Capítulo 6: "El Príncipe Y La Creatura Del Mar, parte II"
Al enterarse de que la vida de Iwaizumi corría peligro, la familia real acudió a toda clase de sanadores para que devolvieran la salud al tritón al que tanto amaban.
Primero agotaron los rituales de la Gente de las Estrellas, sin lograr mejoría alguna del estado de Hajime. Entonces, sin perder la esparanza, probaron con las tradiciones de la Gente de las Montañas. Mas al no dar resultado en absoluto, la desesperación los llevo a intentar con los ritos extravagantes de Tooi, donde la cultura milenaria de Karasuno se mezclaba con la de pueblos nómadas y los reinos vecinos. Y fracasaron una vez mas.
Nada parecía tener efecto positivo en la deteriorada salud de Iwaizumi.
Ni sumergirlo en infusiones de hierbas, colgarle al cuello una madeja de amuletos rústicos, darle constantes masajes con barros milagrosos, someterlo a largas oraciones en lenguas remotas, dedicarle complejas letanías de supuestos brujos sabios ni beber pociones poderosas.
Hasta que llegó un momento en que la única opción que les quedaba, según el sabio de Kata, era que Iwizumi volviera al mar y quizás entonces lograra recuperarse, gracias a la débil magia que aún tenían aquellas aguas del estrecho del Mar Olvidado.
Kimihiro y Chinami intercambiaron una mirada de tristeza al oír sus palabras. Hajime era un integrante muy amado de la familia, para el Rey era prácticamente un hermano, y la idea de dejarlo ir para nunca volver a verlo les devastaba.
Sin embargo, dada las circunstancias y que no había nada más que pudieran hacer frente a su delicada condición de salud, estuvieron de acuerdo en intentar aquel último recurso con tal de que sobreviviera.
Cuando le contaron a Hajime sobre su destino, este agachó la cabeza y lo aceptó. Sentía una mezcla de tristeza, por dejar atrás a quienes eran su actual familia, y una impaciencia que no podía ocultarse a sí mismo, porque ansiaba volver a sentir el agua salada contra su piel, las corrientes frias arrastrándolo hacia un destino incierto y el canto de las aves acompañándolo en un azul interminable.
La parte mas dificil, sabían con certeza los reyes, sería contarle a Tooru.
Y tal como esperaban el joven de ya trece años no se lo tomó para nada bien. Que el Rey no estaba haciendo suficiente, que sólo quería deshacerse de un problema, que estaba tomando el camino fácil, que si amara de verdad a esa creatura como a un hermano no se rendiría con tanta facilidad, que si Raidon estuviera vivo hubiera encontrado la solución y que qué clase de Rey podría ser alguien que se rinde con su propia familia ante la adversidad. Todo eso brotó de los labios de Oikawa, en su desesperación por cambiar la decisión que Kimihiro había tomado.
Mas cuando cruzó la línea, diciendo que Raidon estaría avergonzado del actual Rey, el hermano mayor no toleró más su rabieta y lo hizo callar dándole una dura cachetada y mirándolo con ojos severos, aunque insultar al Rey, fuera quien fuese, era motivo de un escarmiento mucho peor que la mano severa pero amorosa de un hermano.
Iwaizumi y Chinami trataron de calmarlos a ambos, pero la humillación y la impotencia que Tooru sentía lo ponían fuera de su alcance y éste sólo apretó los dientes, dio media vuelta y se fue de allí con las lágrimas quemándole en la comisura de los ojos.
Llegó el día de la partida. La reina se quedó en el palacio, cuidando de Tobio, a quien no querían exponer a los peligros de aquellas tierras salvajes donde el mar acariciaba las costas.
El pequeño príncipe se despidió con un apretado abrazo de Hajime, quien lo había visto crecer y a quien quería desde el fondo del corazón. La reina no pudo evitar soltar algunas lágrimas cuyo rastro limpió rápidamente, puesto que no quería hacer aún mas amarga la despedida.
Así Iwaizumi, Kimihiro, Tooru, el sabio de Kata y un séquito de soldados de La Guardia Real, liderado por el General Nishinoya, emprendieron el viaje rumbo a las costas del Mar Olvidado en el estrecho de la Isla Sagrada.
Iwaizumi iba en uno de los carruajes, el más grande para poder ser transportardo en una estrecha piscina llena de agua. Tooru iba con él, sentado en el suelo al lado del armazón de madera. No había vuelto a dirigirle la palabra a Kimihiro desde aquel día gris en que habían discutido. Hajime aún no se rendía en su intento de que se reconciliara con su hermano mayor, aunque no parecía tener resultado.
Sin embargo, a pesar de no estar de acuerdo con la decisión de Kimihiro, Oikawa era audaz y se dio cuenta del pequeño cambio en el estado de Iwaizumi desde el día en que le habían anunciado que volvería al mar. Era un detalle casi imperceptible para cualquier otra persona, pero no para él, que había compartido a su lado prácticamente toda su vida. Hajime físicamente no había mejorado, estaba igual de palido, delgado y cansado, sin embargo, sus ojos habían adquirido un brillo especial, fruto de su espíritu que volvía a flamear con intensidad.
Tooru sabía que eso se debía al impetuoso deseo de un tritón de volver a su hogar en el azul profundo y no podía culparlo, así como tampoco podía evitar sentir que pronto le arrancarían un pedazo de sí mismo. Una tristeza profunda le pesaba en el corazón y para él aquel viaje era como una caravana fúnebre que que lo transportaba a él para ser enterrado vivo sin que nadie se diera cuenta de la equivocación.
La compañía demoraría seis días en llegar a las costas del norte, de los cuales un día y medio de viaje se haría desde el borde del bosque de Kata hasta el lugar en el que tendrían un buen descanso, a las faldas de las montañas del Cordón De Kata, antes de continuar la travesía por un paso a través de las montañas, llamado La Garganta De Iu o Fragu Kra, El Paso Maldito, en la lengua del oeste.
El origen de este paso se remontaba a la Era Antigua y se decía que lo había construido Iu, el cuervo mas fuerte que hubiera vivido en Tengoku no Michi, pisando y moliendo la montaña misma entre sus ferocez garras y solplando la piedra viva hasta convertirla en polvo. De esta forma, el pueblo de Karasuno tendría un camino directo que los acercara al corazon del habitad de los Cuervos Sagrados.
En la actualidad La Garganta de Iu seguía intacta, aunque ni bestia ni hombre se atrevía a transitarla, con excepción de la Gente Caída de las Estrellas. Y es que aún permanecía arraigada allí la voluntad del constructor que, con chillidos venidos de otros tiempos y vientos salvajes como los que produce el batir de unas alas gigantes, espantaba a los visitantes indeseados tal como bestias malvadas y hombres del oeste.
A la entrada del paso los estaría esperando el mismísimo Señor De La Gente De Las Estrellas, que era hijo del hermano de la madre de la Reina. Él, junto a un grupo de sus hombres, guiarian al Rey por La Garganta de Iu, ayudandole a atravesarla y prestandole una valiosa protección en tierras que jamás había recorrido.
El Gran Señor tenía un hijo de la misma edad de Tobio, llamado Yamaguchi Tadashi, aunque debido a la distancia y al estilo de vida sencillo de su pueblo, ellos no se habían visto más que en un par de ocasiones a pesar de estar emparentados.
Había anochecido hace varias horas, en el segundo día del trayecto. Oikawa insistía en viajar en el carruaje de Hajime, sentado apenas sobre un pequeño cojín en el suelo duro.
Alumbrados únicamente por un pequeño farol, dentro de aquel estrecho lugar donde sólo se oían la calma de la noche y el rechinar de las ruedas de madera, el sueño estaba venciendo a Tooru de a poco, dándole el coraje para hablar sobre lo que en la plenitud de sus cinco sentidos apenas podía enfrentar:
-¿Iwachan, qué vas a hacer cuando estés en el océano? -preguntó con voz tenue, mientras reposaba la cabeza en sus antebrazos apoyados sobre el borde de la picina.
Hajime lo observó en silencio por un par de segundos, preguntándose si se había dormido.
-¿Iwachan?
Insistió Oikawa, volviendo la cabeza para mirarlo directamente, a lo que el tritón respondió:
-Creo que... iré a buscar algún lugar en donde hayan más como yo.
Un breve silencio absorbió la voz de Iwaizumi. Hasta que Tooru volvió a hablar.
-¿Iwachan, vas a extranarme?
Hajime sintió su corazón latir acelerado, entonces hundió su cabeza en el agua, hasta la nariz, como si quisiera ocultar su incomodidad. Luego de unos segundos sin hablar, volvió a la superficie y se resolvió a contestar:
- N-No lo sé... entre tantas sirenas hermosas... yo lo dudo mucho.
- ¡Te estoy hablando en serio!
Se quejó molesto Tooru.
- ¡P-Pues claro que voy a extrañart- t-todo...! a Kimihiro, el palacio, a Tobio...
- ¡¿Sólo a ellos?! ¡Que cruel!... Pero no te creo, sé que me vas a extrañar, a mí más que a cualquiera.
- Puedes creer lo que más te guste.
Mumuró enfurruñado el moreno, volviendo a hundirse en el agua.
Hubo un largo silencio a continuación. Hajime creyó que esta vez Tooru sí se había dormido, pero entonces le oyó decir en un susurro apenas audible:
- ¿Nos volveremos a ver algún día?
Su voz se notaba levemente estrangulada, quebrando algo en el pecho de Iwaizumi. Entonces este respondió con un tono muy suave:
- N-No lo sé... quizás... quizás yo podría venir a estas costas alguna vez y...
- ¿Cómo voy a saber que habrás vuelto? -le interrumpió el principe con audacia.
- Te mandaré un mensaje...
- ¿Cómo?
- Bueno, ehh... de alguna forma... algo se me ocurrirá...
- Mejor no digas nada más Iwachan... nuestros caminos nunca se volverán a cruzar de nuevo ¿no es cierto?
Iwaizumi no tuvo la fortaleza para responder, porque tendría que darle la razón. Así que prefirió guardar silencio.
Luego de un rato en el que Hajime estuvo perdido en sus memorias de aquella vida que había compartido con Oikawa, volvió a la realidad para encontrar al príncipe profundamente dormido. El viaje estaba siendo desgastante para él.
Se acercó despacio, deslizándose suavemente por el agua. Por un momento se quedó observando su inocente y hermoso semblante durmiente. Entonces sacó una mano fuera del agua y la llevó a la cabeza Tooru, donde le acarició los finos cabellos claros. Eran muy suaves.
En ese momento, de su boca brotaron palabras sin que pudiera evitarlo.
- Que egoísta eres, Tooru -le susurró en una voz muy tenue, sin resentimiento- Cuando crezcas, tú vas a encontrar a la humana que fue hecha para ti. Te casarás con ella y formarás una familia, tal como Kimihiro... y entonces apenas te acordarás de ir a verme a los estanques del palacio... Dime, ¿qué va ser de mí, pasando allí los días solo, rezando para que vayas a verme?...
El silencio devoró sus palabras, mientras un nudo le apretaba en la garganta.
- No, yo tengo que volver al mar... ahí es donde pertenezco...
Concluyó, cuando sintió que podía volver a hablar, meditando con un una mirada de profunda tristeza.
De pronto, el carruaje se detuvo y se oyó mucho ajetreo afuera, mezclado con muchas voces de hombres. Súbitamente la puerta trasera se abrió de par en par, exponiendo a los dos chicos que estaban dentro, lo cual a su vez le permitió a Hajime visualizar a los guardias corriendo agitados de aquí para allá, bajo una luz que parecía provenir de una fogata enorme.
Uno de los guardias se subió al carruaje, puso una manta sobre los hombros de Tooru y lo tomó en brazos, envolviéndolo con ella. Luego se lo llevó con él a alguna parte, desapareciendo de vista.
A continuación el Rey se presentó ante Iwaizumi informándole:
-Llegamos al campamento de la Gente de las Estrellas.
Hajime preguntó:
- ¿A dónde se llevaron a Tooru?
- A una tienda junto a la mía, para que descanse y recupere fuerzas. Es tan testarudo, debió ser duro viajar estos dos días aquí atrás -su expresión era seria, pero su voz tenía un leve tono de culpabilidad.
- Lo siento, Alteza. No pude convencerlo de viajar en el carruaje real, con usted -se disculpo Iwaizumi.
- Está bien. Supongo que no quiere separarse de ti antes de tiempo.
Hajime bajó la mirada conmovido, mientras que en sus labios se formaba una pequeña sonrisa.
- Iré a poner todo en orden para el viaje de mañana. ¿Estarás bien?
- Sí, Mi Rey, vaya tranquilo.
Se despidieron y a continuación el Rey se marchó.
Iwaizumi se quedó mirando al rededor con curiosidad, al menos lo que podía a través de la ancha puerta del carruaje. Había un gran campamento instalado en ese claro del bosque, de las filas de tiendas entraban y salían hombres. Otros alimentaban y daban agua a los caballos, atados a los árboles del borde o a estacas en el suelo junto a las tiendas. Mientras los demás subían y bajaban de los carros, llevando abultados equipajes.
También habían fogatas repartidas por el terreno, que les proveían de luz, igual que antorchas altas situadas a la orilla del sendero, entre las tiendas, que guiaba hacia la carpa mas grande donde se estaban reuniendo los líderes de las gentes.
Una vez saciada su curiosidad, Hajime se sumergió en el agua con tranquilidad y se dispuso a dormir las pocas horas de sueño que necesitaba un tritón, enroscado sobre su hermosa cola.
No supo cuanto tiempo había pasado hasta que el sabio lo despertó de repente. Frotándose los ojos, trató de enfocarse en lo que le decía. Pero recién comprendió su significado cuando el viejo le mostró un pequeño cofre de madera, que le cabía en las manos, y al abrirlo frente a los ojos del tritón dejó ver un puñado de cristales alargados y de múltiples colores.
- ¿Acaso son...? -musito el tritón, sin palabras.
- Me los trajeron desde El Santuario De Las Bestias, en donde guardamos las reliquias de los tiempos en que el Rey Raidon desbarata las caravanas de traficantes -le explicó el sabio.
- Ya veo... -murmuró Hajime, aun sin lograr recuperar por completo el habla.
Entonces tomó en sus manos el pequeño cofre y lo contempló por unos momentos.
- Puedes quedartelos, si quieres -le informó el sabio con una sonrisa cálida.
- Gracias -respondió el moreno conmovido.
Acto seguido revolvió el contenido del cofre como buscando algo. Hasta que tomó entre sus dedos un cristal de color verde azulado como su cola.
- Este es... este es mi Silamar -le dijo al sabio con los ojos humedecidos por la emoción.
- He leído que son joyas muy preciadas para los tritones y las sirenas -respondió el sabio.
-Así es... Cuando nacemos, nuestros padres guardan nuestro primer aliento marino dentro de un pedazo de cristal, traído de las granjas de cultivo de corales, en el fondo del océano.
Iwaizumi sumergió la mano en en el montón de joyas y tomó algunas en su palma.
- Estas son las Silamarae de mi familia... creí que estaban perdidas y nunca las podría recuperar.
Las lágrimas comenzaron a caer como ríos por las mejillas del pequeño tritón y este no pudo hacer más que abrazarse al cofre y apretarlo fuertemente contra su pecho.
El sabio se ayudó de una pequeña tira de cuero de sus ropas, para envolver el cristal de Iwaizumi y transformarlo en un colgante, el cual el tritón se lo puso al cuello con alegría.
Hajime sintió que este momento representaba un nuevo comienzo para él.
Continúa...
