GUERREROS DE ALMAS ROTAS
Capítulo 4
La lluvia caía sobre él en una cascada incesante de pequeñas gotitas de agua que mojaban su rostro, que inundaban su tristeza y apaciguaban su dolor. La lluvia parecía llevarse el dolor, era la misericordia que venía a limpiar su alma, una alma tan negra como su nombre.
Sirius estaba en el patio interior del castillo, a la intemperie, pero protegido por toda la fuerte estructura del ancestral castillo a su alrededor. El cielo estaba oscuro, la lluvia caía sin control y estaba mojado de arriba a abajo. Encendía cigarrillo tras cigarrillo, protegiéndolos con un hechizo para que nos se mojaran. Aspiraba el humo y lo dejaba ir, si preocuparse por las normas que le prohibían fumar en la escuela. Había pasado ya la medía noche y Sirius estaba seguro que no encontraría alumnos a aquellas horas, así que salió a escondidas de la habitación en busca de soledad, pues no soportaba estar encerrado en la misma habitación con Remus y que este ni siquiera le mirara.
La noche se cernía sobre él, y su cuerpo parecía mimetizarse en la oscuridad.
Había pasado una semana desde aquel maldito beso y nunca se había arrepentido tanto por besar a alguien, jamás había sentido aquel desagradable nudo en el estómago cada vez que recordaba el sabor de los labios de Remus. Y si había una cosa de la que Sirius pudiera jactarse, era por haber besado a media escuela, y podía decir con absoluta certeza que los labios de Remus no se asemejaban a ningunos que hubiera probado antes. Pero el sabor amargo que ahora le quedaba, estaba consumiéndole.
Su alma se consumía con cada calada al cigarrillo entre sus dedos mientras las lluvia seguía cayendo sobre él.
—Maldito cabrón —dijo en un suspiro.
Se arrepentía más que nunca de aquel maldito beso, se arrepentía de haber confiado en que Remus le aceptaría. Había decidido besarle como un acto reflejo de lo que estaba ardiendo en un interior. Sirius era un hombre de acción, hacía lo primero que le pasaba por la cabeza, sin pensar en las consecuencias. Sirius se dejaba lleva por sus bajas pasiones, era la víctima del mandato de sus sentimientos, tan fuertes y desmesurados que ni él mismo podía controlarlos.
Una semana sin su voz, una semana sin su risa, una semana sin poder hablar con él, sin mirarle, sin ser mirado, sin sentir el calor recorrer su piel cuando él anda cerca, sin poder tocarle, sin poder acercarse demasiado. Sirius llevaba una semana sin Remus, una semana de pura asfixia. Una semana en la que había tenido que volver a sus antiguos vicios. Se había visto terriblemente obligado a buscar una chica diferente cada noche. No podía soportar aquella falta de calor, y la única manera que sabía para apaciguar su dolor era intentar apaciguarlo con el frío calor de besos a escondidas de la primera chica que encontrara esa misma noche. La mitad caían presas de sus encantos, y la otra mitad lo mandaban a paseo por haberlo intentado demasiadas veces. Pero Sirius no desistía, necesitaba llenar el vació que Remus había dejado. Y a pesar de intentarlo desesperadamente, sabía que nada ni nadie podría igualarse a aquel amargo y condenado beso que ambos habían compartido.
Encendió otro cigarrillo y lo hechizó para que no se mojara.
La lluvia seguía cayendo.
—Te estás empapando.
Sirius se giró sobresaltado. Remus estaba detrás suyo bajo la lluvia.
—¿Qué haces aquí, Sirius? —su voz era nasal y sosegada, pero con solo escucharle Sirius ardía.
—Fumar.
—Ya veo.
Remus avanzó y se puso a su lado, cogió el paquete de cigarrillos de entre sus manos y se llevó uno a la boca. Sus labios se fruncieron alrededor de la boquilla y Sirius se lo encendió en un acto reflejo.
El silencio se apoderó de ellos. Estuvieron callados durante largos minutos de asfixiante incertidumbre. Sirius desconocía la razón por la que Remus había decidido seguirle a media noche y buscar su compañía. Su llegada le desconcertaba. Se había pasado una semana sin hablarle y ahora aparecía de la nada, en mitad de la noche y queriendo compartir un cigarrillo con él.
—Quien te entienda que te compre —dijo Sirius.
—Cállate.
—No —bramó—. ¿A que viene esto? Una semana de silencio y ahora te presentas aquí como si nada… —Sirius se giró hacía Remus, encarándole—. ¿Por qué, Remus? ¿Se puede saber que coño te pasa?
—No quiero hablar del tema… —dijo Remus—. Solo quiero dejarte bien claro que no quiero que me vuelvas a besar.
Sirius retrocedió y se quedó paralizado.
—Está bien —dijo—. No té volveré a besar.
Hubo un extraño silencio entre ambos, y entonces Sirius habló de nuevo:
—Yo no te volveré a besar, si tú no me vuelves a seguir el royo si lo hago…
—Yo… Eh… Yo, n…. —balbuceó Remus, sin saber que decir.
Ambos sabían perfectamente que aquel beso había sido incitado por los dos. Sirius había empezado, sí, pero Remus le dejó continuar. Y ante aquella propuesta el chico se quedó sin palabras.
—Trato hecho —dijo finalmente.
Le tendió la mano y Sirius la cogió.
Gracias por leer, nos vemos en el próximo.
Besos, Lúthien.
