Ranma ½ pertenece a Rumiko Takahashi, este fic lo realizo sin ánimo de lucro y con el mero objetivo de entretener.
Este fic contiene escenas de extrema violencia y trata temas adultos. Su lectura queda bajo tu responsabilidad. Si aún así decides continuar, deseo de corazón que disfrutes tanto leyendo como yo escribiendo.
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[Capítulo 6: Mi estupidez]
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— ¡Señorita!¡Kiku-dono! — Ume corría tras ella tan rápido como le permitía su ligero yukata, con pasos pequeños pero rápidos.
La mujer había regresado de la visita con la expresión desencajada y un extraño brillo en sus ojos, su ayudante iba tras ella completamente desesperada. Caminaba rápido, el resto del servicio de la casa contemplaban la escena expectantes.
Sabía muy bien dónde dirigirse, anduvo por la vieja casa de madera hasta que llegó a una pequeña sala de tatami con multitud de armas colgando de las paredes: lanzas, sais, nunchakus, y por supuesto, katanas.
Entró decidida y tomó una pequeña wakizashi, la desenfundó y tiró la vaina lacada de color blanco al suelo, sin ningún tipo de cuidado.
— ¡Señorita! — llegó sin aliento hasta la habitación y contempló con terror a su señora, vió el filo del arma resplandecer ante los escasos rayos de sol que se colaban por la apertura de la puerta — ¿Que va a hacer con eso?
— Ume, cierra la puerta.
La pequeña chica negó nerviosa con la cabeza mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.
— No puede hacerlo... — suplicó, pero su señora respondió con una mirada amenazante, sus ojos ardían de pura rabia y locura. Su rostro pálido como la misma muerte parecía querer decirle que, o la obedecía o habría graves e indeseadas consecuencias.
— ¡Ume!
— ¡NO! — y para su propia sorpresa la chica intentó arrebatarle el arma, no le costó lo más mínimo empujarla hacia un lado y hacerla caer sobre el tatami. Ume se giró confusa, con lágrimas en los ojos reflejo de su desesperación.
— ¡El yubitsume no funcionará con usted, Oyabun no lo permitirá!
La mujer apretó los dientes.
— ¡Al menos tengo que intentarlo! — dijo mientras se agachaba y recogía las mangas de su kimono. Tragó saliva antes de mirar su mano izquierda, si lo seguía pensando no lo haría. Era absurdo que después de arrebatar tantas vidas y causar tanto dolor se preocupase por el suyo propio.
Colocó la mano sobre el tatami y extendió bien los dedos, firmes y aún así temblorosos.
— Es la única manera...no hay otra salida...
Levantó la wakizashi en el aire y se quedó estática en aquella postura tan solo un momento, debía ser fuerte, debía sobreponerse, apretó la empuñadura en su mano derecha y tomó aire antes de dejar caer la afiladisima hoja sobre sus dedos meñique y anular.
El dolor la atravesó en forma de descarga, cerró los ojos un segundo mientras sentía como se empañaba su visión. La sangre empapaba la superficie de forma escandalosa, tiñendo a su paso la paja del tatami . Temblando, levantó la espada para contemplar su hazaña y no pudo más que sentirse contrariada al comprobar que no había conseguido cortarse los dedos por completo, tan sólo se había hecho una profunda herida que atravesaba carne y tendones.
Había fallado, su convicción la había traicionado, en el último momento vaciló, su filo perdió la fuerza y el valor necesarios para llevar a cabo la tarea. Ni siquiera había conseguido cortar la mitad del hueso.
"Bastará con un segundo corte" — le dijo su cerebro alimentado por la adrenalina, volvió a levantar el arma sobre su cabeza con la mirada febril, antes de que Ume se le tirase de nuevo encima.
En un acto completamente imprudente intentó por segunda vez arrebatarle la wakizashi. Ambas mujeres forcejeaban en el suelo mientras sus ropas se manchaban de sangre. Su habilidad se vio superada por el dolor y las fuerzas intactas de su adversaria, y más cuando otras tres mujeres entraron en la habitación, reteniéndola contra el suelo.
Gritó, las golpeó, casi se libró de ellas hasta que él llegó. Su mirada oscura y acerada se clavó en ella sin indulgencia, contempló el charco de sangre, sus ropas manchadas y su cabello despeinado. Ella le retó con los ojos, respiraba agitadamente, pero eso no le impidió mostrarse altiva.
El joven puso un pie en la habitación y todas las mujeres se alejaron de ellos, aterradas. Soltaron el cuerpo de su señora y se refugiaron en un rincón.
— ¿Qué intentabas hacer? — preguntó de forma calmada, tomó la mano ensangrentada de la chica y miró el corte con curiosidad. — Tiene mala pinta, será mejor que te lleve a un hospital.
Ella negó con la cabeza y librándose de su agarre recuperó su mano izquierda, tomándola con fuerza contra su pecho.
— No necesito tu ayuda.
El sonrió y se pasó la lengua por el labio superior. Se agachó a su lado y la tomó en brazos, apretando su menudo cuerpo envuelto en sedas ensangrentadas.
— Insisto.
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Llevaba dos días visitando locales y aún no tenía absolutamente nada. La tarde del día anterior un chico de la zona le dijo que no estaba buscando en el lugar adecuado, los mejores tatuadores se encontraban aún más al sur. Fue por ello que tomó su ligero equipaje y viajó hasta Kagoshima. A pesar de ser pleno invierno en esa parte del país casi parecía primavera.
Hacía semanas que se encontraba envuelto en aquella búsqueda y por primera vez tenía dudas. Fue por culpa de su madre, le llamó preocupada por no saber de él en tantos días, puso el grito en el cielo cuando se enteró de que se encontraba de nuevo al sur de Japón.
Pero eso no fue lo que le hizo dudar, ni siquiera sus llamadas a la sensatez. No, lo que ocurría es que de nuevo volvía a sentir los recuerdos borrosos, era curioso cómo su mente recordaba ciertas tonterías con una claridad digna de película y otras las deformaba a su antojo. Los acontecimientos había comenzado a volverse difusos, sentía que si no encontraba algo tangible en breve su razón ganaría el pulso que mantenía con su fé.
Tenía que creer en lo que había visto, regresaba al día de lluvia constantemente. Su corazón se lo decía, su cordura trataba de negárselo. Una y otra vez alzaba la mirada y veía aquel rostro bajo el paraguas, al otro lado de la carretera, cada vez uno diferente: una chica de redondos mofletes y ojos pequeños, una mujer de expresión severa, una adolescente mirando su teléfono, una chica demasiado maquillada, una anciana de pelo cano.
Y ella de nuevo, su expresión de horror al verse descubierta.
"Akane..."
— ¿No estás cansado?
Era lo que le faltaba, de nuevo su visión de Akane le rondaba, y por sí fuera poco esta vez se atrevía a hablarle en plena calle.
Volvía a ser una adolescente, de expresión infantil y sonrojadas mejillas. Optó por lo mejor que podía hacer, ignorarla.
— Yo estoy cansada, quiero volver a casa. — rezongó caminando a su lado.
— Si sólo vas a molestar mejor te vas. — le contestó por pura costumbre.
— Que aburrido. — respondió ella guardando un repentino silencio.
Ranma suspiró, sería patético volver a su anterior existencia, a su triste vida sin esperanzas. Pero su mayor temor radicaba en que ni él mismo terminaba de creerse que ella siguiese en ese mundo, bajo el mismo cielo, pisando la misma tierra...porque si era así...si conseguía dar con ella...
Caminó hasta ese conjunto de calles que le habían indicado unas cuantas personas, hasta uno de esos lugares que era mejor no pisar si no querías problemas. Miró hacia la cantidad de negocios de copas que se anunciaban y caminó entre las tiendas, nada, de nuevo un callejón sin salida.
Había vuelto a quedarse estancado, había perdido la pista. Se quedó parado en mitad de la calle mientras sentía cómo la falta de fuerzas hacía que le temblaran las piernas. Miró de nuevo a su alrededor confuso, desesperado.
— ¿Qué buscas? — preguntó Akane brincando alegremente delante de sus ojos.
— Un maestro de irezumi...¿dónde se escondería? — dijo para sí, intentando no desconcentrarse.
Fue en ese momento cuando Akane comenzó a reír y echó a correr, adentrándose en un estrecho callejón que se alejaba de las calles principales, oscuro y zigzagueante. La vio desaparecer antes de seguirla arrastrado por su instinto, con la fuerza electromagnética de un gigantesco imán. Caminó en la penumbra hasta que dio con el único establecimiento del lugar.
Una pequeña puerta de color azul con una placa diminuta atornillada a la madera, explícita y directa: "Maruo - Artista".
Miró alrededor del marco, no había timbre. Tomó aire antes de dar un par de golpes con los nudillos.
Pasaron los minutos y no ocurrió nada, volvió a golpear la puerta con más insistencia, pero aún así no se abrió. Lo más probable es que no hubiese nadie, eso o estaba ante uno de esos sitios privados a los que sólo se accede si conoces la contraseña.
Obviamente entrar en la casa de alguien por las malas no era lo más adecuado, pero hacía ya mucho que se le había acabado la paciencia. Se libró de su mochila y dejándola a un lado comenzó a estirar los brazos y después las piernas, se plantó a apenas un metro de la puerta en posición de combate y conteniendo un grito la derribó de una fuertísima patada.
Dolió, su pierna aún no estaba completamente curada, pero no dio ni una sola muestra de debilidad, simplemente apretó dos segundos los dientes.
La tabla cayó al suelo y él recuperó su mochila antes de entrar en el local. Caminó por encima de la puerta y miró a los ojos a la asombrada mujer que había acudido ante el alboroto.
— Lo siento, no encontré otra manera de entrar. — dijo sonriente mientras recogía la puerta y la colocaba como buenamente podía contra el agujero creado.
— ¡Esto es una residencia privada! — exclamó la señora, debía rondar los 60 y conservaba bien, vestía con un kimono sencillo de colores planos y se recogía el pelo en un elaborado peinado tradicional.
— Estoy buscando a un maestro de irezumi.
— ¡Largo de aquí o llamaré a la policía!
— No quiero hacerles daño, sólo vengo a hablar,
— Fuera, ¡fuera!
— Querida, déjale pasar — hasta la puerta principal salió un hombre mayor y completamente calvo, tenía una expresión severa, mofletuda, sus ojos se clavaron en los del chico, evaluándole. Vestía ropas sencillas, parecidas a las que solía llevar Soun Tendô pero en color negro. La parte de sus brazos que se asomaba entre la tela mostraba elaborados tatuajes hasta las muñecas y lo mismo ocurría en los tobillos, debía llevar tener el cuerpo completamente dibujado.
— ¿Eres policía?
— No.
— ¿Estás en alguna banda?
El chico volvió a negar con la cabeza y le devolvió una mirada seria.
— ¿Entonces qué quieres?
— Estoy buscando a un maestro de irezumi.
Un pequeño silencio se estableció entre ambos hombres que parecieron entenderse sin necesidad de palabras.
— ¿Y para eso has tirado mi puerta abajo?
— Nadie abría. — dijo encogiéndose de hombros.
— Lo siento hijo, ya no hago tatuajes, dejé todo aquello. — el hombre resopló y le mostró con cierta nostalgia su mano izquierda, Ranma pudo apreciar que le faltaba gran parte del dedo meñique.
Había escuchado hablar de eso, era una ceremonia de disculpa dentro del código de la yakuza. Se suponía que si alguien hacía una grave ofensa y quería dejar la banda debía ofrecer algo a cambio, normalmente al jefe le solía bastar con uno o dos dedos para dejar marchar a una persona.
— Ahora solo pinto cuadros.
El chico de la trenza le miró arrogante.
— No quiero un tatuaje.
— ¿Buscas a un maestro de irezumi y no quieres un tatuaje? — el hombre soltó una ligerísima risotada — Eres muy joven pero no pareces estúpido, te has metido en un buen lío. Que ya no pertenezca a ese mundo no significa que no tenga contactos.
— Justo de eso quería hablar, de sus contactos. Necesito encontrar al Kokuryukai.
De nuevo otro silencio atronador, la mujer se retiró de forma sigilosa y el hombre volvió a reír.
— Me he equivocado contigo, si que eres estúpido. El Kokuryukai no existe, es solo una leyenda. — sonrió con todos los dientes, le faltaban algunas piezas, lo que le daban aspecto de viejo loco.
— Aún así necesito encontrarlos.
El hombre volvió a reír y entró por una pequeña puerta que se encontraba a su izquierda, Ranma le siguió para descubrir que se trataba de su estudio, en el suelo varios tubos de pintura acrílica de colores habían derramado parte de su contenido, goteando sobre el suave tatami. Colgados de las paredes decenas de cuadros cubrían cada centímetro libre, unos más pequeños y otros muchos más grandes.
Era asombroso, abrió la boca apabullado, todas las pinturas eran hermosas, brillantes y coloridas. Aquí y allá los cuadros mostraban dibujos completamente sobrecargados, de tal forma que en los lienzos apenas había espacio en blanco.
Todos ellos eran tatuajes, los reconoció al instante, eran tatuajes llevados a la pintura. Carpas, tigres, olas, ríos, flores, dragones, samurais, pétalos de sakura...parecía flotar en armonía combinados de diferentes maneras en los lienzos hasta adoptar forma artística.
— Es verdad que se dedica a pintar. — reconoció a su pesar.
— ¿Te gustan?
— ¿Son de verdad?¿son dibujos que ha hecho en personas?
Él asintió orgulloso.
— En su mayor parte, normalmente los diseños se repiten, pero para cada persona su tatuaje significa una cosa diferente.
Ranma se giró y volvió a mirar al hombre a los ojos.
— ¿Trabajaba usted para algún clan? — preguntó lleno de intención, el hombre le dio la espalda y tomó uno de los tubos de pintura que estaban en el suelo, vertió el pigmento sobre una paleta y escogió un pincel muy fino de un bote de cristal.
Descubrió con cuidado el lienzo en el que se encontraba trabajando, era grande, tenía más de un metro de ancho y casi metro y medio de largo. Tomó un fino hilo de pintura roja y pensó un momento antes de dar un ligerísimo toque.
— Cuando eres parte de la yakuza solo trabajas para un clan, la fidelidad es un tema muy importante, si no eres fiel tú y tu familia estáis muertos — dijo completamente concentrado mientras tomaba un poco más de pintura con el borde del pincel. — Es por eso que a mucha gente le cuesta dar el paso, ya sabes, todo el mundo aprecia sus dedos.
— Necesito que me cuente lo que sepa sobre el Kokuryukai.
— Yo no se nada.
— Entonces dígame de alguien que lo sepa.
— Nadie sabe de algo que no existe.
— Tiene que saber algo... — dijo Ranma en un tono suplicante, el hombre le miró con el rabillo del ojo antes de volver a concentrarse en su pintura.
— ¿De verdad es eso lo que buscas?¿al Kokuryukai?¿sigues la sombra de una leyenda de manera tan desesperada?
El chico abrió los ojos, comprendiendo.
— No, estoy buscando a una persona, una mujer.
— Ah, siempre es una mujer... — volvió a sonreír mientras daba una nueva pincelada.
— Hace diez años que desapareció. Era...es la persona que yo... — susurró mirando hacia el suelo.
— ¿Y porqué has tardado tanto en buscarla?
— Pensé que estaba muerta.
— ¿Y no lo está?
— Creo que no.
— Es una historia interesante, pero no se como esperas que te ayude. — dejó la pintura y miró de lleno sus ojos azules — No me dedico a buscar gente, ¿sabes?
— Creo que el Kokuryukai la secuestró.
De nuevo otro pausa silenciosa.
— Te equivocas chico, asumiendo que es algo imposible, si ellos se la hubieran llevado sin duda estaría muerta.
— ¿Ellos...?
— Olvídala, nadie merece tanto la pena.
Ranma miró al hombre abriendo los ojos de forma desorbitada, estaba claro que sabía algo. Rebuscó entre sus ropas hasta que encontró aquella fotografía que siempre llevaba consigo, la misma que le había acompañado a Jusenkyo. Miró a su preciosa Akane de 16 años tan solo un momento, antes de ofrecerle la imagen al pintor con manos temblorosas.
— Se llama Akane Tendô, puede haber cambiado, han pasado diez años desde que se tomó la fotografía, seguramente lleve el pelo más largo. — observó de forma ansiosa la cara de aquel hombre en busca de una reacción, la que fuera.
Pero él se giró de nuevo sobre su pintura y empapó el pincel, mirándolo de forma siniestra.
— ¿Sabías que el color rojo en los tatuajes es el más difícil de conseguir?
— ¿Qué?
— En el irezumi no se usan tintas artificiales, todo es natural. Cada tatuador hace su propia mezcla y para el rojo hay que utilizar un tipo de sulfato muy tóxico, es por eso que rara vez queda un color tan vivo como el de este cuadro. Suelen diluirse un poco con tonos ocres ya que cuanto más roja sea la tinta, más veneno contiene. El proceso de dibujo puede durar años y es extremadamente doloroso, consiste en introducir tinta en la piel con un cincel metálico, golpe a golpe.
El chico de la trenza frunció el entrecejo a la vez que miraba el cuadro que aquel hombre estaba pintando. Era un lienzo en blanco, aún por terminar, en su centro un magnífico y estilizado dragón de color negro se enredaba sobre sí mismo, naciendo en perpendicular y ascendiendo hacia la esquina superior derecha del marco. Rodeando al ser de fantasía había decenas de diminutas flores rojas, brillantísimas, apiñadas en torno a la figura como si el dragón se hiciese fuerte en torno a todos aquellos...Ranma estrechó la mirada.
— …crisantemos...
— La persona que me pidió este dibujo quiso un color muy rojo en sus tatuajes, como el fuego. Como la sangre. Yo le contesté que moriría envenenada, pero eso es lo que menos le importaba. Dijo que si no eran rojos de verdad no podría sentir...
— ¿¡Qué tiene que ver esto con Akane!? — exclamó comenzando a impacientarse, dio un paso hacia el hombre y le agarró por el cuello del traje, pero el ex-yakuza ni siquiera se inmutó.
— ...el amor. Los crisantemos son una flor curiosa, ¿no crees? hay quienes dicen que conectan el mundo de los muertos y los vivos, como una especie de puente. Otros lo usan como emblema, y a veces los crisantemos rojos se utilizan para decir "te querré por siempre".
Ranma aflojó el agarre y le miró confuso, le dio la impresión de que aquel hombre estaba jugando con él, escarbando en sus recuerdos y sacando a flote todo su dolor sin pretenderlo.
— El dragón negro rugiendo en un campo de crisantemos rojos es uno de los dibujos más hermosos que he hecho. Nunca lo dijo, pero siempre creí que ese dragón no formaba parte de ella misma, mientras lo dibujaba no pensé que representara valor, ni coraje...el dragón rodeado de flores siempre fue el hombre al que amaba.
— ¿Por qué me cuenta todo esto? — preguntó confuso.
— Los códigos de lealtad siguen siendo los mismos, estés dentro o fuera de la banda. Tengo dos hijos y una mujer a los que debo proteger, sus vidas son lo más valioso...si entiendes y respetas eso te marcharás, jamás vuelvas a aparecer por aquí.
— Es decir, ¿que aunque supiera algo...no me lo diría?¿significa eso que la ha reconocido?¿¡ha visto a Akane!?
— No conozco a nadie con ese nombre.
— ¡Miente! — volvió a tomarle por el cuello de sus ropas y esta vez sus dedos se crisparon, sus nudillos adquirieron un color blanquecino a la vez que le alzaba unos centímetros del suelo, sus ojos agitados como el mar en plena tormenta le exigieron y suplicaron a un mismo tiempo una respuesta, algo, lo que fuera. Se agarraría a un clavo ardiendo con tal de seguir manteniendo aunque fuese un pequeño atisbo de esperanza.
— ¡Suéltame!
— ¡Dígame la verdad!
— ¡Todos tenemos algo que queremos proteger aún a costa de nuestra propia vida!¡entiéndelo!
La rabia tomó forma de monstruo, amenazante y oscuro a la vez que miraba al hombre, una gota de sudor resbaló por su frente pero el miedo que pudiese sentir se mantenía a raya, cuidadosamente amaestrado, al menos en apariencia.
Fue entonces cuando Ranma reparó en el único cuadro diferente de aquella habitación, uno no demasiado grande y que ocupaba la pared central. Una mujer joven sostenía en brazos a un bebé mientras una pequeña niña se agarraba a su vestido.
Aflojó el agarre y permitió que el hombre volviese a tocar el suelo con sus propios pies. "Una familia", su familia. Las sonrisas de aquella imagen parecieron mirarle acusadoras y se sintió como un matón, un idiota exigiendo estupideces. Nadie pondría en peligro la seguridad de su familia por un desconocido.
Dio un paso atrás a la vez que rompía el contacto. Lo entendía, él haría lo mismo en su lugar.
— No puede terminar aquí...si ella aún existe en este mundo, yo la encontraré. — murmuró antes de darse la vuelta y recuperar su mochila, se la echó sobre el hombro y con la vista baja se dirigió hacia la salida.
— ¡Chico! — volvió a girarse, el hombre le miraba con el gesto compungido. — Si te descubren...acabarás muerto.
Ranma sonrió con tristeza.
— Creo que ya lo estoy.
Salió por la desvencijada puerta, cuando el pintor escuchó como se alejaban sus pasos suspiró, el corazón le latía a mil por hora. Miró febril el lienzo en el que estaba trabajando, su respiración se agitó.
Tomó su paleta y un pincel un poco más grueso, buscó con desesperación un tubo de pintura dentro de su desastroso maletín. Sonrió al verlo. Echó un buen chorro y humedeció el pincel, no, demasiado brillante. Un poco más de negro, tal vez un toque de blanco. Mezcló los colores deprisa hasta que alcanzó el tono deseado. Repasó con precisión los iris del dragón, una y otra vez.
Se alejó un par de pasos de su obra y la contempló satisfecho, sonrió como si acabase de contar un chiste privado, una broma que sólo él entendería. Los ojos azules del dragón le devolvieron la mirada, parecían emitir fuerza propia, una clase de determinación obsesiva.
Sí, definitivamente ese era su color.
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Aclaraciones:
Kiku-dono: Kiku en japonés significa crisantemo, es el nombre de la flor. "Dono" es una partícula honoraria que actualmente se encuentra en desuso, significa "señor o señora". Por lo que Kiku-dono libremente se podría traducir como "Señorita Crisantemo".
Wakizashi: es una pequeña katana que puede medir entre 30 y 60 centímetros.
Yubitsume: ritual por el cual se procede a cortar parte de la última falange o las dos últimas, suele hacerse a modo de petinencia, para pagar deudas de juego o como castigo por una ofensa. Esta práctica es heredada de la época samurai, ya que el dedo meñique era el que agarra con fuerza la empuñadura de la hoja de tal forma que si se lo cortaban tenían que abandonar el camino de la espada.
Kokuryukai: Sociedad del Dragon Negro, su símbolo son tres tomoes (especie de símbolos orientales parecidos a las comas) haciendo un círculo y rodeados por una flor de crisantemo. Fue una sociedad secreta real, que existió desde 1901 hasta el fin de la segunda guerra mundial, aunque a día de hoy se considera disuelta. Para este fic me he aprovechado de su existencia y me he tomado algunas pequeñas licencias artísticas (quizás no tan pequeñas).
Oyabun: Es un nombre honorífico. Se podría traducir como "padre" pero en este contexto se refiere al líder de una organización muy jerarquizada, donde el superior es conocido como el "padre" de todos mientras que el resto de los miembros son sus "kabun" o hijos.
¡Hola a todos!
Este capítulo me gusta, me gusta mucho. Sólo tiene dos escenas diferentes pero ambas son muy significativas. A partir de aquí los acontecimientos comienzan a precipitarse y todo ocurre muy deprisa (o al menos a mi me lo parece). Tengo que decir que en mis fics siempre procuro que sea así, que cada nuevo capítulo aporte "algo", que la trama avance sin parar, si no me aburro (soy una persona muy impaciente). Me pasa lo mismo cuando leo fics, si la trama se estanca más de dos capítulos seguidos dejo de seguirlos, me gusta demasiado el movimiento.
Y ahora contestando reviews: Susyakane (Gracias por tu review, poco a poco se van revelando cosas...), Lulupita (Muchas gracias por seguir mis fics y pos hacer siempre se gigantesco esfuerzo por leer en español. Muchos besos.), Dulcecito311 (Como siempre gracias por estar tan pendiente de mis actualizaciones, en este capítulo se descubren nuevos detalles ;) ), Lolita (Gracias por tus palabras, me alegra saber que te mantengo interesada ^^), Kunoichi (Jajaja, gracias ;) ) rosiramiez (Cuanta impaciencia XD, intentaré publicar más de seguido...espero que en unas semanas.) , Akane Tsukino (Creo que casi lo que más me gusta de este fic son las escenas finales de cada capítulo, me encanta intentar dejar esa sensación de desasosiego en el lector. Gracias por seguir el fic, ya viste que actualicé Sueño de Verano, jeje), Chiqui09 (Es cierto que parece que Ranma no da más que vueltas, pobrecito, a mi me parte el corazón en este fic.), Kykio4 (Gracias por la review y por seguir leyendo.), Ikane (Gracias! me encanta saber que te mantengo atenta a las actualizaciones, espero que también te haya gustado este capítulo), Victor (¿tu primera review?¡muchas gracias!.)
Muchíiiiismas gracias a todos los que seguís esta historia con tanto interés, un millón de gracias por leer.
Lum
