Capitulo 12

Clarke no podía dormir. Su memoria y su imaginación parecían haberse aliado contra ella, y no podía dejar de pensar en lo que había pasado y en lo que podía suceder al día siguiente. Hacía casi un año que se había ido de Boston y había decidido enfrentarse a sus miedos, pero ya no estaba sola.

Lexa no había esperado a concertar una cita con su abogado en horas de oficina, sino que le había llamado y le había pedido, o más bien exigido, que fuera a verlas. Habían discutido sobre su vida, su hijo, su matrimonio y su futuro mientras tomaban café y pastas en el salón y una ligera neblina cubría la bahía. Al principio, había sentido vergüenza al contarle a un desconocido los detalles de su vida y de su primer matrimonio, y al admitir los errores que había cometido, pero la sensación se había ido desvaneciendo. En cierto modo, había sentido como si estuviera contando las experiencias de otra persona, y cuanto más abiertamente hablaban de ello, mientras el abogado iba anotando los detalles en su libreta, menos avergonzada se había sentido.

Matthew Quartermain había sido el abogado de los Woods durante cuarenta años; era un hombre astuto y directo, y a pesar de su apariencia rígida y un tanto estirada, no se impresionaba con facilidad. Se había limitado a asentir, a tomar notas y a hacerle preguntas hasta que a ella se le había secado la boca de tanto hablar.

Le había resultado relativamente fácil contarle las cosas abiertamente, porque él no le había ofrecido ni su compasión ni su condena. Había sido más fácil enfrentarse a la verdad en términos simples y carentes de emoción, que mantenerla escondida; al final, no había intentado ocultar ni los errores de Finn ni los suyos propios, y se había sentido maravillosamente purificada y liberada. Por fin lo había contado todo, había expresado en palabras todo el dolor y la angustia que había sufrido. A causa de la vergüenza que había sentido en el pasado, nunca había conseguido purgar su corazón y su mente, y al conseguir hacerlo por fin, entendió lo que significaba dejar el pasado atrás y empezar de nuevo.

A Quartermain no le había gustado nada su decisión final, pero Clarke se había mantenido firme. Antes de que se rellenara ningún documento, quería volver a ver a Lorraine cara a cara.

Lexa permanecía tumbada junto a Clarke, incapaz de dormir. Ella también estaba pensando en la reunión con el abogado, y su furia aumentaba más y más con cada palabra que recordaba.

Clarke había contado cosas en el salón que ella no sabía, había entrado en detalle sobre cuestiones que antes sólo había comentado muy por encima. Ella había creído anteriormente que entendía todo por lo que la rubia había tenido que pasar, y había pensado que sus propios sentimientos al respecto habían alcanzado su punto máximo. Se había equivocado. Clarke no le había contado lo del ojo morado que había hecho que no pudiera salir de la casa durante una semana, ni que Lorraine había explicado que su nuera tenía el labio roto porque era muy torpe. No le había hablado de los ataques ebrios en medio de la noche, ni de los arranques furiosos de celos si hablaba con otro hombre en una fiesta, ni de las amenazas de venganza y violencia cuando finalmente había tenido el valor de irse. Pero esa noche lo había contado todo, y de forma tan detallada que había sido casi insoportable. No se había atrevido a tocarla cuando se habían acostado; de hecho, se preguntaba cómo era posible que ella pudiera soportar que alguien la tocara. Había quedado dolorosamente claro todo lo que ella había tenido que soportar. ¿Cómo podía pedirle que lo olvidara, si ya no estaba segura de poder hacerlo ella misma? Sin importar lo tierna que fuera con ella, o con cuánto cuidado la tratara, la sombra de un hombre y de otra época se interponía entre ellas.

Clarke le había dicho que la quería, pero por mucho que ella deseara creerlo, no podía entender cómo era posible que alguien que hubiera sufrido aquel infierno pudiera volver a confiar en alguien, y mucho menos amarla.

Gratitud, devoción, y Costia como punto en común. Eso sí que podía entenderlo, y era más de lo que llegaban a tener algunas personas.

Lexa había estado a punto de creer que podían llegar a tener más, había querido que fuera así, pero eso había sido antes de que Clarke contara todas aquellas cosas mientras una suave brisa primaveral hacía ondear las cortinas del salón.

Clarke se volvió hacia ella, y cuando su cuerpo le rozó, Lexa se puso tensa.

—¿Te he despertado?

—No.

La castañas empezó a moverse para evitar todo contacto, pero ella se acercó más y posó la cabeza sobre su hombro, y aquel gesto tan natural y sencillo la partió en dos. La Lexa que necesitaba, y la que tenía miedo de pedir.

—Yo tampoco puedo dormir. Me siento físicamente agotada, como si acabara de correr una carrera de obstáculos, pero mi mente no deja de dar vueltas.

—Deberías dejar de pensar en lo de mañana.

—Ya lo sé —Clarke se apartó el pelo a un lado, y se colocó más cómoda contra Lexa. Al notar que la castaña intentaba apartarse ligeramente, cerró los ojos y se preguntó si la artista había cambiado de opinión sobre ella al enterarse de todo.

—No te preocupes, ya verás como todo sale bien.

Clarke no supo si creerle. Decidió arriesgarse, y le tomó la mano en la oscuridad.

—El problema es que no dejo de pensar en lo que voy a decirle, en lo que ella va a contestarme, y si no… —Clarke se detuvo cuando Costia empezó a llorar, y comentó—: Parece que hay alguien más que no puede dormir.

—Ya voy yo.

Clarke asintió, aunque ya había apartado las mantas.

—Vale. Tráemela si tiene hambre.

Mientras Lexa se ponía una bata y salía de la habitación, Clarke se sentó en la cama y se abrazó las rodillas contra el pecho. Un momento después el llanto de la niña se detuvo, pero volvió a empezar casi de inmediato, y entonces oyó los murmullos tranquilizadores de Lexa.

Era algo tan fácil para la castaña, tan natural… a pesar de su genio y de su arrogancia, era una mujer sensible y llena de ternura, y eso era lo que había hecho posible que ella admitiera finalmente que la amaba. Con Lexa no habría ningún ciclo de desesperación, sumisión y terror, podía quererla sin renunciar a las partes de sí misma que había descubierto tan recientemente.

En ese momento, supo que la artista no había cambiado de opinión respecto a ella; seguramente, lo único que pasaba era que estaba muy preocupada, pero que se sentía obligada a fingir que no era así.

La luz de la habitación de Costia salía al pasillo, y dentro se veía la sombra de Lexa. El llanto de la niña se apagó un poco, pero cuando volvió a arreciar, Clarke reconoció el tono y se recostó en el respaldo de la cama con los ojos cerrados. Iba a ser una noche muy larga.

—Le están saliendo los dientes —murmuró cuando Lexa entró con la niña en la habitación. Encendió la luz de la mesita de noche y le sonrió, consciente de que todos iban a necesitar el máximo apoyo posible en las próximas horas—. Le daré de comer, puede que eso ayude en algo.

—Venga, princesita, vamos con mamá —Lexa la colocó en los brazos de Clarke, y el llanto se fue apagando hasta que desapareció del todo cuando la niña empezó a mamar—. Voy por una copa de coñac, ¿quieres algo?

—No. Espera, sí, un zumo de lo que sea.

Una vez sola, Clarke aguantó a la niña con un brazo mientras con el otro se colocaba bien las almohadas a su espalda. La escena parecía completamente normal, como la de cualquier otra noche. A veces, Costia estaba nerviosa y ella tan cansada que sólo quería dormir, pero otras veces disfrutaba y atesoraba en su memoria aquellas horas en medio de la noche.

Momentos así eran los que Lexa y ella recordarían en el futuro, momentos como los primeros pasos de la niña, el primer día de escuela o la primera vez que fuera en una bicicleta de dos ruedas. En el futuro mirarían atrás, y recordarían cómo se habían paseado de un lado a otro de la habitación, adormilados. Nada podría cambiar eso. En ese momento, ambas necesitaban la normalidad que desprendía aquella escena, y la tendrían aunque sólo fuera por unas cuantas horas.

Cuando Lexa volvió a la habitación, puso el vaso de zumo en la mesita que había junto a ella, pero Clarke sonrió y le agarró el brazo.

—¿Puedo oler tu coñac?

Divertida, la artista le acercó la copa y dejó que inhalara el aroma del licor.

—¿Tienes bastante?

—Gracias, siempre he pensado que no hay nada como el sabor de un coñac por la noche —Clarke levantó su vaso de zumo, y brindó con su copa—. Chinchín —esperaba que la castaña se metiera en la cama, pero al ver que iba hacia la ventana, no supo qué pensar—. Lexa…

—¿Qué?

—Me gustaría hacer un trato contigo. Tú me cuentas lo que estás pensando y me preguntas lo que quieras, y yo te contesto con sinceridad. Después yo tendré mi turno, y también te preguntaré algo.

—¿No has contestado a bastantes preguntas por una noche?

Así que era eso. Clarke dejó su vaso a un lado antes de cambiarse de pecho a Costia, y dijo:

—Te han afectado las cosas que le he contado a Quartermain, ¿verdad?

—¿Creías que iba a quedarme tan tranquila?

Lexa se volvió de golpe, y el coñac estuvo a punto de derramarse. Clarke permaneció en silencio mientras la castaña se bebía la mitad de la copa y empezaba a pasearse de un lado a otro de la habitación.

—Siento que tuviera que salir a la luz así, yo también habría preferido otra forma.

—No es cuestión de que saliera o no a la luz —espetó la artista con brusquedad. Se bebió otro trago de coñac, pero la bebida no consiguió calmarla—. Dios, me está matando pensar en ello, imaginármelo. Tengo miedo de tocarte, de que lo recuerdes por mi culpa.

—Lexa, me has dicho desde el principio que eso está en el pasado, que ahora las cosas son diferentes, y es verdad. Tenías razón al decir que te comparaba con Finn , pero a lo mejor no entiendes que eso me ayudó a darme cuenta de que las cosas podían cambiar.

Lexa la miró por un segundo, pero fue suficiente para que ella se diera cuenta de que aquellas palabras no habían bastado.

—Sí, las cosas son distintas, pero no puedo entender por qué no odias a cualquiera que te toque siquiera —dijo la artista, de pie en la sombra. Tenía las manos metidas en los bolsillos de su bata, fuertemente apretadas en puños.

—Hubo una época en la que no habría permitido que nadie se me acercara, pero pude empezar a poner las cosas en perspectiva mediante terapia, escuchando a otras mujeres que habían superado situaciones parecidas. Cuando tú me tocas, cuando me abrazas, no recuerdo nada de todo aquello, sino que siento lo que siempre quise sentir por alguien que fuera mi pareja.

—Si estuviera vivo, querría matarlo —dijo la castaña sin ninguna inflexión en la v oz—. Me da rabia que ya esté muerto.

—No te atormentes así —Clarke alargó una mano hacia ella, pero Lexa sacudió la cabeza y volvió junto a la ventana—. Estaba enfermo, pero yo no lo sabía en aquel entonces, y al quedarme lo único que conseguí fue prolongarlo todo.

—Tenías miedo, no tenías a donde ir.

—Eso no basta. Podría haber recurrido a Geoffrey, sabía que él me ayudaría, pero no lo hice porque estaba sujeta allí por mi propia vergüenza y por mis inseguridades. La bebé fue la que me empujó a tomar la decisión de irme, y entonces empecé a recuperarme, pero encontrarte fue la mejor medicina de todas, porque conseguiste que volviera a sentirme como una mujer.

Lexa permaneció en silencio mientras la rubia buscaba las palabras con las que poder explicarse.

—Lexa, ninguna de las dos podemos cambiar lo que pasó… no dejes que el pasado afecte a lo que tenemos ahora.

Más calmada, la castaña agitó el coñac en la copa mientras miraba por la ventana.

—Cuando esta tarde en la galería dijiste que ibas a ir a ver a un abogado, pensé que querías el divorcio y sentí que mi mundo se derrumbaba.

—Pero yo nunca… ¿de verdad sentiste eso?

—Allí estabas tú, de pie debajo de tu retrato, y no pude imaginarme lo que haría si me dejabas. Puede que yo haya cambiado tu vida, ángel, pero no más de lo que tú has cambiado la mía.

Aquello hizo que Clarke pensara en Pigmalión. Sin embargo, si Lexa estaba enamorada de la imagen, era posible que al final acabara amando a la mujer.

—Lexa, no voy a dejarte. Te quiero, Costia y tú son toda mi vida.

La artista se acercó a ella, se sentó en el borde de la cama y la tomó de la mano.

—Nunca dejaré que nadie les haga daño a ninguna de las dos. Clarke le dio un ligero apretón, y dijo:

—Necesito saber que vamos a hacer esto juntas.

—Hemos estado juntas en esto desde el primer día —Lexa se inclinó hacia delante, y la besó mientras la niña dormitaba entre ellas—. Clarke, te necesito demasiado.

—Eso es imposible.

—Deja que la lleve a la cuna —murmuró.

Lexa tomó en brazos a la niña, pero en el momento en que se levantó de la cama, Costia empezó a llorar. Se fueron turnando para pasearla, acunarla y masajearle las encías. Cada vez que intentaban acostarla, la niña se despertaba y empezaba a berrear. Exhausta, Clarke se apoyó en la baranda de la cuna mientras le acariciaba la espalda. Cada vez que apartaba la mano, la niña gimoteaba.

—Creo que la estamos malcriando —murmuró.

Lexa estaba sentada en la mecedora, mirándola con ojos adormilados.

—Tenemos derecho a hacerlo. Además, normalmente duerme como un tronco.

—Sí, pero lo está pasando mal con los dientes. ¿Por qué no te acuestas?, no tiene sentido que las dos nos quedemos sin dormir.

—Me toca a mí —Lexa se levantó, y al mirar el reloj se dio cuenta de que ya eran las cinco de la madrugada. Se sentía décadas más vieja de lo que era—. Vete tú a la cama.

—No… —empezó a protestar la rubia, pero su voz se cortó con un bostezo—. Recuerda que estamos juntas en esto.

—Sí, aunque puede que alguna de las dos se caiga redonda.

Clarke se habría reído de haber tenido la energía necesaria.

—Creo que será mejor que me siente.

—Sabes, a veces me he pasado la noche bebiendo, jugando a las cartas o… ocupada en otras formas de entretenimiento — empezó a darle palmaditas en la espalda a la niña mientras Clarke se desplomaba en la mecedora, y añadió—: Pero no puedo recordar haberme sentido nunca como si me acabara de pasar un camión por encima.

—Esta es una de las alegrías de ser madres —le dijo la rubia, antes de cerrar los ojos—. En realidad nos lo estamos pasando en grande.

—Gracias por decírmelo. Creo que se está quedando dormida de verdad.

—Eso es porque tienes unas manos prodigiosas —murmuró ella mientras se iba quedando dormida—, realmente prodigiosas.

Milímetro a milímetro, Lexa fue apartando la mano de la espalda de la niña, con más cuidado que un hombre apartándose de un tigre. Cuando estuvo a medio metro de la cuna estuvo a punto de soltar un suspiro de alivio, pero temerosa de tentar a la suerte, lo contuvo y volvió la vista hacia Clarke.

Estaba profundamente dormida, y en una posición que debía de ser increíblemente incómoda. Confiando en que sus reservas de energía durarían cinco minutos más, fue hacia ella y la levantó en brazos. Clarke se acurrucó contra la morena instintivamente, y mientras la llevaba a su habitación, se despertó lo suficiente para preguntar:

—¿Costia?

—Dormida en su cuna —Lexa entró en el dormitorio, pero en vez de llevarla a la cama, fue hacia la ventana—. Mira, está saliendo el sol.

Clarke se movió ligeramente y abrió los ojos. Por la ventana se veía el cielo en dirección este, y si se fijaba con atención, podía llegar a distinguir el agua de la bahía, como una niebla en la distancia. El sol pareció vibrar al ascender, y los ecos tiñeron el cielo de rosa, de malva y de oro. Suavemente al principio, con la oscuridad de la noche aún dominando por encima, los colores se fueron extendiendo y haciéndose más intensos. El rosa se convirtió en rojo, vibrante y resplandeciente.

—A veces, tus pinturas son así —dijo la rubia, pensando en voz alta—. Ángulos que cambian y parecen moverse, con los colores intensificándose del centro hacia los extremos —apoyó la cabeza contra su hombro mientras contemplaban el nuevo amanecer, y comentó—: Creo que es el amanecer más bonito que he visto en mi vida.

La piel de Lexa era cálida bajo su mejilla, sus brazos fuertes y sólidos la apretaban contra su cuerpo, y podía sentir el firme latido de su corazón. Los primeros pájaros despertaron y empezaron a cantar, y Clarke volvió la cabeza hacia la de la castaña. Cuando el amor llegaba con tanta naturalidad, era una tontería cuestionárselo.

—Lexa, te deseo —posó una mano en su mejilla, y le cubrió la boca con sus labios—. Nunca he deseado a nadie tanto como a ti.

Al notar que la artista vacilaba, entendió sus razones pero se puso manos a la obra para hacer que superara cualquier reticencia. Aquel no era el momento de pensar en el pasado o en el futuro.

Dejó que sus labios se suavizaran y se abrieran contra los de la castaña, y deslizó una mano hacia su pelo.

—Tenías razón —murmuró.

—¿Sobre qué? —le preguntó la artista.

—No pienso en nadie más cuando hacemos el amor.

Lexa no había querido pedirle nada, pero entonces se dio cuenta de que no había nada que no pudiera pedirle. Clarke era increíblemente abierta y generosa, y eso hizo que a ella le resultara posible, incluso fácil, dejar atrás aquella parte de su vida que la enfurecía y le dolía, que no tenía nada que ver con el paraíso al que podían llegar juntas. La llevó a la cama sin apartar la boca de la suya, y cuando se acostó a su lado, la rubia la rodeó con los brazos. Por unos segundos, eso fue suficiente.

Con Clarke podía compartir abrazos matinales, y besos al amanecer después de una larga noche sin dormir. Su rostro estaba pálido de fatiga, y aun así se estremecía en sus brazos.

La rubia soltó un suave suspiro adormecido, y la castaña lo recogió en su boca mientras las caricias de sus manos la hacían arquearse con movimientos ondulantes y perezosos.

La brisa matinal entraba por la ventana y refrescaba sus cuerpos, y Clarke abrió la bata de la artista y la empujó hacia atrás por sus hombros para poder calentarle la piel. Con igual lentitud, Lexa le quitó el camisón. Desnudas, yacieron sobre las sábanas arrugadas e hicieron el amor con voluptuosa sensualidad.

Ninguna de las dos llevó la voz cantante, no hacía falta. En la cama su sintonía era total, sin necesidad de palabras ni de peticiones. Las exigencias eran para otros momentos, para las noches en que la pasión era ardiente y frenética. La luz iba adquiriendo el gris de la mañana, mientras saboreaban un deseo exquisitamente sosegado.

Clarke pensó que quizás el amor que sentía por la castaña se expresaba mejor así, con una naturalidad y una ternura que podían prolongarse mucho más que el fulgor de una llamarada.

Se movieron juntas, y el placer que se dieron la una a la otra brotó en suspiros y murmullos, en vez de en jadeos y en sacudidas estremecidas.

Le acarició la mejilla, y disfrutó de la suavidad de su piel en la barbilla. Aquello era real. El matrimonio era más que la alianza que llevaba en el dedo, más que hacer el amor llenos de deseo y de excitación en medio de la noche. El matrimonio era mantenerse abrazadas al amanecer.

Lexa habría estado dispuesta a hacer lo que fuera por ella. Por alguna razón, hasta ese momento no se había dado cuenta del verdadero alcance de lo que sentía por aquella mujer. Había reconocido primero el deseo y después el amor, pero en ese momento descubrió y entendió la devoción. Clarke era suya como ninguna otra mujer podría llegar a serlo nunca, y por primera vez en su vida, quiso ser una heroina.

Cuando sus cuerpos se unieron, la cama estaba bañada por la luz del sol que entraba por la ventana, y más tarde, aún entrelazadas, se quedaron dormidas.

—Sé que estoy haciendo lo correcto —dijo Clarke. Aun así, dudó por un segundo cuando salieron del ascensor en el hotel donde se hospedaba Lorraine—. No importa lo que pase, no pienso echarme atrás —agarró la mano de Lexa, y se aferró a ella con fuerza. La falta de sueño hacía que tuviera la cabeza extrañamente despejada, y que se sintiera lista para pasar a la acción—. Me alegro muchísimo de que estés aquí conmigo.

—Ya te dije que no me gusta que vuelvas a verla, ni que tengas que tratar con ella para nada. Yo puedo ocuparme de esto.

—Ya sé que puedes, pero sabes que es algo que necesito hacer por mí misma. Lexa…

—¿Qué?

—Por favor, intenta controlar tu genio —al ver cómo enarcaba las cejas, soltó una suave carcajada y sintió que la tensión que sentía se aligeraba—. No hace falta que me mires así, sólo quería decir que gritarle a Lorraine no servirá de nada.

—Nunca grito, aunque de vez en cuando levanto la voz para que se me entienda bien.

—Como ya hemos aclarado eso, supongo que sólo nos queda llamar a la puerta —Clarke sintió la familiar sensación de pánico, y luchó por sofocarla mientras daba unos golpecitos en la puerta.

Lorraine abrió al cabo de unos segundos, vestida con un traje chaqueta azul marino que le daba un aspecto imponente y lleno de aplomo.

—Clarke —la mujer inclinó la cabeza de forma casi imperceptible a modo de saludo, y después se volvió hacia Lexa—. Señora Woods, encantada de conocerla. Clarke no mencionó que fuera a acompañarla esta tarde.

—Todo lo relacionado con Clarke y con Costia me concierne, señora Collins —dijo Lexa, antes de entrar sin esperar a que la mujer les invitara a hacerlo.

Consciente de que ella nunca habría sido capaz de ser tan enérgica estando sola,Clarke le siguió.

—Ya veo que es muy concienzuda al ocuparse de sus asuntos —comentó Lorraine, mientras cerraba la puerta tras ellas—. Pero Clarke y yo tenemos que hablar sobre algunas cuestiones de familia privadas. Estoy segura de que lo entiende.

—Sí, lo entiendo perfectamente —Lexa le devolvió la mirada a la mujer sin pestañear—. Mi mujer y mi hija son mi familia.

La incómoda guerra de voluntades se alargó por unos segundos, pero Lorraine la zanjó al fin con una inclinación de cabeza.

—Muy bien, si insiste… por favor, siéntense. Pediré café, el servicio en este sitio es bastante pasable.

—No se moleste por nosotras —Clarke consiguió controlar sus nervios, y se sentó—. No creo que esto dure mucho.

—Como quieras —Lorraine se sentó f rente a ellos—. Mi marido hubiera querido estar aquí, pero no ha podido por cuestiones de negocios. Yo hablo en nombre de los dos —tras dejar aquello claro, puso las manos en los brazos de su silla—. Me limitaré a repetir lo que ya he dicho antes. Voy a llevarme a la hija de Finn a Boston, para criarla como debe ser.

—Y yo voy a repetirle que no voy a dejar que lo haga —en un último intento de razonar con ella, Clarke se inclinó hacia delante y dijo—: Es una niña, no un objeto. Tiene un buen hogar, unas madres que la quieren, y está sana y fuerte. Debería alegrarse de que sea así. Si quiere, podemos hablar de un régimen de visitas razonable…

—Por supuesto que sí, del tuyo —la interrumpió Lorraine—. Y si puedo, me aseguraré de que puedas ver a la niña en contadas ocasiones —apartó la vista de Clarke sin más, y miró a Lexa—. Señora Woods estoy segura de que no querrá criar a la hija de otra persona. No es de su sangre, y sólo tiene su nombre porque, por alguna razón, se ha casado con su madre.

Lexa sacó un cigarro, y lo encendió lentamente. Clarke le había pedido que intentara controlar su genio, y aunque sabía que no podría hacerlo, no quería perder los estribos tan pronto.

Se limitó a decir:

—Está muy equivocada.

La mujer soltó un suspiro de forma casi indulgente.

—Supongo que está enamorada de Clarke, mi hijo también lo estaba.

El primer eslabón de la cadena que sujetaba el genio de Lexa se partió en dos, y la furia que la inundó se reflejó claramente en sus ojos y en el tono preciso y gélido de sus palabras.

—No se atreva a comparar nunca mis sentimientos por Clarke con los de su hijo.

Lorraine palideció un poco, pero consiguió hablar con voz calmada.

—No tengo ni idea de lo que ella le habrá contado…

—Toda la verdad —antes de que Lexa pudiera hablar o moverse, Clarke le puso una mano en el brazo y continuó diciendo—: Le he contado lo que usted ha sabido desde siempre, que Finn estaba enfermo, que era emocionalmente inestable.

Lorraine se levantó con movimientos deliberados de la silla. Su cara estaba ruborizada y tensa, pero habló con el mismo tono tranquilo de antes.

—No pienso escuchar ninguna calumnia sobre mi hijo.

—Pues va a tener que escucharme, aunque no lo hizo cuando yo necesitaba ayuda desesperadamente, cuando Finn pedía auxilio de la única forma que sabía —Clarke apretó los dedos en el brazo de Lexa, pero no se echó atrás—. Era un alcohólico, estaba deshecho emocionalmente, y decidió abusar de alguien más débil que él. Usted sabía que me maltrataba, vio las magulladuras y los moratones, pero decidió ignorarlos o poner excusas; sabía que había otras mujeres, pero con su silencio, le dio su aprobación.

—Lo que pasara entre Finn y tú no era de mi incumbencia.

—Esa es una postura que queda para tu conciencia, pero te advierto que si abres la caja de los truenos, no podrás contener lo que salga, Lorraine.

La mujer volvió a sentarse al oír el tono de voz de Clarke, y por el hecho de que se había atrevido a tutearla. Era perfectamente consciente de que ese pequeño cambio las convertía en iguales, y fue entonces cuando se dio cuenta de que no estaba ante la mujer atemorizada y fácilmente manipulable a la que había conocido un año atrás.

—Las amenazas de alguien como tú no me preocupan. Se decidirá en un juzgado si una descarada sin moral puede tener la custodia de un Collins, o si va a criarse en un ambiente donde puede recibir una buena educación.

—Si vuelve a hablar así de mi mujer, va a tener que enfrentarse a algo más que unas simples amenazas… —Lexa soltó una larga bocanada de humo, y añadió—: Señora Collins.

—No importa —dijo Clarke. Le dio un ligero apretón en la mano, consciente de que la castaña estaba a punto de perder el control—. Ya no puedes intimidarme, Lorraine, y no vas a hacer que te suplique. Sabes perfectamente bien que siempre le fui fiel a Finn.

—Lo que sé es que Finn no creía que fuera así.

—Entonces, ¿cómo sabe quién es el padre de la niña?

Las palabras de Lexa fueron seguidas por un silencio absoluto. Clarke empezó a decir algo, pero se detuvo al ver la advertencia en los ojos de la castaña. El rostro de Lorraine volvió a sonrojarse, y finalmente pudo decir:

—Ella no se habría atrevido a…

—¿No? Vaya, qué raro. Usted piensa probar que Clarke le fue infiel a su hijo, pero ahora está diciendo que no pudo serlo. En cualquiera de los dos casos, lo va a tener complicado. Si ella hubiera tenido una aventura con alguien… conmigo, por ejemplo… —Lexa sonrió, y apagó el cigarro—. ¿No se ha preguntado por qué nos casamos tan rápido?, ¿por qué acepto a la hija de otra persona, tal y como usted ha comentado? —se detuvo unos segundos para que la idea arraigara, y finalmente añadió—: Si Clarke le fue infiel a su hijo, la niña podría ser de cualquiera, pero si no lo fue, usted se queda sin base para intentar quitarle la custodia.

Los dedos de Lorraine se tensaron sobre el brazo de su silla, y tuvo que obligarse a relajarlos.

—Mi marido y yo vamos a exigir que se hagan pruebas para determinar la paternidad de la niña, no estoy dispuesta a admitir a una bastarda en mi casa.

—Ten cuidado —dijo Clarke, tan suavemente que las palabras parecieron vibrar en el aire—. Ten mucho cuidado, Lorraine. Sé que Costia no te importa lo más mínimo como persona.

Lorraine tuvo que luchar por mantener la calma.

—La hija de Finn es muy importante para mí.

—No me has preguntado ni una sola vez por ella, no has pedido una foto o un informe médico. Ni siquiera la has llamado por su nombre. Si hubiera visto en ti la más mínima muestra de afecto por la niña, no estaría tan segura de lo que voy a decirte—Clarke no tuvo que esforzarse por mostrarse fuerte, ya que el valor y la decisión llegaron con total naturalidad—. Puedes iniciar los trámites del pleito por la custodia cuando te venga en gana, Lexa y yo ya se lo hemos notificado a nuestro abogado. Vamos a enfrentarnos a ti, y vamos a ganar. Y mientras tanto, le contaré a la prensa cómo fue mi vida con los Collins de Boston.

Las uñas de Lorraine se clavaron en el brazo del sofá.

—No serías capaz de hacerlo, no tienes el valor suficiente.

—Tengo más que de sobra cuando se trata de proteger a mi hija.

Lorraine vio la determinación serena e inquebrantable en sus ojos, y logró decir:

—Aunque lo hicieras, nadie te creería.

—Yo creo que sí, la gente sabe distinguir la verdad.

Con el rostro tenso, Lorraine se volvió hacia Lexa.

—¿Tiene idea de lo mucho que ese tipo de habladurías puede perjudicar a su familia?, ¿quiere arriesgar la reputación de sus padres y la suya propia por una mujer y una niña que ni siquiera es de su sangre?

—Mi reputación puede soportar eso y más, y la verdad es que mis padres están deseando enfrentarse a usted —dijo Lexa, con un claro desafío en su voz—. Puede que Costia no tenga mi sangre, pero es mía.

—Lorraine —Clarke esperó a que la mujer se volviera hacia ella, y cuando estuvieron de nuevo cara a cara, le dijo—: Siento que perdieras a tu hijo, pero no voy a dejar que lo reemplaces con la mía. Pagaré el precio que haga falta para proteger a Costia, y a ti también te va a salir muy caro.

Lexa la tomó del brazo, y ambas se levantaron.

—Su abogado puede ponerse en contacto con nosotras cuando decida lo que va a hacer. No se olvide de que ya no está tratando con una mujer sola y embarazada, señora Collins. Ahora está enfrentándose a la familia Woods.

En cuanto salieron al pasillo y la puerta se cerró tras ellos, Lexa la apretó contra su pecho. Al notar que temblaba, la abrazó con más fuerza y le dijo:

—Has estado fantástica —depositó un beso en su pelo, antes de apartarse ligeramente para mirarla—. Ángel, has estado realmente increíble, la has dejado con la boca abierta.

Clarke se sonrojó, orgullosa y satisfecha.

—No ha sido tan terrible como esperaba —dijo con un suspiro, mientras iban hacia el ascensor con las manos entrelazadas—. En el pasado le tenía un miedo enorme y no me atrevía ni a decir dos palabras delante de ella, pero ahora puedo verla como lo que es, una mujer sola atrapada por lo que cree que representa el honor de su familia.

Lexa soltó una breve carcajada sin humor justo cuando las puertas del ascensor empezaron a abrirse.

—El honor no tiene nada que ver con todo esto.

—No, pero así es como lo ve ella.

—¿Qué te parece si nos olvidamos de Lorraine Collins por el resto del día? —sugirió la castaña, al apretar el botón de la planta baja —. Bueno, muy pronto nos olvidaremos de ella completamente, pero hay un pequeño restaurante a varias manzanas de aquí bastante animado, y muy caro.

—Es demasiado pronto para cenar.

—¿Quién ha hablado de cenar? —la rodeó por la cintura con un brazo mientras salían al vestíbulo, y añadió—: Vamos a sentarnos en una mesa con vistas a la bahía, y yo voy a ver cómo todo el mundo se queda mirando a mi despampanante esposa mientras nos bebemos una botella de champán.

Al oír aquellas palabras, Clarke sintió una tremenda oleada de amor por aquella mujer, y se quedó sin aliento cuando la artista le besó la mano.

—¿No crees que deberíamos esperar a que Lorraine nos comunique su decisión antes de celebrarlo?

—También lo celebraremos cuando lo haga, pero ahora quiero brindar por un ángel que ha sacado las uñas.

Ella se echó a reír, y juntas salieron a la calle.

—Bueno, la verdad es que…

—¿Qué?

La rubia levantó los ojos hacia ella, y admitió:

—Que me encantaría volver a hacerlo.

—Parece que voy a tener que andarme con cuidado a partir de ahora.

—Probablemente —aunque estaba eufórica por su victoria, Clarke seguía siendo práctica, así que comentó—: No debería beber champán, Costia…

Lexa la besó, y le hizo un gesto al portero para que le llevaran su coche.