ahora viene la historia de oikawa con iwaizumi y luego volveremos a la proncipal

Capítulo 5: "El Príncipe Y La Creatura Del Mar, parte I"

El Rey Kageyama Raidon, tercero de su dinastía y el abuelo de Tobio, se destacó en su época por su carácter, su fuerza y su energía inagotable. La gente se sentía segura bajo su cuidado y muchos participaban de sus constantes campañas de reconocimiento y recuperación de aquellas tierras del reino que se encontraban abandonadas o invadidas por forasteros.

Las más importantes y populares se llebavan a cabo hacia el norte del cordón montañoso de kata y hasta orillas del mar olvidado, desde donde se podía ver la Isla de Karasu no Seichi, la que alguna vez fue el hogar de los Grandes Cuervos en la Era Antigua.

Todos aquellos que habían visitado aquellos lugares concordaban en que eran tierras tan salvajes como hermosas. La vegetación era exótica, la fauna nunca dejaba de sorprender y el mar era algo mágico. Se decía que en esos lugares aún persistían vestigios de la magia que alguna vez irradió desde la Isla Sagrada, cuando había allí prosperidad y los cuervos se reproducían sin temor de que nada le sucediera a sus crías, porque ese era su reino y la gente que habitaba Karasuno era pura de corazón.

Sin embargo, en los días del Tercer Rey Kageyama estaba comenzando a aparecer una avalancha de gente extraña por esas tierras. Gente que venía del oeste, más allá de las altas y sempiternas montañas de hielos eternos.

Poco se sabía de ella o de los lugares de su procedencia, pero sí era comun oír que consumían la tierra a su paso, exprimiendo de ella todas sus bondades y sin dar nada a cambio. Los arroyos y vertientes se secaban, los árboles se marchitaban, los frutos no maduraban y entonces se movían más hacia el este, donde volvía a perecer todo lo que tocaban. Y no sólo eso, además solían escabullirse fuera del reino caravanas de traficantes de animales exóticos de esa zona, de piedras preciosas rescatadas del fondo del mar, de pieles de creaturas maravillosas que no merecían tal horrendo e indigno final y de muchas otras bondades que aquellas tierras benditas tenían para ofrecer.

Así fue, que en una de sus muchas travesías, el Rey Kageyama Raidon interceptó una de esas caravanas, antes de que escapara fuera de sus dominios, y la desvarató. Mataron a cada hombre que luchó y, a los que huyeron, juraron persecución y tortura si volvían a aparecerse por el reino.

Cuando inspeccionaron la carga que llevaban las carrozas, para ver qué podían rescatar y devolver a la naturaleza o a la Gente Caída de las Estrellas que guardaban y cuidaban los tesoros eternos de aquellas tierras, los seguidores del Rey le llamaron para que viera con sus propios ojos lo que habían encontrado.

En la parte trasera de uno de los carruajes, donde llevaban el cargamento escondido entre las ventanas cubiertas para que no se viera hacia adentro y tras una puerta cerrada con candado, encontraron escamosas pieles curtidas de lo que parecían ser colas de sirenas y, entre aquella cruel mercancía, hallaron un barril pesado. Al revisar qué había allí dentro, encontraron lo que parecía ser agua de mar pero más importante aún y sobre todo sorprendente, hallaron a un pequeño niño de tez morena, cabellos negros y ojos azabache.

No dijo palabra alguna, no respondió las preguntas de los hombres que lo miraban preocupados. Parecía no entender lo que ocurría y les tenía miedo, como si no pudiera diferenciarlos de aquellos mercenarios que lo habían encerrado. Sin embargo, recién cuando quisieron rescatarlo desde dentro de aquel barril, se dieron cuenta de que bajo la cintura en vez de piernas tenía una gran cola escamosa que terminaba en una aleta traslúcida. Se trataba de un tritón.

Los hombres se quedaron atónitos, ninguno de ellos había visto una creatura así en su vida y es que la mayoría de la gente creía que las sirenas eran sólo mitos de antaño, puesto que la última vez que esas creaturas habitaron el estrecho de la isla fue en la época de los Cuervos Negros y, luego de su partida, habían emigrado al igual que muchas otras bestias, perdiéndose en el eterno mar con rumbo desconocido.

A continuación avisaron al Rey del hallazgo y este rápidamente acudió. Observó que aquella creatura lucía como un niño de no más de cuatro años. Estaba asustado, delgado y maltratado, tanto por los malos cuidados como por los golpes que seguro le daban a diario y cuyas marcas moradas estaban esparcidas por todo su cuerpo. Al parecer, por las pieles que lo rodeaban, toda su familia había sido asesinada y arrancadas sus preciosas pieles tornasoles con escamas. Había sido una matanza cruel y despiadada. Entonces el Rey, conmovido ante tal desgarradora historia, decidió llevarlo consigo al palacio para cuidar de él y darle un hogar.

El príncipe Kageyama Kimihiro tenía 14 años cuando conoció por primera vez a un tritón. Le pareció una creatura tan vulnerable y hermosa, que no dudó ni por un segundo en aceptarla como si se tratara de un hermano. Suya fue la tarea de lograr que dejara de temerles y de enseñarle el lenguaje humano para poder comunicarse.

Le construyeron una amplia fuente a la vista del balcón de la habitación de Kimihiro, donde pudiera estar a gusto y guardado en secreto para su protección, hasta que creciera un poco y pudiera ser trasladado a los grandes estanques del palacio. Entonces, cuando pudiera valerse por sí mismo podría decidir si volver al mar o vivir en el palacio hasta el fin de su tiempo.

Al principio no fue fácil. Kimihiro demoró todo un año en que le dejara acercarse a él y aun así no se dejaba tocar fácilmente. Pero al menos respondía al nombre que le habían dado desde que empezó a vivir en el palacio. La reina había elegido el nombre de Hajime por ser la primera vez en que habían visto a alguien de su especie y Kimihiro, al notar lo mucho que le gustaba tomar el sol en la roca que había en medio de la fuente y a la vez jugando con las palabras, le dio el nombre de 岩(roca) y 泉 (fuente), es decir, Iwaizumi.

Pasaron 3 años hasta que decidieron dejarlo a su merced en los estanques del palacio. Aunque físicamente no había cambiado en ese tiempo, dado que su especie tenía un ritmo de crecimiento muy especial, se notaba más fuerte y recuperado desde aquel fatídico día en que lo habían encontrado.

Desde entonces Iwaizumi se dedicaba a sus propios asuntos. A veces se iba por semanas a través de las vertientes y los ríos que corrían entre las montañas, le gustaba explorar y conocer el reino, ver todas las cosas extrañas que acostumbraba a hacer la gente humana. Pero siempre volvía porque se había encariñado con Kimihiro, que era la persona más cercana a él.

Pasaron los años y llegó un nuevo integrante a la familia real. Un segundo hijo del Rey Kageyama Raidon y la Reina Oikawa Hekima.

Tooru fue el nombre que se le dio y Oikawa lo heredó de su madre.

Por tradición el Rey no debía tener más que un único hijo, esto con el fin de proteger la integridad del poder, así cuando fallecía no habían herederos que quisieran dividir el reino. Sin embargo, el espíritu de Kageyama Raidon nunca fue muy apegado a las reglas y recibió con júbilo la llegada de su segundo hijo, el cual no pudo llevar el apellido real.

Tooru fue un niño adorable, inteligente y enérgico desde el principio. Apenas aprendió a caminar, nadie pudo detenerlo y debían vigilarlo estrictamente en todo momento para que no hiciera algo inapropiado o peligroso.

Fue en un día de primavera, cuando Tooru tenía casi dos años, en que había mucha actividad en el palacio debido a la coronación del Rey Kageyama IV. La sirvienta se distrajo un segundo y lo perdió de vista. En ese breve lapsus de tiempo, Tooru se la arregló para seguir a los pajaritos hasta el puente que pasaba sobre el estanque, al mirar hacia abajo por el borde captó su atención un pequeño cardumen de peces de color rojo vivo que nadaba con gracia. Tan embelesado estaba mirándolos el pequeño Tooru que, al agacharse para verlos más de cerca, perdió el equilibrio y cayó al agua.

El pequeño príncipe se hubiera ahogado sin que nadie se percatara, de no ser por Hajime que regresaba de las montañas justo para ver la escena e ir en su auxilio. Se aferró a él como nunca antes lo había hecho con otro humano y lo sacó del agua. En la orilla gritó por auxilio hablando la lengua de las personas como hace mucho tiempo no lo hacía. Al ver que volvía a respirar y despertaba de la inconsciencia, aferrándose con sus pequeñas manitos al cuello de su madre, despertó en su pecho sensación tan cálida que le recordó aquella época tan feliz de su vida en que nadaba en el amplio mar junto a su familia.

Desde ese entonces Hajime y Tooru fueron inseparables.

Los años pasaron e Iwaizumi fue creciendo al ritmo de Tooru. Oikawa tenía maestros privados por lo que no salía mucho del palacio, en cambio, pasaba la mayor parte de su tiempo en los estanques del castillo, jugando con Hajime, aunque no le gustaba mucho el agua, sobre todo si Iwaizumi no estaba cerca para hacerle sentir seguro.

Le gustaba mirar a Iwaizumi nadar y apreciar su hermosa cola que cambiaba de color, variando entre tonos verde azulados. A veces lo pillaba desprevenido cuando reposaba en la orilla, sentado a su lado, y le picaba el cuello donde tenía un par de branquias que nunca dejaban de llamarle la atención. Al principio lo apartaba con algunos manotazos, pero luego ante la insistencia del pequeño príncipe se rendía y le dejaba hacer lo que quisiera.

Tooru nunca dejaba de sorprenderse con Hajiime. Como aquella vez en que Kimihiro le trajo, desde Kata, libros con toda clase de información sobre las sirenas y los tritones y calcularon juntos la edad que podía tener Iwaizumi. Aproximadamente ciento cincuenta años fue la conclusión a la que llegaron. Demasiado para un humano, sin embargo, apenas era un niño pequeño para los mil seiscientos años que podía llegar a vivir un tritón.

Cuando murió el Rey Kageyama Raido, a causa de una flecha envenenada que lo hirió en una de sus campañas en los bosques de Kata, y poco después de eso la Reina lo siguió, muriendo de pena en la solitaria habitación que por años habían compartido, Tooru estaba devastado. Su padre y su madre había partido al encuentro de los cuervos siendo él apenas un niño y su hermano Kimihiro junto a su esposa se harían cargo de él en adelante, aunque ellos ya tenían un hijo, el Príncipe Kageyama Tobio. A partir de entonces, su lazo con Hajime no hizo más que fortalecerse, ambos de alguna manera estaban ahora solos en el mundo, valiéndose por su cuenta y teniéndose el uno al otro.

A los diez años e incentivado por su maestro de combate, Tooru entró a la Academia Militar para ser soldado. Quería dedicar su vida a algo más que la vida del palacio y el combate le hacía sentir pleno y feliz. Además quería ser útil para su hermano y que este se sintiera orgulloso de él. A partir de entonces, cada día cuando llegaba al palacio desde la Academia, corría a los estanques para ver a Iwaizumi y enseñarle todas las cosas nuevas que aprendía.

Veía en sus ojos un brillo especial cuando blandía la espada de madera o cuando le contaba sobre las nuevas personas que conocía. Hajime también quería aprender a luchar y acompañar a Tooru en su día a día que parecía ser tan entretenido de pasar entre los demás humanos. Sin embargo, ambos sabían que eso no era posible, porque Iwaizumi era un tritón y por ello estaba atado a los estanques del palacio. De vez en cuando el moreno se alegraba de salir a recorrer Karasuno a través de las vertientes y los ríos, pero definitivamente no podría estar al lado de Oikawa cada vez que éste lo necesitara.

En ocasiones le asaltaba una fuerte melancolía y se moría por volver al mar, aunque probablemente ya no quedara nadie de los suyos en las costas de Karasuno. Incluso así a veces pensaba en que podría ir a recorrer el océano, buscando algún lugar donde se hubiese establecido alguna colonia de gente marina. Sus padres alguna vez le contaron que luego de la partida de los cuervos su gente se dispersó, adentrándose en la profundidad del océano y, con tantos años que aún le quedaban por vivir, no era ridículo pensar que los encontraría. Sin embargo, estaba Oikawa.

Hubo una vez en que, a modo de broma, le había amenazado con que volvería al mar para no soportar su odioso carácter. Tooru se había enojado inmensamente con él y no le había hablado por toda una semana. Se sintió muy solo durante ese tiempo. Desde entonces no volvió a bromear con eso.

Ya tendría tiempo para ir a recorrer el océano. Cuando Tooru falleciera de viejo a él aún le quedarían muchos años por vivir, una eternidad para ser honesto, así que podía esperar. A veces pensar en ello le asustaba. Imaginar que Kimihiro, Tooru, Chinami, Tobio y todos a quienes conocía desaparecerían en algún momento de la faz de la tierra, tal como Raido o Hekima, y él se quedaría solo. Por eso la gente marina no debía convivir con los humanos, recordaba Iwaizumi las enseñanzas de su pueblo, porque ellos viven el tiempo de un suspiro en comparación a la vida de un tritón o una sirena y, cada vez que se van, se llevan un pedazo de ti. Nadie podría soportar una eternidad sufriendo esa tortura.

Cuando Oikawa tenía doce años, su popularidad con las niñas empezó a crecer exponencialmente. Las cosas empezaron a cambiar, él empezó a cambiar y aunque era poco a poco, Hajime lo notó. Kimihiro le explicó que era debido a un proceso fisiológico humano que pronto le ocurriría a Tooru. La llamada pubertad.

Iwaizumi no lo entendía muy bien. Mas lo que sí entendía era que Oikawa era lindo y obviamente eso llamaba la atención. Estaba cambiando físicamente a un ritmo vertiginoso, sus facciones se estaban haciendo más finas y definidas, sus pestañas más largas, su cuerpo más sólido, su espalda más ancha, su cintura más esbelta, sus piernas y brazos más largos. Hasta su voz estaba cambiando, lo que era chistoso de oír a veces. En fin, no tenía nada que envidiarle a una sirena en la plenitud de sus siglos y Hajime no es tan idiota como para no darse cuenta.

No puede evitar sentirse un poco celoso. Quisiera ser también un humano y florecer tan rápido como ellos. En comparación a Oikawa él aún se veía como un niño pequeño y estaba comenzando a molestarle. Además el idiota de Tooru no hacía más que jactarse de que pronto sería un adulto, de que le darían una espada de verdad, de metal y con filo, de que no tiene tiempo para estar con él desde que las niñas siempre lo están persiguiendo.

El primer beso, para un humano, era algo muy importante se enteró Iwaizumi. Oikawa decía que marcaba un antes y un después en la vida de un hombre, como insistía en llamarse a sí mismo desde hace un tiempo. Hajime rodaba los ojos. A los hombres él los conocía muy bien, habían malvados y crueles como los que asesinaron a su familia, otros fuertes y valientes como Raidon que lo rescató de aquellos traficantes y otros buenos y amables como Kimihiro que lo quiso desde el primer día en que llegó al palacio. Oikawa no era ninguno de esos tres y cuando se lo dijo éste juró que le demostraría que estaba equivocado.

Es así que un día invitó a una niña a pasar la tarde con él, tratando de lucirse con Iwa y probarle así que conseguiría su primer beso antes que él. Hajime los espíaba mientras Tooru hacía toda clase de cosas para obtener un beso. La llevó a pasear por los jardines del palacio, le decía lo linda que era y le pidió acariciar su cabello. Para el final de la tarde, cuando el sol se estaba poniendo y el cielo estaba bañado de naranjos y rojos, Oikawa dio su primer beso. Sin embargo, al buscar a Hajime con una mirada triunfante, no lo encontró y creyó que no estuvo allí para verlo.

Por la noche Oikawa fue hacia los estanques y encontró allí a Iwaizumi, como siempre, pero esta vez él no se acercó a su orilla y, por el contrario, se quedó lejos. Tampoco le respondió cuando le preguntó si lo había visto besar a la chica. Tooru creyó que se había enfadado porque le había demostrado que estaba equivocado y no quería admitir la derrota, así que lo dejó solo y entró en el palacio.

Entrada la noche, Oikawa estaba acostado en su amplia cama cuando de repente se despertó. Al principio estaba un poco desorientado ya que no entendía qué le había hecho despertar, sin embargo, no tardó en oír una suave e irresistible melodía que le hizo salir de la cama para averiguar de dónde provenía. Fue hacia el balcón de su habitación que miraba hacia los estanques, guiado como por un hechizo y entonces vio allí a Hajime, recostado boca abajo sobre una plana y amplia roca que emergía desde el fondo del estanque. Iwaizumi canturreaba mientras sumergía un brazo en el agua y jugaba a hacer suaves ondas que se agrandaban y crecían hasta perderse. Su cola parecía de plata a la luz de la luna, agitándose delicadamente al ritmo del suave murmullo.

Tooru nunca olvidó aquella imagen o aquella melodía. Hajime lucía como una hermosa aparición que quedó grabada en su retina, en su mente y en su pecho.

Tiempo después, la salud de Iwaizumi comenzó a deteriorarse. Ocurrió tan lentamente que nadie lo notó. Su piel tomó un color pálido impropio de él, dormía la mayoría del día y cuando estaba despierto apenas tenía energías. Cuando su aleta comenzó a descamarse horriblemente entonces se dieron cuenta de que algo grave le sucedía.

El Rey mandó a buscar a un sabio de la Gente Caída de las Estrellas para que averiguara qué le sucedía, ya que esa gente había convivido con las sirenas y tritones en la época en que los Grandes Cuervos poblaban el Karasu no Seichi y tenían pergaminos milenarios con información sobre su especie.

El sabio encontró en los viejos pergaminos la respuesta a sus preguntas. Vivir lejos de los de su misma especie y sin estar en su habitad natural, eran condiciones demasiado difíciles para que un tritón pudiera sobrevivir, más aún cuando le llegaba la llamada de apareamiento.

En palabras simples, Hajime estaba muriendo de soledad.

Continúa...