Disclaimer: Digimon Adventure no me pertenece.


RODEADOS

IV. La practicante


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Marcaban las nueve y cuarto en el observatorio astronómico. Al otro lado de la línea telefónica sonaba la grabación de un buzón. No era ninguna casualidad que surgieran más problemas; él en realidad los buscaba, incluso debajo de la casa. Cualquier problema banal que lo distrajera de los problemas reales le funcionaba. Desde la reparación de la vieja tubería de la casa, hasta la desaparición del inquilino anterior.

Su hermano nunca parecía estar disponible desde que trabajaba como periodista para Fuji TV. Había intentado contactarlo por lo menos cinco veces en esa semana, pero no pasaba del mensaje pregrabado. Joder. Ni siquiera estaba enterado del aborto de Sora. Después de mes y medio tendría que saberlo. No era el tipo de noticia que uno deja en el buzón de otra persona.

El temblor de su pierna derecha hizo vibrar el escritorio y cada utensilio sobre él. Mordisqueó la uña de su pulgar, ansioso. Otra vez se la está pensando para abrir el último cajón de su escritorio, el que guarda una cajetilla de cigarros y un encendedor. Un cajón que no ha abierto desde hace cinco o seis semanas. Se siente traidor y deshonesto cada vez que lo contempla; y casi siempre consigue mantenerse alejado del cajón, pero ésta vez siente que no puede. Y lo abre.

Atravesó los estrechos pasillos inadvertido. Las paredes eran de un acabado poroso, y conservaban el color natural del concreto. Subió la torre que daba con el puente que conecta ése y otro edificio, y destrabó la sólida puerta de metal, la que rechinó de manera molesta a los oídos.

«Oí que Izumi Koushiro fue abducido por un OVNI».

«Yo escuché que Izumi fue secuestrado por espías del gobierno».

Todo el asunto del programador comenzaba a ser un chiste local en el centro de vigilancia. Ciñó su bata de laboratorio luego de que el frío matutino le calara, y prendió un cigarrillo. Se recargó sobre el barandal de metal oxidado, y no pudo evitar recordar su vida hace seis meses, cuando todavía vivía en la ciudad. Había muchos planes en ese entonces; Sora había cambiado su dieta, y él había dejado de fumar.

Tardaron meses en concebir. Incluso cuando pensó que la espera pondría angustiosa a Sora, no lo hizo. Fue paciente, a pesar de sus expectativas. Y poco después de que aceptaran su solicitud para trasladarse al centro de vigilancia, la noticia llegó un día con náuseas matutinas. Toda esa paciencia se vio recompensada por un breve momento.

Tan sólo brevemente.

De pronto la puerta de metal rechinó. Yamato observó de reojo a la joven que acababa de colarse. Era una practicante, pero a Inoue Miyako se le conocía mejor por ser la loca del laboratorio de programación. Era la única de todo el centro de vigilancia que procedía de la misma región, cuando todavía se le conocía por Bisei y no Ibara. Era una pueblerina con pinta desaliñada y personalidad errática.

La joven no parecía tener intenciones de cruzar el puente. Se quedó parada, con la puerta cerrada a sus espaldas, sosteniendo el picaporte con el brazo torcido. Fue acercándose con pasos arrastrados y mirada esquiva, como si tratara de disimular casualidad. Yamato se desconcertó tanto que volteó al otro lado, creyendo por un momento que había alguien más en el puente.

Pero no. Estaban sólo ellos dos.

—Me enteré que está buscando información sobre el profesor Izumi —anunció ella, apoyada ambiguamente en el barandal.

Yamato frunció el ceño, y volteó a verla. Exhaló todo el humo que acababa de aspirar, y se removió incómodo bajo la fricción de su ropa.

—¿Te enteraste? —repitió. Apenas le había preguntado a un par de colegas.

—Usted tampoco cree en lo que se dice, ¿verdad? Ya debió enterarse dónde vivía el profesor —añadió, guardándose las manos en los bolsillos de su bata. Yamato asomó la mirada a su gafete; incluso en la fotografía se veía desaliñada—. Yo creo que algo malo le pasó al profesor.

Enarcó una ceja, y caló otra vez de su cigarro. Lo que decía la chica lo descolocaba por completo, pero al final decidió escucharla porque hasta donde tenía entendido, ella había sido la estudiante a cargo del dichoso programador.

—¿Como qué? —se atrevió a preguntar.

Miyako sonrió satisfecha. Juntó el dedo pulgar y el índice y se lo llevó a la punta de sus labios, en un sutil encargo por un cigarrillo para continuar con la plática. Yamato le respondió con la más seria de sus expresiones. Tan seria que por un momento se recordó a su padre.

—Bueno, —resignó Miyako. Planchó su uniforme con sus manos, y luego acomodó sus enormes gafas—. Yo trabajaba con él. Era brillante, sí. Pero era humano —casi alardeó, acercándose tentativamente, como si estuviera apunto de contarle un secreto. Entonces susurró—: Tenía un amorío con una mujer casada.

Yamato, con los brazos cruzados, frunció el ceño y balanceó el cigarrillo entre sus labios. Concluyó que el cotilleo nunca terminaba en ese lugar. Sin embargo, debía admitirlo: no era lo más ridículo que había escuchado sobre el tema.

—Así como lo oye —prosiguió ella, como si él hubiera soltado una cara de completo asombro—. Yo creo que el profesor se metió en problemas. El esposo de esa mujer es un cazador —asintió varias veces, encogida de hombros porque estaba helándose en ese puente—. Y no cualquier cazador. No, no. El mejor de aquí. Mi papá le compra liebres los fines de semana.

Yamato levantó el mentón, con la mirada entrecerrada por la resolana, y aspiró profundo de su cigarro. ¿Acaso estaba hablando de sus vecinos? Tiró la colilla, y mientras la pisaba contra el concreto, exhaló el humo, sintiéndose tonto en medio de esa conversación.

—¿Estás insinuando que fue asesinado por su vecino? —se burló él.

Pero lejos de ofenderla, el rostro de la pueblerina se iluminó de curiosidad.

—Entonces los conoce. A los Yagami —adivinó, fascinada—. ¿Se los ha cruzado? ¿o lo han ido a visitar?

—No creo que el profesor Izumi haya sido víctima de un crimen pasional —sentenció, levantándose del barandal.

—Considere lo siguiente —le siguió de cerca, hasta la puerta—: Apuesto a que no sabía que el señor Yagami fue un recluta de las fuerzas terrestres.

Yamato se detuvo por un momento, y pensó en lo mucho que explicaba ese descubrimiento. Pero al final terminó desacreditándola:

—Eso no significa nada.

Abrió la puerta, de nuevo rechinó de manera molesta, y Miyako se apresuró para seguirle.

—Usted es casado, ¿verdad? —continuó ella, bajando a la par las escaleras de caracol—. Y su esposa ha de conocer a la mujer del señor Yagami, ¿no es así?

Yamato apenas iba a contestarle, cuando le interrumpió:

Bingo —exclamó—. Tengo un plan.

Él continuó reprobándola con expresión cansada, camino al observatorio astronómico; pero esto no hacía que desistiera, sino todo lo contrario.

—No lo entiende —apresuró la chica—. El profesor había estado trabajando en una importante investigación antes de desaparecer. Y era tan secreto, que nadie sabía de qué se trataba. Incluso le cortaron los fondos aquí. Sólo la mujer del señor Yagami sabe qué era. Como con Kennedy y Marilyn: el profesor sólo le contó el secreto a su amante.

Yamato suspiró exasperado y tomó asiento en su estación.

—No me siento cómodo con esas acusaciones.

Miyako apoyó las manos sobre su escritorio, y tomó impulso para sentarse sobre éste de un sólo brinco. Yamato se vio incómodo ante el atrevimiento y en las miradas inquisitivas que provocó en el observatorio.

—Tengo que hacerme amiga de su esposa, para así poderme acercar a la mujer del señor Yagami —insistió ella, completamente ajena a las miradas—. De esa manera, no sospechará.

—Lo lamento, pero no —murmuró Yamato, tratando de no llamar más la atención—. No puedo permitir que te acerques a mi esposa bajo esas intenciones.

Le rogó que se bajara de su escritorio, intranquilo por toda la atención que estaba recibiendo. Y pese a que no logró convencerla de desistir de sus ideas, consiguió zafarse de ella y sus conjeturas por ese día.

Guardó la cajetilla y el encendedor en el cajón bajo llave. Aunque trató de retomar su trabajo, no dejó de pensar en la clase de habilidades que tendría su vecino habiendo sido recluta de las fuerzas de autodefensa terrestre de Japón.

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Notas del autor:

Ya me había tardado. Gracias por leer (: