Un temblor imperceptible a los ojos de los demás lo recorrió al colocar una última rosa roja sobre el sepulcro de su amada.
El observar los pétalos carmesí le hizo pensar que, tal como ésa flor se marchitaría con el paso de los días, sin Serena, quizá su tristeza y la soledad tendrían el mismo efecto sobre su ser.
Darien se mantuvo firme ante la tumba de su esposa, a pesar de sentirse destrozado por dentro.
Para un sufrimiento como el suyo no había consuelo, no lograba imaginar más alegría en su futuro que la que le traería el final de su existencia.
¿Cómo iba a soportar despertar cada día sin sentirla junto a él?
¿Qué sentido tendría volver a su hogar tras cada jornada, si ella no estaría ahí para recibirlo con una sonrisa?
¿Dónde encontraría la fuerza para continuar, si con ella se habían ido su voluntad y esperanza?
No tenía respuesta a tales incógnitas.
La sensación de estar perdido, atrapado en un laberinto sin salida, era, irónicamente, la única certeza en ése momento.
… … …
A la mañana siguiente, al contemplar el otro lado de la cama vacío, una súbita angustia lo obligó a cerrar los ojos al instante.
Deseó con todas sus fuerzas que se tratara de una pesadilla.
Dejó pasar los segundos.
En aquél silencio, su agitada respiración, a la par del latido de su corazón, llegaban a él como un estruendoso grito, recordándole que seguía vivo.
Dolorosamente vivo.
Sin embrago, tenía que seguir adelante, se lo debía a Serena, a sí mismo.
En éste preciso momento no sabía cómo lo conseguiría, pero, llegar a esa conclusión era un inicio.
Cuando finalmente se levantó de la cama, ya su sentido común había tomado las riendas.
Se preparó para ir al hospital.
El mundo a su alrededor no se detenía sólo porque su paraíso particular hubiera desaparecido.
Su trabajo sería, a partir de ahora, su refugio.
Se apresuró a salir de casa.
Difícilmente podría seguir llamándole hogar si su amada no se encontraba ahí.
Cada rincón, cada detalle, estaba impregnado de ella.
Los recuerdos felices no eran ya sino fantasmas que lo acechaban y atormentaban.
Así, al no tener otro motivo, Darien convirtió a su profesión en la razón de su existir, volcó su tiempo y energías en ella, tratando de escapar de un pasado que lo lastimaba y de un futuro vacío en el que no quería pensar.
Absorto en su rutina, los días pasaron uno tras otro sin mayor importancia para él.
Con indiferencia, vio las semanas convertirse en meses, y por propia decisión, perdió la noción de todo aquello que fuera ajeno a ése nuevo mundo inocuo que había creado, aunque eso significara alejarse de su círculo de amistades, y excluir de su memoria incluso el recuerdo de aquél amor perdido.
Como un acto de supervivencia, sus sentimientos y su pena quedaron enterrados, al igual que su esposa. Porque hasta pronunciar su nombre dolía, quemaba como las llamas del mismo infierno.
En el infierno, ahí se sentía Darien cada vez que alguien le daba el pésame y le decía palabras de consuelo, que por bien intencionadas que fueran, jamás lograban su cometido. En cada ocasión en la que algún amigo en común le contaba alguna anécdota de la maravillosa mujer que había sido Serena, y luego terminaba al borde del llanto diciendo que "lamentaba su pérdida".
Había escuchado eso tantas veces que a estas alturas le parecía tan común como un "buen día".
Él sabía la magnitud de su dolor y su pérdida.
Sólo él conocía realmente a su esposa, quien, sí, era maravillosa, no perfecta, como su muerte parecía hacerla ver a los ojos de los demás.
Si bien no era el único que sufría con su ausencia, sólo él volvía a casa y se encontraba con un lecho vacío cada noche.
Nadie más sabía lo que era extrañar la calidez de sus besos, la ternura de sus caricias ni la pasión de su entrega, ni necesitaba de su compañía, sus abrazos y de sus sonrisas casi tanto como respirar.
Parte de él había muerto con ella, la mejor, a decir verdad.
Y eso nadie más podía verlo o quería admitirlo.
… … …
Como de costumbre, Darien prolongó lo más posible su jornada en el hospital.
Solía trabajar hasta el punto del agotamiento, una táctica que resultaba efectiva para acabar el día prácticamente con la mente en blanco, y por ende, sin pensar en aquello que lo entristecía.
Pero ésa noche el cansancio no sería su aliado.
En el instante en que cruzó la puerta del departamento, lo supo.
Hoy no podría evadir sus fantasmas.
Ante el aniversario luctuoso de su esposa, cualquier intento de aparentar indiferencia era inútil.
No podía ignorar, por mucho que se esforzara, que llevaba trescientos sesenta y cinco días sin gozar de su presencia, sin iniciar sus mañanas con sus besos, sin tomar juntos el primer café.
Doce largos meses sin estrecharla entre sus brazos al dormir.
Cincuenta y dos tortuosas semanas sin contemplar su angelical belleza durante las noches de insomnio.
En resumen, llevaba un año en franca y cruda agonía.
Tendría que haber visitado su tumba.
Era el pensamiento culpable que lo asaltaba, y el cual esperaba borrar con whisky, vino, tequila… o lo que fuera que encontrara en el minibar.
Con determinación, tomó una de las botellas sin siquiera mirar la etiqueta, pero, antes de darle el primer trago escuchó el sonar del timbre.
Maldijo entre dientes.
Quien quiera que fuera, había elegido una pésima ocasión para visitarlo, y estaba más que dispuesto a hacérselo notar.
Cuando vio quien estaba tras la puerta, el desconcierto lo hizo olvidar su enfado, al menos cinco segundos.
¿Seiya Kou?... ¿Qué demonios hacía ahí?
- ¿Vienes a confirmar que sigo con vida, o con la esperanza de hallarme muerto?
Le espetó Chiba a Kou.
- Ni lo uno ni lo otro. Aunque, puedo dar fe de que tu sentido del humor apesta como un cadáver podrido.
Seiya entró, sin esperar a que le cediera el paso, ignorando por completo el sarcasmo implícito en la pregunta.
- Oye, puedo acusarte de allanamiento de morada, ¿sabes?
- Bien, demándame. Pero antes, invítame un trago. Una copa de vino no se le niega a nadie.
Mientras decía esto, Seiya se dirigía al minibar al fondo de la sala.
Para cuando Darien llegó a su lado, tras cerrar la puerta, él ya había tomado una botella de vino tinto de reserva y se servía en una fina copa de cristal cortado.
- ¡Siéntete como en tu casa!
Exclamó con mal disimulado disgusto.
-Gracias, qué amable de tu parte.
Como era habitual en ellos, la cordialidad rayaba en lo agreste, así que Darien se enfocó en poner fin lo más rápido posible a la poco grata visita.
- ¿Me dirás de una buena vez qué haces aquí?
- Vine por Bombón.
Fue la simple respuesta.
Como si ésas tres breves palabras pudieran despejar cualquier duda.
El joven médico se limitó a guardar silencio, dedicándole a su visitante una mirada cansina, considerando mentalmente las opciones: Rebatir su falta de lógica, o callarlo de un puñetazo.
El que mencionara a Serena como si nada hubiera pasado le resultaba en verdad exasperante, y como si no tuviera ya suficiente, multiplicaba su dolor infinitamente.
¿Sería ésa su intención, su venganza encubierta?
- ¿Cuándo dejarás de hablar de ella como si estuviese viva?
Soltó, sin más.
Seiya dio otro sorbo a su copa, y con parsimonia, colocó la delicada pieza de cristal sobre la barra de madera oscura, y lo miró a su vez, con seriedad y un atisbo de reproche.
- ¿Y cuándo dejarás tú de pretender que no te afecta su ausencia?
Darien apretó la mandíbula, tratando de hallar paciencia en medio de una situación que se le antojaba absurda.
- Un duelo dramático y lacrimógeno no cambiará nada, no la regresará a mi lado.
- Te aseguro que tu indiferencia, por muy bien ensayada que esté, tampoco hará que te sea menos doloroso.
¡Esto sí que era el colmo!, pensó Darien con fastidio.
- ¿Y desde cuándo te importa a ti lo que pueda o no sentir?
La barra del bar los separaba, pero eso no le impediría ponerle las manos encima si insistía.
Ya visiblemente molesto, Darien continuó.
- ¿Acaso te importó cuando trataste de conquistarla?
- Vaya, ni siquiera eres capaz de pronunciar su nombre.
Señaló Kou, guardando para sí un "¿Tanto te duele?", pues no hacía falta una respuesta.
- Si eso es lo único que captas de lo que acabo de decir, entonces tienes un serio problema de atención.
Le dijo con burla en su voz, y prosiguió.
- Ya que has sacado el tema, dime, ¿cómo has lidiado tú con su pérdida?... Claro que, no hay punto de comparación, ya que nunca fue tuya.
- Touché.
Seiya se sirvió otra copa y la bebió de un solo trago.
Si Darien quería pelea, la encontraría, aunque no fuera ésa la razón por la que estaba ahí, en primer lugar, había sido ingenuo de su parte esperar algo diferente, dadas las circunstancias.
Como si se tratase de una pelea de box, el timbre cumple la función de la campana entre cada round, y los hombres dejan de lanzarse golpes verbales por un instante.
Darien, sintiendo invadida su privacidad por segunda vez en una noche crítica, se dirige a abrir, no de buena gana.
Su incomodidad se incrementa estratosféricamente al ver de quien se trata.
Si había alguien que conseguía exasperarlo con la misma, o incluso mayor facilidad que su primer visitante, ese era sin duda Haruka Tenoh.
- ¿Acaso hoy es el día oficial de "Molestemos a Chiba", o algo así, y no me he enterado?
Farfulló sin preámbulos.
- Tu cordialidad resulta abrumadora, como de costumbre. Pero ésta no es una visita social.
- Será mejor que cierre la puerta con llave, antes que alguien más aparezca. Ésta noche ya superó su cuota de sorpresas desagradables, y no estoy de humor para…
Chiba para en seco su queja al notar que Tenoh sostiene algo contra su pecho.
Y nuevamente se sintió culpable, pues ni siquiera había percatado de que la mascota de su esposa no estaba en casa, hasta ahora.
Luna lo miró, con lo que él interpretó como la expresión felina del reproche, y se acurrucó, ronroneando complacida entre los brazos del abogado.
"Traidora".
Pensó Darien, pero no podía reclamar nada, ya que incluso él reconocía que últimamente no era una buena compañía para ningún ser vivo.
- Ciertamente, no esperaba una calurosa bienvenida, y si así lo prefieres, puedo volver a casa con Luna ahora mismo.
Expresó Haruka, ante el silencio reinante, y el comentario sacó a Darien de su estupor.
Se hizo a un lado y le permitió la entrada.
- ¿No pudiste esperar hasta mañana para demandarme por allanamiento? Algo me dice que mi gesto amable de hoy me costará más que soportar tu mal humor.
Intervino Seiya al ver al recién llegado.
Esto podría ser una fiesta o una escena de crimen.
En definitiva, Darien se inclinaba más por lo segundo.
