Disclaimer: Los personajes son de SM, esta historia y si aparece alguno que otro personaje es de mi autoría.
La vie commence peut-être tard, mais n'est pas tombée dans l'oubli.
La vida puede comenzar tarde, pero no se queda en el olvido.
Joyce Jonathan
3 de Octubre 2013
- Escúchame Bella, él-no-es-bueno…. confía en mí Bella, él no es lo que parece.
Isabella daba vueltas en su cama, no sabiendo si había ya despertado o si seguía soñando, pero de lo que sí estaba segura, era del gran dolor que sentía en la parte de atrás de su cabeza. Se escondió aún más dentro de las sábanas, ahogando su cabeza entre las almohadas.
Respiraba entrecortadamente, sentía el latir desbocado de su corazón y lo podía escuchar en sus oídos. Sudaba frío, las manos las sentía húmedas y por más que trataba de secarlas en su cama, volvían a su estado inicial.
- Tanya – susurro Alice
Tanya…ese nombre se le hacía conocido. Sabía que en algún momento había escuchado algo o a alguien llamarse así, pero no recordaba completamente quien o que.
Escuchaba los ronquidos que profería su perro bajo su cama. Se removió inquieta, era evidente que ya no estaba soñando. Había demasiadas imágenes en su cabeza. Alice y Rosalie protagonizaban la mayoría de ellas. Había demasiadas personas pero una chica llamó en especial su atención, rubia, alta y muy, demasiado hermosa. ¡Tanya, la ex de Edward!
Se llevó las manos a su rostro limpiando cualquier rastro de sudor que haya en él y luego se las llevó alrededor de su cabeza apretando fuertemente para que, en un intento vano, pudiera calmar aquel dolor, aquellas imágenes que pasaban como una película dentro de su cabeza. Había tantas cosas mezcladas, tantos recuerdos, no sabía por dónde empezar. Esto la estaba mareando.
- ¡Edward y yo estamos juntos! – dijo Isabella
- Eso ya lo sé boba – sonrió Alice
- No, no, quiero decir de juntos... en una relación – afirmó
- ¡Eso es genial Bells! ¡Felicidades!
La castaña, aún en su cama, sonrió. Ese recuerdo era bonito. Ahora rememoraba la felicidad que la embargaba aquellos días, aquella felicidad que podía contagiar a cualquiera y que la embriagaba hasta la saciedad. Su perro, al sentir que Isabella se removía en su cama, empezó a gruñir. Detestaba que lo despertasen y más cuando estaba soñando con algunas hermosas perras.
Se levantó suavemente de su cama, el dolor en su cabeza parecía aminorar, las imágenes habían cesado y tenía mucha hambre. Pero antes que nada, quería quitarse cualquier residuo de sudor en su cuerpo. Odiaba sudar, y más si lo hacía en sueños, la hacía sentirse muy, pero muy sucia.
El agua en su cuerpo la tranquilizaba y más si se encontraba tan calentita como en ese instante. Mas su cabeza empezaba nuevamente a querer estallar. Sus lágrimas se confundían entre el agua. Recostó su espalda en la fina pared de la ducha mientras se resbalaba suavemente hasta sentarse en el piso.
- No tengo nada que hablar contigo –Rosalie dio media vuelta, alejándose de ella.
La castaña frunció su ceño. ¿Se había peleado con Rosalie? Cerró sus ojos cuando, de nuevo, momentos ya vividos pasaban rápidamente por su cabeza. Isabella logró captar algunos de ellos, Rose observándola con mala cara, Alice diciéndole que se había enterado que su pareja era Edward, Lauren siendo una perra, un chico enorme que ahora sabía se llamaba Emmett Después de eso, la mayoría de recuerdos eran con su familia o Alice. Rosalie no volvía a aparecer en ellos.
Volvía a respirar entrecortadamente, esto de estar recordando la dejaba totalmente cansada. Salió de la ducha para poder cambiarse, las ganas de comer se habían esfumado así como llegaron y aunque quisiese ingerir algo, sabía que su estómago no lo retendría y lo vomitaría al instante.
Bien, ahora todo cobraba sentido. Rosalie, no directamente pero lo había hecho, le pidió disculpas por su comportamiento y ya no había rencores entre ellas. Para Isabella eso estaba bien, recordaba la amistad de años que las unía y lo mal que había pasado cuando se pelearon. Una cosa menos de que preocuparse.
A medida que transcurría el día, la castaña iba recordando fragmentos de su vida. El momento en el que conoció a Jessica y a Phill y de cómo ellos cambiaron la vida de su madre y de ella misma. Habían sido la luz al final del túnel en su camino. También vagamente, pero lo hacía, recordaba a su padre. Charlie no había sido una figura paterna con la que Isabella se pudiera llenar de orgullo. Rememoraba cada momento en el que hacía miserable la vida de su madre, de cómo la gritaba y de cómo, trató pero se arrepintió en el momento que quiso hacerlo, levantó su mano para poder pegarla. A Isabella jamás la había tocado, mucho menos gritado, peor aún, nunca mostró un solo signo de cariño hacia ella, tan solo la ignoraba como se hacía con cualquier bicho insignificante.
La vida era injusta, su mente podía evocar cualquier cosa de su maldito padre pero nada sobre Edward. Todo lo vivido con él se encontraba en blanco, como si un agujero negro hubiese absorbido todo lo bueno y dejado todo lo que no valía la pena recordar.
No había ni intentado salir de su habitación en todo el día. Escuchaba el llanto de Nathan a través de las paredes - Jessica había conseguido que el niño se llamase así y, a pesar de los gritos de su madre por oponerse, Phill había apoyado a su hija como se debe y no a la loca de su esposa – quería verlo, poder consentirlo, malcriarlo y escuchar su dulce risa. Casi una semana había transcurrido desde su nacimiento y ya sabía que era un niño que podía conseguir todo lo que se proponía.
La puerta de su habitación se abrió suavemente. Su habitación se encontraba en penumbras, y ver la luz que desde su puerta penetraba la cegaba completamente.
- Te traje un poco de té – susurró Jessica. La castaña se acomodó mejor en su cama haciendo espacio para que su hermana pudiese sentarse - ¿Cómo te sientes?
Isabella procesó unos minutos su respuesta.
- Cansada, triste, feliz, pero más que todo me siento abrumada. Son tantas cosas que mi mente revive que me es imposible seguirle el paso a la mayoría de ellas. – la castaña llevó la taza de té a sus labios. Estaba muy dulce, tal y como a ella le gustaba.
- Creo que es normal, son muchos años los que has olvidado, tantos momentos que viviste y que ahora recuerdas
- ¿Sabes lo que recuerdo? – con una sonrisa en su rostro Isabella le preguntó a su hermana. Esta, ignorante del asunto, negó con la cabeza – A ti, nuestras niñerías, las peleas, los abrazos, las risas, todo. Ahora recuerdo todo de ti.
Jessica sonrió como nunca antes Isabella la había visto y se lanzó a sus brazos, fundiéndola entre ellos.
- ¡Me hace enormemente feliz! Te quiero mucho, Bells.
- También te quiero mucho, Jess – la castaña le devolvió el abrazo a su hermana, también con una sonrisa en su rostro. Su felicidad duró muy poco.
- Bella, ambos sabemos que esto debe suceder. Hay tanta tensión sexual entre nosotros – susurró Michael.
Isabella se deshizo del abrazo de su hermana.
- ¿Qué pasa? – preguntó Jessica.
- Mi cerebro se empeña en hacerme recordar cosas que no son nada importantes y personas que no merecen la pena ser recordados.
¡Oh Michael!, aquel idiota ojiazul con rostro de niño. Hacía tanto tiempo que no lo veía, ni a él ni a Lauren. La castaña había abandonado la universidad al momento que puso un pie fuera del hospital. No se creía capaz de seguir el ritmo de los demás. Edward, por estar junto a ella ayudándola a recordar, también dejó de asistir a sus clases. Aunque no todo era como él lo pintaba, últimamente su actitud era diferente e Isabella quería saber el por qué. La castaña sospechaba que su enamorado le escondía secretos, y no estaba segura de si quería enterarse o no. Tenía el vago presentimiento que todo cambiaría una vez que Edward se dignara en contarle cualquier cosa.
16 de Octubre 2013
Cada día que avanzaba, la castaña recordaba cada vez más. Todos estaban muy felices con el avance. Habían visitado al neurólogo que la trató cuando estaba hospitalizada y este les dijo que era una muy buena señal que la castaña empezase a recordar, así que le dio algunas pastillas para los dolores de cabeza que experimentaba cuando los recuerdos llegaban. Pero nada podía ser perfecto, hasta el momento no había ni un recuerdo sobre Edward y nadie podía explicar por qué.
Tito corría por todo el patio trasero de su casa tratando de atrapar la pelota que Isabella le lanzaba cada cuánto. Disfrutaba del sol de la mañana, tratando de que su cuerpo reciba toda la vitamina D posible que el astro rey le brindaba. Otoño había llegado tan rápido, las hojas de poco a poco empezaban a caerse de los árboles, el viento era cada vez más fuerte y el corazón de Isabella se iba llenando de amor por cierto chico de cabello cobrizo.
Edward era tan tierno con ella, tan atento y cariñoso. Jamás logró pensar que algún día pudiera encontrar a alguien como él. Claro que había muchas cosas negativas, era muy, demasiado diría Isabella, orgulloso, a veces un poco coqueto con otras chicas. A decir verdad, Edward tenía muchísimas amigas e Isabella no estaba segura si muchas de ellas solo eran amigas o algo más que eso. Sabía que estaba siendo irracional y tremendamente celosa con algo que tal vez no le convenía. Pero es que este chico la empezaba a traer en su mano, cada cosa que el hacía ella lo acompañaba, si Edward decía que debía dejarse de llevar con alguien, ella lo hacía por el simple hecho de no verlo enojado. Es más, había perdido algunas amistades a causa de peticiones, casi obligaciones, que el chico demandaba.
Tito llegó hasta ella, sacándola de sus pensamientos, mientras masticaba la pelota y gruñía entre dientes. La castaña rió y trató de quitarle la pelota de su hocico pero era imposible, el perro se movía de un lado a otro sin control
- Y él – dijo Alice mientras señalaba al chico cobrizo – se llama Edward
Isabella, aun con la mano suspendida en el aire, se quedó pasmada en su lugar. Era él, era Edward, su primer recuerdo de él, el primer encuentro que tuvieron. Sonrió aún más.
Corrió directamente de vuelta a su casa, el perro la seguía con el mismo ritmo, y llegó hasta su habitación. Puso el cerrojo y se dejó caer en su cama. Sabía que si llegaba un recuerdo podría llegar otro u algunos y prefería estar sola cuando eso sucediese. En ese momento no le importó si la cabeza le dolía, si podría desmayarse o simplemente darle algún mareo. Cerró sus ojos y se dejó llevar por la lluvia de imágenes.
Los labios de Edward se acercaron raudamente a los suyos, tenía miedo y un poco de nervios. Paralizada abrió los ojos ante el acto, sentía millones de mariposas en su estómago.
Su primer beso.
Llevó su mano a sus labios tratando de volver a sentir ese cosquilleo. ¿Edward la hacía sentir esas cosas? Ahora lo recordaba. Ahora se daba cuenta que no era solo en esos momentos recientes que él la hacía sentir como si miles de mariposas estallaran en su interior cuando se tocaban, si no desde que se conocieron ya había cierta magia entre ellos, rodeándolos a cada instante.
- ¡DEJAME EN PAZ! YO SE COMO CONDUZCO, ¡HAZ SILENCIO! – bramó furioso Edward.
Isabella se incorporó en su cama. Edward le había gritado, y no de una manera muy bonita que se diga. El tiempo que había estado con ella desde que despertó en el hospital, jamás se había comportado de una manera tan inverosímil. Pero, ahora que lo pensaba mejor, tal vez ella le dio algún motivo para que él se comportase de esa manera, para que él haya estallado de esa forma.
Volvió a recostarse, hasta el momento no había caído en cuenta que su cabeza estaba palpitando del dolor. A tientas buscó en su buro los calmantes que solía tomar en ocasiones como esa.
- Discúlpame
Aquel alegato llegó a sus oídos como si de sus propios analgésicos se tratase. Él se disculpó y eso era lo que importaba. Es más, a Isabella no le hubiese importado tanto lo que haya hecho tanto ella como él, las personas comenten errores y siempre hay una oportunidad para redimirse y ser mejor persona. El pasado siempre queda atrás, no hay por qué volver a recordarlo, es mejor vivir el presente y saber perdonar de corazón.
- Eres diferente a las demás chicas que he conocido. Eres tan pura y sincera, me haces ser una mejor persona.
Eso era una vil mentira. Él la hacía mejor persona, no al contrario. Él era la luz que veía siempre al final del túnel, él era esa persona que siempre vería en los momentos más oscuros, él era el chico con el que quería pasar el resto de su vida a su lado, tener una familia, ver crecer a sus hijos y envejecer juntos. Siempre juntos, no importa los retos que el destino les ponga, ellos tratarán de superarlos sin separarse ni un milímetro del lado del otro.
- Gracias - susurra Isabella, no queriendo romper aquel silencio. Edward la mira dubitativo, tratando de entender el significado a esas palabras – Eres lo mejor que me ha pasado, jamás me imagine sentir algo así por alguien, haz dado un giro de trescientos sesenta grados a mi vida. – él sonríe
No era más que la simple verdad. En el momento que más lo necesitó, él llegó como un ángel caído del cielo, como su príncipe a rescatarla del infierno en el que empezaba a vivir. La transportó a otro mundo, a otro universo donde solo existían ellos dos. Todo se resumía a ellos y al amor que los rodeaba cada día, alimentando sus corazones con cada respiración que daban.
Isabella dio un giro en su cama, hundiendo su cabeza entre sus almohadas para poder gritar de felicidad. ¡Era tan feliz junto a Edward! Cada vez que aquel muchacho abría sus brazos hacia ella, la castaña se sentía segura entre ellos, protegida como nunca había sentido con alguien más.
- Lo quiero mucho, mami – susurró con la voz quebrada
Se habían peleado, otra vez. Por una simple mujer que ya no existía en la vida de él.
Isabella se reprochó mentalmente. A veces era tan tonta para dejarse cegar por el pasado. Pero al mismo tiempo se preguntaba si él habría hecho lo mismo con ella. No, no lo creía, él tenía un alma tan pura y sincera que ni siquiera podía pensar que él pudiese hacer daño a alguien más. Descartó esa idea rápidamente de su mente.
- Feliz cumpleaños, amor. – Edward le dio un beso a Isabella.
Como si Edward en persona le hubiese dado ese beso, la castaña sintió su mejilla cosquillear. Se llevó su mano hacia aquella zona y la acarició.
¿Por qué tenía que estar tan enamorada de ese hombre? ¿Por qué la hacía sentir tantas cosas al mismo tiempo? ¿Estaría él pensando en ella en estos momentos?
Suspiró con una sonrisa en su rostro. Estaba perdida, perfectamente perdida en ese hombre.
Edward se acomodó mejor en el sofá de su casa, se encontraba recostado semidesnudo con una pierna en el suelo y en sus manos se encontraba un control de alguna consola de videojuegos. Aprovechaba cada momento que su familia había salido dejándolo solo en su hogar para poder hacer de las suyas.
La pantalla del televisor mostraba un muy elaborado juego de fútbol con los mejores jugadores que el dinero cibernético podía comprar. El cobrizo gritaba cada momento que algún jugador no realizaba la maniobra que él quería para poder anotar un gol al otro equipo, se enojaba pero de alguna manera volvía a jugar dando todo de sí en cada partido. Pero esta vez había llegado a su límite de paciencia, ya eran dos veces seguidas que jugaba con el mismo equipo y esas dos veces terminaba perdiendo cual niño sin experiencia.
Se levantó de su muy cómodo lugar y todavía refunfuñando se dirigió a la cocina por un poco de pizza que su madre había cocinado el día anterior. Para su mala suerte Esme había dejado la comida fuera del refrigerador y ahora Steve, el perro de Edward, había disfrutado de un delicioso festín con pizza hawaiana y pizza de tocino. El cobrizo se irritó aún más y subió las escaleras hacia su dormitorio como alma que lleva el diablo. Este día no estaba saliendo como él quería.
Escuchó su teléfono sonar en alguna parte de la habitación, le molestó aún más el sonido y deseó apagarlo con todas sus fuerzas.
Cuando lo encontró, ni si quiera se fijó quien era el remitente.
- ¡¿Qué?!
- Buenas tardes para ti también
- Princesa – su enojo se redujo completamente a cero – discúlpame, no he tenido un buen día. ¿Cómo estás?
- Ahora mejor que te recuerdo – Edward ahogó una exclamación, no podía creerlo - ¿Anthony? – el cobrizo empezó a reír de felicidad, así era como ella lo llamaba cuando él no hacía las cosas rápido.
- Sigo aquí, mi bonita. Ahora que sabes por todo lo que hemos pasado y cuanto te quiero, no dejaré ir por nada del mundo.
31 de Octubre 2013
- ¿De qué te disfrazarás, Bells?
- Todavía no lo sé. Creo que de nada.
- Nada no es divertido, eres la anfitriona y debes disfrazarte de algo, aunque sea te pondré una sábana encima para que seas un fantasma – Alice rodó sus ojos – Yo me disfrazaré de pirata, bueno de la novia de un pirata porque Jazzie será pirata, Rose de caperucita roja y Emmett de lobo, ¿no te parece divertido? – como una niña pequeña, la pelinegra saltaba de un lado para otro tratando de convencer a Isabella.
- Aunque quisiera disfrazarme, Edward no iría conmigo a ninguna parte – susurró Isabella.
- Sí que irá, de eso no te preocupes. Podemos vestirlos a ustedes dos de vampiros – la castaña giró sus ojos.
- Eso es muy cliché, Alice. En esa fiesta habrá miles de millones de vampiros.
- ¿Y si son unos vampiros malos?
- No, Alice.
- Está bien, está bien – guardaron silencio, ambas se concentraron en sus propios pensamientos. Alice imaginaba los disfraces que podrían usar Edward y Bella, mientras tanto la castaña solo pensaba en la persona que aceleraba su corazón con solo una mirada, un mensaje de texto o una llamada.
Hace algunos días tuvo otro recuerdo, el más vívido que cualquiera que había tenido. Eran tan lúcido que todavía podía evocarlo sin impedimento alguno.
- Je crois que… je crois que je t'aime
Ella le había dicho a Edward que lo amaba. Bueno, Isabella creía que era amor. Nunca antes había sentido lo mismo por alguien, era algo nuevo y excelso que solamente podía asociarlo con amor, amor de verdad no cualquier cosa que sientes por un amigo, un conocido - aunque por un conocido solo se llega a tener un poco de cariño si es que era un poco cercano, porque si no, ni a cariño llegaba – o por tu mascota. Era ese tipo de amor que te decía que podías poner las manos en el fuego por esa persona sabiendo que nunca te defraudaría. Ese tipo de amor que no sabes cómo ni cuándo pero termina colándose en tu cuerpo de una manera y otra. Ese tipo de amor que te ciega completamente y solo podías ver a esa persona como tu igual, tu alma gemela, y aunque fuese a cometer miles de errores sabes que lo perdonarías a pesar de todo, no importa las circunstancias o el error que cometió, el amor que sientes es más fuerte que lo demás y nadie ni nada podrá hacerte cambiar de opinión.
Isabella suspiró fuertemente y Alice la miró extraña. Estaba jodida, se había enamorado a tal punto de Edward que podía dar la vida por él, matar por él, vivir solo por él.
- Romeo y Julieta
- ¿qué? – Alice logra sacar de sus pensamientos a Bella, ésta la mira extrañada.
- Pueden disfrazarse de Romeo y Julieta – la castaña meditó un poco la proposición de su amiga. No era para nada una mala idea y se ajustaba perfectamente a ellos. Salvo por las muertes y todo el drama que eso conlleva. Isabella asiente con su cabeza, de su garganta no sale ni un sonido. Se siente abrumada por todo lo que su corazón siente y su mente trabaja a mil por hora. Está segura que algún día el amor que Edward le tiene podría acabar, podría desaparecer de un día a otro, marchitarse y jamás volver, pero no le importa quiere seguir embriagándose de ese amor mientras dure, y si es para toda la vida que mejor.
Alice arrastraba a Isabella por el centro comercial, esta vez sin mucha resistencia ya que algo había cambiado en la castaña durante el tiempo que se recuperaba y le gustaba la nueva Bella no la iba a cambiar para nada, en busca de un traje que pueda acondicionarse a la época que quería rememorar con la pareja, y lo encontraron. Bella solo esperaba que Edward lo usase.
La fiesta no era como las típicas que habían hecho las hermanas Dwyer. Renée y Phill habían ido a visitar a la madre de este, que vivía en San Francisco, para que pueda conocer a su nuevo nieto, y Jessica e Isabella no pudieron desaprovechar la oportunidad que se les estaba presentando. Hacía tantos meses que no realizaban una fiesta y necesitaban con urgencia desahogarse, desestresarse con buena música, alcohol y uno que otro cigarrillo.
Absolutamente todo el inmueble de la casa había desaparecido. Las paredes las habían pintado, con pintura que podrían sustraerla solamente con agua, de color negro y había telarañas que colgaban en cada esquina de la casa y otras que las habían estirado para ponerlas en el suelo o alrededor de una columna de la sala. Con una tiza blanca habían difuminado la parte inferior de las paredes para que parezca neblina, aunque habían usado su famosa máquina de humo también, una que otra calabaza, calavera o sombreros de bruja se asomaban en el barandal al subir las escaleras.
Esta vez no habían contratado ningún DJ. Emmett había llevado su propia consola de mezclas con sus respectivos parlantes y se estaba encargando de la música. Le iba de maravilla. Rosalie se había encargado de la decoración del patio, y podía decir con orgullo que era la mejor casa en todo el conjunto donde vivía Isabella. Mientras que Alice se había encargado de las picaditas y las bebidas
- Esta muy apuesto, mi amor - Para suerte de Isabella, Edward había accedido a vestirse como el amante de Julieta, no sin antes hacerle prometer una buena ronda de besos. Edward pensaba que se veía ridículo con las mallas color caqui, que según él parecía un bailarín de ballet. Llevaba unas botas café oscuro hasta la rodilla. La camisa blanca, desanudada los dos primeros huecos, adornaba su pecho y en sus muñecas destacaban los vuelos que tenía esta. El abrigo que llevaba esa noche también pertenecía al disfraz que con tanto ahínco Alice había comprado. Era del mismo color que sus botas, cubría toda su espalda hasta la parte posterior de sus rodillas. Desde el cuello hasta la mitad de su pecho lo llevaba elegantemente descubierto gracias a las solapas de este y cuatro botones se ajustaban hasta su cintura.
Isabella lo imaginaba como si siempre hubiese pertenecido a esa época.
- Tu pareces caída del mismísimo cielo, mi propio ángel guardián – Isabella se sonroja fuertemente, en todo el tiempo que llevan juntos como pareja, todavía no se acostumbra a los halagos de su enamorado. La castaña destacaba con su vestido, no era tan antiguo como parecía el de Edward, pero simplemente tenía un aura diferente a cualquier otro. Era demasiado largo cubriéndole los pies, el escote de encaje era igual tanto en sus pechos como en su espalda, llagaba hasta la base de sus senos y luego una cinta dorada rodeaba el vestido. Las mangas también tenían encaje cubriendo sus hombros. Llevaba el cabello suelto en sus características ondas y una cinta del mismo color que adornaba su vestido estaba anudada en su cabeza, dándole un aire hippie.
Bailaron toda la noche. Nadie más, salvo sus amigos, podía hacerlos separar. Era una noche realmente mágica y estaban sacando el mejor provecho de eso, perdiéndose en la mirada del otro. Había veces en las que Isabella lograba divisar a Rosalie bajando las escaleras toda apresurada y después de unos minutos lo hacía Emmett. Alice y Jasper no habían hecho acto de presencia en toda la noche, talvez - imaginó Isabella - están en una de las habitaciones superiores haciéndolo como conejos.
El Romeo y la Julieta de esa noche tomaron una que otra copa mas al caballero parecía no hacerle efecto, mientras que la señorita se encontraba un poco mareada.
Más tarde a la media noche, la música había cesado y todos habían salido para poder observar los fuegos pirotécnicos en el cielo que alumbraban aquella noche. Edward la abrazaba protectoramente en su pecho. La castaña se acurrucó en sus brazos, sintiendo el calor que emanaba su piel. En sus rostros se vislumbraba el color de cada una de aquellas luces en el firmamento. Y, aunque hubiese un mar de gente a su alrededor, solo existían los dos, el uno para el otro. Era el momento perfecto para Isabella, el momento por el cual había esperado muchas veces.
- Te amo – susurró Isabella contra el pecho del cobrizo.
Edward se envaró, sus brazos, que rodeaban amorosamente a Isabella, perdieron un poco de fuerza.
- Mierda – él, él no había oído lo que dijo, pero Isabella, al estar tan cerca de él, escuchó perfectamente su voz sobre su pecho. Lágrimas se arremolinaron en sus ojos, cerró sus parpados impidiéndoles la caída.
No se supone que debía de ser así.
Son casi tres semanas que no he actualizado, deberíamos estar ya en diciembre o en enero, donde las cosas ya se empiezan a complicar. En el próximo capítulo aparecerá alguien que cambiará la vida de Bella.
La verdad, no me ha dado ganas de escribir y este capítulo ha salido de pura suerte. Estamos, digo estamos por mi familia, pasando un momento muy difícil y créanme que es arduo este camino que Dios está poniendo en nuestra vida. No quiero, y creo que nadie tampoco, perder a mi mamá a mis escasos diez y nueve años. Ni ahora ni nunca. Es un pilar, al igual que mi papá, muy importante en mi vida, han estado ahí para mí cuando nadie más lo ha hecho y me parte el alma el solo pensar que algo les pueda pasar a cualquiera de los dos.
Sé que me he salido del tema, no quiero que piensen que les he dicho esto porque quiero que me tengan lástima, porque no es así. Necesitaba desahogarme con alguien. Discúlpenme si las he incomodado.
No sé cuándo vuelva a actualizar. Espero, en realidad espero, que pronto.
Dios las cuide y bendiga.
