Se terminó convirtiendo en rutina al final.

Cada lunes, miércoles y viernes Ciel iba al despacho de Sebastián, cerrando la puerta con pestillo. Ambos se sentaban en el sofá y mientras Sebastián le hacía preguntas e intentaba psicoanalizarle para poder ayudarle, además de darle sus medicamentos, Ciel jugaba con él. A veces acariciaba sus brazos, otras veces sus piernas, luego se volvió más atrevido y le pedía que se desabrochara su camisa. Luego empezó a usar la boca. Le daba pequeños besos o lametazos, en el torso, en el cuello o en la clavícula. Pero Sebastián jamás le tocaba, jamás caía ante sus juegos/provocaciones. Ciel cada vez se volvía más atrevido solo por el placer de ver el rostro lujurioso y a la vez ver cómo se auto detenía para no tocarle o devolverle algún beso. El siguiente nivel fue cuando Ciel se quitó su camisa, dejando expuesto su flaco y blanco cuerpo, y se apoyaba en Sebastián quién tampoco traía camisa para hacerle sentir el calor de su cuerpo.

Al final de cada sesión, o en lo que terminara convirtiéndose esto, Ciel se ponía su camisa y se iba mientras le dirigía algunas palabras sarcásticas y lascivas a Sebastián, quien siempre terminaba teniendo una gran erección.

-Ha sido un placer… mientras te masturbas piensa en que yo también estoy húmedo… y receptivo. –Le dijo esa tarde. Sebastián no tardo en volver a tumbarse en el sofá y tomar su erección en su mano para aliviarse-

-Pequeño demonio… -Murmura Sebastián- luego dicen que uno es el Diablo.