No voy a rebuscarme. No voy a buscarte porque, al fin y al cabo, todo lo que se desprende de mí vuelve a mí. No de la forma que espero, no de la forma que imagino, pero simplemente vuelve. Aquello que no vuelve es manso, es pasajero, es… simplemente ajeno. Es el ciclo de la vida, de las cosas. Aunque digas que moriré, no lo haré. Solo mi cuerpo mortal se quedará a ser semilla para la tierra que vendrá. Mi espíritu inmortal se irá de viaje a nuevos mundos, a nueva luz que no lo ate a nombres, ni apellidos, a formas o escrituras. A sentimientos vacíos de amor, de comprensión. A calidez olvidada, a luz oscurecida.

¿Por qué dices que es tan corta la vida y tan largo el dolor? Si la mente olvida sino hay una instrucción previa, ¿por qué habría de haber dolor? Sí, ya sé, llamas dolor a eso que llaman traición, a eso que irrumpe con lo establecido, a eso que puede ser tanto positivo como negativo. No te preocupes de las marcas. Que no te importe nada. ¡Despréndete de estas ataduras, que el alma es libre y como ella no vuela ninguna! Que es la esencia más profunda de tu ser que clama por ser y hacer el amor...

Los druidas: Parte 2

(Día dos)

Makoto no pudo dormir bien pensando en el error fatal del día anterior. No podía dormir porque había perdido toda confianza en sí misma. Jacob parpadeó con suavidad y apenas abrió los ojos, se dio cuenta de las enormes ojeras de su compañera. Su mirar era distante, perdida en quién sabe qué. Estaba en ese momento sentada, apoyada sobre el tronco de un árbol. Él se acercó y colocó su mano en su hombro para darle confianza y animarla a seguir. Ella sonrío con tristeza. Luego de un instante se puso de pie y se restregó los ojos.

—Vamos, Jacob-san. Tenemos que llegar a tiempo—le dijo y aunque ella puso una linda sonrisa, él vislumbró una mueca de pena.

Qué se puede decir cuando una persona se siente decepcionada de sí misma. Ella tenía que ser perfecta en todo. Su familia estuvo con el Shinsengumi, apoyando al viejo Japón hace tantas generaciones atrás. No podía mezclarse con cualquier persona, no, solo con aquellos quienes elevaran su posición. Pero ella se había humillado a sí misma el día anterior al ser tan estúpida, al aparentar seguridad cuando no la tenía aunque a diario lo fingiera muy bien.

En esencia, ¿quién era Makoto Sa? Si alguien se lo hubiera preguntado en aquel momento, ella habría respondido lo que su madre le enseñó: "Soy una bruja que se esfuerza día con día para ser la mejor. Provengo de una familia tradicional. Espero contraer nupcias con el hijo de la familia Aoki, honrando a las familias y a mi hogar, en el cual pronto habrá un nuevo heredero".

Wester se dio cuenta de que algo rondaba la mente de la chica pero optó por permanecer silente. Quizás fue su vida o todo lo que aprendió él de ambos mundos lo que hizo y hacía de su persona un enigma difícil de descifrar. Si hubiera una frase muggle que lo describiera sería esta: "Es alegre por fuera pero la procesión va por dentro". Él ya lo había notado, Makoto sufría. Como él, salvo que él lo disimulaba bastante bien; pero aunque se tape el sol con un dedo, el sol está ahí.

Desayunaron una banana cada uno. Después comenzaron a caminar entre la densa vegetación. Aun era temprano y los colores del cielo se fueron transformando con lentitud de violáceos a anaranjados hasta dar de lleno con el amanecer. Montones de raíces superficiales hacían el camino sinuoso y trabajoso para avanzar. Jacob iba a la cabeza y Makoto por detrás. Wester trataba de no mirar a su compañera para no hacerla sentir mal, aunque cada tanto la observaba por el rabillo del ojo. Simulaba poner atención a las indicaciones del mapa echando cada tanto un vistazo a la brújula.

Cerca del medio día encontraron un hoyo brillante sobre la superficie de la tierra. Se acercaron con cautela. Una cueva subterránea. De inmediato supieron que era la cueva por la cual debían entrar a aventurarse en busca de la piedra que sostiene la raíz del árbol más viejo. Respiraron hondo y contuvieron el aire unos segundos para luego soltarlo con lentitud en un suave susurro. Buscaron las linternas y las colocaron sobre su cabeza, amarrándolas con tiras que improvisaron de sus ropas. Colgaron las cantimploras al cuello, varita en mano y entraron.

La cueva no tenía mucho de especial salvo por los hoyos que había en todas direcciones. Algunos eran muy pequeños como para que pasara una rata y otros… bueno, eran lo suficientemente amplios para que ellos avanzaran. La cueva brillaba en su interior, lo que le daba una tenue luz blanquecina casi azulada.

Jacob miró impaciente el mapa y luego tomó la brújula. Sa se acercó al ver que su compañero se tomaba su tiempo y por encima de su hombro echó un vistazo. Luego ambos se sentaron en el suelo y observaron el mapa y la brújula con los rostros pensativos. Observaron que el mapa tenía dibujados una serie de laberintos internos. Cuatro caminos posibles para llegar a destino. La pregunta era cual elegir. Luego de un momento de meditar decidieron seguir por una ruta la cual les pareció la más apropiada. Makoto razonó que también el tamaño de los caminos podría variar. Eso hacía probable que pudieran necesitar un hechizo que les proporcionara aire y solo quedaría por hacer un conjuro. Era un momento crucial, estaban en medio de una encrucijada: un error y tal vez terminarían enterrados vivos o condenados a vivir en esa isla sin magia, por siempre soportando al feo primate.

—Si reducimos nuestro tamaño, no tendremos problemas con los túneles.

—¡¿Qué?! —Jacob la miró con una mueca de incredulidad torciendo de manera graciosa sus labios—. Pero eso haría que fuéramos más lento. Tendríamos que caminar entre cinco o diez veces más que si estuviésemos en nuestro tamaño normal y perderíamos demasiado tiempo —replicó.

—No se me ocurre otra cosa y si nos quedamos aquí, tampoco solucionaremos algo. ¡Ya estamos perdiendo valioso tiempo!

—Es una opción, pero pensemos un poco más, es una sola oportunidad—trató de razonar Jacob.

Los minutos transcurrieron con lentitud inagotable, haciendo el tiempo más largo de lo que en realidad era.

—Hay una manera —dijo Makoto, finalmente—. Es un hechizo un tanto complicado. Lo he visto realizarlo varias veces y creo que funcionaría de maravilla en esta situación.

—¿De qué se trata?

—Un hechizo de ajuste longitudinal.

— ¡¿Un QUÉ?! —preguntó Jacob mirándola con los ojos bien abiertos.

—Eso —respondió tranquila y tratando de creer en sí misma—. Un hechizo longitudinal. Consiste en cambiar la estatura o tamaño para adaptarlo a la superficie. Es decir al tamaño del ambiente

— ¿Sabes ejecutarlo? —preguntó él un tanto asustado.

—Sería mi primera vez —contestó ella con la voz un tanto temblorosa, sonrojándose un poco pero no lo suficiente como para que Wester lo notara con la tenue luz del lugar.

Jacob se perdió en sus cavilaciones fijando la mirada en un punto. Caminó de un lado a otro mientras Sa seguía arrodillada en el suelo junto al mapa y la brújula, mirándolo.

—Utilizaremos el hechizo Carpem retractum y el que has propuesto —concluyó Jacob parándose de golpe y mirando serio a Makoto, quien notó como "el que has propuesto" fue dicho con muchas dudas.

—Pero... —reprochó esta— ¿pero si nos falta el aire o algo por el estilo?

—Ya veremos qué haremos. Por lo pronto, tendremos un hilo que nos guíe a nuestro objeto y una facilidad para traspasar los túneles.

Makoto asintió a la propuesta realizada, alzó su varita y se detuvo antes de pronunciar cualquier encantamiento. Su mente y la situación en la que se encontraban era una perfecta disyuntiva. ¿Cómo iba a realizar un embrujo de cuyo éxito no estuviera segura? No, no iba a cometer el error dos veces. Aunque claro, ella sabía, como toda buena bruja, que era capaz de hacerlo...

—¿Pasa algo? —preguntó intrigado Jacob, escrudiñando la cara de la joven para entender lo que le pasaba en ese momento por la mente.

La voz de su compañero la trajo de vuelta a la realidad.

—No, es solo que quiero tener un as bajo la manga por si algo sale mal. ¿No lo crees? —argumentó con la mirada fija en una de las paredes de la cueva. Jacob estaba algo desconcertado, pero sintió un gran alivio al escuchar a su pareja decir que no realizaría ese absurdo hechizo. Movió de una forma hipnótica la varita en el aire y un fino hilo de color dorado apareció.

Dudas. Las dudas que no deberían darse el privilegio de tener los rondaban en silencio. No estaban en clases; no iban a sacar sus matriculas de brujería. Era un solo intento, una sola oportunidad. Siguieron la brújula y se arrastraron por el pequeño orificio con varita en la mano izquierda y en la derecha un cuchillo. Sabían que si encontraban con un animal, no debían perder tiempo hechizándolo, sino que deberían matarlo. Era un desafío angustiante para lo que nadie te prepara en la vida.

El silencio en el cual avanzaron ambos habló mucho más que palabras que se quisieron expresar. Jacob entendió cómo se sentía Makoto, y ella como se sentía él, sin necesidad de decir algo.

Pronto, después de horas de arrastrarse, pararse y andar por varios túneles bajo tierra, subiendo y bajando, llegaron a una caverna con cuatro caminos. La caverna debía de tener minerales o algún metal como el cobre, por el color amarillento a anaranjado que tenía. Además tenía muchas estalactitas y estalagmitas, por lo cual era muy antigua. Probablemente, su existencia databa desde antes de que existieran las civilizaciones humanas.

Por algún lugar debió filtrarse un poco de luz para dar un aspecto iluminado. El olor a humedad y salitre envolvió sus sentidos.

Makoto caminó hacia el centro de la caverna, levantó la cabeza y giró sobre sí misma admirando el lugar. Jacob miró el mapa y luego la brújula. Se quedó sorprendido cuando vio que la flecha en la brújula ya no estaba más. Golpeó el instrumento primero con su mano y luego con la punta de la varita, pero nada. Un rechinido extraño puso en alerta furiosa sus sentidos y antes de que su compañera pudiera procesar alguna información, la tomó con brusquedad del brazo y la arrastró tras una formación de estalagmitas lo suficientemente grandes y juntas para ocultarlos a ambos. Ella quiso protestar pero él fue más rápido y con su mano derecha obstruyó su boca. Aun sostenía en ella el cuchillo. Makoto abrió bien grande los ojos, su corazón se aceleró y el miedo la tomó presa. Jacob, mientras, trataba de ver. Giraba sobre sí con rapidez pero al mismo tiempo con mucho cuidado para no producir sonido alguno.

El extraño sonido se fue clarificando: eran chillidos de animales asustados que corrían huyendo. Los roedores, de los cuales no lograron distinguir la especie, cruzaron la caverna a toda prisa. Makoto en ese momento comprendió el accionar de su compañero. Ella lo miró y él se volteó a verla. En ese instante se dio cuenta de que la tenía muy fuerte contra su cuerpo y ocluía con su mano, la cual sostenía un cuchillo, la boca de la joven. La retiró con rapidez y en sus ojos ella vio reflejado la culpa por su actuar.

El suelo comenzó a temblar suave, muy suave, y poco a poco las vibraciones fueron en incremento. Por el lugar donde ingresaron a la caverna apareció un enorme basilisco. Ambos chicos voltearon con rapidez apenas vieron la punta de su lengua entre la negrura de la entrada. Se acurrucaron, abrazándose con fuerza, cerrando los ojos, rogando al cielo que la enorme bestia verde no los encontrará detrás de las estalagmitas donde se ocultaron. Sin embargo, la enorme serpiente iba tras los roedores. Su apresurado reptar causó las vibraciones que provocaron un pequeño temblor que, cuando terminó de pasar por la caverna, hizo que algunas estalactitas que pendían del techo cayeran provocando un derrumbe que dejó a los chicos fuera del camino en plena oscuridad.

¡Shimata!—se oyó maldecir a Makoto—. ¡Quieren matarnos!—espetó indignada en un susurro—. Aquí abajo hay un basilisco—. Miró hacia ambas direcciones pero todo era oscuro. Encendió otra vez su linterna y buscó a su compañero

El pie de Jacob había quedado atrapado bajo un pedazo de roca, en una incómoda posición. Makoto hizo acopio de todas sus fuerzas para sacarlo. Levantó un poco la roca que cruzaba de forma perpendicular la pierna herida del joven y al hacerlo, colocó un fragmento de piedra para sostenerla. Luego fue al otro extremo e hizo lo mismo. El peso de la estalactita disminuyó sobre la pierna de Jacob. Después ella tomó a su compañero por los hombros y tiro de él hasta voltearlo y colocarlo en una posición más cómoda.

—A la cuenta de tres, yo levanto y tú te arrastras hacia atrás. ¿Podrás hacerlo?

—Sí, estoy listo.

—Uno, dos, tres, ¡ahora! —Y Makoto levantó con todas su fuerzas el cono de roca, mientras su compañero se arrastro lejos del mismo.

La pierna de Jacob sangraba profusamente. Makoto no sabía qué hacer. Se dio cuenta de que, aunque él no se quejará, la pierna estaba quebrada. Debía detener la hemorragia antes de que el basilisco pudiera detectar el olor a sangre y volver. Ella tenía la varita en mano y miraba atónita el sangrado, intentando pensar en una forma de arreglarlo.

—Mako. Mako, escúchame. Sigue mis instrucciones. Lo harás al estilo muggle… ¡Ahh! —se quejó pero trató de mantener su expresión al mínimo de dolor procurando no asustarla o preocuparla—. Mi madre es doctora y me enseño algunas cosas, así que presta atención. —Se quitó la camisa—. Toma —le ordenó pasándole la prenda—. Haz un torniquete por encima de la lastimadura y por debajo de la rodilla. Busca en la bolsa si hay un poco de esencia de díctamo.

Enseguida revisó el bolso

—No. No hay díctamo —dijo ella con una nota de desesperación en la voz.

—Ok. Hazme el torniquete y limpia la herida con agua —la apremió y trató de sonar lo más calmado posible.

Makoto asintió e hizo lo que le ordenó. Sus manos temblaban. La pierna estaba quebrada de tal forma que parecía tener dos rodillas. Arrancó las mangas de su camiseta, que se encontraba más limpias que su quimono, la hizo girones y se disponía a vendarlo, cuando él la paró.

—Espera. —Respiró hondo—. Tendrás que poner la pierna en su lugar y en lo posible, entablillarla. Entablillar significa poner dos maderas firmes o cualquier cosa recta para tener la pierna inmóvil —explicó.

—Ok. —Las manos de Makoto temblaron aun más.

—Tranquila, solo hazlo, estaré bien. —Apretó la mano libre de ella con la suya tratando de inspirarle valor y confianza. —Mako, pase lo que pase, no tengas temor y sigue adelante.

—Uno, dos, tres. —Con fuerza unió la pierna tratando de poner lo mejor posible el hueso en su lugar.

—¡Ahhhhhhhh! —gritó Jacob y su grito hizo eco por el lugar, que otra vez se sacudió levemente. En ese momento por el fuerte dolor, el joven se desmayó, sumiéndose en la inconsciencia.

Makoto puso en alerta furiosa todos sus sentidos. Ocultó a su compañero en un pequeño estrecho en la caverna, envolvió su pierna y lo cubrió. Luego, siguiendo la demarcación hecha por el hechizo Retractum, salió corriendo a oscuras.

—Agggr —gimió.

La luz. El sol se estaba ocultando. Lo bloqueó llevándose la mano a sus ojos, obstruyendo el paso de luz. Quedó segada un momento. Necesitaba encontrar dos maderos, volver por su compañero, encontrar la piedra que sostiene al árbol más viejo, evadir al basilisco y volver a la puerta para el día siguiente a la tarde. Su respiración era agitada pero aun así, no lograba obtener el aire que le faltaba. Su corazón estaba por salírsele del pecho y sentía la fuerza de la presión sanguínea en cada parte de su cuerpo como si ella misma latiera. Esa sensación era acompañada por unos breves espasmos involuntarios, puesto que su cuerpo gritaba de dolor en reconocimiento al enorme esfuerzo físico.

Pero Makoto Sa no era alguien que admitiera la derrota, ella podía controlarse. Trató de concentrarse para calmar su cuerpo, ordenándole con suavidad que la obedeciera. Puesto que ambas partes de ella tenían el mismo objetivo. Aunque no obtuvo mucho éxito. Cortó unas ramas y volvió a toda prisa a donde dejó a Jacob. No se percató de lo agitada que estaba ni del esfuerzo sobre humano que realizó.

Cuando llegó a su lado, entablilló su pierna y esperó a que reaccionara. Luego le dio de comer y descansaron un momento. Después, con un poco más de energía, Jacob se apoyó en su amiga, en su otra mano una rama hacia de bastón, y comenzaron a avanzar por el sendero por el cual los roedores y el basilisco habían desaparecido. El hechizo Carpe Retractum los guio. Pues Makoto estaba segura de que, donde encontraran la manada de topos, encontrarían la piedra que sostiene al árbol más viejo. Con una luz muy tenue y mirando al suelo en busca de huellas, ambos avanzaron. En ese momento confiaron en sus instintos y no en la lógica.

Albus sintió frio y se encogió más en la manta. El cielo comenzaba a tornarse violáceo, anunciando el cercano amanecer. Cerró sus ojos otra vez. Se removió un poco y finalmente se despertó en un bosque oscuro. En ese lugar desconocido se alzaba una batalla entre magos. Los hechizos, las maldiciones, creaban un espectáculo aterrador de luces que extinguían la vida o causaban graves heridas. Él buscaba a alguien, intentaba salvar a alguien. Se movía entre las sombras pero el horror por el cual atravesaba lo detenía poco a poco, arrojando cadáveres a sus pies, los cuales él no se detuvo a distinguir. De repente sintió una mano en el hombro y volteo con rapidez...

—Albus. Albus, despierta. ¿Estás bien? —preguntó Laymi.

Sus ojos pestañaron repetidamente en un intento de focalizar bien la imagen. Cuando lo logró, se sorprendió de sí mismo. En el rostro de Laymi se notaba preocupación y un brillo de lágrimas en los ojos. La luz del sol del amanecer la hacía ver como un ángel de rubios cabellos. Bajó un poco más la mirada, sintiendo su garganta seca y a la vez haciendo un enorme esfuerzo por relajarse. Al bajar la visión por el cuello de la chica, vio como su varita estaba enterrada en ese lugar del cual brotaba sangre. Él siguió la vista de aquel rio rojo que bajaba por la piel morena, pasando por sus pechos, su vientre, cadera, rodillas, hasta caer al suelo. Impresionado por lo que hizo, se alejó de la joven apartando su varita. Albus estaba asustado de sí mismo.

—Tranquilo, no es nada —contestó ella, poniendo su mejor sonrisa y se llevó una mano para presionar la herida.

Potter se encontró sentado en el suelo con las manos apoyadas por detrás, apretando los nudillos con fuerza. Sus ojos desorbitados y sorprendidos no dejaron de mirarla hasta que su herida ya no sangró.

—Lo siento —musitó y bajo su cabeza. Se abrazó las piernas y escondió su rostro en ellas.

—No tienes porque preocuparte. La culpa fue mía te desperté con poco tacto. Es que parecía que soñabas algo horrible —dijo acercándosele, pero él no podía verla. Así solo la sintió cuando paso sus manos por la fuerte espalda de él a modo de caricia, brindándole confort y consuelo.

—Sí —contestó, disfrutando de la sensación. Luego de un momento sacó su cabeza entre sus piernas. Las caricias se detuvieron y ella le regalo una sonrisa

—Bueno supongo que es la tensión. Vamos, hay un camino por delante. —Y diciendo esto, le tendió la mano para levantarlo del suelo.

Albus por un momento tuvo dudas con respecto a darle la mano, pero se la dio y se levantó. Laymi terminó los preparativos: empacó la mochila y dejó el campamento limpio. Casi ni se notaba que por la noche hubo personas. Le dio su cantimplora a Albus.

—Dame la mochila, la llevaré yo —dijo este, tirando de una de las correas para sacársela de la espalda a la joven.

Laymi puso su mano sobre la de él y le dijo:

—No hay problema. Distrae tu mente y cuando me sienta cansada, te la daré.

Albus se sintió aliviado, afortunado por tener al lado a alguien así tan dulce y comprensivo. Laymi era hermosa, inteligente y clemente. Aun cuando, sin proponérselo, la había lastimado. Se estremeció al pensar que por poco pudo matarla. No podía olvidar la impresión que dejó el sueño en é le pareció tan real, como si hubiera pasado. Luego le pareció que su adormilada cabeza tenía la culpa. Sin embargo la sensación que le dejó el sueño le oprimía el corazón. Era como un presagio de que algo malo sucedería.

Caminaron en silencio gran parte de la mañana. A medida que subían, el calor incrementó de manera considerable. Laymi hizo algunos comentarios como: "qué bonito es el paisaje" y "qué pequeña se ve la tierra desde una gran altura". Almorzaron con tranquilidad bajo un árbol cuyas raíces estaban por encima de la superficie del terreno. La joven le explicó que probablemente el volcán había hecho erupción unos siglos atrás, por el tamaño de la vegetación.

Albus se daba cuenta en el esfuerzo que ponía la chica para alivianar su carga emocional y eso lo hizo sentir un miserable. Potter se consideraba un caballero y no era su costumbre ser consolado por una mujer, mejor dicho todo lo contrario. Aun así, no dejó de pensar en los demás, en especial en su prima Rose.

—Rose estará bien —soltó Laymi de pronto, como si le hubiera leído el pensamiento—. Si ella ha sido elegida, es porque de seguro es una gran bruja. No te preocupes, lo mismo ocurre con los otros y con nosotros —comentó ella mirándolo a los ojos mientras aflojó su agarre.

—Sí, creo que tienes razón —respondió en un suspiro.

—Es normal que te preocupen los que amas. Si no fuera así, no serías una buena persona.

Esa respuesta activó algo en el corazón del joven, una calidez lo inundó de repente y no pudo evitar sonreír mientras sus ojos escrudiñaban los de ella.

—Es la primera vez que me miras a la cara el día de hoy —dijo Laymi y le dio una gran sonrisa de alivio.

Albus se sonrojó un poco e intentó sonar lo más normal posible.

— ¿Qué haremos para conseguir nuestro tesoro?

—Mmm...—contestó ella poniendo gesto pensativo y llevándose el dedo índice de su mano izquierda a la barbilla, levantando la cabeza—. Ya veremos, ¿no? Primero tenemos que llegar. —Y diciendo esto, lo tomó del brazo con su mano izquierda, asiéndolo con fuerza. Alzó su brazo derecho con la varita y exclamó "Ascendio", ante la sorpresa de Albus.

Recuperado de la impresión, Albus decidió jugar. Entrelazó aun más su brazo con el de ella, pegándola más su costado, cambió la varita a su mano izquierda y pronunció el mismo hechizo –lo cual fue medio difícil de ejecutar por ser diestro–. En un principio la chica se sorprendió, pero luego continuó con el juego. Intentaban ver quién de los dos lograba elevarlos más.

Ambos jóvenes parecían cabras que saltaban por la ladera de la montaña. Estuvieron largo rato así hasta que Laymi, agotada, se separó de golpe sin que su rostro abandonara la satisfacción del juego.

—Ganador —exclamó Albus, alzando sus manos en señal de victoria

—Presumido —contestó ella.

Laymi abrió su cantimplora y alzó la cabeza para llenarse de líquido. Potter la miró. Le gustaba ella, pero al recorrer el cuerpo femenino con sus ojos, se percató de la herida que le causo en su cuello. Sintió de golpe un fuerte remordimiento. Al parecer, ella también lo notó pero la herida no le importaba en lo más mínimo.

—A partir de aquí, deberemos hacer el camino a pie, puesto que el terreno volcánico es inestable. Pero llegaremos con tiempo al nido de los fénix —ella ordenó—. Y ahora, tu premio señor Don Ganador —dijo esbozando una gran sonrisa mientras le arrojaba la mochila.

Albus, con sus grandes reflejos de jugador de Quidditch, la atrapó y, poniendo un infantil gesto de reproche, le contestó: "No es un premio muy bonito", lo que provocó que ella riera y lo liberara de la tensión. Sin embargo, el sentimiento angustioso de que algo malo sucedería lo invadió otra vez.

Miraron una vez más el mapa y la brújula. Caminaron a la par. El suelo estaba resbaladizo. El terreno era simplemente caliente y el aire denso y espeso, producto de los gases que emana la tierra. El calor se intensificaba más y más. Albus creyó saber lo que sentía un pollo en un horno. Sudaban mucho pero las gotas no alcanzaban a salir y ya el ambiente las evaporaba. No pudieron beber más agua por mucha sed que tuvieran, ya que estaba hirviendo en sus cantimploras. Se las quitaron del cuello y las guardaron en la mochila. Potter sintió los ojos secos, a punto de explotarle los glóbulos oculares. La sensación era como si cargara un elefante y no una mochila. Su cuerpo le pesaba. Ya no caminaba sino que arrastraba los pies.

Su ritmo de avance prácticamente se estancó. Laymi era la única de los dos que continuaba con una gran determinación, hasta que en un momento tuvo que arrastrarlo a él.

Albus se preguntó quién era esa loca que lo arrastraba por el suelo. Por qué no lo dejaba dormir. Quién era esa que se atrevía a estar en la casa de sus abuelos. Potter quería reaccionar, hechizarla, pero hacía calor y estaba cansado. Había jugado mucho al Quidditch el día anterior con sus amigos y primos. Cerró los ojos otra vez puesto que estos le ardían, seguramente de sueño y cansancio. La joven, enfadada, le dio un puntapié en la espalda.

—¡LEVÁNTATE POTTER!—le ordenó a los gritos—. ¿O es que acaso quieres morir aquí?

Albus gruñó enojado mientras la joven lo pateaba. Intentó moverse, pensar en algún hechizo, pero no tenía su varita en mano.

—Piensa en Rose, tu prima. En tu familia. Estamos tan cerca del nidal de los Fénix...

"El nidal de los fénix... el nidal de los fénix. ¿Qué tiene que ver eso conmigo?, y ¿Rose, dónde estás? No voy a morir. No aquí en esta montaña... fénix, montaña, morir... Laymi, ¡la misión!". Todo se aclaró en su mente. Abrió sus ojos con mucha dificultad e intentó incorporarse infructuosamente. Quizás nunca más pudiera levantarse, pero tenía que hacerlo. Súbitamente, el cielo se tornó oscuro y un viento los golpeó. La fresca brisa alivió su cuerpo, pero en realidad la angustiosa sensación se presentó con más fuerza, apretando su corazón. La adrenalina que corrió por sus venas lo impulsó y se levantó de un brinco como si hubiera recibido una descarga eléctrica.

Laymi lo tomó de la mano y ambos miraron en la dirección de la cual provenía el viento. "La playa, una tormenta. Rose", pensó Albus angustiado e intentó correr contra el viento. Sin embargo, los fuertes brazos de la latina lo detuvieron. Alzando la voz por encima del sonido del viento, le gritó:

— Esa es la señal de que lo han conseguido, estoy segura. ¡Albus, detente! No podrás llegar. No los defraudemos y consigamos nosotros también esa llave.

Potter hizo acopio de todas sus fuerzas y se volvió. La tomo de la mano mientras unas lágrimas de frustración y angustia, calientes y pequeñas, salían de sus ojos y se evaporaban antes de llegar siquiera a su mejillas.

—Vamos —dijo él en tono hosco, dando media vuelta mientras se sentía desangrar por dentro.

Los gases volcánicos que emanaba la tierra le provocaron una alucinación por la cual podría haber muerto. Se sintió aun peor, si eso era posible, porque la muchacha era más fuerte que él. Sin embargo, la tempestuosa brisa fresca fue la que lo ayudó a ponerse de pie. Albus Severus Potter no podía perder. No podía fallar. Tenían que volver todos a casa.

Ambos avanzaron de la mano. El viento les sentó de maravillas, pues disipó en gran parte el calor y los gases tóxicos. Una fina lluvia caía provocando vapor. Cruzaron el volcán, en cuyo cráter, en la más oscura profundidad, se vislumbró el rojizo característico de la lava.

Caminaron un poco más y llegaron al nidal. La cima de aquella montaña cercana al cráter estaba rodeada de un espeso espinal de flores rojizas que se aclaraban hasta llegar al centro amarillo, provocando la sensación de arder. Eran grandes, como del tamaño de una naranja. Luego una enredadera con diminutas espinitas en forma de agujas con flores de tonalidad azul.

Laymi lo rodeó a él con sus brazos. "Ascendio", exclamó y luego se inclinó acostándose en el aire, para luego realizar una voltereta y caer dentro del nidal. Se separó y lo tomó de la mano.

—Vamos tenemos que ocultarnos —dijo y lo haló con suavidad.

Encontraron un recoveco entre las espinas y unas rocas y allí se dispusieron a descansar mientras esperaban las majestuosas aves.

Yao, temerario como era, no perdió el tiempo y escaló durante todo el día. A medida que ascendía, la nieve y el frío parecieron ser oponentes muy fuertes para impedirle alcanzar su objetivo. Luego se sumo un viento helado que movió los impolutos copos, trasformando la ladera en un simple paisaje blanco.

El joven arremetió contra la ventisca mirando de soslayo la brújula que llevaba en sus manos. La leve tormenta fría desaparecía sus pisadas. La luz disminuyó, el ulular del viento hacía eco en las laderas provocando sonidos siniestros (del tipo fantasmal según los muggles). Tropezó varias veces contra el duro suelo nevado. El frío caló sus huesos. Sus manos y pies estaban entumecidos, apenas podía moverlos con mucho esfuerzo.

"No puedo rendirme. Mi abuelo me espera. Mis animales... Mi simple y pobre vida, pero mi vida al fin", pensaba, dándose ánimos para avanzar. Un par de lágrimas corrieron por sus mejillas, calentándolas. Sin embargo, estas se congelaron antes de llegar a su barbilla.

Se arrojó contra el suelo y con las manos temblorosas y adoloridas sacó el mapa de la mochila. Lo coloco en el helado suelo, sujetándolo como podía, y le echó un vistazo. No faltaba mucho, debía estar cerca de la morada del dragón de aire. La nieve lo cubría con suma rapidez y le era imposible ver bien el mapa. De pronto, se percató de que ya no sentía frío, solo sueño, mucho sueño.

El viento provocó un sonido estrepitoso que Yao relacionó con una especie de risa. Se dio cuenta de que estaba enterrado bajo unos diez centímetros de nieve. Se levantó de golpe, su cuerpo reaccionó y sin proponérselo, profirió un grito de dolor. Sin embargo, luchó una vez más contra la nieve, intentando deshacerse del manto blanco que lo cubría cual muerte. Nunca supo cuánto tiempo pasó allí tirado en el suelo nevado. Lo único de lo cual siempre tuvo una certeza rememorada, era el dolor que sintió en todo su cuerpo. Músculos, huesos, piel y todos su órganos gritaron de dolor, turbando su ya atontado cerebro. Una descarga de adrenalina, o esa energía que surge ante una situación extrema y que no sabemos de dónde proviene, lo impulsó a seguir y a no resignarse, justo a tiempo.

El suelo se estremeció un poco al mismo tiempo debido a una avalancha causada por el grito de dolor que el mismo profirió. Shing no lo pensó dos veces y corrió fuera del alcance de la ola blanca. Casi, casi no lo cuenta, de no ser porque se refugió detrás de una roca picuda. Aunque no era muy alta, era lo suficiente para cubrirlo, protegiéndolo del golpe mortal de la nieve en carrera. Luego de un momento que pareció una eternidad, volvió a escuchar el ulular del viento en la montaña. Empujó con fuerza una vez más la nieve que lo cubría. Con la mano adormecida buscó su varita y la asió con fuerza. Él no tenía sensación en sus manos en ese momento, así que por poco la quiebra. Apuntó la varita hacia arriba y ejecutó el encantamiento sin pronunciarlo, de manera mental.

Al salir, el paisaje fue diferente del que vio con anterioridad. No tenía mucha idea sobre la dirección que tomó para refugiarse del torrente blanco. Levantó con dificultad su cabeza, miró un rato el cielo y ubicó los puntos cardinales. Hizo acopio de fuerzas para recordar en qué dirección debía caminar, pues no podía hallarse muy lejos de su objetivo. Ya estaba prácticamente oscuro cuando vio la entrada de una cueva, la cual seguramente quedo al descubierto por la avalancha. No lo pensó siquiera dos veces y se apresuró a su resguardo.

Una vez dentro, se pegó contra uno de los muros de piedra, que por cierto se hallaban helados, y se abrazó para intentar obtener un poco de calor. Mientras se refregaba produciendo una suave fricción para calentar su cuerpo, pensó: "Es una locura. Nunca he sabido de dragónes que vivan en lugares tan fríos. Los reptiles no suelen vivir en lugares donde la temperatura baje a menos de diez grados. Esos malditos monos y esa mujer malvada quieren que muramos sin usar magia. Se burlan de nosotros prometiéndonos la vuelta a casa". Con ese amargo pensamiento, se levantó ayudándose de la fría pared y se dirigió un poco más adentro y al centro de la cueva.

Se disponía a usar su magia para sobrevivir creando una hoguera cuando lo sintió. Una brisa cálida. Se movió para un costado pero solo logro sentir el frío y la humedad. Por un momento creyó que alucinó con una brisa cálida. Volvió a ese punto y el cálido aire estaba allí. Se movió a la entrada, a un costado, pero ocurrió lo mismo que la primera vez que se movió: humedad y frío.

Se quedo detenido en el punto de brisa cálida. Provenía del interior de la cueva. La brisa intermitente, que se producia en un lapso de sin duda podía ser la respiración de una gran bestia... "¡de un dragón!", pensó de repente.

Yao se asombró por llegar a la cueva del animal. Se sentó un momento a descansar y tomar lo que probablemente pudiera ser su última cena. El suelo estaba frío, pero él mismo estaba tan frío que apenas lo notó. Aunque aun no había visto lo que provocaba ese cálido torrente de aire, el instinto del joven le aseguro que se trataba de lo que estaba buscando.

La comida que llevaba estaba congelada y ni que decir del agua. Deseó tener aunque más no fuera agua tibia para beber y calentar un poco sus entrañas. Sin embargo, sabía que debía guardar su magia puesto que a un animal como el dragón no era fácil encantarlo y mucho menos herirlo. Allí se quedó, en la oscuridad de la cueva, meditando cuál sería su proceder.

Día tres

Aunque el calor proveniente de de la respiración del dragón lo confortó un poco más, no ayudaba a secar su ropa, puesto que el aire exhalado contenía fragmentos de vapor. Al único bocado-fruta que había ingerido, todavía lo sentía como una dura piedra que le provocaba dolor de cabeza por la congelación. Pensó que, si salía vivo de esta y volvía a casa en el verano, podría vender helados frutados, o mejor dicho, la fruta transformada en un helado.

Con cuidado, volvió todo a la mochila y la colgó sobre su espalda bien ajustada a su cuerpo. Se arremangó, cogió su pelo en una coleta y avanzó hacia el interior de la oscura cueva. Asió con fuerza la varita en su mano. Sus ojos se acostumbraron a la oscuridad que no se percató cuando comenzó a ver, a duras penas, el camino. El destello cálido de una ráfaga de vapor que casi lo derriba, le hizo saber que el dragón estaba cerca. Abrió más los ojos y estiró su mano para no tropezar. Sin embargo, una fuerte inhalación lo tiró hacia adelante. Con las yemas de sus dedos rozó algo duro. Escuchó y sintió un gruñido de molestia. En ese instante lo supo: estaba frente al dragón, frente a sus fauces.

Su corazón golpeó con fuerza en su pecho, como queriendo salir. Un calor inusitado, producto de la adrenalina probablemente, lo recorrió desde la punta de los pies hasta la punta del pelo. Sin quererlo, comenzó a sudar. La enorme bestia comenzó a olfatear. Sin embargo, Yao seguía petrificado, con la mente en blanco, totalmente paralizado y haciendo un vano esfuerzo por percibir a través de la visión al dragón.

Experimentó un cambio en la corriente de aire. Cerró los ojos apretando con fuerza los parpados, durando unos segundos de esta manera. Cuando los abrió dispuesto a enfrentar a la bestia alada, lo que vio lo sorprendió, dejándolo en shock.

Laymi y Albus, sin quererlo, se habían quedados dormidos. Sucumbieron al sueño cuando los fénix, luego de comer y acomodarse en su lugar, entonaron una melodía hermosa cual canción de cuna. Al principio opusieron resistencia, pero de a poco el cansancio, el aire cálido, el aroma floral, el sueño y el dulce sonido, los obligó a renunciar a quedar en vigilia, transportándolos al mundo de los sueños. Sus cuerpos se fueron relajando paulatinamente, como si una fuerza invisible les quitara las energías.

Albus volvió a soñar, solo que esta vez fue uno de esos de los cuales no se quiere despertar.

Él se encontró caminando por una barraca llena de flores juncos y árboles frutales. El olor de la hierba buena, el sonido de la naturaleza, los pajaros. Su corazón palpitaba de un modo diferente como si bailara una alegre canción dentro de su pecho. Bajba a prisa y su naris captaba aromas exquisitos que estaba seguro antes no haber olido, pero al mismo tiempo le eran tan familiares. El sonido de un rio lo llamó y bajó a su orilla más aprisa. Alli dentro del agua se refrecaba una joven. El reflejo del sol le impedía ver bien su rostro. Sin embargo él corrió se adentró en el rio avalansandose sobre ella abrazandola contra su cuerpo deleitandose con el olor de su piel mojada y degustando sus exquisitos labios"...

Se despertó de golpe. En la oscuridad, la brillante luz de la luna reflejada en las plumas de las aves daba la impresión de un tenue fuego iluminándolo todo. Miró a su alrededor y la tristeza lo invadió por completo. Se llevó una mano a los labios y notó que estos estaban hinchados. Cerró otra vez sus ojos, tratando de recordar la magnífica sensación de ese beso que se había quedado atrás en su boca.

Cuando volvió a abrirlos, se fijó en la figura de la latina durmiendo apaciblemente. Su cuerpo acostado parecía un perfecto instrumento para tocar. "Esas curvas toneadas, su boca roja y pequeña en una perfecta O...y ¡Alto!..." se dijo a sí mismo. ¿Qué carajo pensaba? Su miembro estaba a punto y su ropa lo oprimía. Tardó unos minutos quizás en controlarse para que su excitación bajara. Tomo fuerza alejando todo pensamiento lujurioso y colocó una mano en el hombro de la joven, meciéndola con suavidad. La morena abrió sus ojos y posó su mirar en el de él, haciendo que Albus tragara duro. Este llevó un dedo a los labios, indicándole silencio antes de que la adormilada muchacha dijera algo. Ella entrecerró los ojos con gesto adusto y su mirar se desplazó a la boca del joven. Al percatarse de los labios enrojecidos de Albus, frunció el entrecejo, mirándolo con un poco de sorpresa y confusión.

Potter, para salir rápido de la situación, le hizo una seña de que esperara y se mantuviera alerta. Sabía que no podía haber pasado mucho tiempo desde que quedaron dormidos, puesto que en el firmamento podían verse con claridad la luna y las estrellas. Con toda certeza era una hora de la madrugada.

No la miró siquiera y salió a gatas del escondite, dejando a una muy enojada compañera atrás. Sujetó con firmeza la varita, sin tensionar la mano y dejando floja la muñeca, tal cual se lo había enseñado su padre. Una vez fuera, caminó despacio entre los nidos, evitando provocar ruido. Se dirigió con el mayor cuidado al ave que reposaba en el nido más alto, cuya larga cola parecía tres largas llamas intensas. Albus, en ese momento, pudo sentir tres cosas: su corazón latiendo en su pecho, los labios hinchados, y la suave caricia de su varita en su mano. Esa caricia le provocó un leve cosquilleo, como si la varita entendiera el peligro inminente y fuera a reaccionar para protegerlo ante cualquier peligro. No estaba seguro de que alguna de aquellas majestuosas aves sintiera su presencia, ya que ninguna había abierto los ojos hasta ese momento, chillando para delatarlo. Sin embargo, algo en su interior le decía que ellas sabían que estaba allí, caminando entre sus nidos. Giró su cabeza una sola vez para mirar a su compañera, corroborando que todo estuviera bien, y caminó con paso decidido hasta ese nido.

Escaló por la casi plana superficie rocosa, la cual en su cima tenía apostado al fénix. No llegó a subir mucho, pues si lo hacía un poco más, provocaría algún tipo de ruido. Laymi salió del escondite, sacó el cuenco donde debían transportar la pluma de fuego e inmediatamente optó por ponerse en posición defensiva, lista para cualquier ataque, lista para la huida. Albus la volvió a mirar y asintió con la cabeza. Ella se acercó lo suficiente para capturar la llave y tomar a su compañero para emprender la retirada.

Lo siguiente que pasó fue muy rápido. Albus tiró de la larga pluma para arrancarla. El gran ave gritó en dolor y pronto se convirtió en una gran hoguera. Laymi corrió hasta su amigo para socorrerlo, pero en el camino, el resto de las aves, o mejor dicho, las dos que ella alcanzó a ver, también sucumbieron en llamas. El lugar se iluminó y ella esquivó los fogonazos y las amenazadoras llamas mientras escuchaba los gritos de dolor, centrándose en especial en los gritos de Albus para encontrarlo en aquel resplandor de luz que la gritos que las aves prroferian los estaban dejando era una antorcha viviente que se revolcaba en el suelo intentando extinguir el fuego que lo consumía.

—¡NOOOOOOOO! —gritó la joven. Cual grito desgarrador se elevo por encima de los sonidos de los fénix, quebrando el ambiente como señal de silencio—. ¡NO POR FAVOR! —exclamó y miro suplicante al patriarca de los fénix, quien aun tenía en su cola las tres plumas. El ave le devolvió una mirada de profundo desprecio. Laymi, en ese momento, supo que tendría que arriesgarlo todo, no permitiría que una arrogante ave la hiciese sufrir.

Albus seguía revolcándose y su voz se estaba extinguiendo mientras el olor a carne quemada comenzaba a hacerse notar. Laymi dirigió sus ojos al rey de las aves y le dijo:

—Siento mucho lo que sucedió. Tal vez debí pedirle por favor su pluma, pero debe comprender que no puedo dejarlo morir...— Se volteó y se agachó al lado de su compañero. Extendió su mano por entre las llamas para tomar la de él y cerró sus ojos mientras sus labios se movían en un murmullo inaudible.

A lo lejos fueron quedando los sonidos del nidal de las aves alborotadas. Sucedió entonces que el cuerpo de Albus comenzó a sentir ardor y picor, al mismo tiempo que esa incomoda sensación le producía una infinita paz. Sintió como, poco a poco, sus ojos se humedecieron, su boca recuperaba saliva calmando la sed pero dejando atrás una sensación rasposa, el aire se volvió más suave y pudo percibir el olor a carne quemada junto con la esencia floral. Su mano sujetaba algo caliente y grasoso, fue cuando se percató de esto que abrió sus ojos. El grito de horror que profirió provocó un dolor grande en su tórax, pues lo sintió como si lo hubiera ejecutado desde su corazón y no desde la garganta. El dolor y la culpa lo invadieron. Fue imprudente y, gracias a ello, allí yacía carbonizada una muchacha. Eso era mucho más espantoso que un boggart revelando tu peor miedo o un centenar de Dementores atacándote.

La desazón se apoderó de él y dejose caer a llorar su infortunio. Sentía como la vida de Laymi se extinguía cual vela ya sin cebo. Como también supo que no podía procesar la sensación de dolor producto de las quemaduras. El negro magro de la carne cocida junto a su aroma le producía una asquerosa sensación, a tal punto que incluso el sabor metálico de la sangre llegó a su boca, propinándole arcadas. Se quedó allí, impotente, llorando y aferrado a la mano de la joven, como si ese acto fuera a protegerla de las garras de la muerte. No notó la mirada de los fénix sobre él ni tampoco su silencio. Solo se podía oír su llanto y a lo lejos, el eco de la noche junto a sus grillos.

Yao intentó focalizar al dragón que tenía enfrente y luego de un vano esfuerzo, se dispuso a buscar otra forma de comprobar qué tan grande era el guardián en cuestión. Trató de recordar las enseñanzas sobre criaturas mágicas, pero con mucho pesar notó que poco trataba la educación mágica básica sobre dragones, y menos sobre un ejemplar tan único como este. Meditó un momento más.

"Siempre supuse que los dragones estarían relacionados con el fuego, que es lo más lógico. En fin, si al dormir la capacidad de respirar de cualquier ser vivo disminuye entre un tres y un veinte por ciento, y la cantidad de aire inhalado, suponiendo que fuera sano, puede darnos un aproximado de la masa o incluso el tamaño de la bestia... veamos ...". Realizó unos cuantos cálculos matemáticos teniendo en cuenta el tamaño de su escondite y calculó que la dimensión del dragón sería aproximada a unos treinta y cinco metros, bueno, casi cincuenta si añadiera la cola –que supuso enrollada–, y una altura de entre unos veinticinco a treinta metros. Teniendo en cuenta que esto fuera correcto… se alejó un poco y contó, abriendo sus piernas y dando grandes zancadas. Dio unos cuarenta pasos, volteó casi unos noventa grados a la derecha y, dando las mismas zancadas, justo en el momento que contó unas cinco, vio un pequeño resplandor. Se acercó un poco más con mucha cautela. Lo que vio lo dejo sorprendido: allí en la oscuridad de la cueva, resplandecía un huevo del tamaño de un avestruz entre azul, violáceo, dorado y blanco. En el centro del huevo parecía latir un pequeño corazón y con cada latido, este cambiaba de color. Eso lo hipnotizó y sin darse cuenta de nada de lo que sucedía en ese momento, caminó hasta el huevo para tomarlo.

El dragón gruñó, giró su cabeza y abrió sus azules ojos color zafiro, miró al intruso y resopló molesto. Se puso cómodo desenrollando su cola, estiró sus patas delanteras y posó nuevamente su cabeza en ellas, mirando con curiosidad a su inusual huésped. Su cuerpo fue volviendosé cada vez más visible e imponente para el joven visitante. El dragon que hasta un momento atrás era invisible se materilizó.

Yao estaba a escasos centímetros de lograr su objetivo, cuando una voz profunda golpeó sus sentidos, devolviéndolo a la realidad.

—¿No te enseñaron que es de mala educación tocar las cosas que no te pertenecen?

Un súbito escalofrío lo recorrió por su espalda al escuchar al dragón.

—Yo… emm...mh… —Su boca se abrió tan grande que pareció que su mandíbula se iba a desprender.

—Quizás, además de eso, no te enseñaron modales. Como por ejemplo, entrar cuando se es invitado y no despertar a los mayores de su siesta.

Recuperado del shock inicial y sabiendo que la postura relajada del anfitrión no era más que un símbolo de su presunción de poder, Yao respondió:

— Lo lamento, señor. No fue mi intención molestarlo y mucho menos turbar su sueño.

—Ya veo —dijo el gran dragón, asintiendo con su cabeza—. ¿Qué es lo que te trae por aquí? ¿Por qué me has perturbado?

—Verá, señor, quiero volver a casa y por esa razón estoy aquí.

—Entonces, ¿en qué puedo ayudarte?

No se explicó por qué, pero intuyó que la enorme bestia no se lo daría porque fuera amable.

—Necesito obtener algo especial: una llave para abrir una puerta y regresar a mi mundo. Es decir, antes de regresar a casa tenemos pendiente un duelo con un mago oscuro.

—Un mago oscuro… y, ¿qué te hace pensar que yo tengo que ver con eso?

—Yo no he pensado eso, señor. Usted ofreció su ayuda y me preguntó que me trajo hasta aquí.

—¿Estás seguro de que puedo ayudarte? —preguntó el dragón sin inmutarse.

—Eso no lo sé, pero tengo la impresión de que sí. Sé con certeza que usted, señor dragón, sabe qué es lo que vine a buscar y por qué.

—Tal vez si lo sepa.. Pero que tal si me niego a dartelo o por lo menos a que te lo lleves sin ganarlo.

— Bueno, supongo que, dado que me retira su ayuda, deberé hacerlo solo. —Y se agachó para recoger el huevo.

—Solo podrás llevarte mi aliento si puedes responder correctamente mis tres preguntas —desafió el dragón. Se puso de pie y lo apartó con una de sus garras, tomando el resplandeciente huevo y colocándolo entre sus patas delanteras.

Sin amedrentarse por el hosco comportamiento del dragón, Yao aceptó.

—Eres un joven y muy valiente —dijo, y lo miró con suspicacia y un tanto de arrogancia.

Escrudiñó sus ojos buscando algo. La mirada penetrante del dragón lo atravesó como si se tratara de cuchillos muy filosos. Yao apostó en ese momento que la bestia podía leer su pensamiento. Inspiró hondo sin hacer ruido, en un vano intento por mantener la serenidad. Ni siquiera cerró sus propios ojos, pues entendió que si se rehusara a la aguda mirada del dragón, estaría perdido. Era una batalla centrada en las pupilas del otro; ninguno estaba dispuesto a ceder y no iban a mostrar miedo o debilidad.

Pasado un instante que al joven la pareció una eternidad, el dragón volvió a hablar:

— Bien. Tendrás que contestar las tres preguntas correctamente. Si te equivocas, automáticamente perderás y de mi vista desparecerás para nunca más volver a estar ante mi u otro dragón.

Shing asintió levemente con la cabeza, sin quitar su vista del majestuoso ser.

—¿Cuál es el momento más importante en la vida?

Yao se sorprendió y le tomó unos segundos meditar la respuesta.

— Ahora. El ahora. El presente puesto que este es el regalo.

El dragón siguió mirándolo a los ojos, sin dar ni un atisbo de nada. Algo se sacudió en el interior de Yao y comprendió que este lo tendría en la incertidumbre para que él no se sintiera confiado de poder realizar la tarea.

—¿Dime cuál es el salto más grande?

"Vaya esa es una pregunta muy difícil de contestar; podría ser cualquier cosa. El salto de las trece brujas es el más grande del mundo. Bueno, un salto al vacío también puede ser considerado un gran salto. Un riesgo es un gran salto. Un cambio… Podría ser algo histórico, como el salto de los hermanos Peverell o en la evolución mágica, como el uso de las varitas", pensó Yao. Ante el silencio que se extendió unos minutos, casi que le pareció al joven vislumbrar una fugaz sonrisa en la cara del blanco dragón. Los ojos de su poderoso evaluador destellaban un brillo especial que no supo si interpretar como un regocijo anticipado a su derrota. Pero él no tenía que pensar en la derrota, puesto que por la expresión del mismo, algo en su interior le dijo que no se trataba de algo meramente histórico o material, sino de un origen más profundo.

—Dime, ¿te encuentras bien?

—Sí. Ya lo sé: el salto más grande es el miedo —contestó tratando de sonar seguro, aunque el animal no mostró emoción alguna.

—La última pregunta. ¿Cuál es el poder más grande?

—Hay tantos poderes... la importancia del mismo está en la fuerza, en el vigor y el valor que se le atribuyen. Pero un verdadero poder no es ese que se busca, sino aquel que se necesita. Por lo tanto, el poder más grande es el amor.

El dragón parpadeó y se volteó mirando al huevo, acariciándolo con sus garras. Pasó su cabeza cual caricia de una madre a un hijo. Después se volvió al joven y volviendo a poner esa mirada penetrante que asustaba, con su voz firme y atronadora, le dijo:

— Has pasado; mi aliento es tuyo. En el momento que utilices la llave, el volverá a mí. —Con esto, le dio una última mirada al huevo con inusitado cariño y le sopló con suavidad al huevo, que se encendió hasta quedar albo y resplandeciente como un cristal de cuarzo blanco en la oscuridad—. Toma, cuídalo. —Y se lo extendió para que lo tomara.

Yao al tener contacto con el huevo sintió una calidez y una paz hermosas. Se sintió liviano, como si fuera a flotar. Sin proponérselo, cerró sus ojos para prolongar e intensificar la sensación, pero cuando los volvió a abrir ya no estaba dentro de la cueva ni al frente del dragón, sino en plena montaña, en la oscuridad de la noche, con el viento soplando a su alrededor produciendo esos extraños sonidos que se convertían en ecos perdiéndose a lo lejos. Parpadeó un par de veces para corroborar lo que sus sentidos le indicaban, sin embargo, supo que tenía que regresar y comenzó a descender en medio de la noche por la nevada ladera.

Makoto estaba alterada. Poseía un vigor casi aterrador para su tranquila forma de ser. Era esa sensación de que todo lo puedes y tu cuerpo, pese a llevar mucho tiempo sin descansar bien, parece recargado de energía. Jacob estaba dormido cual bebé. Ella lo contemplaba con una sonrisa un tanto macabra de una mala película de terror muggle. Es decir, la expresión debería verse como un tierno gesto maternal, que era eso lo que ella sentía, pero no se veía así puesto que la tenía la boca muy ensanchada y los ojos muy abiertos; ni que decir de las ojeras y la mugre que tenía.

De un momento a otro, oyó a lo lejos un rasqueteó, como si una ratita estuviera hurgando. Miró una vez más a su compañero y al verlo dormir tranquilo, decidió dejarlo ahí. Antes de irse, lo tapó con una manta, poniendo énfasis en cubrir su cabeza sin que esto le provocara asfixia. Una vez que se sintió segura de haberlo ocultado bien, se dirigió a toda prisa al lugar de donde provenía el sonido.

Se acercó con cautela, arrastrándose por la tierra panza abajo a gatas. Sentir la tierra que le devolvía calor a la fría noche le estimuló los sentidos. Siguió su camino y se topó con una estrecho túnel. Ni siquiera supo por qué, pero se adentró persiguiendo ese sonido tan estimulante. A pesar de la oscuridad pudo distinguir con gran facilidad a dos pequeños topos al final del túnel. Los dos pequeños animales escarbaban de manera eufórica, como si intentaran huir.

Makoto los observó por un momento; luego cerró los ojos acostándose sobre la húmeda y tibia tierra. En un principio no lo percibió con claridad, pero luego lo notó: una pequeña vibración en la tierra. Se relajó concentrándose en esa única sensación. Cuando abrió sus ojos, vio al enorme basilisco reptar; su lengua viperina buscaba el calor de sus presas y sus enormes ojos amarillos que brillan en las oscuridad. "¡Momento!... ¿ojos amarillos? Yo... estoy ¿viendo lo que sucede?"

Se sobresaltó, salvo que esa vez sí abrió sus ojos. Tardó unos instantes en comprender lo que había sucedido. Por alguna extraña razón, ella había podido observar lo que estaba pasando debajo de la tierra; ese tipo de magia le sería muy útil, pero en ese momento necesitaba huir junto con los dos topos. Se deslizó hasta el lugar donde rasqueteaban de manera incansable los dos topitos, irguió su varita y con toda la energía de su cuerpo puesta al servicio del hechizo, murmuró: "Reducto". Enseguida un largo túnel se abrió antes sus ojos.

—Deprisa,vamos —dijo ella y sin más ni más, las dos bolas peludas entraron en el túnel tras su salvadora.

Jacob despertó por el estruendo que sacudió el interior de la tierra producto del hechizo de Makoto. Aunque en ese instante no lo sabía, pudo distinguir la energía proveniente de la realización de un hechizo. Se halló de alguna manera maniatado y se asustó al sentir la tela sobre su cabeza. Una vez que se libró de aquel estorbo, buscó con afán a su alrededor para ver a Makoto. Al no hallarla, su corazón se saltó de su pecho, un calosfrío le recorrió la espina dorsal. Como pudo, intentó ponerse de pie pero el dolor era demasiado para él y la pierna entablillada era muy pesada. Siguió tras el rastro de compañera, arrastrándose con dificultad con la varita en ristre y el cuchillo en mano.

A medida que avanzaba a tientas en la oscuridad, mientras buscaba a Sa, pudo ver la cola del gran basilisco desaparecer casi a un metro, metro y medio, de él mismo. No perdió el tiempo y fue tras la enorme serpiente, pues supo al verla que iba detrás de la japonesita. Sostuvo con firmeza la mirada clavada en la tierra dispuesto a cerrar los ojos cuando fuera preciso e hizo un esfuerzo descomunal para que sus otros sentidos pudieran orientarlo.

El hechizo de Makoto no produjo un túnel horizontal y recto, sino más bien uno oblicuo que conducía al exterior. A los topos no pareció importarles ese hecho, sino el de sentir ya muy cerca al basilisco. Mako tenía la intención de voltear para ver a sus dos amiguitos peludos, pero el solo pensar que podría encontrarse con los ojos mortales de la gran serpiente le producía miedo, y eso la impulsó a ir más rápido. Sin darse cuenta, salió a la superficie; la noche era serena y le faltaban unas horas para toparse con el amanecer. Pudo percibir el olor a la tierra mojada después de la lluvia pero aun así, el terreno no estaba lodoso.

Los topos salieron disparados y se cobijaron en un pequeño hueco entre las raíces de un árbol. La chica comprendió entonces que no era posible escapar. Tan rápido como tuvo ese pensamiento, se le apareció una nueva idea: subir a un árbol, ocultarse entre las ramas y buscar un objeto grande y filoso con el cual atacar al basilisco. Pues para derribar a la bestia necesitaría, como mínimo, unos diez hechizos aturdidores. En tanto trataba de hallar la solución para tal embrollo, y mientras buscaba subir a un lugar alto, tropezó con unas raíces y casi cae sobre un arbusto espinoso. Fue en ese instante que se hizo la luz en su cabeza. Lo importante era dejarlo ciego, por lo que calculó que cuando la bestia asomara su cabeza, debería atacarlo antes de que sus gigantescos ojos amarillos la miraran para enviarla al otro mundo.

Se agachó tratando de inspeccionar el lugar y, con sumo cuidado, envolvió sus manos con lo que quedó de las mangas de su kimono. Luego tomó unas ramas del arbusto y las cortó con el cuchillo. Utilizó el hechizo Ascendio para subir a un árbol que le permitía una clara visión de la salida. Enroscó como pudo los gruesos espinos, apuntando con las espinas más grande y fieras al exterior, calculando velozmente el ángulo de tiro –no por nada era guardiana de un equipo de Quidditch–. Cerró los ojos, inspiró profundo y se concentró solo en sentir la tierra como momentos atrás lo había hecho.

El basilisco no tardó mucho en asomar su serpentina cara al exterior yMakoto no tardó en elaborar una plan. Con su recien descubierto poder, intentó atar la cabeza de la enorme serpiente con las ramas del arbusto espinoso. Una vez que asomó ella enterro los pies en la humeda tierra y el arbusto se movio como una tentacula venenosa. La bestia chilló y ella supo en ese instante que la había herido, pero también que, gracias a ello, la había detectado, por lo tanto no se atrevió a abrir los ojos. Por un momento el miedo la paralizó dejando un estupor frío en su cuerpo. El basilisco se había alzado y pudo sentir su aliento fétido sobre su rostro, dispuesto a devorarla. Ella tanteó en la oscuridad y se entregó a sus instintos para sobrevivir; se ocultó tras una rama mientras la cabeza de la bestia arremetía, golpeando con fuerza la gruesa rama y haciendo que Makoto resbalase un poco. Ella se abrazó al tronco, haciendo dos esfuerzos: uno para trepar y pisar sólido, y el otro para no separar los párpados.

Jacob estaba empapado de sudor por el gran esfuerzo que estuvo realizando y eso le produjo mucho frío, pero el movimiento del terreno y algunos cascotes que caían en su cabeza lo determinaron a seguir contra todo. Cuando creyó que ya no iba a poder salvar a su compañera, se topó con la cola del basilisco que se halló en el reducido espacio del túnel. Jacob tuvo en ese momento una brillante idea; miró a su alrededor, sin miedo, sintiendo los gritos de Makoto y algunos chillidos de los animales en el exterior; visualizó dos grandes raíces que le servirían más adelante y luego observó un generoso espacio para poder pasar entre el túnel y la cola. Todavía en el interior de la tierra se encontraba unos cuantos metros del basilisco (por lo menos dos y no más de cinco). Wester colocó su varita a resguardo, tomó el cuchillo y sacó el aire de su vientre tratando de hacerse lo más fino posible. Se pegó contra el muro del túnel haciéndose grandes heridas en la piel, cortes y raspaduras mientras se arrastraba para intentar alcanzar el mayor largo posible de la cola del basilisco. Cuando quedó frente a un metro de cola, enterró con todas sus fuerzas el cuchillo que llevaba y utilizó toda la fuerza de su cuerpo para arrastrarlo hasta en final de la cola. La idea era hacer un profundo tajo yque la bestia se fuera desangrando lo más rápido posible. Una vez debilitada, sería más fácil asestarle un golpe definitivo. Contaba con que Makoto se percatara de ello y terminara el trabajo.

El enorme basilisco comenzó a emitir extraños y agudos siseos que podrían interpretarse como gritos de dolor. Una vez que Jacob logró hundir los treinta centímetros de hoja en la bestia, esta comenzó a moverse con violencia, intentando zafarse de lo que la estaba lastimando. Entre golpes y rapones, luego de arduos minutos de lucha que parecieron horas, Jacob logró su cometido Jacob logró su cometido. La bestia comenzó a sangrar profusamente Como pudo, Jacob se refugió entre las raíces que vio con anterioridad mientras un pequeño río rojo surgía cada vez con más fuerza.

Makoto ya había caído del árbol y había recibido varios golpes en su descenso. Una vez que la tierra hizo contacto nuevamente con su cuerpo, pudo visualizar en su mente lo que sucedía. Vio el interior de la cueva, con Jacob terminando de provocar el corte, y a la bestia saliendo del hoyo y enroscarse en la superficie, chillando por sus heridas. Pudo saber que, efectivamente, su idea con los espinos había dado resultado. No fue exactamente el que esperó, pero al menos el ojo derecho de la bestia estaba cerrado y sangrando mientras que todavía en su reptil parpado colgaba parte de los espinos. Supo entonces que debía atacar por ese flanco de la bestia y abrirle una nueva herida para darle muerte.

Se puso de pie, entonces; con el mayor sigilo sacó el cuchillo y con su otra mano sujetó la varita. Guiada por la visión que le produjo su contacto con la tierra, se acercó con lentitud al basilisco. Una vez cerca de lo que, calculó, sería un punto cercano al corazón o, por lo menos, una vía sanguínea importante, levantó el arma y, cuando se disponía a asestar el golpe, la cabeza del basilisco giró. Lo siguiente que sucedió, para Makoto, pasó algo así como en cámara lenta, aunque en realidad fueron solo escasos segundos. Dio un brinco y en el acto exclamó asendió. Las fauces del monstruo la rozaron, pero terminaron clavándose en la misma piel escamosa del reptil. Un siseo agudo y ensordecedor se produjo. El basilisco en su ceguera , rabia y apuro se mordió el lomo por lo tanto se envenenó. Cayó muerto en una pose raro sobre la tierra con las fauses ancladas a su lomo.

Makoto cayó a tierra pesadamente, y sin sentir dolor, alzó su cuchillo, volteó y arremetió contra la bestia. Pasado unos largos minutos de silencio, la joven abrió los ojos para ver el cuerpo inmóvil de su depredador. Suspiro, cansada, liberando la tensión, y sintió todo su cuerpo gritando de dolor. También notó que a su varita le faltaba la punta. No se percató de cuando sucedió, el hecho era que estaba rota y la hizo sentir un tanto indefensa. Mientras llevaba el duelo por ese descubrimiento, los dos pequeños topos arañaron el ojo izquierdo del reptil que había quedado abierto, impidiendo que su mortal visión quedara sobre la tierra. El basilisco había actuado por impulso y como resultado, se clavó a sí mismo sus venenosos colmillos casi en la mitad de su cuerpo.

Yao caminaba cuesta abajo, dejando atrás la nieve, el dragón, el frío y la montaña. Cuando fue atacado por una especie de pájaros negros que pretendían arrebatarle el huevo. Él se movió con gran habilidad, esquivando al par de aves que lo seguían. No tenía muchas opciones: las aves lo superaban en tamaño y fuerza. Sin embargo, él disponía de los dos hechizos que le quedaban.

Los negros pájaros con alas de murciélago, parecidos a los Hræsvelgr Las filosas garras pasaron rozando sus brazos y cabeza una y otra vez. Un golpe con una garra cerrada en la espalda provocó que cayera al suelo. Para no caer sobre el huevo, lo abrazó con un solo brazo, el cual estiró a un costado, tratando de evitar la caída con el brazo restante. Para su mala suerte, el cálculo le falló y el reluciente huevo se le resbaló para luego comenzar a rodar cuesta abajo, en peligro de caer al vacío.

Uno de los pajarracos se precipitó para atraparlo y Yao reaccionó por instinto y sacó su varita, agitándola y describiendo con ella un círculo perfecto, produjo una bola de fuego incandescente, la cual arrojó sobre esa ave. Mientras eso sucedía, por el otro lado, el ave que quedaba sobrevoló alrededor del huevo y de Yao. En a cuanto este, se dispuso a ponerse firme de pie, se tiró en picada y tomó en un vuelo rasante a la tierra el huevo. La ira se apoderó del joven, quien con un grito de desahogo, pronunció: "¡ENCARCERO!" apuntando al ave, y un montón de cadenas la redujeron y sujetaron al rocoso suelo.

El instinto le indicó que, si quería recuperar el aliento del dragón de las patas de la bestia, debía doblegarla de manera amable, puesto que estuvo claro en ese momento que no lo entregaría por voluntad propia. Entonces, a una distancia prudente entre humano y bestia, se desató una batalla de miradas. Cada una estuvo cargada de poder y energía, intentando que el otro replegara. La bestia se quedo quieta pero tensa, mirando a su captor, quien hizo lo propio. Supo que la fea ave quería retener el huevo y tal vez usarlo como alimento, pero si se sentía amenazada de alguna manera, destruía el huevo y entonces ninguno ganaría.

En medio de la clara noche, el grito del alma de un hombre resonó en la isla. El llanto de Albus, además de doloroso, tenía ese sonido espantoso que provoca congoja y dolor. Una representación en la tierra de la agonía del infierno

Los fénix solo se limitaron a observarlo sin inmutarse. Las gruesas lágrimas que caían de sus ojos viajaban por sus mejillas y finalmente, se evaporaban al tocar la piel calcinada de la mujer.

—¿Por qué? Esto no debía pasar. ¡ESTUPIDA MUJEEEEEEERRRRRRRRRRR! YO DEBÍA MORIR... ¿Por qué, por qué, por qué?..

Lloró amargamente. La voz carrasposa, débil y rastrera de Laymi llegó a sus oídos –o se coló en su mente, no estaba seguro–.

—Pide lo que vinimos a buscar, por favor. Da las gracias y vete con los demás.

Albus meneó la cabeza en sentido negativo. La chica aun no se encontrab muerta, pero él no lo notó.Sus manos aun se encontraban como si de esa forma pudiera alejar la muerte. El contacto suave y tierno de ese gesto era el puente de la vida y la muerte. El umbral entre la locora y la tranquilidad

Se irguió aun de rodillas, miró de manera humilde al patriarca de los fénix y con suave voz le imploró que por favor, le entregara la pluma más larga de su cola, puesto que esta era una llave para ir a casa. También le pidió poder llevarse el cuerpo de la chica para darle apropiada sepultura.

El ave lo miró, emitió un dulce sonido y las aves se reunieron en torno al cadáver. Albus no soltó a la chica pero, por alguna extraña razón, no tuvo miedo. Las aves estallaron en llanto y sus lágrimas cayeron sobre Laymi,restaurando su piely dejando detras de si el aroma de flor de irupé y jazmin de lluvía.

Cuando se hubo sanado de sus heridas, Laymi se levantó y le dedicó una tierna y radiante sonrisa a su compañero. Mientras, desde lejos podía vislumbrarse un brillo que no pertenecía al cercano amanecer entre ambos jóvenes. Ella se volteó, se arrodilló y le rindió pleitesía a la gran ave, y se inclinó con gracia agradeciendo al resto su valiosa cooperación.

El gran fénix parpadeó como si asintiera. Luego giró su cabeza y él mismo se arranco la pluma, la cual puso en las manos de la joven. Presuroso, Albus le acercó el cofre para llevar la pluma. Ambos volvieron a dirigir una respetuosa reverencia al rey y tomaron sus pertenencias. El sol comenzaba a asomar cuando dos aves se encargaron de transportar a los jóvenes, sacándolos del nidal. Una vez que salieron todos tras ellos, el nidal se incendió con un poco de lava salida del volcán cercano. Las aves lo dejaron, a medio camino por bajar en la montaña. Posteriormente, los fénix siguieron su vuelo sobre la isla.

Ambos estaban felices y agradecidos de estar vivos y haber superado la prueba, aunque contaron con una especial ayuda. Cuando se iban a abrazar para festejar, se dieron cuenta de que ambos estaban desnudos. Sería difícil explicar el tropel de sentimientos que chocaron y rebotaron en sus mentes y corazones. Podría decirse que lo que sintieron fue desde la vergüenza hasta la excitación sexual. Laymi dio un grito ahogado y se dio la vuelta, poniéndose de espaldas al joven. Albus cubrió su parte masculina con ambas manos y también se volteó.

—Pasame la mochila por favor —pidió Laymi en un tono de voz tembloroso pero firme.

Acto seguido, el chico le arrojo a su lado el bolso. Ella se agachó presurosa y sacó la manta la rasgó y se cubrió. Luego pasó un trozo a Albus, aun de espaldas, para que él también se cubriera. Luego del bochornoso evento, ambos emprendieron la vuelta en absoluto silencio. Bajaron a un paso rápido pero moderado, sin siquiera mirarse a la cara.

Para Yao y su extraño amigo, había amanecido en la gélida ladera montañosa. Yao comió despacio y sin prisa. Cuando se sintió saciado, le ofreció al ave, que declinó la oferta girando la cabeza de costado y estirando el cuello hacia arriba, en gesto altivo. Yao comprendió entonces que se trataba de una bestia orgullosa y empleó su mejor técnica: se inclinó, la reverenció, le pidió disculpas e hizo que el ave cediera y le dejara acercarse. Unos cuantos mimos y halagos ablandaron a la bestia, que para media mañana, se dejó montar.

Makoto y Jacob siguieron por intrincados túneles a los topos que los guiaron a la cámara que contenía la piedra que sostenía el árbol más viejo de la isla. El hecho es que una vez que llegaron, con mucho esfuerzo, dolor y heridas, había muchas raíces sobre varias piedras y fueron advertidos de que tenían un solo intentó para escoger. Esto era en recompensa por la muerte del basilisco, que cazaba y diezmaba la población de topos.

Luego de un rato, Makoto llegó a la conclusión más obvia: se concentraría para que la tierra en contacto con ella le mostrara lo que había venido a buscar.

Scorpius se sintió consciente, pero no podía abrir los ojos; el brillo de un nuevo día era demasiado para él. Su cuerpo le dolía, la piel de su espalda le ardía y tenía la boca reseca con gusto a sal y arena. Pronto notó sus extremidades entumecidas y un dolor intenso producto de la fuerza y el desgarro de sus músculos, lo asedió cuando intentó moverse para colocarse en una posición más cómoda. Se quedó quieto un largo rato, intentando disminuir el dolor y tratando de aclarar sus ideas, pues aun se halló aturdido.

Pasado ese tiempo, se percató de tener algo bien sujeto en su mano. Probó varias veces abrir los ojos, pues resultaba menos doloroso y molesto que intentar moverse. Cuando por fin logró focalizar, un golpe de recuerdos vino a su mente: la tormenta, la serpiente marina, la perla… pero lo que más le aterró en ese momento es que su cuerpo pudiese estar liado al cadáver de un Weasley y nada menos que el de Rose.

Su corazón palpitó fuerte en su pecho. La desesperación cubrió cualquier señal de dolor que pudiera ingresar a su cerebro. Se movió rápido y, con sumo cuidado y con dedos temblorosos, buscó el pulsó de la joven. En un principio no podía encontrarlo; el miedo ensombreció sus ojos con grandes y ardientes lágrimas que nublaron una vez más su visión. Hasta que, finalmente, pudo sentirlo en el cuello de la joven: un leve palpitar.

Intentó despertarla pero al cabo de unos momentos se dio cuenta de que era inútil, ya que con ese pulso, más lo ocurrido el día anterior, ella estaría sumida en las más profunda inconsciencia. Comprobó que tenían la perla, pero para su desgracia él no contaba con la fuerza para movilizarlos a ambos por mucho empeño que pusiera. En un momento, la impotencia se apoderó completamente de él llenándolo de odio, rencor y rabia contra todo lo existente, incluso él mismo.

Un viento refrescante y una sombra cayeron sobre ellos y cuando Scorpius alzó su mirar, vio a una extraña ave. Pensó que ya no tenía más nada que perder e iba a emplear magia, cuando la voz de Yao lo sorprendió.—Hey, ¿necesitan transporte?—preguntó el chino, a lo cual Scorpius, aliviado, asintió.

Luego de arduos minutos, los tres se encontraron montados en el ave, dirigiéndose a la puerta. Llegaron apenas pasado el medio día. Los micos los recibieron con mucha alegría. Yao pidió comida y su pedido fue atendido de inmediato. Él, Scorpius, y la rara ave comieron hasta quedar saciados. Una vez hecho esto, Yao tomó el huevo y liberó el extraño pájaro. Mientras, Malfoy le dio de beber a Rose. Ninguno de los dos chicos intentó despertarla. Como un acuerdo tácito, esperarían a que llegaran los otros para hacerlo.

Makoto se puso a prueba otra vez. Utilizó su reciente descubierta habilida, para localizar atravez del contacto con la tierra la piedra que buscaban para volver a casa. Los topos se quedaron todos asombrados, menos su líder, el cual seguro intuyó la forma en que la chica había conseguido salirse con la suya. Luego la joven pidió ayuda para llevar a su amigo a la superficie.

Jacob, acostado sobre la manta, era arrastrado por una docena de topos hacia el exterior; y una vez afuera, lo llevaron unos metros más. Posteriormente, Makoto lo llevó a cuestas. Jacob se sintió fatal, pero el orgullo y valor que inundaron a la joven eran más poderosos y fuertes que el cansancio, el dolor de su estado físico y el sueño que pedía a gritos el cierre de sus ojos. Eso la animó a continuar.A medida que se fueron acercando a su destino, los micos fueron recibiéndolos.

Desde los árboles le gritaban palabras de aliento a Makoto, le dedicaban ovaciones, pero ninguno se acercó a ayudarla. En cuanto Yao y Scorpius sintieron el escándalo, se miraron. Yao se adelantó y dejó a Malfoy cuidando a Rose. Cuando se encontró con los dos jóvenes que venían, corrió presuroso a asistirlos.

La hora ya estaba acercándose. Todos, incluso los micos, se estuvieron en un solemne silencio, hasta que Makoto se levantó de un brinco, señaló el oeste y gritó:

—¡Ahí vienen!

Una vez que Laymi y Albus llegaron, presentaban un aspecto deplorable. Sus pies y piernas estaban gravemente lastimados y sangraban en cantidad. Potter se asustó al ver a su prima semiconsciente pero Yao lo tranquilizó poniendo su mano en el hombro de él y extendió su otro brazo mostrándole que no era la única herida de gravedad. Albus dejó escapar un suspiro de frustración, pero aceptó la situación "pues podría haber muerto y Rose… Rose está con vida. De seguro cuando volvamos a casa se recuperará rápido, porque ella es una muchacha muy fuerte", pensó.

El mono rey se les acercó y les dio las instrucciones para abrir la puerta. Así pues, colocaron cada llave en su lugar encima de los pedestales. La llave que giró primero fue la del agua, luego la tierra, el fuego y finalmente, el aire. De inmediato se colocaron en el centro de la mandala, entre medio de las cuatro columnas. Del muro de piedra se extendió la puerta y los atravesó. Se sintieron flotar y untirón desde el ombligo los llevó a otro lugar (esta parte final fue como viajar por traslador). Cayeron sobre un puente de piedra y al alzar sus cabezas, se encontraron con el rostro sonriente de cuatro ancianos ataviados con túnicas blancas.

—Bienvenidos—dijo uno de ellos, el de barba más larga.

—Nos alegra que estén aquí—exclamó uno pelado.

—Lamentamos el viaje, pero era necesario que fuese así—dijo el que parecía más joven.

—No se preocupen, están a salvo—dijo con voz suave y cariñosa la anciana mujer—. Ahora podrán descansar y luego les ayudaremos.

Los jóvenes asintieron y fueron levitados hasta mullidas camas, en donde fueron atendidos. El séptimo día desde que todo había comenzado, sus heridas estaban curadas, es decir, dos días después de haber llegado a lo que Scorpius denominó el "Edén". Para la tarde de ese día, luego de un suculento almuerzo, los siete chicos siguieron a los cuatro ancianos a un jardín y debajo de un árbol de flores exóticas y que emanaban un embriagador aroma, se sentaron.

Los ancianos les contaron quién era ese ser que se hacía llamar la esfinge, qué era lo que buscaba y por qué ellos llegaron hasta allí. Para el final del día, los chicos pudieron hablar con los antiguos para entender mejor su situación, sin embargo, se llevaron una gran sorpresa al encontrase frente a la serpiente marina, el viejo topo rey, el gran fénix y el dragón.

Al concluir el día los jóvenes podían estar seguros de una cosa: que sus vidas habían cambiando para siempre, porque siempre… siempre era todo.

A mis lectores lamento mucho el retraso en la entrega; es que me surgieron nuevas ideas y perspectivas sobre la historia. Este capítulo me costó muchísimo ya que lo modifique varias veces. Espero no tardar mucho con los próximos y que la historia les siga resultando entretenida.

Gracias por leer. Espero sus comentarios. Un abrazo grande

Lunita

PD: Gracias especialmente a ti Kathy por apoyarme y darme maravillosos consejos. Porque por tu paciencia, tu tiempo y buena voluntad son maravillosos tesoros. Esos tesoros que ayudan a que cada vez más me supere a mi misma