Ranma ½ pertenece a Rumiko Takahashi, este fic lo realizo sin ánimo de lucro y con el mero objetivo de entretener.

Este fic contiene escenas de extrema violencia y trata temas adultos. Su lectura queda bajo tu responsabilidad. Si aún así decides continuar, deseo de corazón que disfrutes tanto leyendo como yo escribiendo.

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[Crisantemo 14: Nuestro encuentro - 1a parte]

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— ¿Vas a comprar algo?

La dependienta de la floristería observó al joven con el entrecejo arrugado, llevaba más de quince minutos en el pequeño establecimiento con la mirada perdida, como si no supiese muy bien lo que hacia ahí.

Se aclaró la garganta y se acercó a él con cautela, observó su perfil con preocupación. Parecía perdido, atontado, con una expresión desconcertante. No se atrevió a dar un paso más, descubrió perpleja que le daba miedo, emanaba desesperación y tristeza, todo él parecía estar envuelto en una densa y apabullante soledad. La mujer se olvidó de respirar por un segundo.

— Oye…

El chico giró la cabeza muy lentamente, la miró sin verla, casi atravesó su persona con aquellos dos pozos oscuros que ahora eran sus ojos.

— Flores.

— C-claro, aquí tenemos de muchos tipos, si puedo ayudarte a elegir…

No dijo una palabra más, se acercó a la cesta llena de crisantemos que había a un lado de la tienda, tomó todos los rojos y los examinó en silencio. Después sacó la cartera.

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El doctor apenas tardó diez minutos, era un hombre mayor y al parecer bastante experimentado en ese tipo de casos. Ranma no se había movido un ápice de la puerta de la habitación, montaba guardia e iba a traer lo que le pedían Ume y el médico. Toallas limpias, agua caliente, ropa…

Estaba atontado ante la duda, había entrado en shock. Tanto tiempo buscando, tanto tiempo viviendo en la devastación y ahora… ahora no se atrevía a mirar, ahora el miedo le poseía tortuosamente, le oprimía el corazón.

Escuchó un quejido, otro más. Al parecer tenía una bala aún alojada en su brazo derecho y una fea herida, seguramente de un cuchillo en el costado. Respiró intentando controlarse, de nuevo otro grito, éste pareció especialmente doloroso, casi histérico, podía percibir sus jadeos agónicos incluso con la puerta cerrada.

Se llevó las manos hasta los oídos, no quería escucharlo, no quería pensar… no podía creerlo.

La noche pasó lenta, tortuosa, apenas eran las cinco de la mañana cuando el médico salió de la habitación. Ranma se puso en pie y se acercó hasta él, Ume también salió de la estancia y cerró la puerta tras ella, parecía agotada pero satisfecha.

— Que descanse al menos dos días, ha perdido mucha sangre pero no creo que su vida corra peligro, es fuerte.

— Muchísimas gracias doctor — la joven hizo una profundísima reverencia, agradecida.

— Es la primera vez que le ocurre algo así, ella siempre es cuidadosa… — reflexionó el hombre.

Ume apartó la mirada, no sabía qué contestar. Finalmente el doctor se marchó y ambas chicas quedaron a solas, Ranma miró a la joven atentamente.

— Hana vete a dormir, yo me quedaré cuidando de ella.

— Cuentame que ha ocurrido — su voz había cambiado, ahora era firme, exigente. Ume pareció contrariada.

— Sabía que estaba rara, casi la matan. El médico ha dicho que tenía una bala en el brazo derecho rozando la arteria braquial, ha sido un milagro que no se haya roto, podría haber muerto desangrada antes de llegar hasta aquí. El corte del abdomen es menos serio pero profundo, el doctor se ha pasado casi dos horas suturando… no se como lo ha soportado. — dijo a la vez que miraba hacia la puerta del cuarto.

— Ume — Ranma dio un paso y la agarró firme por los hombros, sus ojos azules abiertos como platos dejaban ver sus enrojecidas escleróticas, inyectadas en sangre — ¿sabes cuando tiempo lleva aquí?

— ¿Qué? — la sacudió ligeramente.

— ¡No estoy de broma! ¿sabes cuando tiempo lleva aquí? ¿sabes de dónde viene? ¿cómo se llama en realidad?

— Hana me estas asustando — dijo intentando librarse de su agarre, pero tarde descubrió que no podía, la pelirroja era demasiado fuerte.

— ¡Responde!

El labio inferior de la sirvienta tembló ligeramente.

— No sé, diez años, doce tal vez… no lo sé.

Ranma la soltó de golpe, se llevó una mano a la frente y miró hacia la puerta. Quería entrar y a la vez quería salir corriendo.

— Estás muy rara — Ume la observó atentamente, asustada, presintiendo que había hablado de más, que la pelirroja no había sido ni mucho menos sincera con ella.

— Disculpa — dijo Ranma sin fuerzas — supongo que ha sido un día demasiado largo. Ve a descansar, yo me quedaré vigilando.

— P-pero no puedo dejar que…

— Has ayudado al doctor con la cirugía, seguro que necesitas un baño, ve. Si algo sucede iré a avisarte.

La joven le dirigió miradas alternas a la pelirroja y a la puerta que separaba el pasillo de la habitación donde descansaba su señora.

— Es… es que está muy débil, apenas le hemos podido dar calmantes, seguramente se encuentre mal, tengo que estar a su lado.

— Yo me ocuparé — la tranquilizó de nuevo — Duerme un rato y ven a sustituirme al alba — sonrió de forma tensa, pero lo suficiente para calmar ligeramente el afligido ánimo de Ume.

— Está bien, pero si necesita algo…

— ...te llamaré — insistió de nuevo.

No sin recelo la chica se retiró, mientras caminaba por el pasillo giró un par de veces la cabeza, aún preocupada.

Ranma se dejó caer contra la puerta, se deslizó hasta el suelo y cerró los ojos. Todos sus músculos estaban en tensión, sentía el cuerpo dolorido, retorcido en una contractura muscular crónica.

Le costaba respirar, su corazón latía demasiado deprisa. Se dio unos minutos más para tomar valor, para coger fuerzas. Hinchó los pulmones de aire una y otra vez, iba a entrar, iba a abrir esa maldita puerta y descubrir la verdad de una vez por todas. Ya nada le separaba de resolver el acertijo, de descubrir la historia oculta detrás de la muerte de Akane. Lo sentía desde lo más profundo de su ser, la respuesta estaba detrás de esa puerta, esperándole escondida, tal vez con un temor incluso mayor del que él sentía.

Escuchó el agitar de las sábanas, la persona que en sueños febriles se aferraba a la vida con inconsciente tenacidad y una suave voz hizo que sus sentidos se alteraran hasta abrasarle.

— Les mataré — la voz de mujer, cargada de rabia y dolor le llegó débil y difusa, y aún así vio incrédulo como sus manos temblaban incontrolables — yo… les mataré… a todos.

Se separó de la puerta, mirándola mudo, atento. Aquellas palabras, aquella voz rasposa y estrangulada, casi torturada hasta la muerte... Empuñó la mano y clavó las uñas en su piel, el miedo le superaba, no podía dejar de temblar.

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Akane abrió los ojos y le sorprendió ver que aún no había amanecido, intentó incorporarse, le dolían las heridas hasta el punto de querer gritar en agonía, pero se contuvo. Respiró con la boca abierta, intentando encontrar fuerzas. Se incorporó trabajosamente en el futon, apenas conservaba su ropa interior, cuyo tono oscuro disimulaba las manchas de sangre seca. Le dolía mucho, vio el vendaje de su brazo derecho, terso y bien sujeto hasta casi rozar su codo, luego se percató del gran parche pegado a su costado.

El doctor la había cosido como si fuese un triste muñeco de trapo, remendada para que su piel volviese a su lugar. Apoyó la mano izquierda en el suelo y le llamó la atención la amalgama de cables que salía de la flexura de su brazo, miró con recelo el catéter y se lo arrancó sin contemplaciones, estaba cansada de medicación, ya había tenido bastante durante su estancia en el hospital.

Afortunadamente sus piernas parecían funcionar a la perfección, contempló la habitación, con restos de sangre por todas partes, barreños llenos de agua que se había tornado parduzca, toallas y gasas apelotonadas en las esquinas con manchas de un rojo brillante.

La cabeza le daba vueltas, había perdido demasiada sangre. Su ropa rajada y esparcida por el suelo, la peluca desmadejada, imposible de volver a peinar, todo un recordatorio de lo que había estado a punto de ser su último suspiro. Siempre lograba sorprenderse a sí misma por su propia testarudez, ese instinto tan primitivo que seguía manteniéndola con vida aún a pesar de que su alma gritara en agonía por un liberador final.

Sus muchas cicatrices atestiguaban eso. Los cortes en la espalda, las dos heridas de bala, una en el muslo izquierdo, otra en su hombro derecho. Por no pensar en los golpes, los moratones de tamaño descomunal, las costillas rotas y soldadas, las articulaciones dislocadas, incluso los tendones cortados en aquel fútil intento de huir.

Así es como sentía su corazón, como una gigantesca y horrible cicatriz de una piel demasiado tensa. Incapaz de moverse, anquilosado, remendado una y mil veces hasta convertirse en un músculo incapaz de palpitar.

¿Y qué importaba que ya no lo hiciera? Nada, ya nada importaba nada. Estaba a punto de sufrir esa transformación, esa deshumanización que finalmente la convertiría en lo que siempre habían esperado que fuera. Un arma sin ojos, sin razón ni sentido, que tan sólo esperaba el día en que le dieran muerte, si antes no alcanzaba el valor de quitarse su propia vida.

Sus ojos marrones se fijaron en un punto sin determinar, se quedó largos minutos perdida en sus pensamientos enajenados. Tarde se percató de que Ume no estaba por ninguna parte.

"Mejor así" — pensó poniéndose en pie no sin esfuerzo y saliendo de la habitación. Dejó la puerta abierta y caminó como un zombie, atontada por el dolor, mareada por el sangrado. Vacía, percatándose de que cada vez se abría más hueco en ella el sentimiento de odio, que ardía clamando venganza. Tan fuerte como débil percibía su voluntad.

Dio bandazos por el pasillo, casi desnuda, tan sólo vistiendo su ropa interior sin más adorno, con sus cabellos cayendo lacios sobre su espalda, sintiendo el sudor del esfuerzo empapar su frente. Encontró la puerta de su onsen privado, estrecha y coronada con una pequeña cortina de color azul, abrió la puerta corredera de suave bambú y fino papel blanco antes de tropezar. Apenas llegó a apoyar ambas manos evitando darse de bruces contra el suelo. En cuanto su mano derecha se apresuró a evitar la caída sintió como su herida estallaba en fuego.

Gritó aguda retirándola inmediatamente, se dejó caer sobre su hombro izquierdo y durante unos segundos se quedó en el suelo, respirando con dificultad, hecha un pequeño ovillo de sangre y dolor, percibiendo el mundo estático, triste y silencioso. Le llegó el olor de la madera limpia y del agua termal, esperándola una vez más, como siempre hacía, lo único que durante algunos momentos conseguía calentar su corazón.

Intentó levantarse nuevamente, se apoyó contra el marco de la puerta con su brazo sano, empujó con las piernas y consiguió recuperar la verticalidad. Se sujetó torpemente el vendaje del brazo y dio unos inestables pasos hacia el interior, estaba comenzando a amanecer.

En la otra punta del oscuro pasillo unos ojos azules la contemplaron abrasadores.

Ranma salió de su escondite, miró un segundo la abandonada habitación y después comenzó a caminar hacia donde se había dirigido la mujer, firme y temeroso. Sus pies le arrastraban, resonaban en el pasillo con exasperante lentitud, sus manos habían dejado de temblar.

Puso un pie en aquel lugar que tanto se había esmerado en limpiar apenas unas horas atrás; el suelo empedrado negro parecía relucir por el vaho del agua caliente mezclándose con la tenue claridad. Después se abrían las aguas en un estanque de no más de veinte metros cuadrados, con una diminuta cascada artificial que salía desde una roca a la derecha, produciendo un suave gorgoteo. Todo el baño rodeado de piedras siempre calientes, algunas planas, otras abultadas. Al final todo el conjunto vallado por suaves listones altos, de más de tres metros de madera color abedul proporcionaba privacidad… y seguridad.

Las nubes vaporosas apenas dejaban ver, pero aún así distinguió su figura entre la cada vez más escasa oscuridad. Su ropa interior estaba tirada por el suelo de cualquier manera, de forma descuidada y ella estaba sumergida en el onsen hasta el comienzo de sus apretados glúteos, sin importarle mojar los vendajes.

Le daba la espalda y algunos mechones de su pelo, negro y largo como había sido la noche rozaban tímidamente la superficie. Hizo un movimiento, uno rutinario y estudiado, se apartó los cabellos dejando al descubierto su finísima espalda y sus nalgas.

Y allí estaba aquel ser, el rugiente dragón del cuadro rodeado de hermosas flores escarlatas, que nacía enredado en su glúteo izquierdo y ascendía en diagonal hasta su hombro derecho, ahora semioculto por el vendaje.

Ranma se quedó sin habla, aún incapaz de entenderlo. Todo giraba en torno a ella, a ese dibujo que ahora le miraba, que vigilaba su espalda de forma fiera. Casi parecía advertirle que retrocediera, que no se atreviese a acercarse más. Caminó hacia al agua, sin saber lo que estaba haciendo, sin saber lo que esperar, atraído por aquella escena con una fuerza sobrenatural.

Metió un pie en el cálido onsen sin importarle mojar el yukata, en seguida sintió como su cuerpo cambiaba, como la vestimenta femenina se cernía a sus músculos y a su abdomen impidiéndole respirar. Bajó las mangas, descubriendo su trabajado torso, dejando colgar la prenda desde su cintura.

Avanzó uno pasos más, sintiendo sus entrañas retorcerse, estrangularle internamente en su incógnita. Se sentía torpe y vacilante, demasiado para que ella, una entrenada asesina no se percatase de su presencia. El agua le llegaba hasta las rodillas cuando la mujer se quedó muy quieta, con los brazos asiendo su largo cabello sobre su hombro izquierdo. Él también se detuvo, tenso, silencioso.

— ¿Quién eres? — preguntó demasiado dulce, sin girarse, sin molestarse en esconder su desnudez. A su espalda podía sentir la energía contenida y amenazante, el aura de un guerrero — ¿Has venido a terminar el trabajo?

Ranma no se movió, su corazón saltaba en su pecho provocándole palpitaciones a la vez que algo diferente se apoderaba de su consciencia, algo oscuro y desconocido contra lo que no ansiaba luchar. Su vista se nubló, cerró los ojos y bajó la cabeza, escuchando una vez más, conteniendo apenas sus temblorosas manos en puños apretados.

— Me parece bien, es un buen lugar para morir. — dijo sintiéndose aliviada, reconfortada por el agua caliente y por la presencia a sus espaldas. Era obvio, estaba claro, ella haría lo mismo. Un buen profesional siempre termina. Que ingenua fue al pensar que en su "casa" estaría a salvo, cuando la propia muerte venía desde dentro. Eso es, la habían traicionado, la habían mandado eliminar de forma cobarde, sin siquiera una explicación, sin tener que mancharse las manos. Siempre pensó que sería Satoshi el que lo haría, que llegado el momento sería él quien la mataría. Eso la decepcionó aún más, porque si de todas formas iba a morir… ¿por qué causar tanto dolor?¿que ganaban matándole a él?.

Que injusto, y a pesar de todo lo había intentado, había intentado vivir con todas sus fuerzas con la estúpida esperanza de, algún día, volverle a ver. Se hubiera conformado con mirarle desde lejos de vez en cuando, tan solo verle sonreír como hizo otras veces. Se hubiera conformado con un ligero vistazo a lo que podría haber sido su vida a su lado.

Pero ya no más.

Ya no quería permanecer en aquel lugar, no quería estar en ningún sitio, sólo se arrepentía de no poder cumplir su último deseo, aquel que en las últimas horas se le había revelado como una epifanía: atravesar el corazón de oyabun, perforar la cabeza de Satoshi de un solo balazo y después… después rebanarse la garganta.

Dejó caer la cabeza hacia atrás, ofreciéndose, dejando su níveo cuello a su merced. Sólo rogó porque fuera rápido, una muerte limpia que la arropase en su seno sin más dolor.

Había sido una vida horrible, aunque durante un breve período pudo ser feliz. Soltó el aire de sus pulmones a la vez que dejaba caer las manos a sus costados, recordando unos brazos que ya nunca la sostendrían, unos ojos azules que la esperaban donde quiera que aguardaran los muertos.

Los segundos pasaron tortuosamente lentos y Akane volvió a abrir los párpados, sus largas pestañas se separaron impacientes, ¿acaso su asesino dudaba?.

— ¿Qué estás esperando? — preguntó, la inmovilidad de la escena era perturbadora, aquel tortuoso silencio atormentaba sus últimos instantes.

Elevó de nuevo la cabeza, no tenía miedo a morir pero por alguna razón que escapaba a la lógica, ese silencio opresor era aún peor que la espera, un millón de veces peor.

Giró el rostro, intentando adivinar la figura que como una estatua tan sólo se mantenía inmóvil a su espalda, rígida y amenazante.

Las nubes de vapor fueron atravesadas por los primeros rayos de sol de la mañana. Akane vislumbró la imponente forma masculina que se mantenía a casi cinco metros de ella, sin querer acercarse pero tampoco alejarse, simplemente ahí plantado. Su abdomen expuesto, su espalda ancha, sus brazos musculados, su piel bronceada brillante por la evaporación.

¿Quién era? ¿y qué quería?, le observó con una inquietud creciente a la vez que el hombre levantaba poco a poco su rostro, el vapor pareció disiparse durante un eterno instante, sus cabellos negros dejaron de ensombrecer su cara. Él la miró, sus ojos la atravesaron como espadas, sintiendo el mundo temblar bajo sus pies.

Se contemplaron mutuamente en un silencio irreal, una burbuja donde no existía el tiempo o la razón. La barbilla de la muchacha comenzó a temblar, negó con la cabeza intentando sobreponerse a lo imposible. Su respiración estrangulada le hizo marearse, debía huir, debía…

Hubiera preferido que la matasen a contemplar aquello que veía en el rostro del hombre, sin duda estaría mucho mejor muerta que viendo el terrorífico monstruo que la miraba acusador. Una bestia, un fiero animal de ojos azules.

Akane no podía articular palabra, muy tarde comprendió que no se encontraba ante una ilusión. Apenas movió los labios sin nada que decir en su defensa, sin encontrar palabras de consuelo o alegría, turbada hasta el infinito, viendo cumplidos a la vez sus sueños y pesadillas. No quería que se acercara, no quería que la mirase y enfrentarse a la cruel decepción en sus facciones, el asco curvando su boca, despreciándola.

Su arrugado y decrépito corazón no lo soportaría, no aguantaría. Sin ser consciente de ello comenzó a llorar, con sus ojos aún muy abiertos, sin darle descanso a la imagen que como un mudo fantasma la observaba desde la dolorosa lejanía.

Ocultó la cara entre sus manos sintiéndose incapaz de enfrentarle, y eso pareció disparar la inflamada ira de Ranma, quién apenas podía creer lo que veía.

— ¡NO TE ATREVAS! — gritó con los dientes apretados en una inconsolable máscara de dolor, su cuerpo reaccionó solo, caminó hasta ella arrastrando sus ropas, haciendo que las aguas salpicaran ante sus fortísimos pasos. — ¡No te atrevas a seguir ocultándote de mí!

Y Akane apenas levantó la mirada para ver al hombre ante ella, fuerte y decidido, tan hermoso como lo recordaba, no, más aún. Sintió su decepción, su apenas controlable ira, sus ojos azules juzgándola inmisericordes.

— Yo… — comenzó, incapaz de encontrar las palabras adecuadas, boqueando horriblemente como un pez fuera del agua, le dolía el pecho, su corazón iba a estallar, partiéndose en pedazos que quedarían espeluznantemente esparcidos como una bomba de metralla.

Pero él no quería escucharla, no quería oír nada. Apartó sus manos de un golpe y ella gimió ante el desprecio. Tomó violentamente su rostro con ambas manos, y sus ojos azules se fijaron en los suyos, marrones y cristalinos a causa de las lágrimas sin derramar. Casi pareció estar examinando su alma, la miró fijamente, sin pestañear, recorriendo sus facciones: sus cejas finas, arrugadas de dolor; su nariz pequeña, respirando agitada; sus pómulos altos, demasiado marcados por su delgadez; sus labios perfectos, ahora sin color; la miró durante largos minutos con una meticulosidad obsesiva.

Sus propios iris comenzaron a temblar ante el sentimiento que le invadía, y fue entonces cuando comenzó a notarlo, la sensación oscura. Su ira asomando a la luz como un ser de pesadilla ascendiendo desde la profundidad abisal.

— Ranma — la escuchó llamarle por primera vez, como nunca pensó volver a oír. Sus pupilas se contrajeron, su mente devastada le mandaba señales contradictorias. Una lágrima rodó desde los ojos de Akane, tocando la palma de su mano, aún tozudamente prendidas alrededor de su rostro.

Se apartó de ella como si le hubiera quemado con ácido, alzó su mano mirándola espantado por el cálido contacto y dio un paso atrás, parecía aún más impactado que ella misma. Era real, no otra fantasía… ella estaba allí, pronunciando su nombre.

— Deja que te lo explique… — dijo desesperada, pero el chico de la trenza la miró como si ya no estuviese allí, atravesándola, le dio la espalda y comenzó a salir del agua.

Akane estaba débil por las heridas, pero sobre todo se sentía morir por dentro.

Sus piernas dejaron de soportar su peso y cayó al agua, se sumergió hasta el cuello derrotada, mojando sus vendajes y su largo cabello azulado.

Apretó los ojos a la vez que su rostro se transformaba en la llanura expoliada que era su pensamiento. Las lágrimas no cesaban, se derramaban sin que pudiera hacer nada. Contempló al fiero hombre que tenía ante sí dándole la espalda, saliendo decidido de la estancia, dejando que el empapado yukata que llevaba anudado a la cintura chorrease agua sobre el suelo.

¿Cuando se había vuelto tan fuerte? Su espalda ancha, musculada a conciencia, su trenza larga, sus puños apretados delatando su inextinguible enfado. No se giró para mirarla, simplemente caminó hasta la puerta y salió, abandonandola sin escuchar explicaciones.

No tuvo tiempo de preguntarse dónde iba o qué pretendía, simplemente escuchó el estruendo y sus lágrimas se secaron de golpe.

Se puso en pie y salió del agua, tan deprisa como se lo permitían sus piernas, apenas se puso por encima un fino yukata de colores claros que usaba después del baño. Se lo anudó torpemente a la cintura a la vez que sus pasos se aceleraban y el sonido se volvía más y más fuerte. La tela se pegó a su piel mojada de forma incómoda.

Salió del onsen y corrió por el pasillo, sólo para encontrarse a Ranma parado en mitad de un montón de escombros de lo que había sido una de las paredes.

Akane se llevó ambas manos a la cabeza sin saber qué hacer, si seguía así, si continuaba destrozando todo tarde o temprano aparecería alguien.

— ¡Para! — gritó sin fuerzas, pero si el artista marcial la escuchó no le hizo el menor caso, simplemente caminó unos metros y con una fuerza que ella desconocida atravesó salvajemente una nueva pared, destrozándola en un solo golpe, haciendo que saltaran astillas, que sus nudillos sangrasen.

— ¡DIEZ AÑOS! — murmuró con la mirada ida y los dientes apretados — ¡Diez putos años! — gritó sediento, loco por apaciguar la salvaje ira que le poseía. Terminó de echar abajo la pared de una patada, no la volvió a mirar, no podía, sentía que si lo hacía sería capaz de cualquier cosa, sería capaz de descargar esa increíble fuerza en cualquier dirección.

Se adentró en una de las salas anexas sólo para descubrir que se encontraba vacía, por lo que volvió a echar otra pared abajo. Sacudió la madera con sus manos desnudas sin que aquello apaciguase ni un poco la llama en sus entrañas.

— ¡Basta por favor! ¡te harás daño!

Y fue entonces cuando se giró, sus ojos azules poseídos por algo que no era él la miraron un segundo, su boca se curvó en una maquiavélica expresión al observar su yukata mojado, las manchas de sangre extendiéndose sobre la tela.

— ¿¡Dónde está!?¿DÓNDE SE ESCONDE ESE CABRÓN?

Akane sintió como su espíritu se encogía ante sus palabras, su sed era inmensa, su alma estaba completamente desgarrada de necesidad. Lo entendía, entendía su ira desmedida, sus ganas de destruir, de matar, de hacer añicos todo aquel lugar, le entendía mejor que nadie.

Tragó saliva, debía hacer algo, debía detener a ese ser que en algún momento había sido Ranma.

Ume apareció en pijama, con la respiración agitada y claramente perturbada por los golpes. Giró la cabeza para observar a su señora, que se asía a una pared, empapada y con el yukata mal colocado, y después le vio a él. Una presencia extraña, el ser terrible que caminaba enloquecido, destrozandolo todo. La casa se había convertido en una zona de guerra, llena de cascotes, muebles y paredes destrozadas, cuyos restos se esparcían por doquier.

— ¿Q-quién es? — preguntó a duras penas, Akane no respondió, tragó saliva y corrió hacia una de las habitaciones cuya puerta había sido hecha añicos.

Entró en la sala que usaba para pequeños entrenamientos y miró asustada hacia la pared, sus katanas de funda blanca lacada estaba perfectamente colocadas, listas para ser usadas.

Se alzó sobre las puntas de sus pies y alcanzó su favorita, de hoja afilada ligeramente curva. Un excelente metal que atravesaba carne y piel. No estaba pensando con claridad, sólo tenía en mente una única cosa: debía detenerle.

— Señorita, ¿qué va a hacer? ¿¡quién es ese hombre!?

Ella pareció pensárselo, tomó la katana y retiró su funda que cayó al suelo hueca, haciendo un sonido opaco.

— Él… — tragó saliva, empuñó el arma con su mano izquierda, aún demasiado dolorida del disparo en su brazo. Hizo un corte en el aire y colocó la templada hoja apuntando hacia el suelo, la apretó con fuerza — ...es mi prometido.

Dejó a Ume con la palabra en la boca, muda de puro asombro, salió de la habitación y sus pies descalzos comenzaron a avanzar hacia el lugar donde continuaban los salvajes golpes, la demolición a manos desnudas.

Llegó de nuevo a la sala, el polvo levantado hacía difusa su figura. Él volvió a notar su presencia, desaparecida apenas por unos minutos y volteó la cabeza con aquella mirada enloquecida. Observó a la temblorosa joven con la afilada arma en su mano izquierda.

— Tienes que tranquilizarte — dijo ella con un hilo de voz, aprovechando el silencio de la momentánea quietud.

Giró el cuerpo lentamente, consiguiendo que comenzara a temblar, la miró como nunca antes recordaba que lo hubiese hecho. Había conseguido captar su atención y sus ojos parecían gritar que esta vez no la tomaría con otra pared.

Akane se sintió pequeña ante él, su corazón se encogió de pura angustia al observar la carcasa vacía de lo que una vez fue el hombre que amaba. Se había ido, no estaba ahí.

Y deseó con toda su alma rota, con su desquiciado discernir que la tomase entre sus brazos durante un segundo, sólo uno antes de rodear su cuello con sus fuertes manos, estrangulándola hasta la muerte. Era más de lo soñado, era un final perfecto. Su dragón venía a reclamar lo que siempre fue suyo por derecho, venía a por su vida.

— ¿Qué piensas hacer con esa katana? — murmuró él con una voz monocorde, plana — ¿vas a matarme?

La pregunta la sacó de golpe de sus extraños pensamientos, apretó con más fuerza la empuñadura a la vez que sus propios labios se tensaron en una mueca de tristeza. Él dio un paso en su dirección y se sintió tan sobrecogida que no pudo evitar alejarse la misma distancia, caminando de espaldas.

— Lo has hecho más veces, ¿no es cierto? a eso te dedicas.

Dio otro dos pasos en su dirección y Akane sintió como perdía el control de sus agitadas extremidades, estaba asustada, sentía miedo de él. Lo que en años no había conocido, la sensación de opresión en el estómago; tembló no por su vida, si no por él, porque no adivinaba a desentrañar sus intenciones.

— No te acerques más… — murmuró levantando torpemente la katana, apenas podía sostenerla, mucho menos adoptar una posición de defensa o ataque. El filo se quedó colgando en su mano representando un triste ángulo inverso.

— ¡Debiste matarme entonces! — exclamó llegando hasta su altura, entre ella y el resplandeciente metal.

Akane reaccionó demasiado tarde, otra vez atontada por su voz, por sus horribles palabras. No se dio cuenta en qué momento Ranma, con una agilidad sobrehumana tomó la punta del arma con su mano diestra, apretando el filo contra su palma a la vez que ella sostenía pesadamente la empuñadura.

Un fino filo de sangre resbaló entre sus dedos, por su fortísima muñeca hasta alcanzar el revés del brazo y llegar hasta su codo, goteando hasta el suelo.

— ¡No! — exclamó ella intentando liberarse, retorciendo la empuñadura para que dejara de hacerse daño. Pero Ranma no cedió un ápice, aguantó la hoja contra su mano y la alzó hasta colocar la punta de la katana contra la piel de su pecho, a la altura de su corazón.

— ¡Hazlo! ¡mátame! — exclamó con sus ojos azules brillando ante la intensidad de sus palabras aceradas, cada vez más cargadas de hiel.

Akane gimió aturdida cuando vio como se abría una pequeña herida en la suave piel del pecho de su prometido, le dolía físicamente, le cortaba el aliento hasta el desmayo.

— ¡Basta! ¡basta por favor! — rogó soltando la empuñadura a la vez que las lágrimas volvían a empañar su visión, enrojeciendo sus pálidas mejillas.

— ¿Cuando un animal sufre no se le mata? ¿¡hasta un perro merece más compasión que yo!? — exclamó lanzando el arma con rabia hasta el otro extremo de la habitación. Algunas gotas de sangre de su mano también salieron despedidas junto al metal, salpicando el suelo en una ráfaga de color escarlata.

— Ranma... — volvió a intentar ella, con los hombros hundidos y la expresión desencajada en una mueca. Alzó las manos lentamente, intentando alcanzarle, la derecha apenas se elevó.

La respiración del artista marcial era agitada, superficial, apretó los dientes. Era capaz de morder, de estallar y pelear hasta perder la conciencia, eso es lo que más deseaba, lo que su instinto animal le instaba a hacer hasta que su buen juicio finalmente regresara.

Miró sus ojos castaños, su pelo negro y revuelto, sus ropas torpemente superpuestas, empapadas y ensangrentadas. Su rostro tan terriblemente demacrado.

Y entonces lo notó, su rabia contenida, todo su afán destructor quedó a un lado en cuanto sintió sus propias lágrimas resbalar por su tez endurecida. Algo se rompió: la angustia que le llevaba acompañando los últimos diez años, ese agujero negro que se tragaba toda la felicidad del mundo.

La miró una vez más a través de sus propias lágrimas, liberando toda la tristeza. Apenas dio un par de pasos antes de agarrarla desesperado, enredando sus fuertes brazos en su frágil cintura, atrayendo su cuerpo junto al suyo, tembloroso, sintiendo su corazón golpear frenético su pecho.

Tan fuerte que dolía, tan juntos que podían convertirse en uno solo. Ranma estrechó sus finos hombros, apoyó una mano en su espalda y enterró la cara entre sus cabellos, apoyó su mejilla contra la suya, sintiéndola viva, ¡viva!.

Había caminado por un infierno helado hasta que la encontró, se había vuelto del mismo material azul y frío de los glaciares. Una ventisca infinita de pesadillas y sueños rotos, un mundo devastado sin vida y sin luz… hasta que su cuerpo reconoció su calor, llevándole de golpe a una sofocante playa de arena blanca.

Ella sintió el dolor de sus heridas, el ahogo del abrazo, de sus manos inquietas, fuertes y aún así ahora tan débiles.

— Akane… — susurró en su oído aspirando su aroma, absorto, compungido — ...mi Akane.

La chica notó su aliento caliente contra su piel, y entre lágrimas no pudo evitar sonrojarse, con su mano izquierda intentó asirse a su espalda hasta que escuchó un golpe seco, casi acampanado.

Ranma aflojó su agarre antes de caer inconsciente al suelo, Akane le miró desesperada, sin saber que ocurría antes de ver a la pequeña sirvienta tras el chico. Con manos temblorosas y terriblemente asustada Ume sostenía una gran sartén entre sus manos, aún en alto, más que dispuesta a rematar al hombre si se atrevía a mover un músculo.

— Señorita, ¿se encuentra bien?

— ¡Ume!, ¿pero por qué lo has hecho?

— ¡La estaba atacando!

— ¡No me estaba atacando!

— Oh… ¡ah!— entendió enrojeciendo de repente y soltando su "arma" — yo pensé que…

Akane se agachó junto al chico de la trenza, mirándole con preocupación. Comprobó que tan solo se encontraba inconsciente.

— Vamos, tenemos que arreglar este desastre.

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Aclaraciones:

Oyabun: Es un nombre honorífico. Se podría traducir como "padre" pero en este contexto se refiere al líder de una organización muy jerarquizada, donde el superior es conocido como el "padre" de todos mientras que el resto de los miembros son sus "kabun" o hijos.

Kokuryukai: Sociedad del Dragón Negro, su símbolo son tres tomoes (especie de símbolos orientales parecidos a las comas) haciendo un círculo y rodeados por una flor de crisantemo. Fue una sociedad secreta real, que existió desde 1901 hasta el fin de la segunda guerra mundial, aunque a día de hoy se considera disuelta. Para este fic me he aprovechado de su existencia y me he tomado algunas pequeñas licencias artísticas (quizás no tan pequeñas).

Hola de nuevo:

A estas alturas ya no se me ocurre ni que decir. El encuentro, al fin ha ocurrido, pero aún queda todo por explicar. Siempre me dio miedo escribir esta parte porque tan solo tenía en claro una cosa: Ranma se iba a enfadar. Pero no enfadar un poquito, no, iba a arder de pura rabia hasta volverse loco, incluso me llegó a dar miedo. Esta escena está tan llena de sentimientos encontrados que no se si habré sido capaz de plasmarlos todos. He re-escrito varios párrafos más de una vez, he añadido y quitado cosas...y aún así sigo pensando que podría haberlo hecho mucho mejor.

Lo que siempre tuve claro es que el reencuentro sería en el agua, en ese onsen con las nubes vaporosas jugando con las luces y las sombras del amanecer. Me parecía bucólico, me encantaría saber dibujar para poder mostrar la escena tal y como está en mi cabeza. Y bueno...¡nos os penséis que los siguientes capítulos van a ser menos intensos!.

Gracias a todos por leer, me alegra saber que os está gustando este fic. Comenzaré a publicar dos capítulos a a semana hasta finalizar, así que de nuevo muchas gracias a todos por vuestras palabras de apoyo, intentaré no haceros esperar demasiado.

Agradecimientos especiales a Nodokita por todas sus correcciones y a xandryx, Andy Saturn, Ajane Tsukino, Jorgy, Dulcecito311, yram1, Kunoichi Saotome, susyakane, kykio4, Isakura Tendo, Ikane y Chiqui09 por sus reviews (también a los anónimos).

De nuevo muchas gracias por estar ahí. ¡Hasta pronto!

Lum