Disclaimer: Digimon Adventure no me pertenece.


RODEADOS

VII. El taller


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Eran cuarto para las seis, y había un olor extraño en la casa. Nadie parecía percibirlo, salvo Miyako. Era una mezcla entre humedad, hierro y algo podrido. Llevaba alrededor de tres horas sentada en un incómodo sofá que se hundió apenas se asomó su sombra. Aspiraba la fragancia de su crema humectante del dorso de su mano para sobrellevar el extraño olor; sin embargo, le inquietaba que nadie en la estancia siquiera lo mencionara.

La señora Ishida estaba enfundada en un suéter amarillo canario, de cuyas amplias mangas sobresalían sus pálidas manos. La cerámica lucía aún más frágil entre ese par de temblorosas manos que daban la impresión de estar completamente heladas de lo blancas que estaban.

La vecina nunca llegó. Empezó a creer que nunca se le haría conocerla, y mientras fingía seguir el hilo de la conversación trivial que mantenía con la señora Ishida, fue haciendo una lista de cada detalle que iba notando. No quería precipitarse tratándose de la esposa del señor Ishida, pero era alarmante: la señora Ishida padecía cada uno de los síntomas que el profesor Izumi presentó antes de desaparecer.

—Qué raro. Parece que Mimi no vendrá —apuntó la señora, mirando a su esposo.

El señor Ishida asintió, apenas quitando la vista de la ventana que había observado con atención toda la tarde.

La practicante no lo entendía: si la señora Ishida presentaba los mismos síntomas que padeció el inquilino anterior, era lógico pensar que el origen de dichos síntomas posiblemente estuvieran vinculados con la residencia en común, y sus condiciones; pero, ¿por qué esto no aplicaba con el señor Ishida?

El estruendo de la taza reventando en pedazos la sacó de sus cavilaciones. La señora Ishida había intentado levantarse, cuando su postura flaqueó. Los muebles se salpicaron de té de frutos rojos. Sustancia que, coincidentemente, su profesor consumía en grandes cantidades.

El señor Ishida rápido se levantó del sofá junto a la ventana, y sostuvo de los brazos a su esposa inmediatamente preocupado. Ante la falta de sorpresa en su reacción, Miyako entonces intuyó que había cierta noción del deterioro de salud de la señora. Probablemente padecía otros síntomas similares a los del profesor; pero no pudo indagar luego de que la señora Ishida se disculpara apenada y debilitada.

Miyako después fue escoltada por el señor Yamato hasta su camioneta aparcada cerca del pórtico.

—¿Desde cuándo está así? —preguntó sin rodeos, sosteniendo la manija de la puerta granate.

—¿Cómo?

La practicante no había querido precipitarse, pero sintió el inesperado impulso de ser franca con él, dado que sus sospechas eran preocupantes, y acababa de resignarse a que no iba a poder resolverlo ella sola.

—Su esposa. El profesor Izumi padecía los mismos síntomas que ella —recapituló, acomodándose las gafas—. Poco a poco fue enfermando. Él creía que era por el agua que usaba en esta casa. Luego empezó a sufrir sonambulismo. Así fue como se fracturó el tobillo.

Yamato se quedó perplejo, recordando lo ocurrido con su esposa la noche anterior. Luego dirigió su vista al horizonte, donde a kilómetros se hallaba el lago con el zapato hundido. Miyako finalmente jaló la manija, la puerta granate rechinó, y antes de subirse a la camioneta añadió:

—Creo que no debería confiar en sus vecinos, señor Ishida. Insisto en que hay algo muy sospechoso con ellos. La vecina viene todos los días, menos el día que yo aparezco —inquirió, enarcando sus cejas—: lo mismo sucedía con el profesor. Mimi nunca se dejaba ver. Es casi un fantasma para mi.

Cuando la camioneta dio marcha, Yamato dio un vistazo a su alrededor, intranquilo. El sereno de la noche poco a poco comenzaba a calar sus huesos. Acaso, ¿era posible que a su esposa le estuviera pasando algo mucho más preocupante?

Regresó a la casa, subió las escaleras y trató de no hacer ruido cuando entró a la habitación. Sora estaba postrada sobre la cama, de espaldas a él, con su huesudo y pálido hombro al descubierto de entre las cobijas. La madera se consumía en la hornilla. La respiración profunda de su esposa era pesarosa.

—¿Cómo te sientes? —murmuró a su lado, sentado sobre la orilla de la cama.

Cansada.

Pasaron los días, y no hubo noticias de Mimi. Transcurrieron dos semanas sin saberse nada de los vecinos y Sora, inevitablemente, preocupó. Yamato fue arreglando sus asuntos pendientes en el observatorio, y agilizando una mudanza pronta y accesible. Iba a sacar a su esposa de esa casa antes de que acabara el mes, y dentro de unos meses, de ese distrito.

Buscó casas en la comunidad rural vecina, Yakage, sin éxito. Su tiempo libre era limitado; cuando no trabajaba en el observatorio, atendía todas las tareas de la casa, y las necesidades de su esposa. Y la más reciente petición de ella lo colocó en una posición incómoda, que no pudo esquivar: pidió hacerles una visita a los vecinos. No iba a negarle lo poco que pedía, ni tampoco iba a preocuparla con sus conjeturas basadas en rumores, hechos y sospechas. Así que accedió, como si de cualquier visita dominical se tratara.

Manejó por la carretera hasta dar con un valle desdibujado. El valle estaba ennegrecido por el denso bosque que lo ceñía. No tenía ni una capa de asfalto, y el rastro de unas llantas apenas era visible. La reverberación se colaba de los huecos de los árboles, y había un silencio absoluto en aquél túnel de tallos y raíces que se hacía cada vez más estrecho.

Yamato miró de reojo a su izquierda. Sora llevaba un trasto de cristal con galletas sobre su regazo, y el suéter color canario encima de sus hombros. Su esposa contemplaba el exterior con ojos curiosos, y expectantes. Él, por el otro lado, sostenía el volante nervioso, apenas dando punzadas al acelerador en segunda velocidad, con la excusa de cuidar las llantas del terreno, pero para en realidad, nunca llegar. No ansiaba encontrarse con Taichi ahora que cuestionaba su salida de las fuerzas de autodefensa de Japón, y de su posible carácter abusivo con Mimi.

Pero llegaron. Llegaron al final de aquél túnel, encontrándose con una colina despejada y aireada. La casa estaba encima de lo más alto del terreno, donde el viento corría fluidamente. Lucía un poco desvencijada, y por un momento dudó que se tratase de la casa de los Yagami; pero detrás de la casa se asomaba un lote de girasoles que se mecían suavemente, y por lo que le había contado Sora, ese debía ser el jardín de Mimi.

Sin embargo, parecía no haber nadie en casa.

—Quédate en el auto. Iré a revisar.

Yamato bajó del auto, y de la primera corriente de aire que lo golpeó, notó un olor mezclado con la hierba. Fue hasta la puerta, la que tocó insistentemente sin respuesta, y luego espió por la ventana. La casa estaba intacta. Le hizo una seña a Sora para que aguardara en el auto, y se fue a la parte de atrás, atravesando el jardín de girasoles por si acaso Mimi se encontraba trabajando allí.

Pero no había nadie.

Vio a un par de metros, después del lote, una cabaña. Tenía la pinta de ser un taller. El extraño olor que había percibido antes, estaba seguro que provenía de allí. Conforme se fue acercando, aquél olor se volvió en una pestilencia. Un indudable hedor a muerte. Imaginó que debía tratarse del taller de pieles de su vecino, y con cautela se acercó, rogándole a Dios no encontrárselo.

Hizo el intento de abrir la puerta, pero en realidad no esperaba abrirla. Estaba trabada, así que fue a asomarse a la polvorienta ventana, y en efecto, era el taller de pieles de Taichi. Había pieles colgadas, y otras arrumbadas sobre el piso. Había costras de sangre en la mesa de trabajo, y mugre embarrada en las paredes. Era extraño, y enervante. Había demasiados animales desollados. Carne descompuesta apilada en los rincones por montones, poblado por larvas y moscas.

Era como si en los últimos días sólo hubiera matado por matar.

Su mirada se cruzó con un pelaje familiar, colgado de un clavo torcido en la pared. Se vio frente a frente con un horror para el que no se había preparado. Era la piel de un lobo. De los mismos colores de su perro lobo.

Sora estaba por abrir la puerta cuando vio a Yamato caminar hacia el auto. Iba a pedirle ayuda para bajar el trasto con galletas. Pero conforme más se acercaba Yamato, más acelerado se le notaba. Ella cedió la manija, y lo miró consternada. Yamato abrió la puerta, se sentó y cerró de un portazo en un abrir y cerrar de ojos. Inhalaba y exhalaba pausado, pero tenso.

—¿Qué ocurre? —exigió ella, angustiada por el suspenso—. Me estás asustando.

Yamato estaba serio, pero sus manos temblaban sobre el volante. Contuvo las arcadas que le provocaban la mezcla del olor del auto con el olor del taller, y con su voz más neutra respondió:

—Creo que llamaré a la policía.

Sora miró a su esposo, sin parpadear.

—Yamato, ¿qué pasó allá atrás?

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Notas del autor:

Ya no sé escribir. Años sin hacerlo. Damn.