Jasper y Alice fueron los primeros en desaparecer del claro, llevándose consigo a Edward, quien parecía haberse vuelto de roca, tras una orden de Carlisle. Los siguientes en seguirles fueron Rosalie, Emmett y Esme. Como esperaba, la primera no me dirigió una sola mirada mientras desaparecía con la brisa, incluso parecía molesta. Emmett, en cambio, lo hizo con un gesto de su mano y una débil sonrisa ladeada. Le correspondí el saludo antes de que fuera tras su amada. La última fue Esme, casi a regañadientes. Pero se veía preocupada, seguramente a causa de Edward, por lo que no me molestó su partida. Antes de irse me sonrió con dulzura, como si todo lo ocurrido con su hijo y conmigo no importara, como si aún me apreciara a pesar de todo, y luego se marchó.

Solo quedó Carlisle frente a nosotros, mirándome con pesar.

–Lo siento, Bella. No sabíamos que Victoria se encontraba detrás de ti. No nos hubiésemos ido de ese modo.

–Lo se, Carlisle. No te preocupes. Nunca pasó por mi mente el culparlos a ustedes por esto.

A mi lado, Jacob bufó en su forma lobuna de manera sarcástica. Carlisle me sonrió de forma a penas perceptible, antes de que su mirada se enfocara en el líder de la manada, aún bajo su forma humana. Ninguno de los dos, Jacob y Carlisle, parecían estar de acuerdo con mis palabras.

–Quiero proponerles un acuerdo –dijo el vampiro a Sam –. Nosotros también tenemos motivos para capturar a Victoria. Si trabajamos juntos seguramente tengamos más oportunidades de atraparla.

–Lo siento, doctor Cullen –respondió inmediatamente el Quileute–, pero no nos interesa trabajar con vampiros. Nosotros podemos detener a la pelirroja por nuestra cuenta –Hizo una pausa para mirarme y luego continuó con un suspiro–. Aun así, por el bien de Bella, agradecería que vigilaran sus tierras. La pelirroja podría pasar por ahí y darles la oportunidad que quieren para acabar con ella.

Carlisle solo asintió, antes de girarse hacía donde el resto de su familia se había ido. Giró su cabeza hacía mi y volvió a sonreír tenuemente, antes de desaparecer él también. Ahora nos encontrábamos solos.

–Es hora de marcharnos –anunció Sam y él, y el resto de los lobos, se perdieron en el bosque. Supuse que regresarían a patrullar.

Jacob golpeó mi hombro con su hocico llamando mi atención hacia él. Había una pregunta escrita en sus ojos: «¿Te encuentras bien?».

–Estoy bien –aseguré con una leve sonrisa, pero no pareció creerme. Creo que ni yo me creí a mi misma.

Volvió a recostarse, simulando una alfombra de piel gigante, sobre el suelo mohoso. Esta vez tardé menos en posicionarme sobre él y Jacob se encargó de que el camino de regreso fuese más despacio, más como un paseo a caballo por la pradera, solo que en mi caso se trataba de un paseo sobre un lobo de tamaño descomunal a través del bosque. Pude apreciar mejor el paisaje, a una altura a la que no estaba acostumbrada. La vida en el bosque bullía a nuestro alrededor, desde aves, ardillas, insectos y demás animales, ninguno de ellos parecían inmutarse por nuestra presencia. Pero, como ya me había acostumbrado a esta clase de paseos, todo terminó demasiado rápido, a pesar del paso enlentecido de Jacob.

Cuando quise darme cuenta, ya nos encontrábamos a un par de metros de la casa de Charlie, sobre un sendero que se me hacía bastante familiar. Los recuerdos de la última vez que estuve allí de pie golpearon fuerte en mi mente, de forma dolorosa. Era difícil pensar que en aquel momento me encontraba en circunstancias, y una compañía, totalmente diferentes. Tardaría un poco en acceder a ellos sin el temor de que este dolor volviese abrir mi pecho de la misma manera.

Jacob pareció percatarse de mi estado de ánimo al reaparecer entre los árboles, andando sobre sus dos pies.

–¿Qué sucede? ¿Viste algo?

Rápidamente desvío su mirada hacia los alrededores y comenzó a olisquear el aire de una forma bastante graciosa. Estoy segura de que en otras circunstancias me hubiese reído de él, pero mi humor se había arruinado y quería largarme de allí lo antes posible.

–No vi nada –le aseguré, atrayendo su atención hacia mi.

Jake enarcó una ceja, mientras sus ojos decían: «¿Entonces qué?».

Era sorprendente la forma en que entendía lo que quería decirme con solo una mirada.

–Estar aquí trae recuerdos poco agradables.

Pareció entender de lo que hablaba, ya que apretó su mandíbula y sus manos comenzaron a temblar de forma casi imperceptible, a pesar de que nuestros recuerdos de aquel día eran completamente diferentes. Mientras yo recordaba a Edward marchándose y dejándome sola aquí mismo, Jacob debía recordar la forma en como Sam me había hallado, gracias a su telepatía lobuna, y los meses siguientes en mi estado de zombi catatónico. No me extrañaba que estuviese molesto. Si yo hubiese estado en su lugar nada me impediría tener una agradable, no tan agradable, charla con la chica que había destrozado la vida de mi mejor amigo. Aunque ahora que lo pensaba, no me hubiera agradado nada que él estuviese con alguien más. Nadie sería suficientemente buena para Jake, ni siquiera yo.

Su rostro se serenó luego de unos minutos, en los cuales su mirada nunca había dejado mi rostro. Un lado de sus labios se elevó en una media sonrisa, aunque sus ojos aún se mostraban algo molestos.

–Ven aquí –dijo abriendo sus brazos. No dudé un segundo en arrojarme en ellos y hundir mi rostro en su pecho desnudo–. Salgamos de este lugar. Me estoy poniendo enfermo.

–Estoy de acuerdo.

Tomó mi mano y nos dirigió hacia la casa.

Según el reloj de la cocina, ya eran las cuatro. Mañana sería lunes y tendría que volver al instituto. Aún no había terminado con mi montaña de tareas, por lo que, luego de cambiar mi atuendo, pasamos la tarde en la sala. Yo terminando mi tarea y Jacob haciendo zapping en la televisión.

Hicimos una pausa a eso de las cinco y media para prepararnos un par de sándwiches, ya que ninguno de los dos había almorzado todavía.

Eran pasadas las siete cuando comenzó a anochecer. Mis cuadernos se encontraban cerrados, formando una pila sobre la mesa ratona. En cuanto acabé no tardé en sentarme cómodamente a un lado de Jacob, para acabar cinco segundos mas tarde sobre su regazo. Él nos había cubierto, más bien a mi, con la manta que normalmente descansaba en el respaldar del sofá. Parecíamos un gigantesco capullo, pero no estaría tan cómoda en ningún otro lugar.

Una de sus manos reposaba en mi cadera, logrando que me sorprendiera una vez mas por su tamaño, mientras la otra recorría mi columna constantemente de forma distraída. El tacto de ambas despertaba un fuego en mis venas capas de consumirme por completo, y bastante lejos de ser desagradable. Mi cuerpo temblaba cada vez que su mano descendía hasta tocar la cinturilla de mis jeans, o cada vez que, de un momento a otro, se aferraba con más fuerza a mis caderas. Un poco más y comenzaría a hiperventilar.

A él no parecía irle mucho mejor. Recostada como estaba sobre su pecho, era bastante claro que su corazón latía demasiado rápido, casi al punto de explotar, aunque el mío estaba de la misma forma.

Mi piel ardía al contacto con la suya y para colmo hacia demasiado calor.

Intenté sacarnos la manta de encima antes de comenzar a sudar como un cerdo.

–¿Qué haces? –preguntó Jacob, tomando mi mano rápidamente e impidiéndome retirarla. Pero su rostro se acercó demasiado y ahora la tenía respirando sobre mi mejilla.

Una pequeña brisa llego hasta mis labios. Tragué fuerte.

–T-tengo algo de calor.

Retiró la manta y la dejó a un lado casi automáticamente, pero eso no fue ningún alivio. El ambiente estaba demasiado caldeado, el calor persistía y mi cuerpo no soportó mucho más. Una pequeña gota comenzó a deslizarse por mi sien.

–Bella.

Su voz, más grave de lo normal, llamó mi atención.

Me gire hacia él, encontrándolo a escasos centímetros de mi. El nacimiento de su cabello también comenzaba a humedecerse.

Como si fuera posible, el calor de mi cuerpo aumento gracias a rubor y aumentó nuevamente cuando sentí sus manos a ambos lados de mi cintura. Ambas comenzaron a ascender dejando un rastro de fuego y escalofríos a su paso.

–Bella… –volvió a llamarme, sin detener sus manos. Parecía una suplica. Sus ojos mostraban miedo y placer a partes iguales –¿Te arrepientes?

Su pregunta me dejó desconcertada, aunque era demasiado difícil concentrarse en algo con sus manos recorriendo mis brazos de forma lenta, perezosa.

–¿De qué? –pregunté momentos después, cuando tuve la fuerza suficiente para articular palabra.

–El chupasangre ha vuelto ¿No te arrepientes de la promesa que me hiciste hace unos días?

Sus manos llegaron a mi cuello, rodeándolo por completo, y me fue imposible no cerrar los ojos y soltar un suspiro. De cierta forma presentía que este momento llegaría, había estado rondado en mi mente desde el momento que volví a ver a los Cullen.

–No –murmuré, aún sin abrir los ojos. Sentía su aliento cálido sobre mis labios y eso hacia a mi mundo dar vueltas de forma perfecta–. No me arrepiento.

Eso fue suficiente para que los labios de Jacob encontraran los míos.

El estofado ya se encontraba listo. Lo dejé a un lado sobre la mesada de la cocina y subí los cuadernos a mi habitación, mientras esperaba a que Charlie llegara de la casa de los Clearwater.

La hora del entierro ya había pasado, pero estaba segura de que él y Billy se habían quedado un rato más haciéndole compañía a Sue.

Jacob se había marchado hace hora y media, algo atrasado por mi culpa, tras prometerme regresar al día siguiente.

El la segunda planta todo se encontraba oscuro y silencioso, demasiado. Se me pusieron los pelos de punta.

Me apresuré hasta mi habitación y encendí la luz. Deje las cosas sobre el pequeño escritorio, a un lado de la computadora. Ahora mismo me arrepentía de haber roto todos mis discos y el reproductor, de esa manera ahora tendría como llenar este silencio ensordecedor.

Una ligera brisa recorrió mi espalda, levantando cada vello de mi nuca a su paso. Mi corazón se detuvo por una milésima de segundo antes de latir de nuevo a toda velocidad. La sensación era tan conocida de me dejó descolocada por un momento.

Cerré mis ojos y respiré profundo una, dos, tres veces antes de voltear. Allí estaba, observándome con sus ojos negros como el carbón, sediento de sangre.

La garganta se me secó al pronunciar su nombre.

–Edward…