DISCLAIMER: Los personajes del Manga INUYASHA, son creación de Rumiko Takahashi. La historia en la que se utilizan, es de inspiración mia ;)

ADVERTENCIA: Esta historia es rated M, por lo que contendrá, situaciones SEXUALES y de violencia, además de lenguaje vulgar, de manera explícita, y no por eso recomendar cada una de ellas… Se recomienda discreción ;)

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_ Onigumo san, por favor, abra los ojos y coma cuanto antes, tengo deberes que hacer antes de que se meta el sol.

Sintió un escalofrío al escuchar la apatía voz de Kikyo, fingiendo dormir para poder escuchar el pequeño destello de ruego que salía de ella, cuando perdía la paciencia.

Disfrutaba abrir los ojos con desesperante lentitud, fingiéndose más enfermo de lo que estaba, sin decirle que en realidad, su cuerpo poco a poco comenzaba a sentir que sanaba.

Todo había comenzado en sus dedos de manos y pies, sintiendo cómo aun el dolor de las quemaduras lo desgarraba por dentro.

Cuando estaba solo, comenzó a practicar con sus brazos y piernas, para fortalecerse y poder, en un futuro no muy lejano, sorprender a la sacerdotisa y hacerla suya, violandola hasta el cansancio, saciando de una maldita vez esa obsesión enfermiza que había crecido en su interior.

Sé sentía explotar, solo con el roce de sus ropas, sobre los vendajes de su piel, al sentir los palillos poner sus alimentos en su boca deforme, sintiéndolos cómo una extensión de sus dedos.

Un día la noto distinta, más dispersa, más impaciente, retirándose antes de tiempo, dejando de atenderlo, a pesar de que eran sus votos cómo sacerdotisa, fingía dormir cuando llegaba con la pequeña Kaede, para poder enterarse de algo, intentó amedrentar a la niña para saber qué era lo que pasaba por su mente.

Hasta que un día, un temblor en las manos de Kikyo la delató, y un leve sonrojo, súbito e instantáneo, se asomó por un momento, para no dejar rastro en su rostro imperturbable; y sé dio cuenta de que ella se había enamorado, que la sacerdotisa fria y pura cómo el hielo, había sido mancillada por el sentimiento caótico y despreciable del amor.

Y sintió rabia y furia, intentando hacer que cayera su máscara, quería romper su eterna quietud, hacerla desvariar de coraje o rabia, o al menos de desprecio y asco.

Pero después rió de sí mismo, sintiéndose estúpido de celos tontos que no existían en realidad en él.

No, Onigumo era algo mucho más allá de lo que un simple hombre podía sentir, él era maldad, era rencor, ira, furia, toda la negatividad del mundo encarnada en un cuerpo maltrecho, inválido y deforme por el fuego en el que había sido arrojado en castigo de sus muchos crímenes.

Él esperaría para ver cómo la perla de Shikon en manos de Kikyo se corrompía y se volvía contra ella, cometiendo de esa manera un último pecado, aunque sé le fuera la vida en ello.

Pero un día Kikyo tardó más de la cuenta, olvidándose de él, haciéndolo pasar hambre y dolor sin sus cuidados, y moviéndose sobre la roca desnuda de la cueva, se arrastró lastimosamente, gastando las pocas fuerzas que había ocultado y guardado para sí mismo, acercándose de ese modo hasta la entrada, donde la acústica llevó hasta él, el sonido de la voz de Kikyo, que platicaba con alguien más, la voz de un hombre…

La amargura de su rabia, lo hacía sostenerse y escuchar toda la platica, temblando del dolor físico y de la furia monstruosa que iba creciendo en su ser: Kikyo iba a dejar de ser Sacerdotisa, se entregaría cómo mujer a una Bestia, y lo que era peor, le ofrecería la perla para que concediera su deseo y fuera un humano cómo ella.

Sé arrastró de nuevo hasta su futon de paja, dejando un rastro de sangre y pus que había escapado por las heridas expuestas, después de que los vendajes se despegarán de las heridas de su cuerpo, dándose cuenta de que la emoción, la había hecho olvidarse de él, una vez más.

Temblaba de ira, quería acabar con todos, quería estrangular su cuello y matarla poco a poco.

Grito cómo poseido, invocando a los espíritus malignos que sabía que estaban a sus alrededor, esperando su muerte para llevarse su alma y alimentarse con él.

Comenzó a notar la oscuridad rebullir, cómo una colmena de abejas enfurecidas a punto de atacar.

Respiraba ruidosamente, lo habían escuchado, no importaba nada más, él obtendría su venganza, cometería un último pecado antes de morir.

Solo una voz respondió a sus gritos, Naraku era su nombre, y acepto el trato que le estaba ofreciendo, su pueril cuerpo y toda su maldad, a cambio de cometer su venganza.

Naraku obtendría la perla y él se cobraría en Kikyo y el Hanyou del que se había enamorado, separándolos en esta vida, y en la siguiente.

Pero las cosas habían salido mal, y él había quedado ligado a Naraku, cómo una molesta voz de su conciencia, Kikyo había muerto llevándose con ella la Perla, así que el trato entre los dos no sé cumplio y asi seria hasta que Naraku se apoderara de ella.

Había intentado librarse de él, pero absorbiendolo de nueva cuenta, se había arriesgado a dejar su corazón humano fuera de él, en manos de Hakudoshi, pero las cosas no habían salido cómo hubiera querido, estando a punto de ser derrotado por una traición y la imbécil de Kikyo, que había regresado de la muerte solo para joderlo.

Jamás sería suya… la perla los había traicionado y solo quedaba derrotar a Inuyasha y todos los demás, para cumplir su parte del trato y largarse de una maldita vez al infierno.

Pero Naraku siempre quería más…

Despertó de su ensoñación, mientras miraba en dirección del Oeste, escupiendo con furia el piso que pisaba, recordando cómo hacía cincuenta años había decidido unirse a Onigumo para tomar venganza de la sacerdotisa que muchas veces lucho con él, cuando solo era un demonio en forma de araña, de la clase más baja, necesito la maldad y el cuerpo humano de Onigumo que le permitió tomar distintas formas y poder moverse en un plano diferente, sin el riesgo de ser purificado con facilidad.

Pero Inuyasha había sido más que escurridizo, escapando de sus garras después de que Kikyo lo sellara, obligándolo a luchar una vez más, pero ahora en compañía de otros enemigos que se había hecho en esos cincuenta años.

Estaba molesto, tenía que recuperar su calma, pues las cosas no le estaban saliendo cómo él que quería, Kagome e Ikki Koyama habían sido los culpables

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La oscuridad de la noche cubierta de nubes, lo mantenían oculto de los ojos vigilantes de los youkais, que efectuaban una constante vigilancia a los alrededores del castillo, utilizando el fino olfato de los Lobos del Clan Ookami y aves de cetrería, que desde el cielo mantenían una constante vigilancia.

Sabía Ikki Koyama, que era un bastardo con suerte, pues a pesar de la estrecha vigilancia no había sido localizado, gracias a las hierbas que había encontrado en su camino al Oeste, con las que había realizado un brebaje que mantenía oculto el olor de su maltrecha persona.

Había sido un calvario caminar a través de montañas rocosas, donde no había podido montar a caballos, con sus heridas aún sin sanar, llorando cómo un crío, en el momento que tuvo que entrar a una pequeña caída de agua y quitar sus ropas pegadas a sus heridas, abriendolas de nuevo, mientras sentía que el agua caía cómo ácido en él.

Mascullaba su rabia, recordando el dolor de los últimos días, las manos de Byakuya sobre él, y los tentáculos de Naraku atravesando su pecho.

La mugre, las costras y la sangre pegada a su cuerpo, bajaba por la suave corriente, devolviendo su imagen poco a poco, sintiéndose nuevamente un ser humano y recuperando de esa manera su fría inteligencia, utilizada solamente para lograr sus metas.

Naraku solo era un pelele que deseaba ver el mundo arder, muy diferente a él, que quería poder por sobre todo lo demás.

Siempre había creído que el Dios del Tiempo había errado al encomendar su cuidado a simple mortales y él lo derrocaria, convirtiéndose de esa manera en un Dios inmortal y poderoso, que sé aproparia de cada dimensión y universo, alcanzando poderes inimaginables.

Sé había sentido cómo una miserable cucaracha, y había estado a punto de suicidarse creyendose derrotado, pero había conseguido quitarle el medallón a Kagome y eso era un paso muy importante para su plan.

Ni siquiera ella, o Raiko, incluso Ryutaro había podido detenerlo, sintiéndose invencible, pues Naraku lo había sorprendido, pero no había podido con él de todas maneras.

Ahora estaba en los límites del Oeste y aun no lo descubrian, escurriéndose cómo la humedad, avanzando escondido por cada rincón, ahora solo tenía que esperar a que Naraku se decidiera a atacar para llevar a cabo la última parte de su plan.

Había robado la armadura, el kabuto y el mempo de uno de los tantos guerreros humanos que se habían aliado con el Oeste, ya que si caía este, sus aldeas también lo harían, pasando de esa manera desapercibido, logrando avanzar tramo por tramo.

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Kagome había batallado mucho para poder conciliar el sueño, levantándose continuamente de su cama, para rondar por los pasillos del palacio y asomarse a las habitaciones de su hijos, o sentir la energía de sus padres, cerciorándose de que todos estuvieran bien, intranquila por toda la situación que estaba a punto de explotarle en la cara.

Sesshomaru no había parado en todo el día, reuniéndose con sus guerreros, supervisando la vigilancia de las fronteras, y junto con Ryutaro y Miroku, checando que los sellos que reaccionarian al miasma de Naraku, funcionaran en su debido momento.

De pronto se asomaba a la habitación de ambos y encontraba a Kagome, que recién se acostaba, preocupándose por ella y su intranquilidad.

_ Yo estoy bien… ahorita lo que menos importa es mi descanso, dormi lo suficiente durante el día.

Sesshomaru no quería decir nada que la molestara en esos momentos, pero sentía el aroma de su inquietud y notaba la mirada dura, típica de ella.

Conocía lo suficiente a su sacerdotisa, para saber que nada de lo que dijera en esos momentos cambiaría nada.

Kagome se levantó dispuesta a salir al balcón y ver las tierras del Oeste desde el mirador, ansiosa una vez, dispuesta a reactivar su chakra y revisar una vez más que todo estuviera bien, pero Sesshomaru atrapó su blanca mano mientras intentaba sujetar el haori de seda que la cubriría del clima.

Sin decir una palabra, con solo una mirada ardiente en el rostro, la guió hasta él, tomándola de la cintura y de su rostro, dirigiendo sus labios a los suyos.

Sesshomaru, doblegó su ansiedad, sumergiendola en la pasión de aquel beso arrebatado, sacándola de balance, derrumbando su guardia.

Sé alimento de sus labios, probando con su ansiosa lengua, la dulce cavidad que se abría y se entregaba derrotada solo para él.

No necesito palabras para llevarla de nuevo hasta su cama, donde de manera salvaje, arrancó las suaves telas de su cuerpo, mientras caía al suave colchón.

Kagome respiraba agitada, sonrojada, con la mirada brillante y su cabello negro brillante a la luz de la luna, deseosa, dispuesta, expectante, rogándole con el olor de su cuerpo, que la poseyera de una vez.

Pero él se tomó su tiempo observándola cómo un depredador, caminando alrededor de la cama, dejando caer las prendas de su cuerpo poco a poco, la luna también jugueteaba con su cuerpo, resaltando la belleza de su piel, marcando la musculatura de su cuerpo al quedar desnudo frente a ella.

Kagome respiraba trabajosamente, hipnotizada por la belleza masculina del cuerpo de su pareja destinada y no podía evitar tocar su cuerpo, imaginando que eran sus manos las que la recorrian.

Sesshomaru subió a la cama, comenzando a besar la punta de sus pies y subiendo por sus piernas, mientras recorría cada palmo de piel sensible y sonrojada, con sus labios y su lengua, rozando levemente sus colmillos, sin llegar a lastimarla, esquivando deliberadamente su intimidad, que rogaba por su atención, mordisqueando sus senos, devorando su cuello, besándola de nuevo en los labios, en sus mejillas, en sus ojos, olfateando su cabello, mientras dejaba caer parte de su peso sobre ella, sintiendo sus pequeñas manos traviesas, recorrerlo también, buscandolo ansiosas, mientras lo sentía duro sobre su vientre.

Por ese instante, lograria que se olvidara la amenaza latente y la haría suya, hasta que su cuerpo agotado cayera rendido, dispuesto a descansar.

Con su boca, hizo vibrar cada parte de su cuerpo, atacando su intimidad y haciéndola correrse sobre sus labios, antes de clavarse en ella y embestirla con fuerza y pasión, hasta hacerla desmayarse en sus brazos por el placer logrado.

Kagome desfallecida, apenas alcanzó a besar su labios, antes de caer dormida sobre su almohada, con el cuerpo aún empapado de sudor y su intimidad escurrimiento la simiente de Sesshomaru, que sonriente y complacido, limpio su cuerpo con un suave pañuelo y el agua tibia de una palangana que había arrimado junto a su cama, recorriendola, mientra Kagome gemía entre sueño, disfrutando enfurruñada de la atención extra recibida.

Cómo lo habían cambiado Rin y ella, haciendo lo que jamás había hecho por ningún otro humano, descubriendo con ella nuevas facetas de su personalidad, que consideraba más que resuelta y aprendida.

Pensaba que un Daiyoukai cómo él, no estaba hecho para el amor, pensando que era cómo su madre, sin sospechar si quiera, que ella también conocía, más que bien, el sentimiento tan grande que la había llevado a sacrificar muchos siglos en soledad.

No podía creer que solo hubiera pasado unos cuantos días, desde que la creyera perdida y muerta, desde que la volviera a ver después de casi tres años.

La había convertido en su pareja, había asumido el papel de Señora del Oeste, con rapidez y facilidad, haciéndose cargo del gobierno de la Casa de la Luna con ayuda de Jaken, que la seguía fiel y sumiso, adorandola cómo siempre había sido con él.

Gracias a ella, tenía una familia, nuevos miembros que habían entrado con fuerza en su vida, llegando para quedarse, Rin y Shippo, a los que consideraba cómo suyos, Inuyasha, con él que había solucionado viejas rencillas, sorteando de una buena vez el orgullo que los separaba.

Incluso, había recuperado a su madre, conociendo un lado de ella que jamás pensó que existiría, llegando a respetar al humano con el que había decidido rehacer su vida, al ver que honraba la memoria de su padre y la respetaba.

Un pensamiento pesimista cruzó por cabeza, haciéndole sentir, que tal vez había tenido la oportunidad de conocer todo lo bueno de la vida, para no irse de ese mundo sin haber vivido aunque sea un poco. Tenía tanto que perder...

Pero Yako en su interior rugió con fuerza, haciéndose presente una vez más, asomándose por su mirada que se tornaba roja, y recordandole dentro de su cabeza, que él era Sesshomaru Taisho, Lord Daiyoukai de las tierras del Oeste, y un par de gusanos cómo Naraku e Ikki Koyama no los vencerian tan fácilmente.

Él tenía al fin, a quien proteger.

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Naraku había cubierto el Este con misma y energías corrompidas que solo lograban atraer miles de youkai, que iba absorbiendo en su cuerpo, haciéndose cada vez más fuerte, gracias al poder de la Perla dentro de su cuerpo y del sello que Ikki había puesto en su cuerpo, sin que él se diera cuenta de la trampa en la que estaba cayendo poco a poco.

Su cuerpo, envuelto en sus propios tentáculos, comenzó a crecer poco a poco, deforme, palpitante, adquiriendo su forma arácnida original, de manera grotesca.

Sé jugaría el todo por el todo, de una maldita vez, su parte humana comprendía que ya no tenía nada que perder y que era mejor acabar todo de una vez, su parte youkai, lo empujaba a seguir jodiendole la vida a todos, así pereciera en el intento.

La Perla lo había traicionado, así que, sin confiar en ella, aprovecharia al maximo su poder para derrotar a todos, pues lo único que faltaba era desear ser un youkai completo y poderoso.

Pero esa seria su ultima jugada, el tiro de gracia, solo en caso de que las cosas pudieran llegar a complicarse, pues no sabía de qué manera la Shikon no tama torceria esa ultima peticion.

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Los rastreadores del Oeste y del Clan Ookami habían dado con el paradero de Naraku, adivinando lo que estaba ocurriendo ya que no podían acercarse demasiado, debido a la toxicidad del ambiente; así que sin esperar más, regresaron, para dar la alarma de lo que ocurriría si Naraku se acercaba al Oeste.

_ Creo que lo mejor de todo, será alcanzarlo y no dejar que por nada del mundo se acerque a estas tierras.

Raiko, pensaba en Rakuen no ippen, y en la destruccion que había logrado Naraku, con un poder menor al que sé previa que adquiriria.

_ Aun asi, Kagome cuenta con la pasión que le heredero el Oráculo, podrá sanar las tierras que se pierdan una vez que le ganemos a ese maldito.

Pero Kagome, Sango y Yumeko, que escuchaban las palabras de Inuyasha, no pensaban en las tierras que se podían perder y recuperar de nueva cuenta, si no en las vidas que se podían sacrificar, si las cosas no resultaban cómo ellos esperaban.

_ Generales, preparen a sus guerreros, partiremos dentro de tres horas… los demás jefes de sus clanes, preparen a los refugiados y estén listos para un posible ataque.

Sesshomaru se levantó y se dirigio al ventanal que daba una vista hacía el lago y lo hermosos jardines que decoraban su palacio.

Pronto sé iba a saber la verdad y por primera vez en su vida, no añoraba la guerra cómo una oportunidad para demostrar sus habilidades, si no cómo la oportunidad de defender la vida que acababa de iniciar al lado de ella.

_ Nos reuniremos en la explanada antes de partir.

Tomó a Kagome de la cintura y salio de ahí, buscando a Rin y a Shippo, pues quería pasar con ellos ese momento.

Kagome no decía palabra y solo se dejaba guiar en sus brazos, tranquila y en paz, pues al fin tendría la oportunidad de vengar a su gente, defender a los y terminar de una buena vez, con la amenaza de Naraku que había comenzado varios años atrás.

Ya no era la misma chiquilla débil, él se había atrevido a provocarla y actualmente estaba más que preparada, esta vez no sé saldría con la suya.

Junto con los niños y un enorme bento que Jaken apenas había alcanzado a preparar, llegaron a la misma playa donde Sesshomaru la había hecho su mujer.

Shippo iba en silencio y solemne, pues sabía que era la calma antes de la tormenta y él procuraria que sus padres se fueran tranquilos, sin ningún pendiente por ellos.

Habían comido bajo la sombra de los árboles que estaban a la orilla de la playa y Rin había hecho corona de flores que Shippo había conseguido para ella.

El rostro de Sesshomaru, lucía en paz y aunque no sonreía abiertamente, sus ojos demostraban los contrario ante las ocurrencia de esos dos pequeños que ambos estaban dispuestos a proteger.

Comieron los alimentos que Jaken había guardado para ellos y Kagome había hablado con ellos, encomendando su cuidado y prometiendoles regresar cuanto antes.

Sesshomaru los había sostenido un momento antes de emprender el vuelo de regreso a la Casa de la Luna, pues había llegado la hora de prepararse para la batalla, susurrando antes, en el oído de Kagome, que todo estaría bien y que él no permitiría que todo terminara mal.

Qué lejos estaban aquellos tiempos en que se había graduado de secundaria y había dejado de ver a sus amigas que continuaron sus estudios en el Instituto para el que habían aplicado las cuatro y donde ella había hecho lo imposible por graduarse cuanto antes, cargando con sus libros en Edo, para al menos cumplir con su madre de esa manera.

Y ahora no imaginaba su vida lejos de Edo, lejos de Sesshomaru, de sus hijos, de sus amigos, y no los perdería como había pasado con Rakuen no ippen y su Abuelo Yukito.

Que irreal era la sensacion, de ellas en sus brazos y Shippo volando a su lado, pensaba Sesshomaru, mientras volaba a toda velocidad, recordando aquellos tiempos en que la indiferencia, se había transformado en secreta admiración, a pesar de querer creer que la aborrecía por entrometerse en asuntos que no le concernian.

No supo cuando comenzó a verla con otros ojos, pero estaba casi seguro, que desde el momento en que Rin le recordó tanto a la inocencia de Kagome y que la protegia cómo si fuera parte de ella, algo había cambiado en él.

Un brinco de su alma, hizo que abrazara más a Kagome contra su cuerpo, sintiendo una necesidad imperiosa de protegerla, su youki se elevo por un instante, haciendo que sus marcas en su rostro se deformara y sus ojos se pusieran rojos, antes de controlarse y someter a Yako en su interior, preguntandose que es lo que podía estar pasando, pues era la segunda vez que le pasaba lo mismo.

_ ¿Esta todo bien?...

Kagome había activado su chakra intentando detectar algún peligro, pero veía que todo estaba bien, y pensaba que tal vez había sentido algo que ella no.

_ Todo está bien, es Yako, que está haciendo estragos en mí interior por tu cercanía.

Ni su Bestia sabía que los había llevado a reaccionar de esa manera y por ese instante y lo dejaron pasar, pensando que solo era la tensión del momento y el instinto que lo llevó a reaccionar así.

Cuando llegaron al palacio, sin ver a nadie se dirigieron a su habitación, después de pedirle a Jaken que cuidara a Shippo y a Rin, y donde sus respectivas armaduras y armas, estaban en sus soportes, rodeadas de incienso y flores, purificandose para la batalla.

Ambos entraron al Onsen, donde Kagome lavo el cuerpo de su amado de arriba a abajo, peinando sus largos cabellos y trenzandolo para la batalla.

Sesshomaru quiso hacer lo mismo por ella, pero Kagome se había alejado al otro extremo de la gran bañera, poniendo sus manos en oración y meditando para tranquilizar su alma y canalizar su energía.

Ambos fueron vestidos por su ayuda de cámara, uno frente a otro, mirándose a los ojos, mientras iban acomodando cada pieza de sus singulares armaduras: Sesshomaru aquella que su padre mandará forjar para él, con el viejo Totosai, y Kagome, aquella que fuera hecha para ella, templada con su sangre, amoldada para su cuerpo.

Antes de que pusieran el peto de Sesshomaru, ella se acercó rápida, abrazándose a su pecho, escuchando el latido de corazón, refugiándose en el calor de su cuerpo, y tomando el peto mientras los ayudantes la colocaban, beso el espacio del corazón, rogando quedito que el metal lo protegiera, pues solo le pertenecía a ella.

Sesshomaru hizo todo por no sonrojarse, mientras veía el dulce rostro de su amada, despedirlo cómo la mujer de un guerrero que era.

Ella tomó a Tenseiga y se inclinó, alzando la espada sobre su cabeza, ofreciendosela con respeto, y él sentía la emoción del momento, hacer vibrar todo su cuerpo, mientras Kagome hacía lo mismo con Bakusaiga.

Sé dio la vuelta, para que los sirvientes la ayudarán a terminar de vestir, evitando que notara las lagrimas que se querían agolpar en su rostro.

Peinaron su largo cabello en un apretado rodete, que evitará que alguien intentara sujetarse de él, y cuando Kagome desapareció todo su rastro olfativo, Sesshomaru se acerco a ella y la abrazo también, besando su frente, mientras que ponía, sin que ella lo notara, una pequeña flor de jazmín, entre sus cabellos, fingiendo que la acariciaba, una que apenas se distinguía entre el resto de los aromas del ambiente, no intentando ponerla en peligro, si no más bien, tratando de tenerla en la mira.

_ Siempre alerta, Kagome…

Kagome asintió y recibió de sus manos, su espada y su wakizashi, al igual que su arco, el cual se sujetaba de la espalda.

Los sirvientes salieron de la habitación en silencio, dejando solos a sus Amos, que se fundieron en un apasionado beso, nomas quedaron solos.

_ Regresa a mí, no lo olvides…

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¿Les gusto?

Dejen sus opiniones y comentarios para conocerlos y tomarlos en cuenta para mejorar…

Al fin don Inspiración hizo acto de presencia y salió este capítulo, cómo sabrán los y las que me han leído, no soy de historias de muchos capítulos, si alguien tiene la fórmula, pasela, en serio…

Esta actualización se las dedicó a Ivanna y Marina, pues acaba de ser su cumpleaños, les mando un abrazo hasta donde estén y ya saben que las quiero a ambas…

Espero que este 14 de febrero se la hayan pasado supercalifragilisticoespialidoso, y aunque fue mi intención publicar ese dia, pues no sé pudo por varias razones, pero ya estoy terminando el capítulo de la otra historia que tengo pendiente…

Gracias por su paciencia y por continuar leyendo…

YOI MINO