Capitulo 7
San Francisco. Aunque Clarke siempre había querido visitar aquella ciudad, jamás había esperado llegar allí con una hija de dos semanas y una esposa, ni ir a vivir a una elegante casa cerca de la bahía.
La casa de Lexa… y también la suya, pensó mientras frotaba su alianza con el pulgar en un gesto nervioso. Sabía que era absurdo sentirse incómoda porque la casa fuera grande y preciosa, y que resultaba ridículo sentirse pequeña e insegura al notar la opulencia y el poder que se respiraban en el aire, pero no podía evitarlo.
Al entrar en el vestíbulo, deseó con desesperación volver a la calidez reconfortante de la pequeña cabaña. El día que se habían ido de Colorado había empezado a nevar otra vez, y aunque le encantaba la suave brisa primaveral y los pequeños brotes de las plantas en California, descubrió que echaba de menos el frío y la ferocidad de las montañas.
—Es preciosa —consiguió decir, mientras seguía con la mirada la suave curva ascendente de las escaleras.
—Era de mi abuela, la conservó después de casarse —Lexa dejó el equipaje en el suelo, y contempló aquel lugar tan familiar para ella. Era una casa que siempre le había gustado mucho, por su belleza y su equilibrio—. ¿Quieres que te la enseñe, o prefieres descansar un poco?
Clarke estuvo a punto de hacer una mueca, porque daba la impresión de que la castaña estaba hablando con una simple invitada.
—Si descansara tanto como tú quieres, me pasaría lo que queda del año durmiendo.
—Vale, entonces te enseñaré el piso de arriba.
Lexa era consciente de que sonaba amable, incluso demasiado, pero había empezado a ponerse nerviosa desde que habían bajado del avión, porque Clarke parecía haberse ido refugiando más en sí misma conforme se iban alejando de Colorado. No habría sabido explicarlo exactamente, pero sabía que no eran imaginaciones suyas.
Agarró dos maletas, y empezó a subir las escaleras. Estaba llevando a casa a su mujer y a su hija, y no estaba segura de qué decirles a ninguna de las dos.
—Yo utilizo este dormitorio —entró en la habitación, y dejó las maletas a los pies de la enorme cama de roble—. Si te gusta otra, puede arreglarse.
Clarke asintió. Aunque habían compartido la habitación del hotel mientras la niña permanecía en el hospital, sólo habían dormido juntas en la cabaña, la noche antes de que Costia naciera. Pero allí las cosas serían diferentes… todo sería diferente.
—Es una habitación muy bonita.
Notó que su voz parecía un poco tensa, pero sonrió para intentar suavizar la situación. El dormitorio, que tenía un techo elevado y estaba decorado con elegantes antigüedades, era precioso. Había una terraza, y a través de las puertas acristaladas se veía el jardín que había debajo, donde las hojas de los árboles ya empezaban a brotar. Los suelos resplandecientes estaban oscurecidos por el paso de los años, y los colores ligeramente descoloridos de la alfombra hablaban de una herencia transmitida a través de generaciones.
—El cuarto de baño está ahí —le dijo Lexa, mientras la rubia recorría con un dedo las formas talladas en una antigua cómoda. — Mi estudio está al final del pasillo, porque allí hay mejor luz. Creo que podríamos poner a la niña en la habitación que hay al lado de esta.
Cualquier tensión que pudiera haber entre ellas siempre se relajaba al hablar del bebé.
—Me gustaría ir a verla. Después de estar en el hospital, Costia se merece tener su propio cuarto.
Fueron al dormitorio de al lado, que estaba decorado en tonos azules y grises, y que tenía una majestuosa cama de matrimonio y un asiento acolchado debajo de la ventana. Como en el resto de habitaciones que habían visto hasta el momento, las paredes estaban decoradas con cuadros; algunos de ellos eran de Lexa, y otros de artistas a los que ella respetaba.
—Es preciosa, pero ¿qué vas a hacer con el mobiliario?
—Podemos almacenarlo en algún sitio —dijo la castaña, sin darle la más mínima importancia a todas aquellas antigüedades. — Costia puede quedarse en nuestra habitación hasta que la suya esté terminada.
— ¿No te importa? Seguramente va a seguir despertándose por la noche durante algunas semanas más.
—Podría dejarlas a las dos en un hotel hasta que me vaya bien.
Clarke abrió la boca para protestar, pero entonces vio una mirada en sus ojos que conocía a la perfección.
—Lo siento, no consigo acostumbrarme.
—Pues intenta hacerlo —dijo la artista, antes de ir hacia ella y posar una mano en su mejilla.
Cada vez que hacía aquel tierno gesto, la rubia estaba casi dispuesta a creer que los sueños podían hacerse realidad.
—Puede que no tenga el equipamiento necesario para darle de comer, pero puedo aprender a cambiar un pañal —Lexa trazó su mandíbula con el pulgar, y añadió—: Se me dan bien los trabajos manuales.
Clarke sintió que se le encendían las mejillas, y no supo si apretarse contra ella o apartarse. En aquel momento la niña se despertó, y tomó la decisión por ella.
—Hablando de darle de comer…
—¿Por qué no vas al dormitorio?, allí estarás más cómoda. Yo tengo que hacer un par de llamadas.
Clarke sabía lo que se avecinaba.
—¿Vas a llamar a tu familia?
—Van a querer conocerte. ¿Crees que estás lo bastante fuerte para que vengan a cenar?
Ella estuvo a punto de decirle con brusquedad que no era una inválida, pero sabía que la castaña no estaba hablando de su fuerza física.
—Sí, claro que sí.
—Vale. También lo organizaré todo para empezar con lo de la habitación de la niña. ¿Has pensado en algún color en concreto?
—Bueno, la verdad es que… —Clarke había pensado que tendría que pintar la habitación ella misma, y de hecho quería hacerlo, pero se recordó que las cosas habían cambiado. La cabaña se había convertido fácilmente en algo que les pertenecía a ambas, pero la casa era sólo de Lexa—. Me gustaría un color amarillo, con adornos en blanco —dijo finalmente.
Se sentó en una silla junto a la ventana mientras amamantaba a Costia, que parecía estar hambrienta. Era maravilloso poder estar con ella constantemente, en vez de tener que ir al hospital para darle de comer, para tocarla y contemplarla. Había sido increíblemente duro tener que dejarla allí, volver al hotel donde se hospedaban y esperar a que llegara la hora de poder ir a verlo de nuevo.
Sonriente, la contempló mientras comía. La niña tenía los ojos cerrados, y una mano apretada contra el pecho de ella. Ya había empezado a ganar peso, y el doctor que la había atendido en Colorado Springs les había asegurado que estaba completamente sana, mientras la enfermera le colocaba en la muñeca una pulsera identificativa con su nombre: Costia Alexa Woods.
Clarke se preguntó quién sería la Costia de Lexa. No se lo había preguntado, pero sabía que aquel nombre, aquella persona, era alguien importante para la castaña.
—Ahora, tú eres Costia—le murmuró a la niña, que empezó a quedarse adormilada contra su pecho.
Más tarde, Clarke la acostó en la cama, y la rodeó de almohadas aunque sabía que aún era demasiado pequeña para darse la vuelta. Aunque sabía que era una tontería querer dejar alguna marca de sí misma en la habitación, fue a sacar un peine de su maleta y lo dejó sobre el tocador antes de salir.
Encontró a Lexa en la planta baja, en una biblioteca de madera oscura con una suave alfombra color gris. Al ver que estaba hablando por teléfono hizo ademán de marcharse, pero ella le señaló que entrara sin interrumpir su conversación.
—Los cuadros deberían llegar a finales de semana. Sí, vuelvo a estar en circulación. Aún no lo he decidido, será mejor que tú eches un vistazo primero. No, voy a estar muy ocupada aquí durante unos días, pero gracias de todas formas. Ya te diré algo, adiós —Lexa colgó el teléfono, y se volvió hacia ella
—. ¿Dónde está Costia?
—Durmiendo. Ya sé que no ha habido tiempo para arreglarlo, pero necesita un sitio para dormir. He pensado que podría ir a comprarle una cuna, si puedes vigilarlo un rato.
—No te preocupes, mis padres van a llegar de un momento a otro.
—Ah.
Lexa se sentó en el borde de su escritorio, y la miró con el ceño fruncido.
—Clarke, no son unos monstruos.
—Claro que no, lo que pasa es que… me da la impresión de que estamos completamente al descubierto. Cuánta más gente sepa de la existencia de Costia, más riesgo estaremos corriendo.
—No puedes mantenerla en una burbuja de cristal; además, pensaba que confiabas en mí.
—Claro que confiaba… que confío en ti —aunque se apresuró a corregirse, no fue lo suficientemente rápida.
—Así que «confiabas», en pasado —comentó la castaña, más herida que enfadada—. Clarke, tomaste una decisión. El día que Costia nació, dijiste que era mía. ¿Vas a quitármela?
—No, pero aquí las cosas son muy diferentes. La cabaña era…
—Un sitio fantástico para que las dos pudiéramos escondernos del mundo, pero ha llegado la hora de enfrentarnos a la siguiente etapa del camino.
—¿Y cómo va a ser esa etapa?
Lexa agarró un pisapapeles, una esfera color ámbar con reflejos dorados más oscuros en el centro. Volvió a dejarlo sobre la mesa, y se acercó a ella. Estaba perdiendo peso con rapidez, su estómago estaba casi plano, tenía los senos firmes y plenos, y unas caderas increíblemente estrechas. Lexa se preguntó cómo sería tomarla en sus brazos.
—No lo sé, pero podríamos empezarla con esto —dijo, mientras se inclinaba hacia ella.
Al principio la besó con ternura, hasta que notó que los nervios de ella se disolvían en su calidez. Aquello era lo que la castaña había anhelado con todas sus fuerzas, aquella promesa, aquella dulzura reconfortante. Cuando la apretó contra sí, sus cuerpos encajaron a la perfección, como tantas veces había imaginado.
La rubia llevaba el pelo recogido, pero la artista se lo soltó con un simple movimiento de la mano.
Clarke soltó un pequeño sonido, como un murmullo que podía ser de sorpresa o de aceptación, y le rodeó el cuello con los brazos. Y entonces, el beso dejó de ser meramente tierno. Entre ellas pareció estallar una pasión casi imposible de contener, un deseo voraz que no conseguían saciar. Clarke sintió que un anhelo largamente enterrado en su interior empezaba a crecer y a inundarla, y se apretó con fuerza contra Lexa, susurrando su nombre.
Los labios de la castaña empezaron a recorrerle la cara y el cuello, marcándole a fuego la piel mientras sus manos la acariciaban y la exploraban con una nueva libertad.
Era demasiado pronto. En algún rincón de su mente que aún conservaba la cordura, Lexa sabía que era demasiado pronto para algo más que una caricia o un beso, pero cuanto más la saboreaba, más se acrecentaba su impaciencia. Finalmente, la tomó de los hombros y la apartó ligeramente mientras luchaba por recobrar el aliento.
—Ángel, puede que no confíes en mí como antes, pero quiero que no dudes ni por un segundo que te deseo.
Cediendo a la tentación, Clarke se aferró a ella y apretó la cara contra su hombro.
—Lexa, ¿está mal desear que pudiéramos estar las tres solas?
—Claro que no está mal —dijo la artista, con la vista fija por encima de su cabeza mientras le acariciaba el pelo—. Pero no es posible, y tampoco sería justo para Costia.
—Tienes razón —Clarke respiró hondo, y retrocedió un paso.— Voy a ver cómo está.
Empezó a subir las escaleras, sacudida por las emociones que la castaña despertaba en ella, pero a medio camino se detuvo en seco, atónita. Estaba enamorada de ella. No era la clase de amor que había llegado a aceptar, el que procedía de la gratitud y de la dependencia, y ni siquiera era el vínculo fuerte y hermoso que habían forjado en la llegada al mundo de Costia. Era algo mucho más básico, el amor más elemental de una mujer por otra, y era aterrador. Ya había estado enamorada una vez, y había sido algo breve y muy doloroso, un amor que la había encadenado. Había sido una víctima durante toda su v ida, y aunque su matrimonio había acentuado eso al principio, al final había acabado por liberarla. No había tenido más remedio que aprender a ser fuerte, a dar los pasos adecuados. No podía volver a ser aquella mujer, pensó mientras sus dedos se aferraban a la barandilla. Se negaba a volver a pasar por aquello. Eso era lo que más la había inquietado al ver la casa, al ver las cosas que contenía, porque no era la primera vez que entraba en un sitio así, y en el pasado se había sentido fuera de lugar y completamente indefensa.
Otra vez no, se dijo al cerrar los ojos. Nunca más. Cualesquiera que fueran sus sentimientos por Lexa, no permitiría que la convirtieran de nuevo en la clase de mujer que había sido en el pasado. Tenía una hija a la que debía proteger. En aquel momento sonó el timbre de la puerta, y tras echar una rápida mirada por encima del hombro, Clarke acabó de subir corriendo las escaleras.
Cuando Lexa abrió la puerta, una oleada de intenso perfume y un abrigo de piel le golpearon de lleno. Era su madre, una mujer de una belleza inalterable y con unas convicciones inquebrantables, que consideraba que un mero roce de las mejillas no era un saludo adecuado, y prefería apretar con fuerza y durante el máximo tiempo posible.
—Te he echado mucho de menos. No sabía lo que haría falta para traerte de vuelta, pero nunca pensé que serían una mujer y una hija.
—Hola, madre —dijo Lexa, con una sonrisa.
La miró de los pies a la cabeza, y decidió que estaba tan guapa como siempre. Su madre tenía el pelo castaño, las mejillas tersas y los ojos de Costia. Eran de un color verde más oscuro que los suyos, con toques de gris, y al verlos Lexa sintió una extraña mezcla de dolor y de felicidad.
—Tienes muy buen aspecto.
—Y tú también, aunque has perdido más de cuatro kilos. Vas a tener que recuperarlos. ¿Dónde están? —Sin más ceremonia, Rebecca Woods entró en la casa.
—Becca, deja respirar a la niña —dijo su marido, un hombre alto y muy inteligente, con expresión seria. Se volvió hacia su hija, y se dieron un enorme abrazo—. Me alegro de que hayas vuelto, ahora podrá darte la lata a ti y me dejará en paz.
—Puedo con los dos —dijo Rebecca, que ya estaba quitándose los guantes con movimientos rápidos y decididos—. Hemos traído una botella de champán, pensé que aunque nos habíamos perdido la boda, el parto y todo lo demás, al menos podíamos brindar para celebrar vuestra llegada. Lexa, por el amor de Dios, no te quedes ahí plantada… ¡estoy deseando conocerlas!
—Clarke ha subido a ver cómo está la niña, ¿por qué no vamos a sentarnos al salón?
—Vamos, Becca —dijo Gus Woods, tomando a su mujer del brazo cuando ella empezó a protestar.
—Muy bien, voy a darte cinco minutos para que me expliques cómo te va el trabajo.
—Va muy bien —dijo la castaña.
Cuando llegaron al salón, sus padres se sentaron, pero ella estaba demasiado tensa para hacer lo propio.
—Ya he llamado a Ontari —siguió diciendo—. Los cuadros que pinté en Colorado deberían llegar a su galería de arte a finales de semana.
—Me alegro, estoy deseando verlos.
Lexa se paseó por la habitación con las manos en los bolsillos, presa de una agitación que sus padres reconocieron al instante.
—Hay una obra en particular con la que estoy especialmente encariñada, y pienso colgarla aquí mismo, encima de la chimenea.
Rebecca enarcó una ceja, y lanzó una mirada al espacio vacío por encima de la repisa. Lexa nunca había encontrado nada que le pareciera adecuado para aquel sitio.
—Tendrán que juzgar por ustedes mismos —añadió ella. Sacó un cigarro, pero lo dejó cuando Clarke apareció en la puerta.
La rubia no dijo nada por unos segundos, y se limitó a observar a la pareja que estaba sentada en el sofá. Aquellos eran los padres de Lexa. Su madre era guapísima; su piel tersa apenas estaba maquillada, y su peinado acentuaba sus facciones aristocráticas y su fina estructura ósea. Lucía unos pendientes y un collar de esmeraldas, y llevaba un vestido rosa de seda y una estola de piel de zorro.
El padre de la castaña era alto y delgado, igual que ella, y Clarke vio el brillo de un diamante en su dedo meñique. Parecía triste y callado, pero sus ojos la observaban con una expresión aguda y alerta.
—Les presento a Clarke, mi mujer, y a nuestra hija.
Clarke hizo acopio de valor, apretó a la niña contra su pecho en un ademán protector, y entró en el salón. Rebecca se levantó la primera, pero sólo porque siempre parecía moverse más rápidamente que nadie.
—Me alegro de conocerte por fin —a pesar de que tenía sus reservas, la madre de la artista sonrió con amabilidad—. Lexa no mencionó lo guapa que eres.
—Gracias —Clarke sintió que se le formaba un nudo en la garganta, y a que era obvio que estaba ante una mujer formidable. Levantó la barbilla de forma instintiva, y comentó — Me alegro de que hayan podido venir.
Rebecca notó con aprobación el pequeño gesto de orgullo y desafío.
—Queríamos ir a recibiros al aeropuerto, pero Lexa nos dijo que no lo hiciéramos.
—Y con razón —apostilló Gus , con su voz tranquila y pausada—. Si hubiera conseguido contener a mi mujer, habríamos esperado un día más.
—Tonterías, quiero ver a mi nieta. ¿Puedo?
Los brazos de Clarke se tensaron de forma automática, pero al mirar a Lexa se relajó un poco.
—Claro —con gran cuidado, colocó a la pequeña en los brazos de Rebecca.
—¡Es preciosa! —dijo la mujer, con un ligero temblor en su sofisticada voz—. Qué hermosa es… —el aroma de la bebé, la mezcla de talco, jabón y piel delicada, la hizo suspirar—. Lexa me dijo que fue prematura, ¿ha tenido algún problema?
—No, está perfectamente bien.
Como si quisiera probar la verdad de aquellas palabras, Costia abrió los ojos y contempló lo que le rodeaba con expresión adormilada.
—¡Me ha mirado! —con las esmeraldas brillando sobre su piel, Rebecca contempló embobada a la niña y empezó a hacerle arrumacos—. Has mirado a tu abuelita, ¿a que sí?
—Oye, me ha mirado a mí —Gus se acercó y le acarició la barbilla.
—No digas tonterías, ¿para qué iba a querer mirarte a ti? Anda, haz algo útil y descorcha el champán —Rebecca siguió arrullando a la niña, mientras a su lado la rubia se retorcía las manos con nerviosismo—. Clarke, ¿v as a poder beber?, no me acordé de preguntarle a Lexa si le das el pecho a la niña.
—Sí que le doy, pero no creo que haya ningún problema por un trago.
Rebecca volvió a aprobar su actitud, y fue a sentarse al sofá.
Clarke dio un paso instintivo hacia delante, pero se obligó a detenerse. Aquella mujer no era Lorraine Collins, y ella tampoco era la misma persona que se había dejado avasallar en el pasado; sin embargo, a pesar de que intentó apartar aquella imagen de la mente, se vio de nuevo en la parte exterior del círculo familiar.
—Iría a buscar unas copas, pero no sé dónde están —dijo con voz insegura.
Sin decir palabra, Lexa se acercó a una vitrina y sacó cuatro copas altas de champán.
Gus tomó a Clarke del brazo, y sugirió:
—¿Por qué no te sientas?, supongo que estarás cansada después del viaje.
—Ya veo que se parece a su hija —Clarke sonrió, y se sentó en una silla.
Cuando todo el mundo tuvo una copa, Rebecca levantó la suya.
—Brindaremos por… vaya, aún no me habéis dicho cómo se llama la niña.
—Costia —dijo Clarke.
En los ojos de Rebecca apareció un brillo de dolor, y los cerró por unos segundos. Cuando volvió a abrirlos, estaban húmedos y brillantes.
—Por Costia —murmuró, y después de tomar un trago, bajó la cabeza y besó a la pequeña en la mejilla. Entonces miró a Lexa con una sonrisa, y le dijo—: Tu padre y yo tenemos una cosa para la niña en el coche, ¿quieres ir a buscarlo?
Aunque no se tocaron y la mirada duró sólo un instante, Clarke vio que madre e hija compartían algún tipo de comunicación silenciosa.
—Ahora mismo vuelvo.
—Por el amor de Dios, no nos la vamos a comer — refunfuñó Rebecca cuando Lexa salió de la habitación.
Gus soltó una carcajada, y le acarició el hombro en un gesto que a Clarke le resultó extrañamente familiar. Entonces se dio cuenta de que era algo que Lexa solía hacerle a ella, y que rebosaba de una intimidad cargada de naturalidad.
En aquel momento, el hombre la sacó de su ensoñación al preguntarle:
—¿Habías estado antes en San Francisco?
—No, había… no. Me gustaría ofrecerles algo, pero no sé lo que tenemos —de hecho, ni siquiera sabía dónde estaba la cocina.
—No te preocupes, no nos merecemos nada después de irrumpir en tu casa cuando acabas de llegar —dijo Gus , mientras colocaba el brazo tranquilamente en el respaldo de la silla.
— Las familias no irrumpen —protestó Rebecca.
—La nuestra sí —con una enorme sonrisa, Gus se inclinó y volvió a acariciarle la barbilla a la niña.—Me ha sonreído.
—Yo diría que ha hecho una mueca… abuelo —Rebecca soltó una carcajada, y besó la mejilla de su marido.
—Supongo que la cuna es para Costia y las rosas para mí —dijo Lexa, al entrar en el salón con una cuna de madera de pino cargada de sábanas con encaje, sobre las que descansaba un ramo de rosas.
—Ah, sí, las flores, se me habían olvidado. Y no, claro que no son para ti, son para Clarke —Rebecca le entregó la bebé a su marido y se levantó.
Clarke hizo ademán de levantarse, pero vio que Gus colocaba a la niña en la curva de su brazo sin ningún problema.
—Necesitaremos agua para ponerlas —siguió diciendo la castaña mayor—. Esperen, ya voy yo a buscarla.
Nadie se atrevió a llevarle la contraria, y la mujer salió de la habitación con las flores.
—Es preciosa —dijo Clarke. Acarició con un dedo la suave madera de la cuna, y comentó—: Poco antes de que ustedes llegaran, estábamos comentando que Costia necesitaba una.
—Es la cuna de los Woods —dijo Gus —. Lexa, arregla las sábanas y vamos a ver si a la niña le gusta.
—Esta cuna es una tradición familiar —le explicó la artista, mientras sacaba obedientemente las mantas sobrantes y alisaba la suave tela blanca—. La construyó mi bisabuelo, y todos los niños de la familia Woods han podido mecerse en ella —cuando todo estuvo listo, tomó a la pequeña de brazos de su padre—. Vamos a ver si te gusta, princesita.
Al ver que Lexa acostaba a la niña y le daba un pequeño empujoncito a la cuna para que se meciera, Clarke sintió que algo se rompía en su interior.
—Lexa, no puedo.
La castaña estaba de cuclillas junto a la cuna, y cuando levantó la mirada hacia ella, Clarke vio en sus ojos un desafío, un reto, y una furia velada.
—¿Qué es lo que no puedes?
—No está bien, no es justo —Clarke sacó a la niña de la cuna—. Tienen que saberlo.
Estuvo a punto de salir corriendo, pero en aquel momento Rebecca apareció con las rosas en un jarrón de cristal.
La mujer notó la tensión que vibraba en el ambiente, y entró en la habitación preguntándose a qué se debía.
—¿Dónde quieres que las ponga, Clarke?
—No lo sé, no puedo… por favor, Lexa…
—Creo que quedarán bien al lado de la ventana —comentó la mujer mayor con voz calmada. Cuando las hubo colocado, añadió sin inmutarse—: Bueno, creo que ustedes tres deberían ir a entretenerse con algo mientras Clarke y yo tenemos una pequeña charla.
Clarke sintió una punzada de pánico, y se volvió hacia su esposa.
—Lexa, tienes que decírselo.
La castaña tomó a la niña en sus brazos y la apoyó en su hombro antes de mirarla. Su expresión era serena, pero sus ojos seguían reflejando su enfado.
—Ya lo he hecho —dijo, y sin más la dejó a solas con su madre.
Rebecca volvió a sentarse en el sofá, cruzó las piernas y se alisó la falda del vestido.
—Qué lástima que la chimenea no esté encendida, ¿verdad? Aún hace bastante fresco para esta época del año.
—Aún no hemos tenido tiempo de…
—Querida, no me hagas caso —señaló con un gesto una de las sillas, y le preguntó—: ¿No preferirías sentarte? —cuando la rubia lo hizo sin protestar, la mujer enarcó una ceja—. ¿Siempre eres tan obediente?, espero que no, me gustabas más cuando me mirabas con la barbilla y la frente en alto.
Clarke entrelazó las manos en su regazo.
—No sé qué decir, no sabía que Lexa se lo había explicado todo. Al ver cómo se comportaban… —dejó la frase a medias, pero al ver que Rebecca permanecía en silencio, esperando pacientemente a que continuara, volvió a intentarlo—. Pensé que creían que Costia era … la hija biológica de Lexa.
—Aunque todavía no entiendo las formas de fertilización de ahora, pero da igual. ¿Debería suponer una diferencia tan grande para nosotros?.
Clarke logró recuperar la calma, al menos en apariencia, y consiguió devolverle la mirada sin pestañear.
—Supongo que eso sería lo que cabe esperar, sobre todo en una familia como la suya.
Rebecca frunció el ceño, mientras reflexionaba sobre aquellas palabras.
—Quiero que sepas que conozco a Lorraine Collins —al ver el instantáneo y aplastante miedo en los ojos de Clarke, la mujer se echó atrás. No solía tener demasiado tacto, pero no era una persona cruel—. Ya hablaremos de ella en otra ocasión, en este momento creo que lo mejor será que me explique. Soy una mujer directa y firme, pero no me importa que me planten cara.
—Eso no se me da demasiado bien.
—Entonces tendrás que aprender, ¿no crees? Puede que lleguemos a ser amigas y puede que no, es demasiado pronto para que pueda decirlo, pero adoro a mi hija. Cuando se fue hace meses, no sabía si algún día volvería a recuperarla, pero por alguna razón tú has hecho que regrese, y te estoy agradecida.
—Habría vuelto a casa de todas maneras, cuando se hubiera sentido preparada.
—Pero a lo mejor no habría regresado como una persona completa. Bueno, dejemos el tema y vayamos al fondo de la cuestión: tu hija. Lexa considera a la niña como suya propia, ¿y tú?
—Sí.
—Ya veo que no has dudado ni un momento —dijo Rebecca, con una sonrisa idéntica a la de la castaña—. Si Lexa considera a Costia como hija suya y tú también, ¿por qué vamos a sentir otra cosa Gus y yo?
—Porque no tiene su sangre, su ascendencia.
—Será mejor que dejemos a los Collins al margen, de momento.
Clarke se la quedó mirando, sorprendida de que la mujer hubiera dado de lleno en el blanco.
—Si Lexa hubiera sido incapaz de tener hijos y hubiera adoptado a un niño, yo lo querría y lo consideraría mi nieto, así que ya es hora de que superes todas estas tonterías y aceptes la situación, ¿no crees?
—Hace que parezca muy fácil.
—Me parece que tu vida ya es bastante complicada — Rebecca tomó la copa que había dejado antes sobre una mesa
—. ¿Te parece bien que seamos los abuelos de Costia?
—No lo sé.
—Ya veo que eres sincera —comentó Becca, antes de tomar un sorbo de champán.
—¿Le parece bien que sea la mujer de Lexa?
Con una ligera sonrisa, Rebecca levantó su copa.
—No lo sé. Bueno, supongo que tendremos que esperar y ver lo que pasa, ¿no? Mientras tanto, no querría que me pusieras impedimentos para que vea a Lexa o a Costia.
—No, claro que no, jamás haría algo así. Señora Woods, nadie ha sido tan buena y generosa conmigo como Lexa, le prometo que nunca haré nada que pueda hacerle daño.
—¿Le quieres?
Incómoda, Clarke lanzó una rápida mirada hacia la puerta.
—No hemos… Lexa y yo no hemos hablado de eso. Yo necesitaba ayuda, y creo que ella necesitaba dármela.
Rebecca frunció los labios y contempló su copa.
—Creo que no ha sido eso lo que te he preguntado.
Clarke volvió a levantar la barbilla.
—Eso es algo que tengo que discutir con Lexa antes de comentarlo con nadie más.
—Eres más dura de lo que parece, gracias a Dios —Rebecca apuró su copa, y la dejó de nuevo sobre la mesa—. Creo que vas a acabar gustándome… aunque puede que acabemos odiándonos, claro. Pero, sin importar lo que pase entre nosotras dos, no cambiará el hecho de que Lexa se ha comprometido contigo y con la niña. Forman parte de la familia —se reclinó en el sofá y enarcó las cejas, pero sintió una pequeña punzada de simpatía—. Por la expresión de tu cara, deduzco que eso no te entusiasma.
—Lo siento, no estoy acostumbrada a pertenecer a una familia.
—No has tenido una vida demasiado fácil, ¿verdad? —la voz de Becca contenía un cierto matiz de compasión, pero no en exceso, ya que no quería que la rubia se sintiera incómoda. En aquel momento, tomó nota mental de indagar un poco sobre los Collins.
—Estoy intentando dejar atrás todo eso.
—Espero que lo consigas. Hay cosas del pasado que deben recordarse, y otras que es mejor olvidar.
—Señora Woods … ¿puedo hacerle una pregunta?
—Sí, pero con la condición de que empieces a tutearme. Puedes llamarme Rebecca, Becca o cualquier otra cosa… bueno, menos «mamá Woods », por favor.
—Trato hecho. ¿Por quién se le puso Costia a la niña?
Rebecca volvió la mirada hacia la cuna vacía, y se quedó contemplándola con una expresión de tristeza que hizo que Clarke le cubriera la mano con la suya.
—Por mi hija, la hermana pequeña de Lexa. Murió hace aproximadamente un año —se levantó con un largo suspiro, y anunció—: Es hora de que nos vayamos, para que puedas instalarte.
—Gracias por venir.
Clarke dudó un segundo, porque nunca estaba completamente segura de lo que se esperaba de ella en aquellos casos. Finalmente, obedeció a lo que le decía el corazón, y le dio un beso a Rebecca en la mejilla.
—Y gracias por la cuna, significa mucho para mí —añadió.
—Para mí también —la mujer pasó la mano por la madera, antes de salir del salón—. Gus, ¿no fuiste tú el que me dijiste que no debíamos quedarnos más de media hora?
Cuando les llegó el sonido de su voz desde el piso de arriba, Rebecca chasqueó la lengua y empezó a ponerse los guantes.
—Siempre está fisgoneando en el estudio de Lexa. No sabe distinguir un Monet de un Picasso, pero le encanta admirar el trabajo de su hija.
—Ha pintado unos cuadros preciosos en Colorado, deben de estar muy orgullosos de ella.
—Cada día más —Rebecca oyó a su marido, y alzó la mirada hacia el piso superior—. Si necesitas ayuda para decorar la habitación de la niña, para buscar un buen pediatra, no dudes en decírmelo. Supongo que entenderás que vacíe todas las tiendas de niños que encuentre a mi paso.
—Yo no…
—Bueno, a lo mejor no lo entenderás, pero tendrás que tolerarlo. Gus , dale un beso de despedida a tu nuera.
—No hacía falta que me lo dijeras.
En vez del beso formal y vacío de sentimiento que Clarke esperaba, el padre de Lexa le dio un enorme abrazo que la dejó aturdida y sonriente.
—Bienvenida a la familia, Clarke.
Ella sintió el deseo de devolverle el gesto, de rodearle el cuello con los brazos y volver a inhalar el aroma especiado de la loción para después del afeitado que había notado en su cuello, pero se dijo que aquella reacción era absurda y se limitó a entrelazar las manos.
—Gracias, espero que vuelvan pronto. A lo mejor podrían venir a cenar la semana que viene, cuando haya tenido tiempo de descubrir dónde está cada cosa.
—¿También cocina? —el hombre le pellizcó juguetonamente la mejilla, y le dijo a su hija—: Bien hecho, Lexa.
Cuando se marcharon, Clarke se quedó en el recibidor, restregándose la mejilla con un dedo.
—Son muy agradables.
—Sí, siempre lo he pensado.
Al oír el tono cortante en la voz de Lexa, la rubia sé volvió a mirarla.
—Te debo una disculpa.
—Olvídalo —Lexa fue hacia la biblioteca, pero se paró en seco y se giró hacia ella. Qué demonios, claro que no estaba dispuesta a olvidarlo—. ¿Pensaste que les mentiría sobre Costia?, ¿que habría necesidad de hacerlo?
Clarke aceptó su enfado sin inmutarse, y admitió:
—Sí.
La castaña había abierto la boca para soltar algún comentario furioso, pero su respuesta hizo que la cerrara de golpe.
—Vaya, no te andas por las ramas.
—Pensé que no aceptarían a Costia como su nieta si sabían la verdad, y me alegro de haberme equivocado. Tu madre ha sido muy amable conmigo, y tu padre…
—¿Qué pasa con él?
Clarke había estado a punto de subrayar el hecho de que su padre la había abrazado, pero creyó que la artista no podría entender lo mucho que aquello la había afectado.
—Se parece mucho a ti. Intentaré no decepcionarlos a ninguno de los tres.
Lexa se pasó una mano por el pelo, que le caía sobre los hombros en una masa castaña desgreñada, como a ella le gustaba más.— Sería mejor que no te decepcionaras a ti misma. Maldita sea, Clarke, no estás aquí a prueba. Eres mi mujer, esta es tu casa, y para bien o para mal, los Woods son tu familia.
Ella apretó los dientes con fuerza.
—Tendrás que darme tiempo para que me acostumbre —dijo con voz tranquila—. Las únicas familias que he conocido en mi vida apenas me toleraban, y no pienso volver a pasar por lo mismo —se volvió y empezó a subir las escaleras, pero le dijo por encima del hombro—: Por cierto, voy a pintar el cuarto de Costia yo misma.
Sin saber si echarse a reír o soltar una palabrota, Lexa se quedó mirándola desde el pie de la escalera.
