Disclaimer: Digimon Adventure no me pertenece.
RODEADOS
V. Los murmuros
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La lluvia picoteaba el cristal de las ventanas como si le pidiera permiso a los inquilinos para entrar. Aquél picoteo y el ocasional cambio de página era todo lo que se escuchaba en la casa de los Ishida a las cuatro de la tarde. Sora ojeaba un libro de autoayuda en la estancia, y su marido atendía un papeleo en el escritorio de persiana del vestíbulo. No iba a decirle que le enfadaba cada palabra del libro que acababa de comprarle, pero le estaba costando disimularlo.
Notó por la ventana las visitas que venían cruzando la parcela, apenas con el paso apurado. Estaban empapados por la lluvia, y sin un paraguas encima. Sora se levantó del sofá imaginando que a su marido se le habría olvidado mencionar que invitó al vecino a pasar la tarde, y se apuró para recibirlos con toallas. El perro no demoró en inquietarse frente a la puerta.
Yamato se retiró las gafas de lectura, y sospechando lo que sucedía, entreabrió la cortina de la ventana junto a la puerta.
—¿Tú los invitaste? —preguntó él.
Sora dobló las toallas, confundida.
—Pensé que tú invitaste a Taichi.
Yamato achicó los ojos, y la miró hesitante.
—¿A qué?
—No sé. ¿A cenar? —intentó adivinar ella.
Tocaron a la puerta, y Sora abrió. Los vecinos entraron goteando, salpicando y arrojando toallas mojadas sobre los muebles. Yamato observaba, irritado. No entendía por qué a su esposa le daba tanto gusto recibir a estas personas tan desordenadas. Tan impetuosas.
Tan peculiares.
La vecina llevaba su vestido de vuelo empapado. La tela mojada estaba adherida a su cintura, a sus caderas, y hasta a la curva de sus muslos. Las gotas escurrían por debajo de su faldón, deslizándose intactas por el largo de sus medias grises. Yamato sin querer se encontró mirándola más de la cuenta; y el vecino, con mirada cada vez más negra, se lo hizo saber. Una mirada ennegrecida ante la más taimada de las sospechas.
La tarde había comenzado así. Las mujeres platicaban y reían en la entrada, ajenas al duelo de miradas que los hombres sostenían a sus espaldas.
—Sora, ¿me prestas algo? —pidió Mimi, ondeando el faldón—. Esto está completamente empapado.
—Sí, claro —contestó ella—. Toma lo que quieras del armario.
Mimi subió las escaleras, y Sora le ofreció lo mismo a Taichi, quien apenas había parpadeado en esa bienvenida.
—No, yo estoy bien —contestó al cabo, apartando la mirada para sonreír cordial—. No te preocupes por mi.
¿Acaso era verdad lo que se decía de sus vecinos? Sora charlaba con el vecino camino al comedor. Y Yamato, parado desde el vestíbulo, notó que la vecina no había ido a la habitación principal. Raro para alguien que supuestamente conoce bien la casa. En lugar de seguirla y levantar sospechas con ello, siguió a su esposa a la cocina, quien ahora debía ingeniárselas para convertir una cena de dos, para cuatro.
Sora se recobraba en esas esporádicas visitas. De repente ya no se le veía tan decaída, y a él no le quedaba de otra más que seguir la corriente. Bebía de su copa de vino mientras escuchaba de nuevo la historia de caza que siempre contaba su vecino para hacer alarde de sus habilidades.
—¿Quieres estofado, Mimi? —ofreció Sora luego de que sacó la bandeja del horno.
—No, gracias —rechazó apenada—. Soy vegetariana.
Yamato volteó a ver a su vecino, confundido. ¿Vegetariana? Observó largamente a Taichi, quien con mirada esquiva levantó el plato, pidiendo que le sirviesen un poco del estofado que se acababa de ofrecer.
—¿Desde cuándo? —preguntó Yamato.
Mimi extendió la servilleta sobre sus piernas, planchándola con sus manos. El vecino tensó la quijada, y comenzó a picar el estofado de su plato.
—Poco después de mudarnos aquí —respondió, estirando gradualmente una sonrisa—. Uno pensaría que es irónico. Siendo mi esposo un cazad-
—Mimi —interrumpió Tai—. No es tema para hablar en la mesa.
Se produjo un silencio incómodo. Uno en el que la impetuosa Mimi se mordió el labio y apretó la servilleta, arrugándola bajo la mesa.
—No se preocupen —apresuró Sora, tratando de enmendar el malentendido—. A Yamato tampoco le gusta mucho la carne. No pasa nada, Mimi.
Pero algo estaba pasando. Hubo una creciente tensión entre sus vecinos después de aquello. Una que no disminuyó a pesar de los intentos de Sora por remediarlo. Taichi estaba enfadado, incluso cuando contaba sus ocurrencias. Mimi estaba demasiado callada, como si evitara volver a equivocarse.
Luego de la cena los vecinos tomaron su distancia en el pórtico. Murmuraban muy cerca del otro, como si discutiesen. ¿Estaría el vecino reprendiéndola por el comentario en la mesa? Yamato pensó mucho en la clase de hombre que debía ser su vecino. Presentía algo raro entre ellos. Volteaban discretamente hacia a la casa, y volvían a murmurar. Parecían confabulados, y Yamato no tardó en imaginarse que habían otras intenciones en su visita.
Sora salió de la cocina con una tarta de manzana. Luego de la discusión en el pórtico, los vecinos ya andaban como si nada. Mimi incluso insistió en acompañar la tarta con un té de frutos rojos. Se metió a la cocina y comenzó a prepararlo, sin la aprobación de nadie. No fue hasta en ese momento que Yamato reparó en su insistencia con prepararle a Sora ese té.
—¿Sabes algo de plomería, Taichi?
Faltaba media hora para que oscureciera, y sacaron una mesa y unas cuantas sillas al pórtico para charlar a la luz de los quinqués y las estrellas.
—Si preguntas para ver qué se puede hacer por las tuberías de esta casa, mejor resígnate —contestó, recargando el codo sobre el respaldo de la silla—. El dueño anterior se aseguró de que fueran obsoletas.
—¿En serio? —intrigó Sora, apresando su taza con ambas manos—. ¿Por qué?
—La toma de agua de la tubería de esta casa es superficial. El vecino se quejó de los microorganismos patógenos del lago —rodó los ojos, divertido ante el recuerdo—. Entonces me ofrecí para ayudar a construir el pozo.
—Bueno, al menos hizo esta casa más barata —aligeró Sora, haciendo reír a todos.
A todos menos a Yamato.
Yamato ahora se daba cuenta. Los vecinos sabían del aborto de Sora. Mimi era vegetariana, y no había razón pertinente para salir a cazar aquella vez. Eso explicaba por qué al final de ese día el vecino cedió la única liebre que cazaron, sin importar que regresara con las manos vacías. Desde el principio había sido pensado para Sora. Observó las tazas, y su contenido rojo intenso. Antioxidantes y antisépticos. Discretamente interferían con la dieta de su esposa, ¿pero por qué? ¿Cuáles podían ser sus intenciones, si actuaban tan sigilosamente?
Estaba claro que lo sabían. Y lo sabían desde el primer día. Probablemente los habían estado vigilando desde que se mudaron.
Yamato levantó la mirada a sus vecinos, nervioso. Taichi le miraba de vuelta, desde el otro extremo de la mesa, con curiosidad.
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Notas del autor:
Mañana empieza Octubre (L). Gracias por leer (:
