Disclaimer: Digimon Adventure no me pertenece.


RODEADOS

VI. El lago


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Se despertó a mitad de la noche presintiendo que algo andaba mal. Llevó su mano al otro lado de la cama, y tanteó con premura. Las sábanas estaban removidas, y la cama matrimonial vacía.

—¿Sora?

El silencio era una cosa terrible en ese lugar. Se levantó, y tocó dos veces la puerta del baño. El ligero toque de sus nudillos terminó por abrirla, y confirmó que Sora no estaba en la habitación. De repente todo ese silencio se tornó en un mal augurio; prendió todos los quinqués en la casa, y revisó cada habitación. Entonces notó que el perro faltaba también.

Sora, por alguna razón, había dejado la casa. La idea de que el perro estuviese con ella era lo único que lo mantenía con calma en ese momento. Salió al patio, y trató de ver algo entre la niebla. Volutas de vapor salían una tras otra de su boca mientras gritaba el nombre de su esposa. El bosque, sin embargo, se tragaba cada sonido. Había algo hosco e inhóspito en aquél silencio. Tan extraño, e impropio de la naturaleza que lo rodeaba.

Se regresó a la casa, decidido a adentrarse al bosque y buscarla. Era imprudente, y probablemente terminaría perdiéndose también. Se enfundó en su campera; amarró sus botas; buscó una linterna y contempló la idea de usar el hacha. Azotó la puerta mosquitera, y silbó para ver si su perro andaba por la redonda. Justo cuando destrabó el hacha de la base del tronco donde estaba clavada, escuchó a sus espaldas la voz de su esposa.

—¿Yamato?

Sora estaba parada en el pórtico, aferrada a su bata de dormir, hecha temblores.

Yamato soltó el hacha y corrió a abrazarla. No hizo demasiadas preguntas; estaba aliviado de saberse que su esposa no estaba perdida en medio del bosque. Sora tampoco dijo mucho. No recordaba haberse levantado de la cama, ni haber salido de la casa. Mucho menos recordaba cómo había llegado al gallinero, de donde venía.

Yamato la levantó y se la llevó a la habitación en brazos. Pesaba menos que la última vez que la había cargado de esa manera. Sora se dejó acomodar sobre la cama y se cubrió hasta los hombros con el edredón de lana. Yamato subió más leña para la hornilla de la habitación, y la acompañó sentado en la cama hasta que se quedó dormida. Concluyó que todo aquello fue tan sólo una manifestación del duelo de su esposa. Una pesadilla, nada más.

Trató de pensar en dónde podría haberse metido su perro. Era inusual que escapara de la casa. Era un perro viejo, no reparaba en otros animales, ni se alejaba demasiado de casa. Algo debió llamar su atención. Salió de la casa apenas la niebla se disipó, y buscó al can por el patio. No había rastro de él.

A fin de cuentas, ese día iba a adentrarse al bosque.

Tomó sus cosas y se dirigió al norte. Meditó en el camino. El lugar lo estaba volviendo paranoico, y no había razón lógica para explicarlo. Comenzaba a sospechar que había algo escondido a plena vista. El programador probablemente debió percibirlo también. Había modificado tanto la casa, que quizás había intenciones muy específicas detrás de cada una. Y sus vecinos sabían de estas razones. Que aunque no terminaba de descifrar la relación de cada uno con el programador, Mimi debió conocerlo bien; y Taichi ayudó en cada uno de sus proyectos.

Después de caminar media hora se sintió desorientado, y sacó su brújula. La silueta de los árboles se reflejaba en el vidrio; la aguja no se decidía por dónde era norte. Yamato frunció el ceño; levantó la mirada, y prestó mucha atención a su alrededor. Algún material estaba interfiriendo. Hubo una quietud que, precedida por la interrogante, le hizo sentir acechado.

A medio kilómetro de allí encontró un lago no demasiado extenso, pero notablemente profundo. Yamato nunca había estado en ese lugar antes. Merodeó por la orilla, e hizo la suposición de que la toma de agua de la casa debía venir de allí. Entonces pensó: si el inquilino anterior desconfiaba de ese lago, algo debía andar mal con el agua. Pero quizás solamente era sentido común; el agua de manantial era mucho más segura.

En ese momento notó una figura extraña sumergida cerca de la orilla del lago.

Trató de averiguar qué era desde su lugar, pero no pudo y metió un pie para alcanzar un mejor ángulo. La tierra se removió y su pie terminó por hundirse casi medio metro. Por poco pierde el equilibrio en ese tambaleo. Acabó con los dos pies adentro, con el agua hasta las rodillas, y completamente salpicado. El agua estaba helada.

Sin más remedio empujó el objeto con sus botas, desenterrándolo. La tierra se mezcló con el agua, y de la superficie salió flotando un zapato. Se arremangó y lo alzó. Se suponía que estas tierras estaban inmaculadas. El único que merodeaba por los alrededores era su vecino, y ése no podía ser su zapato. No parecía de su talla, ni iba con su labor como cazador.

Debió pertenecerle al programador.

Figuró que, como él, el programador terminó hundiéndose y quedó atorado. Pero no comprendía qué podría haber estado haciendo en el lago. Intentó hallarle sentido. No iba calzado para la actividad. Tampoco se molestó en recuperar su zapato después. Llegó a preguntarse si acaso encontraría el otro par más adelante, en el fondo. ¿Habría sido acorralado en ese lugar?

Devolvió el zapato al lago, y salió de allí. Luego de una hora caminando por el lago y sus alrededores, se regresó a su casa, sin haber encontrado a su perro. No estaba seguro de cómo lo encontraría; no sabía siquiera si sería capaz de escuchar sus ladridos en ese lugar. Se resignó a confiar en que su perro hallaría el camino devuelta a casa, tarde o temprano.

Cuando llegó a su parcela, notó una camioneta aparcada cerca de su casa. Era un modelo habitual en la comunidad rural; debía tratarse de algún lugareño. Sacudió sus botas en el pórtico, y cuando abrió la puerta escuchó un cotilleo ameno. Su esposa reía mientras contaba una anécdota; una voz familiar le contestó después.

Yamato encontró a Inoue Miyako sentada en el sillón para tres, con una sonrisa traviesa.

—Yamato, han venido a visitarte —anunció su esposa, sonriente.

—¿Fue de pesca, señor Ishida? —añadió con deliberada sorna—. ¿Atrapó algo para más tarde?

Yamato observó largamente a la practicante. Era obstinada. Sora se levantó del sillón, y fue a recibirlo.

—En un rato vendrá Mimi —le avisó.

Yamato volteó a ver a Miyako. Se preguntó con hastío si acaso el vecino vendría también.

—¿Invitaste a la vecina de nuevo? —preguntó él, colgando la campera en el perchero.

—Insistió en regresarme hoy el vestido que tomó prestado —restó despreocupada, sonriendo ligera—. Descuida. Sólo vendrá ella. Será breve.

Sora luego se fue a la cocina a preparar el té. Se le veía entera y recuperada; casi como si no hubiera pasado la noche afuera, a menos un grado. Yamato no iba a estropearlo hablando de conjeturas y conspiraciones.

Miró con severidad a Miyako, y dio a entender sus condiciones para indagar sobre la vecina a través de ellos.

Él también quería averiguar más.

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Notas del autor:

Ya me había tardado en publicar OTL Tendré que ponerme al corriente para terminarlo a tiempo. Como siempre, gracias por leer (: