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No, no podía ser nada de eso, se dijo enrollando un mechón castaño entre sus dedos. Después de todo, ella no creía en esas tonterías que a Cassandra tanto le gustaban y que a ella solo le parecían charlatanerías sin sentido con el único fin de engañar a la gente.
Se secó las lágrimas con el dorso de la mano, furiosa consigo misma por dejarse llevar por cosas sin sentido y que si lo pensaba bien y con un poco más de sensatez, seguro que le encontraba un sentido más práctico y realista.
Sí, eso tenía que ser. Si hubiese usado la cabeza un poco más se habría podido dar cuenta desde el principio, antes de sacar conclusiones apresuradas y tontas.
— Recuerdos, si como no — bufó, indignada contra sí misma. Se puso en pie y frunció el ceño. Bien podría ser que lo que ella estaba experimentando no fuera más que alucinaciones, efectos secundarios por ingerir demasiados analgésicos — Debí haberlo sabido.
No era supersticiosa, y mucho menos creía en cosas como la reencarnación y esas cosas. Así que era estúpido de su parte albergar siquiera una fugaz idea de haber vivido otra vida. ¡Y en Japón! Con lo que le gustaba ese tonto país con sus ideas tontas y extrañas.
—Era muy hermosa — escuchó una voz masculina detrás de ella. Una voz que sabía pertenecía a aquel hombre que invadía sus sueños una y otra vez. O más bien sus pesadillas, se dijo con una mueca.
— ¿Qué sucedió? — preguntó sin mirarlo, sintiéndose ridícula de que un extraño la viera con esa fachas. Ya podía decirle adiós a su impecable record de estar siempre presentable ante cualquier eventualidad. Nunca la habían visto así, con los ojos hinchados y el cabello suelto y tan desarreglado. Ni siquiera cuando tuvo que cubrir una entrevista en medio de una fuerte tormenta,
—Nunca fui lo suficientemente valiente para aceptarla — fue la respuesta de él.
— ¿Por qué?
— ¿Siempre eres muy curiosa e impulsiva? — le preguntó con una sonrisa, haciendo que ella lo mirara exasperada. La ayudó a incorporarse, fijando la mirada en el rostro de ella —Lo último que vio al morir — dijo con tristeza — fue el papel que firmó y que nos unía como esposos.
— ¿Se casaron de esa manera? — preguntó sorprendida — Los japoneses son más bien…raros.
Él sonrió ligeramente ante su comentario y suspiró tristemente, cerrando los ojos.
— Fue Hapossai , mi maestro, quien ocasionó la explosión que acabo con todo… Mousse y Uchan no lo lograron — dijo apretando los puños — Llevé a Akane de vuelta al dojo…no había nada por hacer… solo lo que debí haber hecho antes que todo sucediera…si yo no hubiese sido tan cobarde…si tan solo…
Abrió los ojos y la miró fijamente por un instante antes de continuar.
— Nuestros padres tenían listo los papeles, con la esperanza de lograr casarnos muy pronto. Yo pedí…más bien exigí que me los dieran, y en los siguientes minutos habían conseguido un sacerdote que hizo la ceremonia… en su lecho de muerte.
— Eso no explica nada — murmuró quedamente, confundida por no encontrar nada lógico entre lo que ella había visto y lo que él le decía— …pensé…yo creí…
— Que había sido un accidente — completo él en un suspiro. Había lago escalofriante en el hecho de que el pronunciara exactamente lo que ella había querido decir, tal y como si le estuviera leyendo el pensamiento — En realidad lo fue, un accidente por mi culpa. Ella se interpuso entre mi destino y yo… Soy yo quien debería estar en esa tumba.
— Murió salvándote la vida — dijo ella quedamente. Había algo demasiado íntimo y familiar en la forma en que estaban llevando la conversación y que a ella le incomodaba en demasía. Compartían una peculiar charla para dos desconocidos que jamás se habían visto, pero que sin embargo eran como un par de viejos conocidos que compartían recuerdos del pasado.
— ¡Esa tonta, debió haberme hecho caso! — asintió él con demasiada vehemencia que la hizo enfadar.
— No podías esperar que simplemente cumpliera tu orden como si fuera una niña — le espetó, a lo que el hombre respondió con una extraña sonrisa que la obligó a cambiar de tema.
—¿Cómo lo hicieron tan rápido?...La boda… digo, todo fue tan…tan — preguntó apresuradamente que lo hizo reír. Era divertido ver esas pequeñas explosiones en el carácter de aquella chica que, aunque reprimía, podía visualizar por tan solo un leve instante.
—¿Tan apresurado? Esos viejos siempre logran lo que se proponen — respondió, guiándola a través de un pequeño sendero.
La joven parpadeó un instante, sorprendida de haber caminado sin darse cuenta. Frunció el ceño pensativa, sopesando sus opciones entre aprovechar y entrevistarlo ahora que tenía la oportunidad o salir corriendo y huir de él. Ese hombre tenía algo que le atraía irremediablemente como si existiera algún tipo de conexión entre ellos.
Suspiró resignada, tendría que hacer la entrevista y abandonar Nerima, Japón si era posible. Y tenía que ser pronto o se volvería loca. Debió haber escuchado a Cassandra y no haber hecho aquel viaje. Después de todo, una promoción no era más importante que su tranquilidad. La tranquilidad de saber quién es exactamente y no quien fue.
¡Pero que locuras estaba pensando!
No podría estar considerando en serio haber sido aquella chica. Era una idea ridícula.
Ranma la observaba atentamente, ligeramente divertido con el sin fin de expresiones que atravesaban el rostro de la joven. Tenía una ligera idea de lo que ella pensaba, puesto que él mismo estaba pensando exactamente lo mismo.
Se jaló el cuello de la camisa, ligeramente incómodo. Preguntándose como traer el tema a colación sin asustar a la pobre chica. Después de todo, con diecinueve años, todavía era una adolescente.
— ¿Te gustan los helados? — preguntó repentinamente, sobresaltándola y sacándola de sus cavilaciones.
Ella lo miró un instante, como si apenas se acabara de dar cuenta de su presencia.
— ¿Cómo me encontró?
— Una corazonada, supongo — respondió encogiéndose de hombro.
— ¿Pero cómo los supo?
— Simplemente los supe — dijo enarcando las cejas ante la persistencia de ella — No tienes que ser tan formal, puedes llamarme Ranma.
— ¡Por supuesto que no! Yo soy mucho más joven y usted es tan…tan…— se lo quedó mirando un instante antes de declarar sin convicción — mayor.
— No soy tan viejo ¿sabes? Apenas tengo treinta y seis y hace un momento me estabas tuteando.
— Eso era diferente, yo no me acordaba de quien era usted y…¡Y eso que importa, apenas nos conocemos! — resopló frustrada — Yo solo quería una entrevista y usted no lo pone fácil.
— Ajá, un carácter voluble — dijo él entrecerrando los ojos — Igual que ella.
— No se dé que habla — se quejó indignada.
— Yo creo que sí.
— ¡Por supuesto que no! Ya le dije que solo quiero una entrevista y nada más.
Se sentía al borde de la desesperación. Quería gritarle o golpearlo. Porque se estaba conteniendo lo más que podía y ganas de romperle la cabeza por irritarla no le faltaban. Pero ¿por qué estaba irritada si el pobre hombre no le había hecho nada más que seguirla? E incordiarla por supuesto, se recordó.
— ¿Cree en la reencarnación, señorita…— le preguntó haciéndola detenerse con tanta brusquedad que casi se cae. Ranma se maldijo por haber tenido tan poco tacto al soltar aquella pregunta de esa manera tan intempestiva.
— Wilson, Shenia Wilson — respondió tratando de calmarse, buscando alguna indicio de que su interlocutor le estuviera tomando el pelo — ¡¿Es esta acaso una broma de mal gusto que les gusta hacer a los extranjeros?!
— No es broma, Shenia.
—Estoy soñando, ¿cierto? Esta es otra de mis pesadillas y en cualquier momento voy a despertar y usted habrá desaparecido y no me habrá hecho una pregunta tan tonta.
Hablaba consigo misma, buscando una explicación lógica y aceptable para que aquel hombre la tortura con aquello. Ya había tenido suficiente consigo misma como para él se sumara a aquel episodio de alucinaciones.
— Estoy seguro que sabes de lo que hablo, y mucho más de lo que dices.
—¡Esta usted loco!
— No, solo soy realista — contradijo tomándola de la muñeca al ver que pretendía escapar. La acercó hacia si, estrechándola, ignorando su renuencia, y aspiró del delicioso aroma de su cabello. Disfrutando la cercanía y placidez que tan solo aquella esencia podía darle. Una esencia única, y que tan solo había conocido una vez en su vida. La misma que había desaprovechado cuando había tenido la oportunidad. Era su Akane, de eso no le cabía la menor duda. Tan testaruda como siempre — Tienes razón, debo estar loco. — dijo con la voz temblorosa a causa del sin fin de emociones que lo asaltaban.
—¿Qué…qué cree que hace? — apenas podía hablar. Estaba paralizada por la acción de aquel hombre. Paralizada y asustada. Asustada de sí misma. Su lucha interna por ceder a toda esas teorías ilógicas la aterraban y temía de estar perdiendo aquella batalla ¿Cuántas veces no se lo había dicho Cassandra y había bromeado por ello? Pero solo eran bromas, ¿cierto? Nada de aquello podía ser real. Ella no creía realmente en el destino, y las teorías del gran amor que sobrevive al tiempo y el espacio no eran reales ni lógicas como para creer en ellas.
La presión de los brazos alrededor de su cintura la alertaron aún más.
— Aquel día, todos estaban desconcertados por lo sucedido, Akane — le susurró suavemente, con una inusitada ternura. Nadie jamás le había hablado en ese tono. Nunca lo había permitido. Y ahora, solo quería gritarle a aquel hombre que la dejara, que ella no era Akane y no quería serlo, pero él seguía hablando. Ignorante del que ella estaba a punto de arrancarle la cabeza si no se apartaba —. Hapossai hizo un último intento utilizando toda su energía vital… no funciono. Debí haberla escuchado, pero mi tonto orgullo no me lo permitió.
—No fue tu culpa — algo en la voz de él la hizo cambiar de opinión. Se quedó quieta y trató de calmarlo — ella lo hizo por una razón.
—La misma razón por la que hacía todo por mí — dijo él con una mueca —. Nunca supe corresponderle a pesar de lo mucho que ella significaba para mí. Tenía solo diecisiete años…era única con su radiante sonrisa. Mi amiga…mi prometida.
—Pero se ha ido — replicó la joven, dándole una ligera palmada en el hombro.
—En apariencia — dijo él mirándola fijamente. Ella evitaba su mirada, segura que en cualquier momento recuperaría la cordura y la dejaría ir.
—¡Mírame, Akane! — le pidió suplicante.
—¡Mi nombre es Shenia! — espetó fijando su incendiaria mirada en la de él — Shenia Wilson. No Akane. Nunca fui ni seré Akane.
—Para mí siempre serás Akane — aseguró él con una sonrisa —Hapossai murió un par de días después. Agotó toda su energía tratando de salvar a Akane. Dijo que no todo estaba perdido, que Akane se encontraba en algún lugar. Me aferré a esa idea y desde entonces he esperado…hasta ahora.
— ¡Esta usted loco!
—Ya me habías dicho eso — se burló juguetonamente y ella lo fulmino con la mirada, arrancándole una carcajada.
— ¿Quieres que te ayude a recordar —le preguntó acercando sus labios a los de ella, quien inmediatamente se echó hacia atrás todo lo que él le permitió.
—¡Claro que no! No es nece…
Era demasiado tarde. Ranma no estaba dispuesto a esperar más tiempo. Se había pasado diecinueve años buscándola en cada rostro que veía, añorándola día y día. Y aferrándose a la única esperanza de que ella volvería a él. Ahora, no estaba dispuesto a dejarla ir. Era ella. Todo en aquella chica era su Akane. Aquella sonrisa, esos ojos e incluso su boca pertenecían a su querida esposa. No podía estarse equivocando. Su esencia la delataba.
La besó como nunca lo había hecho. Robándole hasta el último aliento.
— Sabes mejor de lo que me imaginé — dijo separando sus labios.
— No es posible… Esto es ridículo
— No fui el único que te reconoció — le acarició la mejilla — mi madre e incluso Nabiki pudieron percatarse de tu aura. Y tú misma te delataste pequeña, cuando reconociste a Pchan.
— No me parezco a ella — protestó. Se sentía abrumada. Aquellos fuertes sentimientos que estaba experimentando por Ranma no podían ser nuevos. No era posible…y esos sueños. No, se negaba a creerlo.
— Déjame diferir en eso — la liberó de su abrazo y la observó de arriba abajo, incomodándola.
Lo vio llevarse la mano a la cintura y una pequeña daga brillo con el reflejo del sol. Sobresaltada dio un paso atrás cuando él la acerco a su cabeza y mechones de cabello castaño se deslizaron por sus hombros.
Se pasó los dedos entre su ahora corto y arruinado cabello. Incrédula de que él se hubiera atrevido a hacer aquello.
— Mi cabello — susurró al borde de las lágrimas — ¿qué le has hecho?
— Ahora te ves mejor — le contestó risueño, llevándose un dedo a la mejilla, pensativo. — Me gustas más así. Aunque tendremos que hacer algo con el color.
— ¡Idiota! — estalló por fin. Dejándose llevar por la lógica de todo o tal vez por el instinto — ¡¿te das cuenta de lo que has hecho?! Me ha costado mucho tenerlo así y a mí me gustaba. Cassandra se morirá cuando me vea.
— No importa. No volverás — le dijo encogiéndose de hombros.
— Ah, no — lo apuntó con el dedo, empujándolo — eso ni pensarlo.
— Entonces voy contigo — dijo con tono despreocupado — Eres tan torpe y necesitas alguien que te cuide.
— Para tu información he vivido diecinueve años sin ti. No te necesito — lo miró con el ceño fruncido y la sonrisa en el rostro de él la hizo suspirar exasperada — ¿te das cuenta que eres demasiado viejo para mí?
—¿Entonces estas aceptando quien eres realmente? — le preguntó divertido.
— Hablo en serio, Ranma. Y no estoy aceptando nada. No niego que conozco tu historia con tu esposa, y de como terminó, porque lo he visto en mis pesadillas; pero eso no quiere decir nada. No creo en esas tonterías.
—¿Ni un poco?
—Ni un poco. Pero me gustas…— le sonrió con picardía — aunque seas muy viejo.
— No estoy viejo, ya te lo dije. En todo caso tu eres muy joven — se quejó indignado.
— Me llevas diecinueve años, claro que eres un viejo — le dijo sacándole la lengua — bien podrías ser mi padre. Recuerda que te casaste a los diecisiete y si no hubieses enviudado, yo misma podría ser tu hija.
Tal vez, si las cosas resultaban entre ellos, algún día le diría que el castaño no era realmente su color natura. Se preguntó cuánto tardaría el tinte en caerse y volver a ese azulado que tanto detestaba. Tendría que volvérselo a teñir antes que eso sucediera.
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Hola
Me he tardado mucho en traer esta segunda parte, pero, ahora que al fin la tienen, espero haber aclarado la confusión que había dejado.
No era mi intención dejar esta historia incompleta por mucho tiempo. En realidad no era mi intención dejar ninguna sin terminar, sin embargo, dado los inconvenientes de tiempo, salud y estado de ánimo…
Bueno, espero leernos pronto. Y a los que tengo esperando por ahí, espero no hacerlos esperar más de lo necesario.
Gracias por leer
