Capitulo 10

Había habido una época de su vida, aunque muy breve, en la que Clarke se había vestido con ropa elegante y había asistido a fiestas exclusivas. Había conocido a gente cuyos nombres aparecían en los titulares de todo tipo de publicaciones, había bailado con personajes famosos y cenado con los príncipes de la moda. Después de tanto tiempo, casi parecía un sueño, pero había sido algo muy real.

Lo cierto era que había disfrutado de su época de modelo; aunque era un trabajo duro, había sido lo suficientemente joven e ingenua para dejarse deslumbrar por aquel mundo glamuroso, incluso después de pasarse diez horas seguidas de pie.

Geoffrey le había enseñado a andar, a permanecer erguida e incluso a aparentar interés aun estando exhausta. Con él había aprendido a maquillarse para realzar sus rasgos sutilmente o de forma llamativa, y a elegir un determinado peinado para reflejar un estado de ánimo en concreto.

Sus enseñanzas la habían ayudado a mantener una imagen de cara al exterior en los actos públicos a los que había tenido que asistir con los Collins. Había sido capaz de parecer sofisticada y tranquila, y había aprendido que, a veces, las apariencias podían ser un gran consuelo.

No tenía miedo de ponerse en evidencia o de cometer algún error que avergonzara a Lexa en la fiesta que sus padres iban a celebrar en su mansión de Nob Hill, pero tampoco estaba segura de querer volver de nuevo a ese tipo de vida.

Se preguntó cómo habrían sido las cosas si Lexa fuera una mujer normal, perteneciente a una familia como cualquier otra.

A lo mejor se habrían comprado una casita con un modesto jardín y se las habría tragado el anonimato, y Clarke no podía evitar desear en parte que hubiera sido así. En cierto modo, anhelaba aquella simplicidad. Sin embargo, mientras se abrochaba los pendientes de diseño radial con gemas azules que había comprado la semana anterior, se dio cuenta de que si Lexa procediera de otra familia y tuviera una vida diferente, no sería la mujer que ella amaba… la mujer que ella empezaba a creer que a lo mejor podría llegar a quererla también.

Clarke no cambiaría nada en la castaña, ni de su apariencia ni de su forma de ser. A veces deseaba que ella se abriera un poco más, que compartiera con ella sus sentimientos y sus ideas, pero no había perdido la esperanza, y creía que algún día llegaría a hacerlo.

Quería formar parte de su vida completamente, como amante, esposa y compañera, pero de momento sólo había llegado a ser las primeras dos cosas.

En ese momento se abrió la puerta, y Clarke se volvió hacia ella.

—Si estás lista, podemos…

Lexa se paró en seco y se la quedó mirando con la boca abierta. Aquella era la mujer de la que Clarke le había hablado, la que aparecía en las portadas de las revistas y se ponía delante de una cámara luciendo sedas y abrigos de piel. Estaba frente al espejo, y su cuerpo esbelto y perfecto estaba cubierto por un vestido color azul medianoche de corte sencillo, que le dejaba los hombros y el cuello al descubierto y enmarcaba sus senos de forma cautivadora, antes de caerle en líneas totalmente rectas hasta los pies. Se había recogido el pelo hacia atrás, y sólo un par de mechones del color del trigo le rozaban las sienes.

Era hermosa, gloriosamente hermosa, pero a pesar de la fascinación que experimentó, Lexa se sintió como si estuviera frente a una desconocida.

—Estás preciosa —comentó, aunque mantuvo la mano en el pomo de la puerta, y el ancho de la habitación entre ellas—.Tendré que pintarte así —se dijo que tendría que titular el cuadro La belleza de hielo… porque parecía fría, distante e inaccesible.

—Decidí seguir tu consejo en lo del color y los lazos —dijo ella. Agarró su bolso, y lo abrió y lo cerró nerviosamente mientras se preguntaba por qué la estaba mirando como si fuera la primera vez que la veía.

—Sí, ya lo veo —Lexa pensó que un collar de zafiros habría sido un complemento perfecto para el vestido—. Aún hace un poco de frío, ¿tienes un chal o algo para taparte?

—Sí —molesta por su tono de voz, Clarke fue hasta la cama y agarró bruscamente una ancha bufanda de seda estampada en un arco iris de colores.

Lexa se dio cuenta de que la parte trasera del vestido tenía una raja hasta el muslo, y dijo con sequedad:

—Supongo que vas a causar sensación con ese modelito.

Clarke se sintió mortificada, pero se esforzó por mantener una apariencia calmada.

—Si no te gusta el vestido, ¿por qué no lo dices claramente? —se puso la bufanda alrededor de los hombros en un movimiento rápido, y añadió—: Es muy tarde para cambiarme, pero tranquila, no volveré a ponérmelo.

—Clarke, espera —se apresuró a decir la castaña.

La agarró de la mano derecha antes de que pudiera salir de la habitación, y en ese momento sus dedos tocaron la simple alianza que ella llevaba en el índice. Lexa entrelazó los dedos con los suyos al darse cuenta de que seguía siendo su Clarke; sólo tenía que mirarla a los ojos para verlo con claridad.

—Tengo que ir a preparar a Costia —murmuró ella, mientras intentaba apartarse de la artista.

—¿Esperas que me disculpe por ser humana y sentir celos?

El rostro de Clarke pareció quedarse helado, y sus ojos se vaciaron de toda emoción.

—No me he puesto este vestido para atraer a otros hombres o mujeres, sino porque me gustó y pensé que me quedaba bien.

Lexa le acarició la mejilla, y soltó un juramento cuando ella dio un respingo.

—Mírame. No, maldita sea, a él no, sino a mí —cuando ella levantó la mirada hacia la castaña, Lexa le dijo—: Recuerda quién soy, y que no voy a tolerar que compares cada una de mis palabras, cada uno de mis gestos y mis estados de ánimo con los de ese hombre.

—No lo estoy haciendo.

—Puede que no sea a propósito, pero sí que lo haces.

—Esperas que le dé un giro a mi vida de la noche a la mañana, y no puedo hacerlo.

—Supongo que tienes razón —dijo la castaña, mientras volvía a recorrer con el dedo la alianza—. Pero puedes recordar que formo parte de tu nueva vida, no de la vieja.

—Tú no te pareces a él en nada —admitió ella. Su mano empezó a relajarse bajo los dedos de Lexa—. De eso no tengo ninguna duda, pero supongo que a veces es más fácil esperar lo peor que desear conseguir lo mejor.

—No puedo prometerte lo mejor.

Clarke sabía que la artista nunca le haría promesas que no pudiera cumplir, y era un rasgo que le encantaba.

—Pero puedes abrazarme, eso es lo más parecido.

Cuando la rodeó con los brazos, su rostro quedó apretado contra el hombro de su chaqueta negra de etiqueta, y al inhalar su aroma Clarke sintió que los últimos retazos de tensión se desvanecían.

—Supongo que yo también me he puesto celosa.

— ¿Qué?

Clarke sonrió, y se echó atrás lo justo para poder mirarla a la cara.—Esta noche estás guapísima.

—¿De verdad? —dijo ella, a la vez incómoda y divertida.

—Nunca te había visto en traje de etiqueta —recorrió con un dedo la solapa oscura, que descansaba sobre una camisa blanca todo con un corte femenino que le quedaba como un guante—. Es como ver a la mujer maravilla en esmoquin.

Ella se echó a reír, y tomó el rostro de la rubia entre sus manos.

—Qué imaginación tienes, ángel. No soy ninguna heroína.

—Estás muy equivocada —dijo ella, con ojos solemnes y muy serios—. Eres mi heroina —cuando vio que la artista empezaba a encogerse de hombros, siguió abrazándola con fuerza y añadió—: Por favor, déjame decirlo sin restarle importancia a mis palabras, aunque sólo sea esta vez.

La castaña le dio un toquecito en la nariz con un dedo, y contestó:

—No esperes que vaya por mucho tiempo con armadura. Vamos por la niña, mi madre nos castigará si llegamos tarde.

Ella no era ninguna heroína , y le incomodaba que la consideraran como tal. Se sentía mucho más cómoda conversando sobre su trabajo, o hablando de cómo les iba a ir a los Giants en la liga de baloncesto. Prefería las discusiones a las buenas obras.

Cuando alguien pensaba que uno era heroico, era imposible estar a la altura de sus expectativas, y a que se esperaba que tuviera la respuesta para todo, la llave de la cerradura, la luz en medio de la oscuridad.

Costia la había considerado una heroina, y naturalmente, ella había acabado fallándole.

Mientras bebía un sorbo del champán que parecía fluir incesantemente entre los invitados, Lexa recordó que a su hermana pequeña le encantaban las fiestas como aquella, la risa, la gente y los rumores. Costia había sido una cotilla impenitente.

Todo el mundo le adoraba a los pocos minutos de conocerla, y era una persona extrovertida, divertida y cariñosa tanto con los desconocidos como con sus amigos. Cos había sido la verdadera heroína, ya que siempre estaba haciendo favores sin pedir nada a cambio, y siempre estaba dispuesta a ayudar o a mostrar su entusiasmo por un proyecto. Sin embargo, tenía una vena de genio y firmeza que le había proporcionado un cierto equilibrio, y que había impedido que fuera demasiado… demasiado buena, por decirlo de alguna manera.

Dios, aún la echaba mucho de menos, a veces con una intensidad insoportable.

En aquella fiesta había personas que habían conocido a su hermana, que habían conversado y brindado con ella. A lo mejor eso era lo que había hecho que su dolor se intensificara esa noche… estar en la casa de sus padres, donde Costia y ella habían crecido y habían compartido tantas cosas, y saber que nunca más iba a ver entrar a su hermana por la puerta de aquel salón.

Lexa sabía que, de alguna forma, había que seguir adelante, que unas etapas de la vida se cerraban para siempre y otras se abrían. De forma instintiva, volvió la mirada hacia el otro extremo del salón, donde Clarke estaba hablando con su padre.

Ella había bajado la ventanilla de su coche abollado y había acabado poniendo en sus brazos a un bebé recién nacido, y en algún momento entre esos dos instantes, se había enamorado de ella. No había sido una revelación acompañada de fanfarrias y fuegos artificiales, sino un susurro quedo y dulce. Si de verdad existían los ángeles, uno de ellos le había enviado a Clarke cuando más la necesitaba.

Lexa sabía que ella le estaba agradecida, y que era tan generosa que le ofrecía amor y afecto para corresponder lo que ella le había dado. Había días en que pensaba que aquello sería suficiente, que le bastaría en ese momento y en todos los días que compartirían en el futuro… pero otras veces, sabía que no era así.

Entonces quería agarrarla con fuerza, exigirle una y otra vez que la mirara, que se diera cuenta de quién era ella y de lo que sentía por la rubia. Quería que Clarke se olvidara de lo que había sucedido en el pasado, y que confiara en lo que existía entre ellas. Deseaba poder borrar todo lo que le había pasado anteriormente como habría hecho con un lienzo, eliminar todas las cosas que habían causado las sombras que le oscurecían los ojos, todo lo que hacía que ella dudara por un instante antes de sonreír.

Sin embargo, Lexa sabía mejor que nadie que, cuando una intentaba repintar una vida, siempre se perdía algo. Las buenas y las malas experiencias por las que Clarke había pasado la habían convertido en la mujer que era, en la mujer a la que amaba.

Egoístamente, quería que Clarke le amara tanto como ella la amaba, sin ninguna gratitud ni sombras de vulnerabilidad. Sabía que simplemente con desearlo no iba a conseguir que fuera así, pero tenía la esperanza de que el tiempo le echara una mano, y estaba dispuesta a darle el que ella necesitara.

Alguien se echó a reír al otro lado del salón, y un par de copas tintinearon en un brindis. En el aire se entremezclaban los aromas del vino, de las flores y de los perfumes femeninos, la luna llena brillaba más allá de las puertas abiertas de la terraza, y la sala parecía relucir bajo el resplandor de las lámparas.

De pronto, Lexa sintió la necesidad de alejarse un momento del gentío y del ruido, y se escabulló al piso de arriba para comprobar cómo estaba Costia.

—La niña cada vez se parece más a ti —comentó Gustus .

—¿En serio? —preguntó Clarke, radiante, y pensó que quizás iba a resultar ser un poco vanidosa después de todo.

—Sí, aunque con lo impresionante que estás esta noche, nadie diría que acabas de dar a luz.

Le dio una de aquellas afectuosas palmaditas en la mejilla que siempre hacían que Clarke sintiera una mezcla de timidez y felicidad, y añadió:

—Mi Lexa tiene muy buen gusto.

—Gustus , deberías avergonzarte de flirtear con una mujer guapa a espaldas de tu mujer.

—Hola, Ontari —Gustus se inclinó y le dio un beso en la mejilla a la recién llegada—. Ya veo que llegas tarde, como siempre.

—Rebecca ya me ha regañado —la mujer se volvió hacia la rubia, y la miró de la cabeza a los pies mientras tomaba un sorbo de champán—. Así que tú eres la misteriosa Clarke.

—Mi nueva hija —dijo Gustus , antes de rodear los hombros de su nuera con un brazo y darles un rápido apretón—. Clarke, te presento a Ontari Azgueda, su galería de arte expone los cuadros de Lexa.

—Sí, ya lo sé. Me alegro de conocerte.

Ontari no era una mujer hermosa, pero su pelo negro y sus ojos oscuros le daban una apariencia exageradamente impactante. Llevaba un vestido vaporoso y ajustado muy colorido, que conseguía un efecto tanto extravagante como sofisticado.

—Yo también, teniendo en cuenta que tenemos a Lexa en común —Ontari sonrió, pero sus ojos no mostraron ninguna calidez.

Clarke reconoció de inmediato el desdén cuidadosamente refinado en su expresión.

—Se podría decir que tú tienes su corazón, y yo su alma — añadió la mujer.

—Entonces, supongo que las dos deseamos lo mejor para ella.

—Oh, claro —Ontari levantó su copa en un breve brindis—.Gustus , Rebecca me ha pedido que te recuerde que los anfitriones tienen que atender a sus invitados.

—Es una tirana —comentó él, con una mueca—. Clarke, ve a comer algo al bufé, te estás quedando demasiado delgada —sin más dilación, se fue a cumplir con sus obligaciones.

—Sí, la verdad es que es increíble lo delgada que estás, teniendo en cuenta que has dado a luz… ¿cuánto hace?, ¿un mes?

—Casi dos meses —Clarke se cambió su vaso de agua a la otra mano, un poco nerviosa. Nunca se le había dado bien reaccionar ante ataques velados.

—El tiempo vuela —Ontari se humedeció el labio superior con la lengua—. Es un poco raro que en todo este tiempo no hayas venido a la galería ni una sola vez, ¿no?

—Sí, tienes razón. Tendré que ir un día de estos —Clarke intentó calmarse. No estaba dispuesta a permitir que la intimidaran, ni a caer en el error de leer entre líneas. Si Lexa había tenido algún tipo de relación sentimental con Ontari, pertenecía al pasado—. Sé que Lexa tiene en cuenta tu opinión, así que espero que puedas convencerla de que organice una exposición.

—Aún no he decidido si eso es una buena idea por el momento —dijo Ontari, antes de volverse a sonreír a alguien que la saludaba desde el otro lado del salón.

—¿Por qué no?, los cuadros son fantásticos.

—Ese no es el único factor que hay que tener en cuenta — dijo la mujer.

Se volvió hacia Clarke, y le lanzó una breve mirada centelleante. Jamás había sido la amante de Lexa, y ninguna de las dos había tenido nunca la más mínima inclinación en ese sentido. Sus sentimientos por Lexa Woods iban mucho más allá de lo físico. Lexa era un gran artista, y ella había sido… y pensaba seguir siendo… la catalizadora de su éxito. Si ella se hubiera casado con alguien que perteneciera a su círculo, o hubiera elegido a una mujer que empujara o promoviera su carrera artística, ella se habría sentido satisfecha; sin embargo, no podía soportar que hubiera echado por tierra sus ambiciones, que se hubiera desaprovechado con una cara bonita cuya reputación estaba en entredicho.

—¿He mencionado ya que conocía a tu primer marido?

Clarke no se habría sentido más conmocionada si la mujer le hubiera tirado su bebida a la cara, y el impacto directo hizo que surgiera la primera grieta en la burbuja protectora que había conseguido construir alrededor suyo y de su hija.

—No. Si me disculpas…

—Siempre pensé que era un hombre fascinante. Joven y un poco alocado, pero fascinante. Fue una tragedia que muriera tan pronto, antes de que pudiera ver a su hija —Ontari apuró su copa de un trago.

—Costia es hija de Lexa —dijo Clarke con firmeza.

—Eso he oído —volvió a sonreír, y añadió—: Hubo algunos rumores justo antes y después de la muerte de Finn. Hubo quien dijo que estaba a punto de divorciarse de ti, que ya te había echado de la casa de su familia porque eras… algo indiscreta —se encogió de hombros, y dejó su copa en una mesa—. Pero todo eso pertenece al pasado. Dime, ¿cómo están los Collins?, hace mucho tiempo que no hablo con Lorraine.

Clarke supo que, si no lograba controlar el súbito ataque de náusea que le revolvió el estómago, se humillaría vomitando allí mismo.

—¿Por qué estás haciendo esto? —susurró—. ¿Qué importancia puede tener para ti?

—Querida, todo lo que tiene que ver con Lexa tiene importancia para mí. Voy a hacer que llegue a la cima, y no pienso dejar que nada impida su ascenso a lo más alto. Por cierto, me gusta mucho tu vestido —añadió. En ese momento vio que Rebecca se acercaba a ellas, y se escabulló sin añadir nada más.

—¿Estás bien, Clarke? Pareces blanca como la nieve. Ven, siéntate en una silla.

—No, necesito algo de aire —consiguió decir, antes de ir a toda prisa hacia las puertas acristaladas que daban a la terraza de piedra.

Becca la siguió, y una vez fuera, la tomó del brazo y la condujo a una silla.

—Vamos, siéntate un rato, antes de que Lexa nos encuentre. Si te ve así, me echará la culpa por hacer que salgas y qué empieces a hacer vida social demasiado pronto.

—No tiene nada que ver con eso.

—Y mucho que ver con Ontari —Becca tomó el v aso de agua que Clarke estaba apretando con fuerza, y le dijo con voz calmada—: Si te ha insinuado que hubo algo… personal entre Lexa y ella, te aseguro que no es cierto.

—Eso no me importaría.

Rebecca soltó una breve carcajada, y lanzó una mirada hacia el interior del salón.

—Si lo dices en serio, eres más comprensiva que yo. Conozco desde hace treinta y cinco años a uno de los antiguos… intereses de mi marido, y aún me gustaría escupirle en el ojo.

Clarke se echó a reír, disfrutando de la suave y perfumada brisa nocturna.

—Sé que Lexa me es fiel.

—Por supuesto que sí, pero también deberías saber que Lexa y Ontari nunca han sido amantes. No puedo decir que lo sepa todo sobre las relaciones de mi hija, pero tengo muy claro que Ontari y ella sólo tienen en común el arte. ¿Qué es lo que te ha dicho para afectarte tanto?

—No ha sido nada —Clarke se llevó los dedos a las sienes, como intentando calmar un súbito dolor—. De verdad, ha sido culpa mía, he tenido una reacción exagerada. Sólo ha comentado que conocía a mi primer marido.

—Ya veo —indignada, Becca miró con un brillo peligroso en los ojos hacia el interior del salón—. La verdad es que ha sido muy insensible al sacar el tema en la fiesta para celebrar tu boda. Una mujer como Ontari debería tener un poco más de educación.

—El tema está zanjado y olvidado —Clarke irguió los hombros, mientras hacía acopio de valor para volver a entrar en el salón—. Te agradecería que no le mencionaras nada de todo esto a Lexa, no hay razón para molestarle.

—Muy bien, yo misma hablaré con Ontari.

—No —Clarke volvió a tomar su vaso, y bebió un trago de agua—. Si hay que decir algo, lo haré yo misma.

Rebecca sonrió de oreja a oreja, y dijo encantada:

—De acuerdo, si eso es lo que quieres…

—Sí. Becca, ¿podrías quedarte con Costia un día de la semana que viene?, me gustaría ir a la galería a ver los cuadros de Lexa —le dijo con determinación. A veces, las decisiones apresuradas eran las mejores.


Clarke se despertó sin aliento y temblando. Luchó por salir de la pesadilla, y se encontró en los brazos de Lexa.

—Relájate, no pasa nada —le dijo la castaña.

Ella tomó una bocanada de aire, y la soltó lentamente.

—Lo siento —susurró, mientras se pasaba una mano por el pelo.

—¿Quieres algo?, ¿un vaso de agua?

—No.

Conforme el miedo se fue desvaneciendo, la irritación fue ocupando su lugar. El despertador indicaba que eran las cuatro y cuarto de la madrugada; se habían acostado hacía tres horas, pero estaba completamente despierta e inquieta.

Sin dejar de rodearla con un brazo, Lexa se recostó en la almohada.

—No habías tenido una pesadilla desde que nació Costia, ¿es que ha pasado algo esta noche en la fiesta?

Clarke pensó en Ontari, y apretó los dientes.

—¿Por qué lo preguntas?

—Me di cuenta de que parecías alterada, y mi madre enfadada.

—¿Crees que me he peleado con tu madre? —Clarke sonrió, y se colocó más cómodamente contra ella—. No, la verdad es que nos llevamos muy bien.

—Pareces sorprendida.

—Me ha tomado por sorpresa que nos hayamos hecho amigas, aún sigo esperando a que saque la escoba y el sombrero de punta.

Lexa se echó a reír, y le besó el hombro.

—Intenta criticar mi trabajo delante de ella, y ya verás.

—No me atrevería —de forma inconsciente, Clarke empezó a acariciarle el pelo. Cuando estaba allí, con ella, estaba convencida de que podría con cualquier cosa que amenazara a su nueva familia—. Me ha enseñado el mural que pintaste en una de las paredes, el de las criaturas míticas.

—Tenía veinte años, y era una romántica —y le había pedido una docena de veces a su madre que lo cubriera con una capa de pintura.

—A mí me gusta.

—No me extraña que te lleves tan bien con ella.

Clarke se movió hasta apoyar los brazos en el pecho de la artista; a pesar de que la luz de la luna era muy tenue, podía verla con claridad. No se dio cuenta de que aquel era el primer movimiento completamente inconsciente y natural que hacía para acercarse a ella, pero Lexa sí.

—Hablo en serio, me gusta. ¿Qué tienen de malo los unicornios, los centauros y las hadas?

—Supongo que nada —admitió ella, aunque lo único que le interesaba en ese momento era hacer el amor con la rubia.

—Perfecto. ¿Qué te parece la idea de pintar un mural en una de las paredes de la habitación de Costia?

Lexa estiró de un rizo que le caía sobre la mejilla.

—¿Me estás ofreciendo un encargo?

—Bueno, he visto algunas muestras de tu trabajo, y no están mal.

Ella estiró del rizo con un poco más de fuerza.

—¿Que no están mal?

—Parecen prometedoras —Clarke soltó una carcajada, y apartó la cara antes de que la castaña pudiera volver a agarrar el rizo—.Mándame unos cuantos esbozos de muestra, para que decida si voy a contratarte.

—¿Y qué me dices de mis honorarios? —le preguntó la artista, con una sonrisa.

Cuando la calidez en su interior fue en aumento, Clarke empezó a pensar que la pesadilla que la había despertado podía tener un aspecto positivo después de todo.

—Son negociables.

—Muy bien, haré el mural con una condición.

—¿Cuál?

—Que dejes que vuelva a pintarte, pero desnuda.

Los ojos de la rubia se agrandaron, pero se echó a reír, convencida de que estaba bromeando.

—Al menos, podrías dejar que me ponga una boina.

—Has visto demasiadas películas antiguas, pero puedes ponerte una boina si quieres… y nada más.

—No puedo hacerlo.

—Vale, entonces sin boina.

—Lexa, no puedes estar hablando en serio.

—Claro que sí —para probarlo, y porque llevaba un rato deseando hacerlo, la recorrió con la mano—. Tienes un cuerpo increíblemente hermoso… unas extremidades largas como de bailarina, una piel suave y cremosa, y una cintura estrecha.

—Lexa… —dijo, no para intentar detener su mano, sino la conversación. Sin embargo, no consiguió ninguna de las dos cosas.

—He querido pintarte desnuda desde la primera vez que hicimos el amor. Aún puedo verte tal y como estabas cuando te quité el camisón, y captar esa feminidad, esa sexualidad sutil, sería todo un triunfo para mí.

Ella posó la mejilla sobre su pecho, y admitió:

—Me daría vergüenza.

—¿Por qué?, te he visto desnuda de los pies a la cabeza, conozco cada centímetro de tu cuerpo —Lexa tomó sus senos en las manos, y rozó sus pezones con los pulgares. Al ver la respuesta inmediata de ella, se estremeció de placer.

—Pero eres la única —dijo la rubia, con voz ronca. Sin apenas darse cuenta, empezó a recorrerla con las manos lentamente.

Aquel hecho era increíblemente excitante para Lexa. Nadie más conocía los secretos del cuerpo de Clarke, sus curvas y sus valles, ella era la única que sabía dónde tocarla y acariciarla para conseguir que su timidez se disolviera en una corriente de pasión. Quería plasmar sobre el lienzo la belleza de su persona, la dulzura de sus inhibiciones, el fuego apasionado recién descubierto, pero podía esperar.

—Supongo que podría contratar a una modelo.

Ella levantó la cabeza de golpe.

—¿Qué…? —la oleada de celos fue tan súbita y poderosa, que Clarke se quedó sin palabras.

—Es arte, ángel, no un póster de una revista picante —dijo la artista divertida y encantada con su reacción.

—Estás intentando chantajearme.

—Y tú eres muy lista.

Clarke entornó los ojos, y en un intento de seducción que las sorprendió a ambas, se movió de modo que su cuerpo se rozara tentadoramente sobre el de Lexa.

—Accedería sólo si yo pudiera elegir a la modelo.

Lexa sintió que el corazón le martilleaba, y cuando la rubia bajó la cabeza para cubrirle sus senos de besos, cerró los ojos.

—Clarke…

—No, la señora Drumberry. La he conocido esta noche.

La castaña abrió los ojos, pero cuando ella tiró de uno de sus pezones con los dientes, su cuerpo se arqueó de golpe.

—Mabel Drumberry tiene ciento cinco años —consiguió decir.

—Exacto —ella soltó una risita, pero siguió explorando y descubriendo, con una creciente sensación de poder—. No quiero que estés metida en tu estudio con una sexy y curvilínea pelirroja.

Lexa empezó a reír, pero el sonido se convirtió en un gemido cuando la mano de ella se deslizó hacia abajo.

—¿No crees que pueda resistirme a una sexy y curvilínea pelirroja?

—Claro que sí, pero ella no podría resistirse a ti —frotó la mejilla a lo largo de su mandíbula.—. Eres tan hermosa, Lexa… si supiera pintar, podría mostrártelo.

—Me estás enloqueciendo.

—Eso espero —murmuró, antes de bajar la cabeza y besarla en la boca.

Clarke nunca había tenido la confianza suficiente para llevar la iniciativa, nunca se había sentido lo bastante segura de su habilidad o de su atractivo, pero con Lexa parecía natural e increíblemente satisfactorio provocar y excitar a su mujer en un juego apasionado.

La castaña permaneció con las manos enredadas en su pelo, y sus dedos se tensaron aún más cuando la lengua de la rubia entró en su boca y empezó a explorar. Sus dedos eran más instintivos que experimentados, y eso los hacía mucho más seductores.

Lentamente, Clarke se fue convenciendo del poder que tenía como mujer, y supo que podía ser su compañera plenamente, de igual a igual. Era fácil mostrar su amor, casi tanto como sentirlo.

Conforme fue descubriéndola a ella, fue descubriéndose a sí misma. Ella no tenía tanta paciencia como Lexa, al menos en aquel aspecto; curiosamente, a la luz del día se invertían los papeles. Lexa era una mujer que necesitaba actuar con rapidez, con decisión, y que parecía considerar que, si se cometían errores por culpa de las prisas, podían corregirse o ignorarse sin más. Ella era más cauta, más dada a pensar en las diferentes alternativas y en sus posibles consecuencias antes de actuar. Sin embargo, Clarke se dio cuenta de que en la cama, en el papel de seductora, tenía muy poca paciencia.

Lexa intentó tomarla en sus brazos, pero ella se había convertido en una hechicera salvaje y atrevida, y las sensaciones que estaba despertando en ella la arrastraron sin que pudiera evitarlo. Era como tener a una mujer completamente diferente en la cama, una que olía como Clarke, que tenía una piel tan tersa como la suya y a la que deseaba con tanta desesperación como a ella.

Cuando la boca de la rubia cubrió la suya, el sabor era el de Clarke, pero en cierto modo más maduro, más intenso. Y el cuerpo de la rubia parecía abrasar su piel mientras se movía sobre ella.

Lexa intentó recordar que aquella era su tímida y aún inocente mujer, a la que tenía que tratar con infinita ternura y con extremo cuidado. Aún no había desatado toda la fuerza de su pasión con ella. Con Clarke se había tomado su tiempo, y había utilizado hasta la última gota de sensibilidad que tenía.

Pero en ese momento, la rubia la estaba despojando de todo su control.

Clarke disfrutó de la gloriosa sensación de poder. A pesar de lo excitada que estaba, su mente estaba completamente despejada. Podía debilitar a Lexa, hacer que enloqueciera de deseo, que se estremeciera. Sin aliento, encontró con los labios de forma instintiva los puntos donde latía su pulso, y comprobó que su corazón latía a un ritmo frenético… por ella. Sintió cómo su cuerpo temblaba y se estremecía bajo sus caricias, y oyó cómo gemía enfebrecida su nombre.

Clarke oyó el sonido de su propia risa, cargada de sensualidad y de triunfo femenino. El reloj del pasillo tocó las cinco, y el eco resonó una y otra vez en su cabeza.

De repente, con un largo sonido gutural y primitivo, Lexa la rodeó con los brazos. Su control se rompió como una goma al estirarse demasiado, y los deseos a medio satisfacer que había contenido durante tanto tiempo se desbordaron.

Cuando la artista se apoderó de su boca con una pasión desatada, Clarke no se sintió aterrada, sino victoriosa.

Atrapadas en aquella especie de locura, rodaron por la cama buscando, tomando, exigiendo, con un frenesí que secaba la boca y sacudía el alma. Lexa rasgó las costuras y el encaje del recatado camisón que la rubia llevaba hasta lograr arrancárselo, y sus manos recorrieron su cuerpo con ardientes caricias.

Clarke no sintió vergüenza ni timidez, sino una libertad completa, y en cierto modo diferente a la que Lexa ya le había enseñado. Tan desesperada como la castaña, se abrió para recibirla, y cuando la penetró con sus largos dedos, ella también hizo lo propio, ambas parecieron sacudirse en vibrantes oleadas de placer.

Se sumergieron en su propio ritmo, rápido y furioso, la una impulsando a la otra a ir más allá. El placer parecía no tener límites, y el deseo insaciable se extendió como un fuego arrasador.

Mientras se entregaba a la castaña, mientras pedía y recibía más, Clarke se dio cuenta de que el tiempo podía llegar a detenerse para las que eran lo suficientemente afortunadas.