Disclaimer: Los personajes son de SM, esta historia y si aparece alguno que otro personaje es de mi autoría.
Life's a game made for everyone and love is the prize.
Avicii.
10 de Febrero 2013
Edward se despertó como nunca antes lo había hecho, un sentimiento de felicidad lo invadía por completo y con una sonrisa en su rostro se dirigió a ducharse. Ese día tenía preparado una sorpresa para Bella, la haría sentir más especial de lo que ya era. Tenía que recompensar el mal rato que la había hecho pasar.
6 de Febrero 2013
Estaban en el camino de regreso a la casa de Isabella después de haber pasado toda la tarde en una cita doble con Jasper y Alice, aunque estos todavía no declaraban sus sentimientos para con el otro, se los veía muy acaramelados. Pasaron una hermosa tarde, entre risas y uno que otro golpe por parte de las mujeres hacia los hombres que parecía que se habían confabulado para hacer sonrojar a las señoritas cada vez que podían.
Se notaba a kilómetros la atracción de Jasper hacia Alice, la forma en la que la miraba como si fuera el centro del universo, la forma en la que trataba de hacer cualquier cosa para tener un roce con la pelinegra y esta no se quedaba atrás, se pegaba al brazo del rubio cada que podía, ponía su cabeza en su hombro, reía de sus chistes, que aunque eran un poquito malos a ella no le importaba.
Pensó que así debería estar él con Isabella, para Edward, en el poco tiempo que conocía a la castaña, se había convertido en la chica con la que cada noche soñaba, la chica que se había ganado un pedacito de su corazón con su inocencia innata, con sus ojos achocolatados, con su cabello ondulado, de su sonrisa ni que hablar, la endemoniadamente sexy forma en que se mordía el labio, su bonito sonrojo. Todo de ella le encantaba, aunque fuese muy pronto, él ya sabía que era la mujer de sus sueños.
- Edward pon atención, maneja con cuidado – le advirtió Isabella un poco preocupada, había estado tan encismado en sus pensamientos que no se había dado cuenta que casi atropella a un pobre cachorrito.
Esta vez puso toda su concentración en la carretera, no debía ser tan descuidado. Pero como no descuidarse con ella a su lado, el olor a fresas que emanaba de todo su ser lo volvía loco, entraba en un espacio en su cabeza reservado solo para que sus pensamientos fueran a ella.
- ¡Cuidado! – otra vez le había llamado la atención. Odiaba que se entrometieran con su forma de conducir, ya estaba llegando al límite de su paciencia. Respiró profundo, tratando de calmarse, no había porque alterarse. Ella solo se estaba preocupando por la seguridad de los dos. - ¡EDWARD! – lo alteró por última vez Isabella cuando casi se va encima de otro auto. ¿Es que acaso esta mujer lo hacía perder la cabeza tan fácilmente?
- ¡DEJAME EN PAZ! YO SE COMO CONDUZCO, ¡HAZ SILENCIO! – bramó furioso Edward.
Esa fue la gota que derramó el vaso, no iba a soportar ni una palabra más contra su forma de conducir.
Isabella se quedó de piedra, Edward jamás la había gritado y no entendía el por qué ahora lo hizo, solo se estaba preocupando por él, su forma rápida de conducir casi les causa un accidente. No dijo una palabra en lo que quedó del camino, se sentía realmente mal, quería llorar, quería gritar, pero no lo haría frente a él.
Edward agradeció el silencio que se formó durante todo el trayecto, inconsciente de los sentimientos de su acompañante. Detuvo el auto frente a la casa de la castaña, mirándola por primera vez durante todo el viaje, ella estaba con la cabeza hundida y se revolvía las manos frenéticamente.
- Hemos llegado, bonita – susurró Edward con dulzura dándole la más cálida sonrisa.
- Esta bien – dijo con un hilo de voz la castaña, que de inmediato trató de salir del auto sin darse cuenta que todavía estaba con los seguros.
- ¿Nos veremos mañana? – preguntó casualmente Edward, observando el extraño comportamiento de su compañera.
- No lo sé – susurró distante Isabella todavía sin levantar su cabeza.
- ¿Te encuentras bien? – Edward estaba siendo cauteloso, la actitud de la castaña le estaba partiendo el corazón.
- Si – mintió mientras se acumulaban lágrimas en los ojos. "No llores" se dijo a sí misma "no tienes razones para hacerlo"
- No me has mirado a los ojos ni una sola vez
Isabella por fin levantó su cabeza y lo miró. Edward vio sus ojos llorosos y como forzaba una sonrisa.
- Estoy bien, no te preocupes – la castaña le dio un último beso en la mejilla para salir velozmente del auto. Entrando de la misma manera a su casa.
Pasaron los días e Isabella no daba señales de vida, cada vez que el cobrizo la llamaba esta se hacía negar, aduciendo que no estaba en casa o que se encontraba mal de salud. Y lo mismo pasaba si Edward la iba a ver a su casa, su hermana Jessica salía para decirle las mismas excusas. Edward resignado regresaba a su hogar, sin saber qué es lo que le pasaba a la chica de sus sueños.
Un día cuando Bella se encontraba saliendo de la ducha con una toalla enredada en su cuerpo y otra en su cabeza, sonó el teléfono y sin revisar quien era, respondió.
- Familia Dwyer, buenas tardes – saludó formalmente Isabella
- ¿Bella? – la castaña se quedó de piedra al escuchar la voz al otro lado de la línea, la persona con quien menos quería hablar había llamado - Bella, ¿eres tú? – soltó el aire que no se había dado cuenta que retuvo, ya no podía seguir escabulléndose, tenía que dar frente a la situación.
- Hola Edward – respondió poco a poco, queriendo pensar que todo era un sueño, una mala jugada de su imaginación.
- ¿Dónde has estado? ¿Por qué me evitabas?
- No quería hablar contigo – susurró Isabella. Edward no respondió
- ¿Qué pasó? ¿Hice algo mal? – después de algunos minutos Edward respondió en apenas una voz audible. Isabella rememoró lo que pasó hace algunos días y se le formó un nudo en la garganta.
- Me gritaste – dijo ya al borde de las lágrimas – nadie me había gritado de esa forma
Edward se sentía el hombre más miserable del mundo, jamás fue su intención hacer sentir mal a la castaña, no se había dado cuenta lo sensible que podía ser esta.
- Discúlpame, fui un tonto, lamento si mis palabras te hicieron daño. Sé que también no es excusa lo que te voy a decir pero no me gusta que vituperen mi forma de conducir. – Isabella ahogó un suspiro, mientras las lágrimas caían libremente por sus mejillas, tuvo que disculparse un momento para ir a sonarse la nariz.
- Edward, no quiero que esto vuelva a pasar.
- Ni yo tampoco, estos días han sido un infierno para mí. – le confesó el cobrizo y un poco más animado le comentó - ¡Ya se! Te haré una sorpresa
Y aunque Isabella le dijo que no era necesario el no aceptó un no por respuesta.
Así que aquí estaba, vestido con un pantalón jean negro, zapatos deportivos negros, una camiseta gris y por encima una gruesa sudadera azul con el logo del muñeco comegalletas junto con una bufanda, un gorro de lana y un par de guantes en sus manos.
Bajó hasta el garaje, despidiéndose de sus padres en el camino y subiendo a su auto para arrancar a su próximo destino: la casa de Isabella.
Isabella por otro lado se había despertado con un humor de perros, odiaba las sorpresas y Edward lo sabía. Se metió a al baño para darse una ducha rápida, dejando que el agua caliente relajase sus músculos, dejándola un poco menos estresada.
Para ese día había elegido algo casual, no sabía lo que Edward iba a hacer así que fue precavida, escogió un jean entallado azul marino con sus converse grises que jamás dejaría de utilizar y una camiseta rosa de manga larga. Y para no morirse de frío, encima se había puesto un abrigo tres cuartos blanco que en las mangas y el cuello era afelpado y unos guantes de lana del mismo color.
Cuando terminó de ponerse un poco de brillo sin color en los labios escuchó que Edward ya estaba pitando, anunciando su llegada. Bajó apresuradamente sin despedirse de nadie ya que sus padres y su hermana se habían ido a visitar a un viejo amigo de la familia.
Al momento que salió de su casa dejó de respirar, Edward estaba apoyado en su auto esperándola, no importaba si se vestía formal o casual, Edward siempre se verá asombroso. El cobrizo le dedicó una sonrisa torcida, una de sus favoritas, y le tendió una mano para que se acercase, cosa que Isabella no dudó en hacer y devolviéndole la sonrisa caminó hacia él, quien la estrechó en sus brazos oliendo el suave perfume natural de su cabello.
- Lo siento bonita, te prometo que no volverá a pasar de nuevo – susurró contra sus cabellos
- No importa Edward, ya es pasado – dijo Isabella levantando la cabeza para mirarle a los ojos, mostrándole con ellos la sinceridad de su perdón.
Edward volvió a sonreír mostrando sus todos sus dientes magníficamente blancos y la abrazó con más fuerza, cosa que obligó a Bella a enterrar su cabeza en el pecho de él. Al poco momento de estar así, el cobrizo levantó la cabeza de Isabella con su mano derecha y le dio un casto beso en sus labios.
- Bien, vamos bonita. – le dijo emocionado mientras se desataba la bufanda y le ponía alrededor de sus ojos, no dejándola ver nada. Le abrió la puerta del auto ayudándola a entrar. Isabella solo rodó sus ojos sonriendo, él era especial con su forma de ser.
Edward estacionó el auto después de algunos minutos de viaje en Green Lake, salió de su auto para rodearlo y ayudar a Bella a bajar de este.
- ¿Dónde estamos? – preguntó muy inquieta.
- Ya veras, se paciente. – respondió Edward mientras le robaba un beso.
- ¡Ey! ¡Eso no se vale! Estoy indefensa – dijo mientras hacía un adorable puchero, algo que le pareció tremendamente tierno a Edward y no pudo resistirse a robarle otro beso - ¡Edward! – le reprendió la castaña esperando alguna disculpa por parte de Edward pero solo escuchó su musical risa, algo que la hizo sonreír también.
Edward emprendió camino hacia la tienda de alquiler de patines dejando a Isabella unos pocos metros atrás para que no escuchase nada. Una vez que ya tuvo en sus manos dos pares de patines los puso sobre su hombro y fue directo donde lo esperaba su castaña asegurándose también que la bufanda estuviese bien sujeta, para volverla a llevar a otro lugar donde se pudieran sentar.
- Bien, ¿ya me vas a decir que estas planeando? – preguntó ansiosa
- Nop – dijo el cobrizo mientras se arrodillaba frente a ella desatando los cordones de sus zapatos.
Tiempo después de que Isabella se deje poner los dichosos patines sin quejarse, él se puso los suyos; guiándola de poco a poco por el camino llegaron hasta principio del Green Lake. Edward se dispuso a quitarle su bufanda de los ojos de Isabella.
- Patinaremos en el hielo – le susurró en el oído a sus espaldas. La castaña se quedó atónita, ella no sabía patinar, y con su torpeza de seguro sería el hazme reír de todos los que estuvieran ahí.
- No, no, no, no, no – dijo retrocediendo cada vez. – No se patinar Edward – le dijo en un susurro cómplice.
- Si, si, si, si – le siguió el juego Edward empujándola un poquito hacia delante – No te dejaré caer, lo prometo – aseguró el cobrizo uniendo sus manos en el abdomen de Isabella.
Y así, de poco a poco Edward le enseñó a patinar, cumpliendo su promesa de no dejar que se haga daño ni una sola vez.
14 de Febrero 2013
Día del amor y la amistad.
Más de amor que de amistad pensó Isabella recordando a cierto cobrizo que le ponía los vellos de punta.
Esa noche Edward la había invitado a cenar a un restaurante muy fino de Seattle y tenía que ir elegante. Detestaba usar vestidos, mostraban mucho sus piernas y los hombres le quedaban mirando embobados. No le gustaba para nada esas miradas que le dirigían. Sin embargo, esta vez había aceptado, era Edward con quien iba a salir, iba a estar en el auto de él y nadie la iba a ver. Perfecto.
Escogió un vestido azul de gasa, el cual se amoldaba perfectamente hasta su cintura para luego tener una caída hasta la mitad de sus muslos por el frente y por detrás hasta un poco más abajo de sus rodillas, lo combinó con zapatos de taco medio, color beige, y con un bolso de mano del mismo color. Añadió a su muñeca izquierda una pulsera de oro a juego con sus aretes. Su cabello lo dejó en su forma natural, sus ondas caían en cascada hasta llegar a mitad de su espalda. Sonrió satisfecha, estaba bonita sin una pizca de maquillaje, más que un brillo en sus labios, y lista para su chico.
No tuvo que esperar mucho ya que un mensaje de Edward anunciaba su llegada. Con toda la paciencia del mundo fue bajando de poco a poco los escalones hasta llegar a la puerta, saliendo para encontrarse con Edward que usaba un traje negro de seda, una camisa blanca con los dos primeros botones desabrochados, zapatos a juego con el traje y su cabello cobrizo rebelde, y en las manos de este reposaba un ramo de rosas blancas, las favoritas de Isabella.
Edward la miró estupefacto, era la mujer más hermosa que había visto nunca, ese vestido le sentaba de maravilla. Se acercó despacio a ella apreciando cada parte de su anatomía, su delgado cuello, sus pechos y las curvas bajo ese vestido, y sus piernas, ¡Dios! ¡Sus piernas! Fueron su perdición, parecían no tener fin. Alzó la mano derecha de Bella, para dejar un beso en ella sonriéndole con picardía y entregándole el ramo de rosas, el cual la castaña no pudo evitar aspirar su aroma. Después de unos minutos observándola, Edward le ofreció su brazo para escoltarla hasta su auto.
Condujo cerca de media hora donde no hacía falta hablar, su silencio lo decía todo. Aparcó frente del restaurante, le dejó las llaves al valet y se apresuró para ayudar a bajar a Isabella. Observó como el valet miraba con lujuria a su chica y le dirigió una fría mirada, dejando en claro que era su chica y de nadie más. Puso su mano en la baja espalda de Isabella guiándola hacia dentro del restaurante.
- Edward Cullen – dijo Edward al recepcionista, un hombre moreno, alto y de ojos de un profundo azul, cuando le preguntó a nombre de quien había hecho su reservación, odiándolo cada segundo por la forma en la que miraba a Isabella. El recepcionista los llevó a su mesa asignada, apartada del resto, dándoles un poco de intimidad.
- En unos minutos vendrá su mesero para ayudarles. – les dijo mientras les dejaba los menús. Una vez que se había ido, Edward habló.
- Que falta de profesionalismo – Isabella lo miró intrigada ladeando un poco la cabeza hacia la derecha, a lo que Edward rodó los ojos por la falta de atención de la chica – No dejaba de verte ni un solo momento, si lo seguía haciendo juro que no respondía por mis acciones.
Isabella soltó una pequeña risita por el comportamiento del cobrizo, a veces podía llegar a ser un celoso empedernido.
- No te rías, esto es serio – le dijo Edward tratando de ponerse serio, pero es que la risa de Bella era como música para sus oídos, no podía estar enojado, no frente a ella. Isabella aumentó su sonrisa, riendo un poco más, acto que hizo a Edward sonreír también.
A los pocos minutos de haber observado el menú, llegó, para suerte de Edward, porque ya no habría más inmaduros mirando a su chica, y mala suerte de Bella, una chica, un poco bajita de estatura, con su cabello negro recogido en una coleta, nariz respingada y ojos grises, le recordaba a su amiga Alice, salvo que su amiga nunca coquetearía con su chico. Gruñó por lo bajo.
- Buenas noches soy Maritza y seré su mesera esta noche – habló con voz chillona. Isabella solo por educación no puso sus manos en las orejas para dejar de escuchar la voz de la chica - ¿está listo para ordenar? – se dirigió hacia Edward, moviendo sus pestañas rápidamente y soltando disimuladamente un botón de su uniforme. Ofrecida pensó Isabella.
- ¿Bella? – la llamó Edward siendo un perfecto caballero, y de mala gana Maritza se giró hacía Isabella, esperando una respuesta.
- Mmmm, una ensalada de camarón con hojas de parmesano y jitomate confitado
- Bien, ¿y usted? – preguntó Maritza volviendo su mirada coqueta a Edward, el cual la ignoró completamente.
- Para mí un filet mignon en salsa de champiñones, y para tomar un Cabernet Sauvignon Merlot cosecha 1993 – dijo Edward sin si quiera mirarla devolviéndole los menús. Maritza se fue enojada por no haber recibido ni una sola mirada de aquel semental.
Edward observó cómo Isabella seguía con la mirada a la mesera, si las miradas matasen ella ya estaría a unos cuantos metros debajo de la tierra pensó Edward con una sonrisa en su rostro. Isabella lo miró feo y Edward rio por lo bajo.
- No veo a nadie más que a ti, tu eres mi mundo – susurró Edward mientras le daba un leve apretón en la mano. Isabella se sonrojó, nunca se podría cansar de como la trataba el cobrizo, no concebía todavía la idea de que fuera real y estuviese ahí, junto a ella compartiendo un día tan especial juntos.
- ¿Por qué estás aquí? ¿Conmigo? – se aventuró a preguntar Isabella, siendo presa de sus inquietudes.
- Porque quiero, porque eres diferente a las demás chicas que he conocido. Eres tan pura y mágica, me haces ser una mejor persona, ¿quieres que siga? – le respondió con una sonrisa. Isabella negó, tan bonitas palabras habían llegado al fondo de su corazón. Sabía que estaba cometiendo un error al enamorarse cada día de Edward, todo podría acabar de un momento a otro. Pero valía la pena hacerlo, viviría el momento mientras dure, y si dura toda la vida pues que mejor.
La mesera apareció irrumpiendo el aura que se había formado entre ellos.
- Aquí está su orden, ¿le puedo servir en algo más? – dijo Maritza sugerente hacía Edward. Isabella captó la doble intención en las palabras de la chica y quiso ponerla en su lugar.
- No, querida. Creo que estaremos bien mientras más pronto te retires de nuestra velada – la voz fría y la sonrisa hueca de Isabella hizo que la chica se esfumara como el humo. Edward la miró orgulloso, sin ser maleducada puso a la chica donde debería estar. Mejor no lo pudo hacer.
- ¿Tus padres están bien? – preguntó Edward sabedor del problema que se suscitaba en la casa de la castaña
- No, empiezan a gritarse a veces sin razón alguna. Jess y yo estamos muy asustadas. No sabemos qué sucedió para que empiecen a actuar de esa manera. – los ojos de Bella se llenaron de lágrimas. Odiaba ver a sus padres pelear, cuando todo lo que habían visto era como profesaban su amor a los cuatro vientos. Las hacían sentir orgullosas pues no cualquier pareja llegaba a tantos años de matrimonio siguiendo siendo felices.
- Dales tiempo, talvez es un mal momento por el que están pasando. – la animó Edward.
- Lo sé, ojala que eso sea pronto.
Sin más se dedicaron a comer, robándose la comida del otro en uno que otro momento, sacándose sonrisa tras sonrisa, uno que otro beso y dándose de comer mutuamente. Cualquiera que los viese diría que eran una pareja en sus primeros años de matrimonio o primeros meses de noviazgo. Pero cuan equivocados estaban, ahí en esa mesa, el 14 de Febrero de 2013 a las 21 horas, eran tan solo amigos, amigos que se celaban, peleaban y se querían como algo más. Amigos que se apoyaban, se cuidaban y velaban por los sueños del otro. Amigos que calmaban sus ansias, calmaban su alma y corazón.
Al terminar la velada, Edward como todo un caballero, llevó a Bella a su casa. Teniendo en todo el trayecto la mano de la castaña sujeta a la de él. En cualquier semáforo que se detenían él le robaba un beso, talvez dos, besaba su mano y la apretaba suavemente, enviando corrientes eléctricas por todo el cuerpo de Isabella, dejando escociendo el lugar donde sus labios habían estado.
- Quiero darte tu regalo de San Valentín – dijo la castaña un poco tímida cuando habían llegado ya a su domicilio – no es gran cosa – sacó de su bolso una pequeña envoltura cuadrada – lo hice yo misma.
- No tenías que molestarte, Bells – susurró el cobrizo nervioso de alegría por el detalle de Isabella. Tomó en sus manos el presente y la miró para saber si podía abrirlo, ella asintió dándole confianza. Sus corazones latían desembocados, uno por los nervios y otro por la alegría.
Poco a poco el cobrizo fue descubriendo el regalo hasta que dio reparo en lo que reposaba en sus manos. Un estuche de CD
- Es una mezcla de canciones de música clásica. Sé cuánto te gusta ese tipo de música y…bueno… quise poner…las que me parecían más bonitas.
Para sorpresa de Isabella, Edward la fundió en un abraso mientras besaba su coronilla.
- Es el mejor regalo que me pudieron haber dado… gracias, bonita – acto seguido guio sus labios por la frente de Isabella, pasando por su nariz, besó sus parpados cerrados, sus mejillas ligeramente sonrosadas, la comisura de su boca. Se quedó un momento admirando sus labios, esos dos pedazos de carne rosados, tan delicados, tan suaves, tan... ella.
Y los besó, acariciando con ternura cada parte de ellos, delineando con su lengua el labio inferior de ella, dejando entre intervalos pequeños y castos besos en ellos, sin prisas, el tiempo se había detenido, la tierra dejó de girar, sus corazones unidos en una simple y acompasada melodía, sus labios danzando un baile que solo ellos conocían pues eran ellos mismos los que lo habían creado, dando vida propia al más puro amor que nadie alguna vez haya visto.
23 de Febrero 2013
Los días habían pasado tan rápido. Isabella no podía creer que en tan poco tiempo se había enamorado de Edward. Ella, que siempre había programado cada cosa, por más minúscula que fuese en su vida, ahora venía alguien para poner de cabeza su mundo, creando nuevos caminos y una esperanza de haber encontrado el amor verdadero.
Rodó en su cama, enredándose más en las sábanas de seda. Era feliz, completa e irracionalmente feliz. Edward la completaba, era cariñoso, detallista, amable y dedicado, eso sí, solo con ella, ya que cuando estaban acompañados no era ni lo uno ni lo otro. Y aunque haya veces en las que se comporte como un auténtico patán tratando siempre de tener razón, Isabella lo quería así, con sus altos y bajos. Había entendido con el tiempo a no juzgar a las personas ni por su físico, ni por quien parecían ser, ya que en el fondo eran personas distintas, las cuales tenías que aprender a conocerlas.
Isabella se levantó aun con una sonrisa en su rostro y se dirigió al dormitorio de su hermana, como hacía lodos los días para despertarla.
Edward por su parte estaba nervioso, no paraba de caminar de un lado a otro en su habitación como un león enjaulado. Se había propuesto que ese día iba a declarársele a Isabella, tenía tantas ideas en su cabeza de cómo hacerlo pero ninguna le parecía lo suficientemente "ella", sencilla, dulce e inolvidable. Pero él no era que se diga tan romántico, se le daba mal mostrarlo, odiaba las demostraciones públicas de afecto, peor aún si se comportaba mimoso con Isabella frente a alguna persona de su familia. Pero claro, cuando se trataba de dejar en claro a los demás muchachos que Isabella era suya y de nadie más, todo su lado neandertal salía a flote.
Se le acababan las opciones, el único que podía sacarle de esa duda existencial que tenía era Jasper.
Con una llamada telefónica, fijó el lugar y la hora para que el rubio le ayudase con su plan. Ese día sería especial, ya sea de una forma u otra.
8:00 am
Marcaba el reloj en la mesa de noche de Isabella, tuvo que apresurarse. A pesar de que era sábado tenía un proyecto en el cual trabajar dentro de la universidad y no debía llegar tarde aunque solo duraría un par de horas.
Saliendo de casa a la hora justa con Jessica a su lado, recorrieron toda la ciudad hasta poder llegar a su destino, yendo a paso rápido hacia el aula donde recibiría clases.
Localizó a Alice en la parte de atrás, haciéndose camino por las bancas de sus demás compañeros se situó junto a ella, la cual la recibió con una gran sonrisa. Rosalie que estaba más atrás que ellas solo realizó un asentimiento de cabeza en modo de saludo.
Rosalie había estado muy extraña con Isabella desde que esta había empezado a salir con Edward, la evitaba de sobremanera y muy pocas veces le dirigía la palabra. Es por eso que para no ganarse más problemas con Rosalie, Isabella había mantenido en secreto sus salidas con Edward, haciéndole creer a la rubia que eso ya había acabado. Pero, el hecho de que Rosalie fuera rubia no quería decir que era tonta, sabía a la perfección lo que su amiga hacía y porque, sin embargo odiaba eso. Prefería mil veces la verdad a que le ocultara las cosas.
Ese hecho era un poco hipócrita por parte de Rosalie, ella mismo le había ocultado información a la castaña por tratar de protegerla, pero no había dado resultado porque a la final se terminó enterando con pelos y señales de todo. Ahora solo esperaba que su amiga abriese los ojos antes de que fuera demasiado tarde.
Isabella puso su atención en la pizarra, tratando de encontrarle explicación a todo lo que pasaba en su vida. No quería perder a su amiga, eso estaba claro, pero todavía no entendía porque tanto odio de ella hacia Edward, movió su cabeza tratando de sacar esas ideas de su mente, talvez Rosalie no lo odiaba, solo no le caía bien, si eso era, después estaban las peleas que sus padres tenían, en todos los años que tenían de matrimonio jamás los había visto pelearse de tal manera y la estaba asustando, estaba claro que parecía que iban a separarse y eso no quería, porque eso significaba pasar unas vacaciones con Charlie, su padre biológico.
- Ya se les pasará, vas a ver – susurró a su lado Alice guiñándole el ojo. Ella estaba al tanto de todo y la apoyaría con cualquier cosa. Isabella suspiró, no podía caber en su asombro el tener una amiga tan maravillosa como lo era Alice. Su pequeña diablito, siempre tan atenta a ella procurando que estuviera feliz, ayudándole en cualquier problema que tuviese y contándose sus secretemos mutuamente. Alice era de su entera confianza y no la cambiaría por nada del mundo.
- Espero que eso sea pronto, no soporto más su actitud – respondió Isabella, haciendo énfasis en la actitud de la rubia.
- Tranquila, sabes cómo es Rose, de un momento a otro vuelve a ser la de antes – Alice le dio un pequeño apretoncito de manos, el cual Isabella agradeció. - ¿Qué vas a hacer hoy? – le preguntó casual.
- No lo sé, creo que saldré un momento con…mmm él – susurró muy bajito para que Rosalie no le escuchara, lo cual tuvo resultados.
Alice asintió con la cabeza poniendo ya su atención completa a la clase, lo mismo también realizó Isabella, estudiando y haciendo ejercicios que no comprendía pero que a la final tuvo que aprenderlos a la fuerza. Cuando ya todo se había terminado, Alice la acompañó hasta la salida de su universidad, donde ya la estaba esperando su hermana y Lauren, la cual hizo muy incómodo el viaje de retorno de las chicas.
El teléfono de Isabella sonó, mostrando la llamada de Edward subió rápidamente las escaleras hasta su habitación para poder contestar, no quería que Lauren supiera nada de su vida.
- ¡Edward!
- Hola Bells, ¿Dónde estás?
- Llegando a casa ¿y tú? – Isabella no escuchaba nada más que fuera silencio - ¿Edward? – lo llamó, talvez se había cortado la llamada.
- ¿Es enserio? – respondió el cobrizo, un poco molesto.
- Si, ¿Por qué? – a Isabella no le gustaba nada el tono con el que habló Edward.
- Porque estoy fuera de tu facultad esperándote – dijo ya sin ánimos Edward. A Bella se le movió el piso, si tan solo hubiera esperado cinco minutos ahora estaría con él. – En fin, te veo después. – y sin más cerró la llamada. Isabella pensó que fue un poco extraña la forma en la que el cobrizo se despidió.
A lo lejos pudo escuchar como sus padres empezaban a pelear, se recostó en la cama poniéndose una almohada encima de su cabeza, ¡ni aunque estuviera la tonta de Lauren dejaban de pelear!
Trató de dormir, Dios sabía que lo hizo, pero mientras más gritaba su madre más inútil ella se sentía. Quería que eso parara de una vez pero no sabía cómo hacerlo. Quiso salir de esa casa lo antes posible, así que le envió un mensaje a Edward para que la fuer a recoger.
No habían pasado ni 10 minutos cuando el cobrizo ya estaba en la puerta de su casa, bajó corriendo los escalones temiendo por su seguridad cuando casi se cae de uno de estos, más eso no la detuvo, siguió corriendo hasta que estuvo dentro del auto de Edward, el cual la observaba muy preocupado.
- ¿Otra vez? – preguntó el cobrizo refiriéndose a los padres de Isabella, a lo que ella asintió - ¿quieres hablar de eso? – Ella negó ya con lágrimas en los ojos.
Edward condujo en silencio hasta su lugar secreto, el lugar de los dos, un lugar mágico que solo les pertenecía a ellos. Caminaron hasta llegar a su claro, donde ya cuando estuvieron sentados, Edward la abrazó sin pedir nada a cambio. La castaña lo necesitaba ahora más que nunca pero tampoco le gustaba que ella estuviese triste, le partía el corazón.
Zafó el brazo izquierdo de su abrazo y empezó a hacerle cosquillas a Isabella, la cual trató de apartarlo, no le gustaba que le hicieran eso. Pero él no paró, ahora con sus dos manos le hacía cosquillas por todo su abdomen. Isabella como pudo se soltó de su agarre y corrió por todo el claro con Edward pisándole los talones, dándole ventaja porque sabía que la podría alcanzar en unas cuantas zancadas y así lo hizo, agarrándola de la cintura y pegándola a su pecho para empezar a dar vueltas con ella.
La risa de Isabella se escuchaba por todo el lugar y la de Edward hacía eco, mostrándole lo feliz que era cuando ella lo estaba.
Un poco mareados cayeron al suelo, donde el cobrizo se puso encima de Bella, apoyado en sus brazos para no poner todo su peso en ella, dejando su rostro a solo escasos centímetros del de ella. Los dos jadeaban sin embargo no perdían la sonrisa en su rostro. Isabella levantó su mano, y con sus dedos acariciaba el rostro de Edward, los pasó por cabellos cobrizos rebeldes bajando por su fuerte mandíbula, él cerró los ojos disfrutando de esa caricia. Ella aprovechó ese momento para observar aún más su rostro, ahora sereno, grabando en su mente cada rasgo de Edward, posó sus dedos en los labios entreabiertos de él, delineando la forma de estos.
Edward no podía seguir soportando más aquella caricia, lo estaba llevando a límites insospechados. De un movimiento de cabeza hizo que Isabella retirara su mano y la besó, fue un beso anhelante, ansiaba todo de ella, reclamaba su atención. Puso en ese beso todo el amor que él sentía por ella y Bella no se quedó atrás, enredó sus manos en su nuca, atrayéndolo más hacia él, profundizando el beso, uniendo su lengua con la de él en una batalla en la que ninguno quería ganar. Tan solo se entregaron el uno con el otro, perdiendo la noción del tiempo, elevándose a la más alta nube, entendiendo un lenguaje que solo ellos conocían.
Se separaron cuando la falta de aire se hizo presente. Edward dejaba pequeños besos por todo el rostro de Bella, queriendo alargar el momento. Cuando pensó que ya era tiempo, se separó de ella, sentándose en la hierba atrayéndola en el camino, hacia él.
- ¿Estas mejor, bonita? – preguntó Edward mirándola a los ojos.
- Mucho mejor – le respondió Isabella con una sonrisa tan grande y brillante que eclipsaría a la misma luna llena – Mucho mejor ahora que estoy contigo – lo abrazó posando su mejilla en el pecho del cobrizo.
- ¿Quieres un chocolate?
- Sip – dijo la castaña como una niña chiquita con sus ojos brillando de la emoción.
Edward sacó del bolsillo trasero de sus jeans un chocolate nikolo y se lo brindó a su castaña.
- Ábrelo tú – le dijo Isabella con un puchero, arrancándole una sonrisa a su chico. Él negó con la cabeza y ella solo rodó sus ojos – Esta bien, lo haré yo.
De poco a poco Isabella fue sacando el chocolate de su primer empaque, dándole la vuelta para poder abrirlo. Pero su sorpresa fue grande al notar que tras este había una nota, con la fina caligrafía de Edward.
Bella, ¿quieres ser mi novia?
Rezaba aquel pedazo de papel.
No había palabras para describir lo que sentía Isabella, sus mejillas se tiñeron de rojo mientras sonreía tontamente. Había esperado ese momento hace mucho tiempo, y ahora sin más lo tenía en sus manos ¡en un chocolate! Algo tan sencillo pero con tanto significado.
Edward no dejaba de mirarla, analizando cada sentimiento que pasaba por el rostro de Isabella, esperando una respuesta. Y la recibió, cuando de un momento a otro ella se lanzó a su boca haciendo que cayera de espaldas. Bella lo besó tratando de transmitirle su Sí, quiero.
Riendo por el arrebato de la castaña, Edward la separó para mirarla a los ojos, extrayendo con su mano una pequeña cajita negra con lunares blancos y un lazo rojo en medio, de sus jeans. Bella se sentó a horcadas de él mirando la tan delicada cajita, la abrió de poco a poco, encontrándose con un osito miniatura y un papel enrollado del mismo tamaño. Lo desenrolló y leyó la pulcra letra de Edward
Ahora somos tú y yo. Aunque haya peleas y malos momentos, recuerda que siempre pesaran sobre estos, los recuerdos y buenos momentos que pasamos juntos.
Te quiero.
Hola muchachitas hermosas!
He aquí un nuevo capítulo :D , un poquito largo si, pero cuando hay inspiración no se pueden dejar las ganar de escribir.
Les pido una disculpa por la demora, en mi casa están haciendo unos arreglos y estuve sin Internet por unos días.
Espero de todo corazón les haya gustado este capítulo, ¿que les pareció la forma en la que Edward se declaró? ¿muy simple? A mi me pareció muy tierna y original, ¿la actitud de Rosalie? ¿esta actuando de buena forma? Hmmmmm, háganme saber su opinión.
Para las que les causó un poquito de confusión el chocolate Nikolo, no se si en otros países lo hay pero es un chocolate de maní que viene cubierto por un papel color oro, y encima otro papel con su logo. Busquelo en Internet, seguro que sabrán cual es en cuanto lo vean.
Unas gracias infinitas a mis lectoras, a las princesas que han agregado a favoritos, están siguiendo y/o tienen en alerta a esta historia, a las chicas que me dejan reviews también! Es mi droga para seguir escribiendo xD. No podían faltar mis lectoras fantasmas! :) espero algún día encontrarme con un review suyo.
Unos besos enoooooooooooormes para todas ustedes! Dios las cuide y bendiga. ¡Hasta la próxima!
