Aquí les dejo la última parte de la historia Iwaoi hasta ahora, aunque en el futuro tendrá su continuación mientras avanza la historia principal :)
Capítulo 8: "El Príncipe Y La Creatura Del Mar, parte IV"
Oikawa nunca quiso que la gente se enterara de dónde venía Iwaizumi, porque si lo descubrían nunca lo dejarían en paz, todos los chicos y chicas querrían ser sus amigos, lo acosarian con sus preguntas y, más aún, Hajime lo dezplazaria a él como el centro de atención. No, Tooru no quería que los demás vieran lo especial que era Hajime, porque algún día Hajime podría encontrar a alguien más especial que él y entonces ese Silamar ya no le pertenecería.
Por eso fue que, cuando conoció a Yachi Hitoka, la odió más que a ninguna. Yachi era nieta del Sabio de Kata que les ayudara curar a Iwaizumi unos años atrás. Y aunque ella era la heredera de la sabiduría de El Templo De Las Bestias, su corazón anhelaba más que nada unirse al Escuadrón Médico del ejército de Karasuno.
Chinami se la había presentado a Iwaizumi y desde entonces ella empezó a escribir un libro sobre la gente marina, especialmente su relación con Espíritu Del Mar y sus rituales de sanación. Eso le apasionaba. Por su parte, Hajime se alegraba de serle de ayuda y le agradaba mucho su facilidad para maravillarse. Todo lo contrario a Oikawa, quien la detestaba y por eso siempre la hacía quedar como un bicho raro frente a las demás chicas, a causa de lo cual ella no tenía amigas.
Cuando Tooru cumplió los quince años, participó en el Torneo Del Mazo y consiguió convertirse en el Mazo del Rey más joven en la historia de Karasuno.
Naturalmente se celebró en el palacio una fiesta en su honor, como era la costumbre luego de este acontecimiento que traía tanto regocijo y alegría en cada ocasión.
Oikawa estaba rodeado de chicas como siempre y a la vez eran tantas como nunca. Algunas eran sus compañeras de la academia y otras pertenecían a las familias aristocráticas de Nigiyaka. Todas querían felicitar y estrechar la mano del nuevo Mazo, Oikawa El Bello, como lo habían apodado ellas mismas.
Iwaizumi debería estar acostumbrado a estas escenas y, de hecho, casi no le importaba. Excepto por que en algun rincón de su corazón sí que le importaba. Sobre todo porque el idiota de Oikawa parecía estar pasándoselo de lo mejor.
- Cuentanos, Maestro Oikawa, qué es esa joya en tu collar?
- Por qué siempre lo llevas contigo? Quien te lo dio?
- Acaso fue una chica especial para ti?
- Ésto? -dijo mirando el colgante en su pecho- Verán... este es el corazón de Iwachan, me lo dio hace mucho tiempo.
Oikawa miró a Hajime con media sonrisa suficiente en los labios. Éste mantenía su distancia de aquel grupo acompañado por Hitoka, pero estaban lo suficientemente cerca como para oír la conversación y Tooru lo sabía.
- Su corazón?!
Todas reaccionaron sorprendidas.
- Vaya... yo pensaba que Maestro Iwaizumi tenía un cariño especial por Yachi Hitoka.
- Claro que no. El sólo le tiene un poco de lástima, nada más -respondió el príncipe riendo.
- Entonces Maestro Iwaizumi de verdad te estima mucho.
- No es cierto? -respondió Tooru con una perfecta sonrisa fingida.
- El Maestro Oikawa no debería hablar sobre lo que no sabe -respondió Hajime con expresión molesta.
El moreno se había acercado para defender a Hitoka y de paso también su honor al escuchar las aberraciones que Oikawa estaba hablando.
-Iwachan, no te enojes sólo es una broma -le dijo el nuevo mazo,usando su sonrisa más hipócrita.
- No me gustan sus bromas y abstengace de hacer comentarios sobre mi relación con Hitoka, por favor. Ella es una buena chica y me siento afortunado de ser su amigo.
Estas palabras no le hicieron pisca de gracia a Tooru, cuya expresión se tornó mortalmente seria.
- Uwa! Entonces los rumores son ciertos! -cuchichearon las chicas a sus espaldas.
Acto seguido Iwaizumi dio media vuelta y se marchó al lado de Yachi, quien miraba sus pies con el rostro sonrojado. Una vez reunidos, juntos dejaron aquella fiesta a la que habían asistido por mera cortesía.
Por la noche, Tooru estaba en su habitación cuando sintió que llamaban a su puerta. Al abrir, encontró a Yachi sosteniendo un gran y hermoso ramo de rosas rojas.
-Maestro Oikawa, disculpeme por molestarlo, pero acepte estas flores por favor.
El príncipe las tomó en sus brazos de no muy buena gana y sin entender qué intenciones tenía la chica.
-Son de parte del Maestro Iwaizumi -agregó Hitoka nerviosamente- Aunque él quería desecharlas, ¡pero yo no podía permitirlo!
Tooru se sorprendió y entonces sintió culpabilidad ante este gesto tan noble de parte de la chica cuando él siempre era malo con ella.
-por qué haces esto? -le preguntó sin atreverse a mirarla a los ojos.
- porque el maestro Iwaizumi siempre me defiende y es mi culpa que se moleste con usted.
Esta chica es tan buena... como la odio, pensó Oikawa. Sus palabras le molestaban puesto que le demostraban la persona horrible que él era.
- En verdad... - el Mazo dudó en seguir- yo mismo soy el que busca el odio de Iwachan, diciendo cosas sobre ti. No me gusta que seas tan cercana a él -confesó finalmente.
Yachi lo miró con asombro y luego le respondió con una cálida sonrisa:
- Maestro Oikawa, no soy yo quien trae puesto su Silamar...
Oikawa la observó con sorpresa y luego sus labios se curvaron suavemente.
-Gracias, Yachi. Tal como dice Iwa-chan, eres una buena amiga y te debo una disculpa por como te he tratado todo este tiempo.
- E-Está bien! n-no tiene que disculparse! -chilló la chica toda colorada.
A continuación Tooru le sobó la cabeza a esa chica que era tres años menor y por tanto más bajita.
-Ahora debo ir a ver a Iwachan -agregó el príncipe con entusiasmo.
Al llegar a la habitación de Hajime, se paró frente a la puerta un poco nervioso. Cuando estuvo seguro de lo que iba a decir, llamó a la puerta.
- Oikawa? -musitó extrañado Iwaizumi al abrir la puerta y verlo allí de pie- que haces con eso? -preguntó señalando el ramo de flores con un sonrojo leve en las mejillas.
- Gracias por las flores, Iwachan. Yachi me la entregó.
- Hace algo así aún cuando tú la tratas tan mal? -habló el moreno, más consigo mismo que con el otro.
- Sí y ya me disculpe con ella por eso... -respondió el príncipe, orgulloso de sí mismo.
- hablas en serio? -cuestionó Hajime, dudoso.
- Claro que hablo en serio!
Hajime suspiró resignado a creerle y entonces volvió a hablar:
- Esas flores eran para felicitarte por ganar el título del Mazo.
- Gracias, Iwachan. Son muy hermosas -le respondió con su semblante más honesto.
Se miraron a los ojos, en silencio, por un momento que pareció eterno y tan efímero a la vez. De pronto, Iwaizumi rompió el hechizo al desviar la mirada mientras se rascaba la nuca.
- Oikawa... quería pedirte esto, pero no sabía cómo y ahora que estás aquí simplemente lo diré...
Tooru sintió su estómago encogerse de anticipación.
- Quisiera que me devolvieras mi Silamar.
La mandíbula del príncipe cayo un tanto al oir algo tan inesperado y diferente a lo que imaginaba.
- Oh... -fue lo único que pudo responder.
Luego miró la joya colgando de su cuello, como asimilando lo que estaba sucediendo.
- E-Está bien... claro... si eso quieres... -agregó.
- Gracias -contestó el moreno.
Que estaba sucediendo? Oikawa se lo preguntaba. Se quitó el colgante y lo enroscó en su palma para luego ofrecerle la mano empuñada. Se sentía desnudo sin él al cuello y el vacío en su pecho le estaba escociendo dolorosamente.
- Por qué?... -quiso saber antes de ponerlo en la mano que Hajime había puesto bajo la suya.
El moreno demoró un par de segundos en responder.
- Éramos niños y... de todas formas no creo que entiendas lo que significa...
A oídos de Tooru las palabras sonaron huecas, una pobre excusa. Entonces con rabia y dolor le interpelo:
- Yo creo que tú eres el que no entiende lo que llevarlo significa para mí!
Iwaizumi lo observó con los ojos muy abiertos producto de la sorpresa, ya que Tooru había comenzado a llorar.
- Quizás yo no pueda ofrecértelo como una joya que puedas lucir, pero mi corazón ha sido tuyo desde el mismo instante en que tú me ofreciste el tuyo!
- T-Tooru... -murmuró atónito el moreno al escucharlo.
- Si no me amabas no debiste darme algo así...
Iwaizumi atrajo a Tooru por los hombros y lo abrazó fuertemente, permitiendole usar su cuerpo como refugio. Y le decía al oido:
- Tooru... perdóname, yo no sabía... me sentía tan estúpido... tienes a tantas detrás de ti... no soy nadie, sólo un huerfano que Raidon rescató...
- Iwachan... tú eres lo único que me importa...
Hajime tomó el rostro de Oikawa en sus manos y limpió sus lágrimas con los pulgares. Acto seguido le pidió en un susurro tembloroso:
-Puedo besarte?
Tooru asintió con la cabeza y acto seguido cerró los ojos. Sus labios no demoraron en ser acariciados por los de Iwaizumi. Era una sensación tan dulce y deliciosa que le hizo sentir una calidez indescriptible en el pecho.
Se separaron respirando pesadamente, con la cabeza mareada y los labios húmedos.
A continuación Hajime le volvió a poner el collar al cuello y de paso lo besó una vez más.
- tendrás que compensarme el mal rato que me hiciste pasar.
Le informó el príncipe con gesto caprichoso, anclado a los hombros del moreno.
- Siempre tienes que sacar provecho de todo -rodó los ojos.
Oikawa le sonrió ampliamente y luego le besó en los labios con mas intensidad. El sabor de los labios de Hajime era adictivo y le encantaba.
- Si me dejas contarle a los demas que me diste un enorme y precioso ramo de rosas rojas te dejaré en paz -le propuso Tooru con una sonrisa pícara.
- No sé cómo te soporto -se quejó el moreno rodando los ojos.
Pasaron los años y llegaron a Karasuno vientos de guerra. Shiratorizawa estaba creciendo en poder y Nekoma comezaba a forjar alianzas para frenarlo antes de que estallara una guerra.
Los reyes decidieron firmar el tratado con Nekoma y para ello debían viajar a reunirse con los líderes de los demás reinos.
Iwaizumi y Tooru fueron los primeros en enlistarse para la campaña.
La caravana con los reyes, amparada por la Guardia Real a cargo del General Nishinoya, partió con una muchedumbre detrás que votireaba y los despedia alegremente, puesto que pronto estarían bajo la protección de una extensa alianza.
Dejaron la Región de Tooi, la última tierra exterior del Reino de Karasuno, por la noche bajo la protección de la oscuridad y tomaron un camino secundario poco transitado que avanzaba por las praderas, entre las colinas y junto al Gran Río Dylion, el que se extendía hasta el corazón de Las Tierras Lejanas.
Habían avanzado sin problemas durante dos días hasta que los centinelas, que exploraban el entorno antes de que pasara la caravana, dieron aviso de la presencia de aves cursando el cielo en patrones que revelaban una búsqueda.
No era poco común encontrarse con aves en esos territorios, informantes de otros reinos que exploraban los alrededores y con mayor razón ahora que se había reforzado la vigilancia a causa de que Shiratorizawa comenzaba a mover sus piezas.
Avanzaron con cautela esperando que pronto se fueran, sin embargo, al seguirlas los centinelas descubrieron que recorrían todo el borde exterior del reino. Entonces el general decidió que se apartaran del camino hacia un bosque al otro lado del río y continuaran avanzando bajo la cortina de árboles.
Un grupo de exploradores buscó un puente que les sirviera para llegar al otro lado y, al encontrarlo, los guiaron hacia el lugar.
Sin embargo, cuando iban de camino la tragedia se cirnió sobre ellos. Se cruzaron con un diminuto punto que rondaba allá en lo alto y entonces un horrendo chillido estruendoso cruzó el cielo y las aves vinieron sobre ellos.
Los caballos se espantaron y huyeron, mas a los que lograron controlar le ordenaron correr a toda velocidad llevando el carruaje de los reyes hacia el puente que les ayudaría a cruzar.
Todos vieron con horror como los diminutos puntos crecían y crecían sobre ellos, hasta que se dieron cuenta de que no eran aves comunes, eran águilas que se arrojaron en picada sobre la caravana, las águilas gigantes de Shiratorizawa.
Una de ellas aterrizó en medio de la infantería que había quedado atrás. La otra aterrizó al frente, al encuentro del carruaje real e impidiéndole el paso.
Tooru fue a a apoyar a retaguardia, mientras el general Nishinoya e Iwaizumi se encargaban del frente.
Oikawa vio horrorizado como el ave botaba los caballos, los aprisionaba entre sus filosas garras para asecender y soltarlos desde la altura, matándolos a causa del golpe contra el suelo. Y los soldados no corrían mejor suerte, las flechas que le lanzaban no lograban penetrar el plumaje y acababan siendo ensartados por las mismas garras, uno tras otro, y los que intentaban atacar cuerpo a cuerpo eran sacudidos sin esfuerzo como si se trataran de molestas pelusas.
En el frente el panorama era similar. Un grupo de soldados se interpusieron entre los reyes y la bestia, ayudándose de escudos para formar una muralla que no resistió mucho cuando el ave tomó vuelo y los fue agarrando o empujando.
Los reyes consiguieron bajar del carruaje y correr hacia el puente escoltados por Iwaizumi y el general. Sin embargo, la distracción no duró mucho y antes de que llegaran a la orilla del río el ave los alcanzó.
Iwaizumi fue al frente, siendo el que tenía más probabilidades de sobrevivir a un encuentro con esas garras. Esquivó por poco una estocada mortal y vio su hombro atrapado entre sus garras, pero con el otro brazo blandio la espada y logró cortar profundamente una de sus patas. Acto seguido el general Nishinoya usó el fornido cuerpo de Hajime como apoyo para saltar y enterrarle su gruesa espada a la altura del pecho y colgarse del mango para abrirlo desde allí y hasta el vientre. El ave cayó muerta con un chillido desgarrador y a continuación el Rey desenvainó su espada para matar al hombre sentado en el lomo del ave, el cual llebaba un casco de plata con el símbolo de Shiratorizawa y era quien la manipulaba.
Una vez tuvieron el paso libre, siguieron su carrera, cruzando el viejo puente abandonado hacia el bosque del otro lado.
- Estás bien, Iwaizumi? -preguntó el general a su soldado, al notar que por su brazo izquierdo corría un hilo de sangre.
- Estoy bien. Continuemos -respondió Hajime, evitando pensar en el dolor de su hombro y en el entumecimiento de su brazo izquierdo.
Los chillidos aún se escuchaban desde la altura, en cualquier momento bajarían más de esas bestias, por lo que debían encontrar un refugio para los reyes.
Oikawa recogió del suelo un arco y unas flechas que estaban olvidados al lado de un cadáver. Ignorando la protección de los escudos que frenaban el avanze del ave, se separó del grupo y con cautela se posicionó detrás del ó una flecha en el hilo del arco y apuntó al hombre que manejaba al monstruo. Un pequeño espacio en el cuello, entre el casco y la armadura. Soltó la flecha y en el primer intento la ensartó en la columna del hombre, el que cayó muerto.
El ave se agitó confundida por el peso del cuerpo muerto que colgaba de sus riendas y entonces Oikawa se subió al lomo y enterró produndo el filo de su espada. El cuerpo de la bestia se desplomó sin vida.
A continuación ayudó al resto de la guardia a cargar a los heridos y llegar al otro lado del río para protegerse de las demás bestias que chillaban sobre sus cabezas.
Los reyes y sus escoltas corrieron por el bosque, buscando alejarse de los asaltantes voladores y perderlos. Al parecer Shiratorizawa no había enviado soldados a la batalla, probablemente no querían bajas inútiles en este enfrentamiento, porque si se hubieran enfrentado bajo los términos de Karasuno no podrían vencer a menos que desplejaran el triple de fuerzas de las que ellos poseían. Por ello Shiratorizawa se valía de sus aves gigantes.
De pronto escucharon un estruendo que hizo temblar la tierra, proveniente del lugar que apenas habían dejado atrás. No sabían de qué se trataba, hasta que vieron una bola de fuego caer del cielo e impactar un poco mas adelante, destrozando árboles y prendiendo todo. Debieron cambiar de dirección para evadir las llamas, sin embargo, oyeron un chillido de águila sobre sus cabezas y a continuación vieron una de esas bolas flameantes caer directamente sobre ellos. Sin pensarlo dos veces Iwaizumi se arrojó sobre los reyes para protegerlos con su cuerpo.
Tooru y los demás soldados vieron las flamas caer del cielo, tres veces seguidas, y entonces todo quedó en silencio. Las aves y sus maestros se retiraron, dejando atras un fuego azul que se fue apagando como por arte de magia. Su tarea había concluido.
El Mazo junto a los guardias que no estaban heridos, se adentraron en el bosque en dirección del último impacto, rezando por encontrar sanos y salvo a sus reyes o, en última instancia, con la intención de llegar a tiempo para prestarles los primeros auxilios.
El territorio era amplio, por lo cual se dividieron en tres cuadrillas. Tooru lideraba una de ellas, mientras trataba de controlar su desesperación. No se podría saber qué le aterraba más, si perder a su hermano y Rey junto a su esposa o perder a Hajime quien era el único amor de su vida. Pero definitivamente sabía qué le dolería más. No podía imaginar una vida sin Iwaizumi, él siempre había estado a su lado y perderlo le destrozaria.
La cuadrilla del norte encontró el lugar y mandó a llamar a las otras dos. Al llegar al la zona del impacto, Oikawa sólo vio un gran círculo negro. Si no fuera por los soldados agrupados al rededor de lo que parecían pequeños montículos, hubiera demorado más en darse cuenta de que correspondían a la cuerpos de quienes estaban buscando.
- No lo lograron -murmuró conmovido el líder de la cuadrilla, quien vino a su encuentro.
Tooru quedó petrificado. No quería creer lo que sus ojos veian ni lo que sus oidos escuchaban.
-Este aún respira! -gritó un soldado arrodillado al lado de uno de los cuerpos.
Oikawa se acercó de prisa y supo que se trataba de Iwaizumi, a pesar de que estaba irreconocible. Acto seguido les habló a sus hombres:
- Preparen el regreso. Recuperen lo que se pueda de la caravana y los caballos. Atiendan a los heridos, carguen los cuerpos de los reyes, el general y de todos los que puedan y regresen a Tooi. Yo los estaré esperando.
A continuación silbó al aire y, cuando hubo envuelto con cuidado el cuerpo de Hajime en su capa, su caballo blanco apareció para servirle. Se subió a la montura y con Iwaizumi en sus brazos emprendió el regreso.
De vuelta al camino por el cual habían venido, lo recibió el pequeño cuervo que Yachi le había entregado a Iwaizumi el día de la partida, para que pudiera comunicarse con ella en caso de que lo necesitara.
Lo tomó en su antebrazo y le susurró un mensaje para Hitoka: Que se reuniera con él en Tooi, porque Iwaizumi estaba al borde de la muerte y que trajiera a los mejores soldados del Escuadrón Médico con ella.
Luego echó a volar al ave, que se perdió en lo alto. Se quitó el cristal del cuello y se lo puso a Hajime para que le diera fuerzas para resistir el viaje. Y emprendió una cabalgata a toda velocidad rumbo al reino.
Poco menos de un día y medio demoró en llegar a la fortaleza de Tooi, cabalgando sin pausa para nada más que tomar un respiro y darle de beber al animal. Yachi lo estaba esperando. Llevaron a Hajime a una tina con agua que Hitoka había preparado, aunque ella no pudo evitar dar un alarido de espanto cuando le quitaron el atavío, pues nunca imaginó que lo vería así. Era un cuerpo totalmente carbonizado e irreconocible el que estaba ante ella.
-Sálvalo -le suplicó Tooru, destrozado.
-lo intentaré -respondió la chica, al borde de las lágrimas.
En todos los años que se conocían y desde que era niña, Hitoka había aprendido la medicina de las creaturas y era la única que podría hacer algo para salvar la vida de Iwaizumi.
El ritual que llevó a cabo Yachi fue extenso, demorando casi tres días. Recurrió a todos sus conocimientos y los materiales que había traído consigo. El Silamar sin duda fue la fuente de poder que ayudó a la chica para salvar a Hajime. Y al tercer día ambos pudieron descansar.
Tooru estaba sentado en el suelo al lado de la tina, como cuando eran pequeños, y lo vigilaba en su sueño. Él mismo no había dormido más que un par de horas, casi nunca seguidas, desde que la pesadilla había acaecido, pero tenía que estar seguro de que Hajime estaba a salvo, de que no lo perdería.
De pronto Iwaizumi se removió suavemente. Yachi lo había envuelto en hojas de Aquamorata, una planta que crecia junto a los ríos de la zona y que tenía propiedades curativas. Hajime balbuceó algo ininteligible y Oikawa se acercó para hablarle.
- Iwachan? -su voz era insegura y parecía que se quebraria en cualquier momento.
-Tooru -suspiró el moreno entre sus labios pálidos.
- Tranquilo, estás a salvo. No hables, sólo descansa y recuperate, sí?
Pasaron tres semana antes de que le quitaran los vendajes que cubrían todo su cuerpo, pero su recuperación fue milagrosa.
No pudo asistir al funeral de los Reyes ni a la presurada coronación de Oikawa. No pudo estar allí para consolar a Tobio, quien se fue llenando de resentimiento. Y es que todos sentían y sabían que la muerte de los reyes había sido una cruenta y despiadada persecución por mandato del Rey de Shiratorizawa.
Cuando volvió a estar en condiciones de reintegrarse al ejercito, el consejo le pidió liderar a la Guardia Real como su General y cuidar del Rey Oikawa que dirigiría el reino provisoriamente, hasta que Tobio se recuperara de la muerte de sus padres y tuviera la fortaleza de tomar en sus manos el liderazgo del Reino.
Continuará...
