Disclaimer: Digimon Adventure no me pertenece.
RODEADOS
III. El diagnóstico
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Tomaba alrededor de cuarenta minutos llegar al hospital. Todos los viajes los hacían en la vieja camioneta de su marido, un todoterreno modelo 96 de color malaquita, cuya guantera todavía guardaba los tickets de cada concierto a los que asistieron. La ruta era angosta, y apenas estaba cubierta por una ligera capa de asfalto. Los árboles se ceñían sobre lo alto de ella, y la luz que se colaba de entre las ramas desfilaba en pequeños destellos sobre el parabrisas.
La ruta terminaba en la carretera 35, vialidad que bordeaba la comunidad rural vecina, y daba fin a la región de Ibara. La carretera pasaba por una escuela primaria, una estación policial, tres santuarios sintoístas, y por una oficina de correos antes de llegar al poblado de Yakage, en el distrito Oda. El hospital se alzaba sobre la avenida principal, a tres manzanas de la salida, en un escueto edificio de tres pisos.
Yamato había estado particularmente callado esa mañana. Venían por los resultados de unos análisis, y había mucha expectación en ello. En la sala de espera, su marido le tomó la mano en medio del bullicio administrativo y entrelazó sus dedos, dándole un ligero apretón. Aún cuando la fuerza de su tacto terminó por delatar su preocupación, le hizo saber que la apoyaba incondicionalmente.
Pero apenas entraron al consultorio, Yamato le defraudó. Sora se decepcionó al oír que estaba perfecta de salud. El médico les extendió un repertorio de posibilidades que terminó apuntalando al síndrome post-aborto, y todos sus síntomas fueron reducidos a la manifestación de una depresión que, estaba segura, no padecía. Yamato no hizo nada por objetar a su favor; era como si en todo ese tiempo se lo hubiera temido.
—Permítame recomendarle a un tanatólogo —prosiguió el médico, hurgando en el cajón derecho de su escritorio—. También hay grupos de apoyo que se reúnen en el edificio de enfrente. Han sido altamente recomendados.
Yamato tomó la tarjeta que extendió el médico, y Sora leyó por encima los folletos. Estaba renuente a escuchar lo que restaba de la consulta. Yamato nunca había sido el tipo de hombre que hablara por su mujer, pero esa mañana lo fue. Y cuando salieron del hospital, con un pie en el estacionamiento, hizo la osada sugerencia de cruzar la calle para conocer el centro de apoyo.
Sora, dolida pero determinante, se negó con un firme ladeo de cabeza.
—¿Segura? —insistió él, con las manos metidas en los bolsillos de su campera.
—Hoy no puedo —le dijo a secas, volteada hacia el estacionamiento—. Quedé con Mimi.
El viaje de regreso fue silencioso. El motor, y las píldoras contenidas en los frascos, era todo lo que se escuchaba. Sora notó cómo sus síntomas fueron regresando progresivamente a medida que se acercaban a su parcela.
Yamato debía volver al centro de vigilancia espacial, y apenas pisó la casa cuando regresaron del hospital. Bajó la bolsa con los fármacos que Sora dejó en el auto, y colgó los folletos en el pizarrón de corcho de la cocina, los que más tarde ella bajó y guardó con llave. Y se fue, apenas con un corto beso en los labios.
Mimi llegó a eso de las dos de la tarde. Trajo con ella un canasto con semillas y algunas especias que rebosaban de sus bordes. Su vecina tenía la costumbre de llegar y poner la tetera a hervir agua para preparar té de frutos rojos. Mimi manipulaba la cocina como si fuese suya; y Sora, sentada desde la mesa redonda, disfrutaba de verla acomodar las gavetas. Se imaginaba que debió conocer al dueño anterior, quizás a la familia entera; y podía ver por su confianza en la casa que alguna vez fue cercana a ellos.
—Son hombres. Qué saben ellos de cómo nos sentimos —reprobó su vecina ladeando la cabeza, con los codos sobre la mesa y la taza en manos—. Mucho menos saben de lo que necesitamos.
—Ni siquiera lo dudó un segundo —murmuró Sora, con los labios pegados al borde de la taza—. Es difícil hablar con Yamato cuando se aísla.
—Lo mismo me pasa con Taichi —suspiró Mimi—. Taichi es imposible cuando está celoso.
Sora se reincorporó sobre la silla, dudosa y divertida.
—¿Celoso? —repitió incrédula, enarcando una ceja—. ¿Incluso aquí?
—Claro que sí —le aseguró con énfasis, como si de un jugoso chisme se tratara, casi olvidándose que era de su esposo de quien hablaba—. Sobretodo aquí. Aquí hay mucho tiempo para conocer a una persona. Se presta más para el preámbulo, y eso a Taichi le fastidia. Cree que eso siempre conlleva a la tensión sexual.
Sora bajó la taza y soltó una risilla ante las expresiones teatrales de su vecina. Mimi no tenía un filtro para lo que decía, ni se moderaba en la manera en que lo hacía. Era como la amiga que siempre quiso tener en la ciudad para cotillear en un café.
—Bueno, —interrumpió su vecina, mirando hacia el techo—, tampoco está muy equivocado que digamos.
Luego de que trató de esconderse avergonzada detrás de su taza, ambas mujeres se soltaron a reír. El día estaba nublado, y terminado el té Mimi sugirió aprovechar la tarde para ampliar el huerto. El jardín nunca se había visto tan lleno de vida desde su intervención. Llegó a curar las plantas marchitas; le dio variedad añadiendo otras; y mitigó las plagas con su experiencia. Era muy dada para ello.
Sora encontraba terapéutico el cuidado del jardín. Delimitaron con hilos y clavos un perímetro sobre la tierra en la parte de atrás de su casa, y comenzaron escarbar y a mezclar cal en la tierra para después cultivar las coles que había traído Mimi. Le fue contando detalles de su casa, la que se encontraba al sur del bosque. Le contó que estaba en una pequeña colina donde pegaba mejor el sol que en otros lares. Que llevaba años cultivando girasoles allí, y que tenía un lote casi tan alto como ella.
Sora fue escuchando y escarbando al mismo tiempo, hasta que en un despiste notó un movimiento furtivo de las manos de su vecina. La vio sustraer algo de la tierra que inmediatamente guardó en su mandil. Sora estiró una sonrisa y frunció el ceño, intrigada.
—¿Qué fue? —le preguntó.
—Lombrices —respondió de inmediato—. Las estoy juntando para hacer composta después.
Sora asomó la mirada, pero no vio ninguna lombriz. En cambio, notó una figura cilíndrica a través de la tela, corta como una ampolleta. Pero justo cuando estaba por preguntarle de qué se trataba, los repentinos ladridos del perro acapararon su atención.
Alertada, se levantó de la tierra y dio vuelta, asomándose cautelosa por una esquina del pórtico. El perro estaba allí, tenso sobre las patas traseras, ladrando a la nada. Y lo que habían sido coléricos ladridos, pronto se tornaron en angustiosos gemidos.
—¿Qué le pasa? —preguntó Mimi detrás de ella.
—No lo sé —dudó Sora, acercándose al can.
Lo tomó del collar, y acarició su erizado pelaje para calmarlo. El can persistió por un rato, pero cuando cedió, lamió las manos de su dueña todavía nervioso e inquieto. Sora terminó jalándolo del collar al interior de la casa, mientras que Mimi se quedó parada en el pórtico, mirando la profundidad del bosque a medio kilómetro de ella, en dirección a donde había apuntado el perro. El cielo comenzaba a oscurecer, y el viento que entraba de entre los troncos de los árboles producía un sonido hueco, pero agudo como un silbido.
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Notas del autor:
Gracias por leer (: sobretodo a quienes han añadido a favoritos y han dejado sus comentarios. ¡Saludos!
