Capitulo 9
—Es increíble lo rápido que está creciendo —con orgullo de abuela y luciendo un nuevo y elegante peinado, Becca se sentó en la mecedora de la habitación de la pequeña, con la bebé en sus brazos.
—Sí, nadie diría que nació prematuramente —dijo Clarke, sin saber aún cómo comportarse con su suegra. Con movimientos tranquilos, siguió doblando la ropita recién sacada de la secadora—. La hemos llevado hoy a hacerle una revisión, y el médico dice que está sana como un roble —se llevó un pequeño pijama a la mejilla, y disfrutó de la suavidad aterciopelada de la prenda, que sin embargo no podía compararse a la de la piel de su hija—. Quería darte las gracias por recomendarme al doctor Sloane, es fantástico.
—Me alegro de que te guste, pero no hace falta la palabra de un pediatra para saber que la niña está completamente sana, mira la fuerza que tiene —Becca rio con suavidad mientras Costia se aferraba a su mano, pero la detuvo cuando la niña quiso chupar su anillo de zafiros—. Tiene tus ojos.
—¿De verdad? —entusiasmada, Clarke fue hasta ellas. La niña olía a polvos de talco… y Becca a París—. Ya sé que aún es demasiado pronto para saberlo, pero tenía la esperanza de que fuera así.
—No hay duda —Rebecca continuó meciendo a la niña, mientras observaba con atención a su nuera—. ¿Y qué me dices de tu revisión?, ¿cómo estás?
—Estoy bien —dijo la rubia, pensando en la hoja de papel que había guardado en el cajón superior de su tocador.
—Pareces un poco cansada —comentó Becca. Su voz, carente de inflexión alguna, sonó brusca y práctica—. ¿Te has movido ya para intentar buscar ayuda?
Clarke irguió la espalda de forma automática.
—No necesito ninguna ayuda.
—Sabes tan bien como yo que eso es una tontería. Con una casa tan grande como esta, una esposa exigente y una niña pequeña, está claro que te iría bien que alguien te echara una mano, pero haz lo que quieras —Costia empezó a gorjear, y Becca la contempló embelesada—. Habla con la abuelita, cariño. Dile a la abuelita lo que pasa.
La niña respondió con más sonidos ininteligibles, y Becca se echó a reír.
—Eso es, dentro de nada empezarás a hablar sin parar.
Acuérdate de que una de las primeras cosas que tienes que decir es «mi abuelita es preciosa». Eres un cielo —le dio un beso en la frente, y le dijo a Clarke—: Hay que cambiarle los pañales a esta princesa, y estaré más que encantada de dejarte la tarea a ti.
Con lo que ella consideraba uno de los privilegios de ser la abuela, Becca le entregó la bebé mojada a su madre, y continuó sentada mientras Clarke llevaba a la niña al cambiador.
Había un montón de cosas que habría querido decir. Estaba acostumbrada a expresar sus opiniones alto y claro… y si era necesario, a darle en la cabeza con ellas a cualquiera que se le pusiera a tiro. No le gustaba nada tener que morderse la lengua, pero había averiguado lo suficiente sobre los Collins y sobre la vida que Clarke había tenido con ellos para saber que era lo mejor. Con mucho cuidado, intentó otra táctica.
—Lexa está pasando mucho tiempo en la galería de arte últimamente, ¿verdad?
—Sí, creo que está casi decidida a organizar otra exposición —con un amor desbordante, la rubia se inclinó para acariciar el cuello de Costia con la nariz.
—¿Has estado allí?
—¿En la galería? No, aún no.
Rebecca golpeteó en el brazo de la mecedora con una de sus uñas perfectamente redondeadas.
—Creía que te interesaría el trabajo de Lexa.
—Y así es —alzó a Costia por encima de su cabeza, y la niña empezó a hacer pompitas y a sonreír—. Pero no he querido interrumpir con la niña a cuestas.
Becca estuvo a punto de recordarle que Costia tenía unos abuelos que estarían encantados de quedarse unas horas con ella, pero volvió a morderse la lengua.
—Estoy segura de que a Lexa no le molestaría, adora a la niña.
— Ya lo sé —dijo Clarke, mientras desataba el lazo de los patucos rosados de la bebé—, pero también sé que necesita tiempo para poner en orden su trabajo, su carrera —le dio a su hija un pequeño conejito de trapo, y ella se lo metió feliz en la boca—.¿Tienes idea de por qué no tiene claro lo de montar la exposición?
—¿Se lo has preguntado?
—No, no quería que se sintiera presionada.
—Puede que un poco de presión sea exactamente lo que necesita.
Desconcertada por aquellas palabras, Clarke se volvió hacia su suegra.
—¿Por qué?
—Tiene que ver con Costia, con mi hija pequeña, pero preferiría que se lo preguntaras a Lexa.
—¿Estaban unidas?
—Sí, mucho, aunque eran muy diferentes —dijo Becca, con una sonrisa. Había aprendido que era menos doloroso recordar que intentar olvidar—. Se quedó destrozada cuando Costia murió. Creo que el tiempo que ha pasado en la montaña le ha ayudado a recuperar su arte, y también creo que la bebé y tú le habéis ayudado a recuperar su corazón.
—Si eso es verdad, me alegro, porque nunca podré llegar a pagarle lo mucho que ella me ha ayudado a mí.
Rebecca la miró con expresión indescifrable.
—Entre un matrimonio no hay nada que pagar.
—Puede que no.
—¿Eres feliz?
Clarke metió a la niña en su cuna y le dio cuerda al móvil musical para que pudiera jugar con él; cuando ya no pudo aplazar más su respuesta, dijo:
—Claro que soy feliz, ¿por qué no iba a serlo?
—Esa era mi siguiente pregunta.
—Soy muy feliz —dijo, mientras se ponía otra vez a plegar y a guardar la ropa de la niña—. Te agradezco mucho tu v isita, pero sé lo ocupada que estás y no quiero entretenerte.
—No creas que vas a poder echarme amablemente, al menos hasta que yo decida irme.
Al volverse, Clarke vio la sonrisa divertida en los labios de su suegra. No era propio de ella ser tan grosera, y no pudo evitar sonrojarse.
—Perdona.
—No te preocupes, sé que es demasiado pronto para que te sientas cómoda conmigo. La verdad es que yo también me siento un poco insegura al tratar contigo.
La rubia le devolvió la sonrisa, bastante más relajada.
—Dudo mucho que alguna vez te sientas insegura, es algo que envidio de ti. Y de verdad que siento haber sido tan maleducada.
—No pasa nada.
Becca se levantó de la mecedora, y empezó a pasearse por el dormitorio de la niña. Su nuera había hecho un trabajo fantástico, y había creado una habitación alegre y llena de luz; no estaba demasiado recargada, y la decoración era lo bastante tradicional para recordarle a la habitación infantil que ella misma había preparado tantos años atrás. El olor a polvos de talco y a ropa limpia flotaba en el ambiente.
Era un cuarto cargado de amor, y aquello era todo cuanto podía desear para Lexa. Estaba claro que Clarke era una mujer con una ilimitada capacidad para amar.
—Es una habitación preciosa —comentó, mientras acariciaba la cabeza de un oso de peluche color lavanda de más de un metro—. Pero no puedes esconderte aquí para siempre.
—No sé a qué te refieres —le contestó Clarke, aunque lo sabía perfectamente bien.
—Dijiste que nunca habías estado en San Francisco, y ahora vives aquí. ¿Has ido a algún museo, o al teatro?, ¿has paseado por el muelle de los pescadores?, ¿te has montado en un tranvía?, ¿has ido a Chinatown? Dime, ¿has hecho alguna de las cosas que haría cualquier recién llegado?
Clarke se puso a la defensiv a, y contestó con voz fría:
—No, pero sólo llevo aquí unas semanas.
Becca decidió que era hora de dejar de andarse con rodeos.
—Clarke, v amos a hablar de mujer a mujer, olvídate de que soy la madre de Lexa. Estamos solas, y lo que se diga en esta habitación quedará estrictamente entre nosotras.
La rubia notó que las palmas de las manos habían empezado a sudarle, y se las limpió en los pantalones.
—No sé qué es lo que quieres que te diga.
—Lo que haga falta —finalmente, al ver que Clarke permanecía en silencio, Becca asintió y dijo—: Muy bien, entonces empezaré yo. Has sufrido algunos momentos terribles a lo largo de tu vida, algunos de ellos incluso trágicos. Lexa nos contó apenas lo imprescindible, pero me he enterado de muchas cosas haciendo las preguntas adecuadas a las personas apropiadas —Rebecca volvió a sentarse, y al ver la expresión que relampagueó en los ojos de Clarke, le dijo—: Espera a que acabe, entonces podrás ofenderte todo lo que quieras.
—No estoy ofendida —contestó ella con voz tensa—, pero no sé de qué sirve hablar de cosas que pertenecen al pasado.
—No podrás reemprender tu vida hasta que seas capaz de enfrentarte al pasado —Becca intentó hablar con voz firme, pero su sólida compostura se tambaleó un poco—. Sé que Finn Collins te maltrataba, y que sus padres hicieron la vista gorda ante ese comportamiento monstruoso y criminal. Me rompe el corazón que tuvieras que pasar por algo así.
—Por favor, no —consiguió decir Clarke, con voz estrangulada.
—¿No puedes aceptar un poco de comprensión, ni siquiera de mujer a mujer?
Clarke negó con la cabeza. Le daba miedo aceptarla, pero aún más necesitarla.
—No puedo soportar que me compadezcan.
—Comprender a una persona es muy diferente a compadecerse de ella.
—Todo eso ha quedado atrás, ya no soy la persona que era entonces.
—No puedo darte mi opinión, porque no te conocía en esa época, pero está claro que una mujer que ha conseguido salir adelante completamente sola tiene grandes reservas de fuerza y determinación. ¿No crees que es hora de que las utilices, y plantes cara a tus enemigos?
—Ya lo he hecho.
—Te has cobijado en tu propio oasis. Sé que necesitabas hacerlo por un tiempo, y que al huir demostraste tener tanto una enorme valentía como una gran resistencia, pero llega un momento en la vida en que hay que plantar los pies en el suelo y hacer que se escuche tu voz.
Clarke era consciente de que se había dicho mil veces cosas parecidas, y que se había odiado por no ser capaz de llevar las palabras a la práctica. Miró hacia la cuna y contempló a su hija, que gorjeaba alegremente mientras intentaba atrapar los pajaritos de colores que giraban por encima de su cabeza.
—¿Y qué quieres que haga?, ¿que vaya a juicio, que se lo cuente a la prensa, que saque a la luz lo que pasó para que todo el mundo se entere?
—Sí, si es necesario —la voz de Becca adquirió un matiz orgulloso, que llegó hasta el último rincón de la habitación—. Los Woods no le tienen miedo al escándalo.
—No soy …
—Claro que lo eres —la interrumpió su suegra—. Eres una Woods, igual que esa niña. Estoy pensando en el bienestar de Costia a la larga, pero también en el tuyo. ¿Qué importa lo que la gente piense o sepa?, tú no tienes nada de lo que avergonzarte.
—Dejé que sucediera —dijo Clarke, con una furia extrañamente sorda, amortiguada—. Siempre me avergonzaré de eso.
—Mi querida niña…
Incapaz de contenerse, Becca se levantó y la rodeó con los brazos. Después de la sorpresa inicial, Clarke se dejó llevar; no sabía si el gesto la afectó tanto porque provenía de una mujer, pero rompió todas sus defensas como nada había logrado hacerlo hasta entonces.
Becca la dejó llorar, incluso se echó a llorar ella también, y el hecho de que lo hiciera, de que pudiera hacerlo, reconfortó más a Clarke que cualquier palabra de consuelo. Mejilla contra mejilla, de mujer a mujer, se abrazaron con fuerza mientras la tormenta pasaba, y el lazo que Clarke nunca había esperado llegar a experimentar se forjó en lágrimas. Finalmente, rodeándola aún con un brazo, Becca la condujo hacia el sofá cama.
—Supongo que era algo que necesitaba salir a la superficie—murmuró la mujer. Se sacó un pañuelo con bordes de encaje de un bolsillo, y se secó los ojos sin reserva ninguna.
—No sé, supongo que sí —dijo Clarke, mientras acababa de secarse las lágrimas con la muñeca—. En teoría, ya no debería sentir la necesidad de echarme a llorar, sólo me pasa cuando echo la vista atrás y recuerdo lo que pasó.
—Escúchame bien —dijo Becca, sin rastro alguno de suavidad en la voz—. Eras joven y estabas sola, y no tienes nada, ¿me oyes?, nada de qué avergonzarte. Algún día tú misma te darás cuenta de que es así, pero de momento quizás sea suficiente que sepas que ya no estás sola.
—A veces me siento tan furiosa al pensar que me utilizaron como si fuera un objeto conveniente, un saco de boxeo o un símbolo de estatus… —Clarke pensó que era asombroso que la furia pudiera acarrear una calma absoluta, y borrar el dolor que sentía—. Y cuando siento esa furia tan enorme, sé que no importa lo que me cueste, nunca volveré a caer en aquello.
—Entonces, sigue furiosa.
—Pero… la furia la siento por mí, es algo personal —volvió la mirada hacia la cuna, que estaba al otro lado de la habitación, y admitió—: Cuando pienso en Costia, y sé que van a intentar quitármela… entonces siento miedo.
—Pero ahora ya no van a tener que enfrentarse sólo a ti, ¿verdad?
Clarke la miró, y al ver su expresión decidida y el brillo de sus ojos, supo de dónde había sacado Lexa su actitud guerrera.
Sintió crecer dentro de ella un nuevo tipo de amor, y le resultó lo más normal del mundo tomarle la mano a su suegra.
—No, ya no.
En ese momento, oyeron que la puerta principal se abría en el piso de abajo, y Clarke se pasó las manos por la cara para asegurarse de que no quedaba ni rastro de lágrimas.
—Esa debe de ser Lexa. No quiero que me vea así.
—Bajaré y le mantendré ocupada —siguiendo un impulso,
Becca le echó una ojeada a su reloj y le preguntó—: ¿Tienes planes para esta tarde?
—No, sólo…
—Perfecto. Baja en cuanto estés lista.
Diez minutos después, Clarke se encontró a Lexa atrapada en el salón, con la mirada fija en un vaso de agua con gas y cara de pocos amigos.
—Entonces, está decidido —Becca se arregló el pelo con una mano, satisfecha de sí misma—. Clarke, ¿estás lista?
—¿Para qué?
—Ya le he explicado a Lexa que nos vamos de compras, está entusiasmada con la fiesta que he planeado para la semana que viene en vuestro honor —la fiesta que se le había ocurrido al bajar las escaleras.
—Estoy resignada —la corrigió la artista, aunque la miró con una sonrisa; sin embargo, su expresión se volvió seria cuando vio el rostro de la rubia—. ¿Qué pasa?
—Nada —contestó ella, consciente de que había sido absurdo creer que un poco de agua y maquillaje podrían esconderle algo a aquella mujer—. Tu madre y yo nos hemos puesto un poco sensibleras con Costia.
—Lo que necesita tu mujer es pasar una tarde fuera — Becca se levantó, y le dio un beso a su hija—. Tendría que regañarte por mantenerla encerrada aquí, pero te quiero demasiado.
—Yo no…
—No la has animado ni una sola vez a que salga de la casa —acabó su madre por ella—. Así que yo voy a encargarme de hacerlo. Ve por tu bolso, querida, tenemos que encontrarte algo despampanante para la fiesta. Lexa, supongo que Clarke necesita tus tarjetas de crédito.
—Mis… ah, claro —sintiéndose como un árbol zarandeado por un vendaval, la castaña sacó su billetera.
—Estas nos bastarán —Becca tomó dos de ellas, y se las dio a Clarke—. ¿Estás lista?
—Bueno, eh… sí —dijo impulsivamente—. Costia acaba de comer, y le he cambiado el pañal. No deberías tener ningún problema.
—No te preocupes, me las arreglaré —le dijo la artista.
Sin embargo, lo cierto era que se sentía bastante agraviada.
En primer lugar, habría sacado de compras a Clarke ella misma si se lo hubiera pedido, y en segundo lugar, aunque no quería admitirlo, no estaba completamente segura de poder arreglárselas sola con la niña.
Rebecca adivinó de inmediato lo que estaba pensando su hija, y le dio otro beso.
—Si te portas bien, te traeremos un regalo.
Lexa no pudo contener una sonrisa.
—Venga, vayanse —les dijo.
Sin embargo, antes de que pudieran obedecer agarró a Clarke y la besó con naturalidad, y se sorprendió cuando ella le devolvió el abrazo ardientemente.
—Que no te convenza de que te compres algo con lazos, no te quedarían bien —murmuró—. Deberías comprarte algo que vaya a juego con tus ojos.
—Si no dejas que se vaya, no vamos a poder comprar nada —le dijo su madre con sequedad, aunque estaba encantada y emocionada al ver que su hija estaba completamente enamorada de su mujer.
Nadie tuvo la culpa de que Costia eligiera precisamente aquella tarde para exigir todo el tiempo y la atención que se le podían dar a una niña. Lexa la paseó, la meció, le cambió los pañales, jugó con ella, la arrulló… sólo le faltó hacer el pino. Por su parte, Costia gorjeó, la miró con sus ojos enormes… y se desgañitó llorando cada vez que se veía de nuevo en la cuna. Hizo de todo, menos dormir.
Al final, Lexa abandonó la idea de trabajar y se llevó a la niña de un lado a otro. Se comió un muslo de pollo y empezó a leer el periódico con ella acurrucada en el brazo, y como no había nadie que pudiera reírse de ella a escondidas, discutió con la bebe sobre asuntos de política internacional y sobre los resultados de la liga de fútbol mientras la niña se dedicaba a sacudir un sonajero y a hacer pompitas con la boca.
Cuando Lexa consiguió encontrar uno de los sombreritos de punto que Clarke había comprado para proteger a la niña de la brisa primaveral, salieron a dar un paseo por el jardín, y se sintió entusiasmada al ver que las mejillas de la niña se sonrosaban y que observaba todo lo que había a su alrededor, alerta y muy interesada.
Costia tenía los ojos de Clarke… la misma forma, el mismo color, pero carecían de las sombras que hacían que los de ella fueran tristes y a la vez fascinantes. Los ojos de la niña eran claros, y no contenían ningún tipo de pena.
Cuando Lexa la colocó en un pequeño columpio para bebés, Costia protestó un poco pero al final decidió aceptar su destino. Después de taparla bien, Lexa se sentó de piernas cruzadas frente a la bebe y empezó a estirarse.
Los narcisos estaban en pleno apogeo, y entremedio de sus flores amarillas y blancas asomaban los lirios, morados y exóticos. Las lilas, aunque aún no habían acabado de florecer, aportaban su aroma.
Por primera vez desde la tragedia que había sufrido, Lexa se sintió en paz. En las montañas, a lo largo de invierno, había empezado a recuperarse, pero allí en su casa, rodeada de la primavera, podía ver y aceptar finalmente que la vida seguía su curso. La niña seguía meciéndose, con las mejillas sonrosadas y los ojos luminosos, levantando y bajando las manos al ritmo del balanceo. Su carita ya había empezado a engordar, a definirse con su propia forma y con sus rasgos personales, y la aterradora fragilidad que había tenido al nacer se había desvanecido. La castaña supuso que eso era señal de que la pequeña ya había empezado a crecer.
—Te quiero, Costia.
Aquellas palabras se las dijo tanto a la que se había ido, como a la que se balanceaba felizmente delante de ella.
Clarke no había esperado estar tanto tiempo fuera, pero las horas caóticas que había pasado de tienda en tienda habían hecho que recordara aquel breve periodo en que había estado sola y ansiosa por saborear la vida.
Había sentido cierto remordimiento al utilizar las tarjetas de crédito de Lexa con tanta libertad, pero después había sido casi demasiado fácil justificar las compras con el apoyo de Becca.
Al fin y al cabo, había pasado a ser Clarke Woods.
Siempre había tenido buen ojo para los colores y las líneas, y ese rasgo se había agudizado en su época como modelo, así que el vestido que había elegido para la fiesta no era demasiado extravagante ni ostentoso. Además, había sentido una gran satisfacción al ver que Becca iba asintiendo con aprobación con cada una de las prendas que seleccionaba.
Al entrar en la casa cargada de bolsas y de cajas, se dijo que era un paso en la dirección adecuada, uno que seguramente sólo podría entender otra mujer. Estaba volviendo a tomar las riendas de su vida, aunque sólo fuera admitiendo que necesitaba ropa que se ajustara a su gusto y a su estilo.
Tarareando una canción, empezó a subir las escaleras.
Se las encontró juntas en el piso de arriba. Lexa estaba tumbada en la cama, y Costia descansaba acurrucada en la curva de su brazo. Su esposa estaba dormida, pero su hija se había desembarazado de su sábana y estaba de espaldas, agitando un sonajero.
Dejó las bolsas en el suelo con cuidado, y se acercó a ellas.
Era una escena puramente maternal… la mujer tumbada en la cama, con los zapatos puestos y una novela de espionaje boca abajo sobre la colcha, y con un vaso de algo que en su momento debía de haber estado frío, y que estaba dejando una marca circular en la mesita de noche.
Como si entendiera que pertenecía a aquel mundo fraternal, la niña permanecía en silencio, absorta en sus propios pensamientos.
Clarke deseó tener tan sólo una pizca del talento de Lexa, para poder pintarlas juntas tal y como estaban y que la dulzura de la escena no se perdiera nunca. Se sentó en el borde de la cama, y permaneció mirándolas durante un rato.
Le pareció increíblemente íntimo observar a una mujer mientras dormía. Sintió el impulso de acariciar el pelo castaño que le caía sobre la frente, recorrer las líneas de su rostro, pero tenía miedo de despertarla. Entonces aquella vulnerabilidad desaparecería, y aquella oportunidad de ver su lado más privado e íntimo se esfumaría.
Era una mujer muy guapa, aunque a ella no le gustaba que se lo dijeran, y era capaz de mostrar una gran compasión, aunque a menudo la ocultaba tras una barrera de genio y de sarcasmo.
Cuando la miraba como en ese momento, libremente, sin que ella se diera cuenta, podía ver todas las razones que habían hecho que se enamorara de esa castaña.
Cuando Costia empezó a ponerse nerviosa, se inclinó para intentar levantarla sin despertar a Lexa, pero en cuanto ella sintió el primer movimiento abrió los ojos, que estaban adormilados y muy cerca de los de ella.
—Lo siento, no quería despertarte.
La castaña no contestó, y continuando con un sueño que Clarke no podía ver pero del que era parte fundamental, le puso una mano en la nunca y la acercó hasta que sus labios se encontraron. La besó con una ternura que ella no había sentido en mucho tiempo, y que parecía contener un ofrecimiento, una promesa.
Clarke deseaba aquel compromiso, y si Lexa se lo ofrecía, estaba decidida a confiar en ella.
Costia se dio cuenta de la presencia de su madre, y decidió que era hora de comer.
Un poco desconcertada, y deseando que la caricia se hubiera podido prolongar un poco más, Clarke se apartó de Lexa.
Costia empezó a buscar su pecho, así que se desabrochó un par de botones de la camisa y empezó a amamantarla.
—¿Te ha cansado mucho?
—Nos estábamos tomando un pequeño descanso —dijo Lexa. Siempre la fascinaba verla amamantando a la niña, y ya la había plasmado así en un boceto, aunque era algo que no pensaba compartir con nadie—. No me había dado cuenta de la energía que se necesita para manejar a alguien tan pequeño.
—Pues empeora con los años. En una de las tiendas, vi a una mujer con un niño pequeño que ya andaba, y la pobre no paraba de correr de un sitio a otro. Tu madre me ha contado que se desplomaba cada tarde, cuando por fin te quedabas rendida y dormías la siesta.
—Eso no es verdad, yo era una niña muy buena —protestó ella, mientras colocaba un par de almohadas a su espalda y se ponía cómoda.
—Entonces, debió de ser otra niña la que pintó con un lápiz de colores en las paredes forradas de seda.
—Eso fue un caso de expresión artística, fui una niña prodigio.
—No lo dudo.
Lexa se limitó a enarcar una ceja, pero entonces vio las bolsas que había en el suelo de la habitación.
—Iba a preguntarte si te lo habías pasado bien con mi madre, pero creo que no hace falta.
Clarke estuvo a punto de disculparse, pero se detuvo a tiempo y se recordó que tenía que dejar de pedir perdón por todo.
—Ha sido fantástico comprarme zapatos y poder verlos estando de pie, y un vestido con cintura.
—Supongo que perder la figura durante el embarazo debe de ser difícil para una modelo.
—La verdad es que yo disfruté de cada minuto del embarazo, la primera vez que no conseguí abrocharme unos pantalones me puse eufórica —Clarke se detuvo en seco, al darse cuenta de que eso era algo que Lexa no había podido vivir. Las primeras alegrías y los miedos iniciales, los primeros movimientos de la bebé… bajó la mirada hacia Costia, y deseó con todas sus fuerzas que fuera la hija de Lexa en todos los sentidos—. De todas formas, me alegro de haber dejado de parecerme a un portaaviones.
—Yo diría que te parecías más a un dirigible.
—Dices unos piropos encantadores.
Lexa esperó hasta que ella se cambió de pecho a Costia, y sintió el súbito deseo de recorrer con un dedo la zona donde la niña había estado mamando. No era un impulso sexual, ni siquiera romántico, sino una especie de asombro maravillado; sin embargo, colocó las manos detrás de la cabeza y comentó:
—He calentado algunas sobras que había en la nevera, pero no sé si el resultado será comestible.
Clarke volvió a estar a punto de disculparse, pero llena de determinación, se obligó a sonreír sin más.
—Estoy tan hambrienta, que me comeré lo que sea.
—Bien —Lexa se inclinó hacia delante, aunque sólo recorrió con un dedo la cabecita de Costia—. Baja cuando se duerma; después de la tarde que me ha dado, sospecho que se quedará rendida en cuanto acabe de comer.
—No tardaré —la rubia esperó a que ella saliera de la habitación, y entonces cerró los ojos, esperando tener el valor de llevar a cabo lo que había planeado para el resto de la velada.
Hacía mucho tiempo que no había sido sólo una mujer. De pie frente al espejo del cuarto de baño, que estaba empañado con el vaho de la ducha, Clarke pensó que en ese momento parecía muy femenina. El camisón que llevaba era de un tono azul muy claro, casi blanco, y lo había elegido porque le había recordado a la nieve de las montañas en Colorado. Tenía unos pequeños tirantes y un corpiño de encaje, y al pasar la mano por encima experimentalmente, comprobó de nuevo la suavidad y la finura del tejido.
¿Debería recogerse el pelo, o dejarlo suelto?, ¿acaso importaba realmente?
¿Cómo sería convertirse en la mujer de Lexa… totalmente?
Se llevó una mano al estómago y esperó a que se disipara un poco su nerviosismo, y cuando los recuerdos amenazaron con salir a la superficie, luchó por hacer que retrocedieran. Esa noche iba a seguir el consejo de Becca, y no iba a pensar en el pasado, sino en el futuro.
Amaba a Lexa con todo su corazón, pero no sabía cómo decírselo. Expresarse con palabras resultaba difícil e irrevocable, pero su mayor miedo era que la castaña aceptara su declaración de amor con la misma incomodidad e indiferencia que su gratitud; sin embargo, esa noche esperaba poder empezar a demostrarle lo que sentía por ella.
Lexa se estaba quitando la camisa cuando ella apareció en la puerta del cuarto de baño. Por unos segundos, la luz que la iluminaba desde detrás cayó de lleno en su pelo y en la fina tela de su camisón, y ella se quedó inmóvil mientras su estómago se tensaba y un deseo ardiente la recorría.
Entonces ella apagó la luz del cuarto de baño, y la artista acabó de quitarse la camisa.
—He ido a ver a Costia —dijo, sorprendida al comprobar que era capaz de hablar con normalidad—. Está durmiendo, así que he pensado que podría ir a trabajar una o dos horas.
—Eh… claro —Clarke se dio cuenta de que iba a empezar a estrujarse las manos, y se detuvo a tiempo. Era una mujer adulta, y debería saber cómo seducir a su esposa—. Ya sé que no has podido trabajar en toda la tarde al tener que cuidarla.
—Me gusta ocuparme de ella —Lexa pensó que ella parecía increíblemente delgada y frágil; con su piel blanca como la leche y el camisón azul claro volvía a ser un ángel, con una melena de rizos rubios en vez de halo.
—Eres una madre fantástica, Lexa —Clarke avanzó un paso hacia ella, mientras empezaba a temblar.
—Costia hace que sea fácil.
Ella se preguntó si era normal que le resultara tan difícil el simple acto de cruzar una habitación.
—¿Y qué me dices de mí?, ¿es que hago que te resulte difícil ser una esposa?
—No —Lexa levantó el dorso de la mano para acariciarle la mejilla mientras contemplaba sus ojos, que eran capas y más capas de un tono más oscuro que el camisón que llevaba.
Apartó la mano de repente, sorprendida por su propio nerviosismo—. Debes de estar muy cansada.
Clarke contuvo un suspiro al volverse, y dijo:
—Está claro que esto no se me da nada bien. Como intentar seducirte no funciona, vamos a intentar una técnica más práctica y directa.
—¿De verdad estabas intentando seducirme? —Lexa quería sentir diversión, pero tenía los músculos completamente tensos.
—Pues sí —Clarke abrió un cajón, y sacó una hoja de papel
—. Este es el informe de mi médico, en el que pone que soy una mujer normal y sana. ¿Quieres leerlo?
Lexa no pudo evitar sonreír.
—Has pensado en todo, ¿verdad?
—Dijiste que me deseabas —dijo, arrugando sin darse cuenta el papel—. Creía que habías sido sincera.
La castaña la agarró por los brazos antes de que ella tuviera tiempo de retroceder. Tenía los ojos secos, pero Lexa vio de inmediato su orgullo herido, y la carga que soportaba se volvió aún más pesada. Sabía que lo que tenían era aún muy frágil, y tenía miedo de cometer un error y perderla para siempre.
—Clarke, claro que fui sincera, te he deseado desde el primer día. No ha sido nada fácil estar a tu lado y no poder tocarte.
Ella posó una mano sobre su torso, y sintió que sus músculos se tensaban.
—Ahora no hay nada que te impida poder hacerlo.
Lexa deslizó las manos hasta sus hombros, y sus dedos rozaron los tirantes del camisón. Si aquello era un error, no tenía más opción que cometerlo.
—No hay ningún impedimento desde el punto de vista físico, pero cuando te lleve a la cama, sólo habrá sitio para nosotras dos. No habrá lugar para fantasmas, ni recuerdos — cuando ella bajó la barbilla, la apretó más contra sí, retándola a que volviera a alzarla—. No pensarás en nadie más que en mí.
Ninguna de las dos supo si aquello era una amenaza o una promesa, y cuando Lexa bajó la cabeza y la besó, las manos de Clarke quedaron atrapadas entre sus cuerpos.
Era sólo la caricia de unos labios sobre los suyos, pero aun así la sangre de ella pareció correr como un torrente por sus venas. La excitación que la castaña podía despertar tan fácilmente en ella la recorrió mucho antes de que las manos de la artista empezaran a acariciarla, antes de que sus propios labios se abrieran.
Aunque sus manos estaban aprisionadas, Clarke no se sentía vulnerable, y aunque la boca de Lexa se movía exigente sobre la suya, no tenía miedo. El beso se fue profundizando, y cuando el grado de intimidad fue creciendo, Clarke no recordó a ninguna otra persona.
Ella sabía como la primera vez, suculenta y fresca. Lexa devoró su boca con la lengua, ansiosa por saborearla. Con ella apretada contra su cuerpo y las luces tenues iluminándolas, la castaña supo que ya no había marcha atrás posible. Podía oír la respiración temblorosa de ella, y el rítmico tictac del reloj de péndulo que había en el pasillo. Estaban solas, en medio de la quietud y la oscuridad… y esa noche iban a sellar su matrimonio.
La excitación de Lexa se incrementó aún más al notar el latido acelerado del corazón de la rubia contra su propio pecho. Al deslizar las manos por su cuerpo sintió la suavidad de su piel, el tacto resbaladizo del camisón, cada temblor que la recorría y cada suspiro que ella dejaba escapar a causa de sus caricias.
Le mordisqueó el labio mientras sus manos se deslizaban hacia abajo con avidez, y la pasión estalló entre ellas de forma súbita y fulminante. Cuando Lexa sintió que el cuerpo de su esposa se arqueaba hacia ella en una ofrenda del regalo más valioso que podía existir, su confianza, las emociones que la inundaron templaron su deseo y una ternura dolorosamente dulce, más valiosa que los diamantes, ocupó su lugar.
Al sentir que sus manos quedaban libres, Clarke rodeó a Lexa con los brazos, y el papel arrugado que aún sujetaba en su mano cayó al suelo. Sus movimientos seguían siendo un poco tentativos, y sintió que sus huesos se iban licuando poco a poco, hasta que se preguntó cómo era posible que aún siguiera de pie. Su mente, que hasta ese momento había sido un torbellino de deseo desatado, se nubló con un placer dulce y verdadero que nunca había podido llegar a imaginar.
Sintió el poder de sus músculos al acariciarle la espalda, y se asombró de que alguien con tanta fuerza pudiera ser tan tierna. La boca de Lexa rozó sus labios ligeramente, de forma provocativa, como invitándola a que ella estableciera el ritmo… o quizás estuviera retándola.
Clarke se apretó contra la castaña y la besó ávidamente, con impaciencia. Lexa la levantó en sus brazos, y bajo la luz tenue ella sólo pudo ver sus ojos verdes oscurecidos de deseo.
Ninguna de las dos apartó la mirada mientras la artista la depositaba sobre la cama.
Clarke esperaba que todo fuera rápido, un frenesí de avidez hacia la gratificación personal, y supo que al terminar su opinión de ella no habría cambiado, que su amor seguiría igual de fuerte.
Sintió su cuerpo tenso contra el suyo, y la rodeó con los brazos, preparada para darle lo que le pidiera.
Pero Lexa no quería rapidez, y no estaba ávida sólo de recibir, sino también de dar.
Cuando empezó a cubrirle el cuello de besos pausados y de mordisquitos, Clarke también se tensó, y sólo pudo susurrar su nombre cuando la castaña continuó su lento recorrido por sus hombros y la curva de sus senos, y cuando después volvió a ascender en círculos provocativos. Ella se volvió instintivamente en busca de su boca, su mandíbula, su sien, mientras su cuerpo parecía calentarse y enfriarse de placer.
Lexa sabía que tenía que ser cuidadosa por ella. Se había sentido aterrorizada con el primer contacto de su piel, porque a pesar de que la rubia había estado con un hombre y había dado a luz a una bebé, tenía una inocencia que ella había visto hora tras hora al pintarla. Y si iba a arrebatarle esa inocencia, estaba decidida a darle placer a cambio.
Ella era increíblemente receptiva y sensible, y su cuerpo parecía fluir bajo sus manos. Su piel se volvía aún más cálida en cada punto que la castaña cubría con sus labios, pero aunque ella le entregaba todo lo que le pedía, aún conservaba cierto aire de timidez, de duda, y la artista quería llevarla más allá de ese límite.
Lentamente, con movimientos que eran apenas un susurro contra su piel, Lexa le fue quitando el camisón mientras seguía el paso del encaje con sus labios. Cuando la oyó gemir, sintió que estallaba en llamas. Jamás había imaginado que un solo sonido, podía llegar a ser tan incitante y seductor.
Con la boca abierta, le cubrió de besos la piel hasta que ella empezó a temblar. A la luz de la lámpara, pudo ver que era absolutamente exquisita, con piel marmórea y cabello como la plata, y que sus ojos estaban llenos de deseos y de inseguridades.
En su día había utilizado su habilidad y su intuición para plasmar las emociones de ella en el lienzo, y en ese momento las utilizó para liberarla.
Clarke no sabía que podía existir tal grado de sensibilidad entre mujeres. Incluso a través de las nubes de placer y de la creciente oleada de deseo, podía intuir la paciencia de Lexa. Nunca había experimentado aquel deseo de tocar a una mujer, y fue descubriendo su delicado cuerpo femenino con los dedos y las palmas de la mano, con los labios y la lengua. Sintió un anhelo avasallador de aferrarse a la castaña, de envolverla con brazos y piernas y no soltarla jamás.
De repente, sin aviso alguno, Clarke se arqueó y jadeó con asombro al sentir un placer indescriptible. Su cuerpo y su mente se vaciaron de todo aquello que no fueran las sensaciones que la recorrían, y por un instante se sintió aterrorizada de perder totalmente el control. Gritó su nombre al estallar en un clímax tan fuerte, tan intenso, que cuando se fue desvaneciendo se quedó sin fuerzas y aturdida.
—Por favor, no puedo… nunca he…
—Ya lo sé —Lexa sintió un asombro reverente, y cubrió sus labios con los suyos. Había querido entregarle todo cuanto le fuera humanamente posible, había necesitado hacerlo, pero no había sabido que al dar recibiría tanto—. Relájate, no tenemos ninguna prisa.
—Pero tú no has…
Lexa soltó una carcajada ronca contra su cuello.
—Pienso hacerlo, pero hay tiempo de sobra. Quiero tocarte —murmuró, antes de empezar de nuevo el lento y seductor recorrido.
Era imposible. Clarke no creía posible que su cuerpo reaccionara con tanta pasión ante unas caricias tan tiernas y delicadas, pero en cuestión de segundos estaba temblando de nuevo, deseándola y ardiendo por ella. La lengua de la castaña recorrió su estómago y trazó la curva de su muslo, hasta que ella empezó a retorcerse, víctima de su propio deseo y del ansia de regresar al paraíso que la artista le había mostrado.
De repente, antes de que se diera cuenta volvió a estallar en llamas, pero esa vez, cuando jadeó y se estremeció, Lexa se deslizó en su interior.
El gemido de la castaña se entrelazó con el suyo, y sus cuerpos húmedos empezaron a moverse al unísono, piel contra piel.
Clarke nunca se había sentido tan fuerte, tan completamente libre, como en ese momento de unión total con Lexa.
Ella era todo lo que la castaña había deseado en su vida, todo lo que había soñado, y al estremecerse y sacudirse con un placer indescriptible, se preguntó si aquello era real o si estaba soñando. Tenía la cara apretada contra su cuello y podía oler su provocativa fragancia, mezclada con el especiado y terrenal aroma de la pasión que compartían, y supo que se iría a la tumba recordando aquella mezcla que le embargó los sentidos.
La respiración de ella era rápida y frenética contra su oído, su cuerpo se movía con igual desesperación bajo el suyo, y sus uñas se le hundían en la espalda con abandono.
Lexa sabía que nunca olvidaría nada de aquel momento mágico.
Entonces se olvidó de todo, y se dejó arrastrar hasta un paraíso que nunca antes había conocido.
