alma humana para cruzar las puertas de la muerte hacia la siguiente reencarnación. Esa alma estaba más brillante que nunca, tan hermosa y poderosa. Adoraba su calidez sin condiciones.

Al atravesar el umbral, supo que esta vez, tendrían una vida juntos. Una vida plena, llena de felicidad. La sola convicción de esto lo hizo emocionarse. Así que cuando se vio otra vez en el mundo humano comenzó inmediatamente, su búsqueda por el alma de Dean. Debía buscar por todos los rincones de la Tierra esa brillante alma.

La encontró en su cunita y ella lo reconoció de inmediato con una enorme sonrisa en su lindo rostro sonrojado. Castiel se llenó de ternura con este hecho. Quedó tan embobado, que dos días después, descubrió que el bebé en la cunita era niña, no niño.

Por primera vez en todas las reencarnaciones pasadas, sucedía esto, pero si le pasó a Sam, no había razón para que no le sucediera a Dean. Eso fue una revelación extraña, aunque no molesta. La niñita desde el inicio podía verlo como todos los niños pequeños y supo que no podría mantenerse al margen en la vida de ella, porque ya lo había intentado antes sin resultados. Así que decidió quedarse con la niña hasta que ella decidiera qué quería hacer.

No pasó mucho tiempo hasta que la niña impusiera su voluntad como buena alma Winchester. Quería rebelar a su amigo imaginario: al ángel Castiel. Castiel tuvo problemas con convencerla de que debían mantener el secreto hasta que estuviera más grande y pudieran ser amigos de verdad.

—Está bien —dijo la niña con decisión—. Pero debes casarte conmigo.

Castiel lo pensó un instante, sabía que cualquier otra opción con esa alma estaba fuera de discusión.

—Me casaré contigo cuando tengas dieciocho años —dijo Castiel y recordó la primera reencarnación de Dean.

—¡Eso es mucho tiempo! —chilló la niñita.

También recordaba eso y sonrió tan hermoso, que la niña pecosa de cinco años quedó pasmada en su lugar.

—El tiempo pasa rápido y yo siempre estaré a tu lado.

La niña sonrió, aunque no entendió la implicancia, ni la profundidad de lo dicho por el ángel, intuyó un futuro maravilloso al lado de ese ser tan increíble.

La chica estaba, infinitamente, en lo correcto.

Fin.

Hola a todos, llegamos al final de este fic. Gracias por esta aventura. Lo escribí sin saber a dónde me llevaría y me sorprendió el resultado. Espero que disfrutaran este Infinity!Destiel.