GUERREROS DE ALMAS ROTAS

Capítulo 5

Volvieron juntos a la habitación.

Sirius y Remus caminaban en silencio a través de la oscuridad de los pasillos, dejándose envolver por la noche y sus secretos. Vigilaban los pasos del que tenían al lado, intentando no separarse demasiado y buscando una cercanía que habían prometido no volver a repetir. Se habían dejado el mapa y la capa de invisibilidad en la habitación, caminando desprotegidos a altas horas de la noche por los pasillos de Hogwarts. No les preocupaba demasiado, no era la primera vez que corrían el riego y estaban seguros de que no sería la última.

—Lily vino a hablar conmigo y con James hace unos días…. —dijo Sirius.

—¿Sobre que?

—Sobre ti.

Remus le miró confuso.

—Estaba preocupada por ti, Lunático —dijo Sirius—. Quería saber que era lo que te habíamos hecho para que estuvieras tan "raro".

—Fui grosero con ella —explico Remus—. Le hablé mal cuando no se lo merecía. Lily sólo intentaba ayudarme.

—Pues vino buscando explicaciones por tu extraño comportamiento.

—¿Qué le dijiste? —preguntó Remus.

—Nada. Que yo tampoco sabía que demonios te pasaba.

—¿Te creyó?

—Es Lily, claro que no me creyó.

Remus sonrió en la oscuridad, a sabiendas de que Sirius no le vería hacerlo.

Siguieron caminando, aminorando el ritmo con miedo a que Filch los pillara a esas horas paseando por los pasillos. Subieron a prisa las escaleras y pronto estaban entrando a la Sala Común de Gryffindor. Se habían mantenido en silencio el resto del camino, sus cuerpos se habían movido acompasados y se habían acercado más de la cuenta. Había una fuerza invisible que los mantenía juntos, pues sus dos cuerpos ejercían una fuerza magnética para con el otro, procurando no alejarse demasiado.

Al entrar se sorprendieron por ver la luz de la Sala Común encendida. Había una figura de pie en medio de la estancia, y a juzgar por como les miraba, había estado esperándoles un buen rato.

McGonagall tenía las manos colocadas en la cintura y les miraba inquisidora. Sólo estaba ella en medio de la Sala, con una bata, el pijama debajo y el pelo recogido en rulos desordenados.

—¿Se puede saber dónde estaban? —inquirió iracunda, con el filo de las cejas más puntiagudo que nunca. Les miraba sin pestañear, ansiosa por una respuesta.

—Profesora… Verá… —intentó explicar Sirius—. Yo, bueno….

—Profesora, McGonagall —le cortó Remus—. Sirius no estaba en la habitación cuando he vuelto de mi ronda de Prefecto. Así que he decidido salir a buscarle, por mi condición de Prefecto, claro —explicaba Remus con total elocuencia—. Le encontré merodeando por los pasillos. Pero le traigo de vuelta, así que ya está todo solucionado.

La profesora parecía extrañada por la historia, pero cambio el gesto con un solo pestañeó. Su rostro se arrugó, la preocupación tomó forma y sus ojos se oscurecieron.

—Bueno —dijo entonces—. Lo dejaré pasar esta vez porque tengo algo importante que decirle, señor Black. Tiene que acompañarme. El director nos está esperando.

—¿Dumbledore quiere verme ahora? —preguntó Sirius extrañado—. ¿Por qué?

—Ahora lo sabrá —dijo la profesora, algo conmocionada—. Usted, señor Lupin… Vaya a su habitación y haga el favor de dormir, mañana hay clase.

Remus miró una última vez a Sirius antes de irse hacía las escaleras.

—¿Profesora, puede venir Remus conmigo? —preguntó Sirius antes de que este llegará a subir las escaleras. Lupin se dio media vuelta y miró fijamente a McGonagall, esperando una respuesta y suplicando en silencio que le dejara ir.

—No creo que sea necesario… —contestó.

—Por favor —volvió a insistir Sirius.

El rostro cansado y triste de la profesora se relajó, dejó ir un suspiró y asintió con resignación.

—Está bien, pero tendrá que esperar fuera del despacho. Puede venir con nosotros hasta allí y esperar a su amigo fuera, señor Lupin —dijo McGonagall.

Salieron los tres juntos de la Sala. Caminaron detrás de McGonagall que arrastraba los bajos de la bata de terciopelo. El silencio reinó durante todo el trayecto, Sirius miraba a Remus preocupado, sin saber por que Dumbledore quería verle a esas horas, por que McGonagall parecía tan triste y dando gracias a que Remus estuviera a su lado en aquel momento.

El trato que habían acordado hacía un rato consistía en no volver a besarse, pero no detallaba ningún acuerdo que prohibiera el contacto físico. Así que Sirius, a falta de calor, cogió a Remus de la mano. El primero contacto fue secó y duro, la mano de Remus se tensó bajo el contacto de los cálidos dedos de Sirius. Luego pareció relajarse, amoldándose a su tacto. McGonagall no se dio cuenta de aquel afectuoso gesto de los dos chicos, pues cuando llegaron a la puerta y Remus tuvo que quedarse fuera, sus manos ya se habían separado. Sirius le miró antes de entrar al despacho de Dumbledore, McGonagall aguantaba la puerta desde dentro, dándole paso a e invitándole a entrar. Fue el rostro de su profesora lo que más le preocupó, pues su gesto demostraba que estaba profundamente afligida.

Los pies de Sirius le habían jugado una mala pasada, cuando se dio cuenta de lo que sucedía ya había avanzado, había entrado en el ancestral despacho del director y la puerta ya se había cerrado tras él. Ya no había escapatoria.

—Sirius, acércate —dijo Dumbledore sentado tras su gran escritorio y con una amable sonrisa.

Habían dos personas más en la estancia. Una estaba sentada en una butaca junto al escritorio del director y la otra estaba de espaldas a Sirius, de pie junto a la butaca.

No quería acercarse, sabía que iba a pasar y no quería seguir avanzando. Pero Dumbledore le tendía la mano, le sonreía y le transmitía la calma y serenidad necesaria para enfrentarse a ellos. Sus padres se giraron a la vez y atravesaron su alma con solo una mirada. Sus ojos brillaban en la oscura estancia y resplandecían en comparación con sus negros atuendos.

—Hola, Sirius —dijo su padre desde su poderosa posición. Estaba de pie al lado de la butaca, más alto que ninguno de los presentes y mirándoles a todos con la soberbia propia del apellido que llevaba.

—¿Qué hacéis aquí? —dijo Sirius.

—Hemos venido a hablar con tu director —dijo Orion.

—¿De madrugada?

—Sí.

—Podrías ser más educado, Sirius —su madre habló, antes inmóvil en la butaca. Ahora parecía estar reteniendo la ira de toda una vida, intentado contener la rabia contra su hijo con tal de mantener las apariencias y cierta modesta compustara.

—Señor… —Sirius miró a Dumbledore— ¿Para que me ha llamado? —dijo con arrogancia.

Antes de que Dumbledore respondiera a la pregunta de Sirius, Regulus entró en el despacho. Su hermano caminó hasta ellos, con la mirada perdida e intentando desesperado no encontrar la mirada acusadora de su hermano mayor, que le miraba iracundo.

—Hola, hijo—dijo su padre.

—Hola —Regulus miró a sus padres y les mostró una muy correcta sonrisa, fría y distante.

—Bien, bien… —prosiguió Dumbledore—. Ahora que estamos todos, me gustaría comunicaros lo que hemos estado hablando vuestros padres y yo —Sirius miró a Regulus, este miraba concentrado al director—. Esta espontánea reunión se debe a la creencia de vuestros padres de que Hogwarts ya no es un lugar seguro para la educación de sus hijos. El problema es que estamos a mediados de semestre y creo firmemente que resultaría dañino para vuestro seguimiento estudiantil abandonar la escuela en estos momento, lo cual es la mayor de mis preocupaciones…

—¡Espere un momento! —Interrumpió Sirius sin escrúpulos—. Si no he entendido mal… —miró a sus padres—. ¿Queréis que deje Hogwarts? ¡Por Merlín! ¿Creéis que voy a permitir que me llevéis a otra escuela que no sea esta?

—Harás lo que nosotros digamos —dijo su padre.

—¡Y una mierda! —ladró—. Señor, no puedo permitir esto —Sirius se abalanzó sobre el escritorio, con tono suplicante y mirando a Dumbledore fijamente—. ¡No me iré!

—Cálmate, Sirius —dijo Dumbledore—. No te irás a ninguna parte.

—¿He escuchado mal, Albus? —inquirió Orion, acercándose al escritorio—. Por el momento seguimos siendo sus padres y decidimos sobre él.

—Ustedes son sus padres y yo soy el director de esta escuela —Dumbledore se puso en pie, caminó hasta el fénix a su izquierda y acarició con suavidad sus plumas—. Por el momento decido sobre mis alumnos y sobre quien entra o abandona el centro. Puede que sean sus padres, pero bajo este techo decido yo. Sirius y Regulus tienen la potestad de decidir si quieren quedarse o, por el contrario, hacerles caso y abandonar Hogwarts.

Sirius se relajó, pero antes de que pudiera saborear la tranquilidad que le inspiró las palabras del director, su madre se puso en pie y habló:

—Regulus, te irás de esta escuela por la mañana. Cogerás el primer tren desde Hogsmeade y volverás a Londres. En menos de una semana partirás a Durmstrang para acabar con tus estudios. No consentiré que mi hijo este en esta escuela un día más —dijo Walburga—. Y tu, —miró Sirius y le señaló con el dedo—, jamás vuelvas a considerarte hijo mío. Jamás vuelvas a considerarte uno de los nuestros. Estas navidades nos demostraste que nunca has sido un Black, cuando renunciaste a tu apellido y te marchaste de nuestra casa. Hemos venido a buscarte con la esperanza de que te hubieras redimido, pero tus actos son una vergüenza para esta familia. No eres hijo mío, no eres de mi sangre. Eres una aberración, una deshonra, un despropósito, eres el eslabón perdido de los Black.

—¿Has acabado? —dijo Sirius, con el llanto aferrado a la garganta.

—He acabado contigo —se giró hacía Dumbledore—. Ha decido quedarse pero yo no piensa pagar un solo Galeón por él. ¡Quédate en Hogwarts, Sirius! ¡Págatelo tu!

Dumbledore restó callado, miró a Sirius y torció una sonrisa, demasiado escondida para que alguien a aparte de él la viese.

—¡Vámonos! —Walburga cogió a Orión del brazo y salieron por la puerta del despacho sin decir nada.

La estancia permaneció en silencio absoluto durante unos largos segundos. Regulus se movía inquieto al lado de Sirius, mirando a su hermano e intentando descubrir que se escondía tras su rostro. Su mirada estaba clavada en el suelo, no había expresión alguna que le diera indicios para poder saber que le pasaba por la cabeza en aquel momento. Regulus quiso encontrar fuerza suficiente para hablarle a su hermano, para preguntar que era lo que pensaba de todo aquello y que debía hacer él. Quería hablarle, preguntar y discutir que era lo correcto, pero Regulus no tuvo la fuerza necesaria para hacerlo. En lugar de hablar se quedó callado, arruinando su relación con Sirius ahora ya para siempre. Con su silencio, Regulus instauró un muro invisible entre ambos que ni el agónico pasar del tiempo pudo derruir. Entonces abandonó el despacho, despidiéndose del director con fría cortesía.

—Señor… —Sirius apenas podía gesticular palabra, su voz salía a duras penas por su boca y el llanto abrasaba su garganta—. ¿Cómo voy a pagar…?

—No te preocupes ahora por eso —le interrumpió Dumbledore, volviendo a sentarse en su enorme butaca tras el escritorio—. Siéntate, Sirius… Cuéntame que paso en Navidad. ¿A que se refería tu madre?

Sirius se sentó en la butaca que había ocupado su madre hacía unos minutos. Respiró e intentó emitir una frase coherente y que el llanto no le frenara las palabras.

—Me escapé de casa después de una discusión mucho pero que esta —dijo Sirius, recordando lo ocurrido—. Fui a casa de los Potter aquella noche y pase todas las vacaciones de Navidad con ellos.

—Bien, eso está bien —dijo Dumbledore, acariciándose la barba—. Me pondré en contacto con los Potter para agradecer su hospitalidad.

—Pero, Señor… ¿El dinero? ¿Cómo voy a pagar la escuela? —volvió a insistir Sirius.

—Ese ha de ser el menor de tus problemas ahora, Sirius —dijo Dumbledore—. En Hogwarts siempre daremos ayuda a aquellos que la necesiten, y lo más importante, a aquellos quienes la merezcan. No me cabe duda de que tu eres digno merecedor de dicha ayuda, y siempre y cuando yo dirija esta escuela, ningún alumno se verá expulsado por no poder pagar.

—Pero, Señor…

—Lo único de lo que debes preocuparte ahora es de esforzarte al máximo en las clases, aprender todo lo que te sea posible. Se vienen tiempos oscuros y difíciles, Sirius. Las cosas están empezando a cambiar, lo presiento. Nada es ahora como lo fuera antaño. Un mal esta surgiendo, algo que ninguno nosotros podría imaginar —Dumbledore se detuvo al ver el miedo dibujado en el rostro de su alumno frente a él—. Pero no te preocupes por eso, ya llegara. Y cuando llegué estaremos preparados.

—¿Cree que habrá una guerra?

—No quisiera pensar que si, pero no hay nada que me convenza de lo contrario —Dumbledore pareció perderse dentro de su propia mente durante unos segundos—. No hablemos de eso ahora. Es tarde, deberías irte a dormir. Quiero que descanses y mañana ven a verme después de clase.

Sirius se puso en pie.

—Muchas gracias, Señor… Por todo.

—No hay por que darlas, Sirius —dijo el director—. Ve a descansar ahora, ha sido un día largo.

Caminó hasta la puerta, atravesando el despacho con un ritmo sosegado. Caminaba ensimismado, intentando procesar todo lo que había sucedido y analizando cada instante de los últimos diez minutos allí dentro. Abrió la puerta y salió de la estancia. Después de todo lo sucedido se había olvidado de que Remus estaba esperándole fuera. Estaba sentado junto a las escaleras, escondido entre las sombras del pasillo.

—¿Qué ha pasado, Sirius? He visto salir a tus padres… —Remus se había levantado y había caminado hasta él.

Sirius retrocedió, intentó pronunciar palabra, pero el llanto se lo prohibió. No lloró, sin embargo, las palabras se ahogaban en su interior antes de poder ser emitidas.

—Sirius… ¿Qué pasa? Háblame.

—No puedo. No puedo.

Sirius metió las manos en el bolsillo de la camisa y sacó la cajetilla de tabaco, se llevó uno a la boca y se le encendió. Le temblaban las manos y sus caladas eran rápidas y nerviosas.

—¿Estás loco? Estamos delante del despacho del director… No puedes fumar aquí.

—¡Cállate y vámonos!

Comenzaron a andar de vuelta a la Sala Común. Remus se movía deprisa detrás de Sirius, sin embargo, no podía seguir su ritmo. Caminaba muy rápido e iba fumando cigarrillo tras cigarrillo. Remus se preguntó como podía haberse fumado un total de tres cigarrillos durante el corto camino hasta la Sala Común. Cuando llegaron, las luces estaban medio apagadas, la chimenea se debatía entre la vida y la muerte, lo que una vez fue madera resplandeciente ahora eran solo cenizas carbonizadas.

—Sirius… ¿Vas a contarme que demonios a pasado?

—¿Por qué quieres saberlo?

—Porque soy tu amigo, merezco saberlo.

—¿Mi amigo? —repitió con fastidió—. Lo que menos me apetece ahora es ser tu amigo, Remus.

—¿Que es lo que te apetece entonces?

—¿Quieres que te lo diga?

—Sí —respondió Remus.

—Me apetece cogerte del cuello, arrinconarte contra aquella pared y comerte la boca. Me apetece bajarte los pantalones y que tu me bajes los míos. Me apetece quitarme esta rabia que tengo dentro corriéndome en tu boca ¡Joder! Eso es lo que me apetece, Remus.

Remus se quedó de piedra.

—Pero no voy a hacer nada de eso por el puto trato que hemos hecho. Porqué por una vez en mi vida voy a seguir las normas. Y quiero que te arrepientas por haberlas puesto —la ira se acumulaba en sus palabras—. Quiero que te mueras de ganas de que te bese otra vez y que seas tu quien rompa el trato —sus cuerpos estaban muy cerca—. Buenas noches, Remus Lupin —Sirius se separó, caminó hasta las escaleras y las subió sin mirar atrás.

Remus se quedó allí quieto e inmóvil, divagando y repitiendo el sonido de las palabras de Sirius y de como su cuerpo había empezado a temblar, de como la luna había dejado de ser el centro de control de sus emociones. Sus palabras se repetían una y otra vez. Todas sus inseguridades desaparecieron al instante, pues Sirius Black quería bajarle los pantalones y correrse en su boca.


Gracias por leer, nos vemos en el próximo.

Besos, Lúthien.